miércoles 16 de junio, 2021

Una polémica sobre el «malla oro», la LUC y la cuarentena ideológica

Publicado el 03/02/21 a las 6:58 am

Un ingeniero y un religioso pueden llevarse relativa y humanamente bien salvo cuando los separan sus concepciones del mundo o peor, los intereses políco-económicos que expresan.

Algo así parece suceder entre Benjamín Nahoum y Juan Martín Posadas. El primero defiende los intereses de las mayorías del país y ataca la política económica y el marketing de Lacalle Pou. El segundo se resigna ante el poder de la élite y sorprendentemente llama «ideología» (e incluso reduce la «religión») a la estigmatización del otro. Posadas, cristiano apostólico y romano, nacionalista y aliado político de pastores neopentecostales, parece haber olvidado el abc de su propia fe en una insólita defensa del presidente. ¿Habrá perdido sus marcos de referencia?

Vale la pena transcribir el intercambio que que se dio en Brecha y nunca se hubiera dado en EL PAIS.

La parábola del «malla oro» y las urgentes consideraciones

Por Benjamín Nahoum (Brecha, 15/1/21)

Tal como dicen que hacía Jesús con sus discípulos, a nuestro presidente, quizá fruto de su educación religiosa, le gusta explicarse mediante parábolas.1 No simples metáforas, sino parábolas, o sea, según la Real Academia, una «narración de un suceso fingido [o no] de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral».2

Hace ya algún tiempo, en una de esas conferencias de prensa que nos regalaba la televisión cada noche (hoy por suerte más espaciadas), la periodista de Brecha Sofía Kortysz, quizá recordando lo que sostiene el programa de gobierno del Partido Nacional desde 1990, formuló una pregunta que parecía inusitada en ese contexto: si el gobierno de la coalición que encabeza ese partido tenía pensado, para financiar las medidas para el control de la pandemia, hacer del impuesto al patrimonio «un impuesto progresivo, quitar algunas exoneraciones a ese tributo o quitar exoneraciones a las grandes empresas».

La respuesta del presidente fue que «hoy gravar al capital […] es amputar la posibilidad de los que le van a hacer fuerza en la salida de la crisis. Por eso no lo vamos a hacer». Y por si no estuviera suficientemente claro, o quizá porque lo estaba y había que complicarlo un poquito, más adelante ilustró su opinión con una parábola, en este caso deportiva: «Si esto fuera una competencia de ciclismo, al malla oro, al que va en la punta, a ese lo tenemos que estimular para que pedalee más rápido. Ese es el que va a hacer la inversión, el que va a dar trabajo y ocuparse de los rezagados. […] [Hay que] sacarle lastre al que va a pedalear, al que va a traccionar en la economía: esa es la visión que uno tiene desde el gobierno, siempre, y que se profundiza en este momento de epidemia».

Sólo que, como bien advirtieron rápidamente algunos observadores,3 o el presidente sabe poco de ciclismo o la enseñanza moral de esta parábola es bien otra de la que parece inicialmente. Porque el malla oro (quien lidera una competencia en etapas, como nuestra Vuelta Ciclista), lejos de ser un denodado titán que lleva a la rastra a sus compañeros (y aun adversarios) con menos fuerzas, es un advenedizo que hace trabajar a todo el mundo (los de su equipo, e incluso algunos mercenarios y otros que se les unen por pleitesía) para evitar que sus verdaderos adversarios puedan dejarlo por el camino. O sea que no se trata de uno para todos, sino de todos para uno.

Entonces, si el malla oro es el capital, lo que enseñaría la parábola no es que hay que estimular que el fuerte lo siga siendo para que pueda apoyar a los débiles, sino que todos, por poco que podamos (alguna pedaleada moribunda, antes de que nos levante el camión de los rezagados), debemos trabajar para que los privilegiados mantengan sus privilegios. Eso es lo que han hecho, aun en medio de la pandemia, los gobiernos conservadores de América Latina y el resultado, según un estudio de Oxfam, organización civil internacional con sede en Reino Unido, es que las personas de la región que poseen más de 1.000 millones de dólares, sólo entre el 18 de marzo y el 12 de julio, incrementaron su fortuna total en casi 50.000 millones de dólares.4

El episodio de la parábola, bastante comentado en su momento y del que han pasado ya nueve meses, viene nuevamente a cuento por lo que se va conociendo de las ideas que está manejando la comisión «de expertos» que elabora una propuesta de reforma del sistema de seguridad social. En efecto, de las dos lecturas de la parábola, otra vez parece que el papel de malla oro sigue correspondiendo al capital, y el de los peones que pedalean para que él acumule, a la población trabajadora.

UN NUEVO ESTILO DE GOBERNAR

En julio se aprobó, 14 días antes del plazo máximo establecido por la Constitución, la ley 19.889, enviada al Parlamento para su urgente consideración, y que por ello es conocida como Ley de Urgente Consideración (LUC). Como la LUC contenía, en sus finalmente 501 artículos, ocho secciones y 54 capítulos con casi todo el plan de gobierno de la coalición multicolor que ganó en la segunda vuelta de noviembre, se podía esperar que de ahí en más el frenesí del Ejecutivo se calmara y el Legislativo comenzara a discutir los temas en los tiempos, las formas y con las consultas ciudadanas que las leyes que han de perdurar requieren, porque no hay democracia sin participación.

Pero no fue así y ya la propia LUC creó una comisión de integración amplia que en 90 días (a punto de cumplirse) debe hacer un diagnóstico del sistema previsional y en otros 90 deberá proponer una terapéutica adecuada para la sanación. A esta altura es difícil no pensar que lo que la comisión proponga, unánimemente o, con mayor probabilidad, con abismales discrepancias internas, se aprobará en pocos días más en el Parlamento por la fuerza de la mayoría de que goza la coalición gobernante, suponiendo que ella todavía exista para entonces (la coalición, y su mayoría).

Por otra parte, hace pocos días, necesitado de herramientas para combatir las aglomeraciones (las «malditas» aglomeraciones, como diría al secretario de Presidencia), el Parlamento aprobó, azuzado por el Ejecutivo, nada menos que la reglamentación del derecho de reunión consagrado por la Constitución de la República, en un tránsito por ambas cámaras que insumió un solo día.

Se va delineando, entonces, un nuevo estilo de gobernar que, apoyado en la real o supuesta urgencia de los temas tratados, consiste en dar mínimos espacios para que la sociedad y quienes piensan distinto se expresen, y así parezca que hay participación popular, y luego funcione el 18 en 31 y el 56 (o 57) en 99.

Los resultados de esta forma de gobernar son: la LUC, una norma antidemocrática por la forma en que se llevó adelante y con múltiples artículos injustos e impopulares, buena parte de la cual esperamos que sea sometida a referendo para su derogación; una reglamentación difusa del derecho constitucional de reunión, cuyos verdaderos alcances sólo podrán conocerse a partir de su reglamentación por el Poder Ejecutivo, y, próximamente, una reforma de la seguridad social que parece apuntar a que los propios pasivos sean quienes paguen el pato de la boda.

En efecto, ideas como aumentar la edad de retiro, incrementar los aportes de los trabajadores y disminuir los de los empresarios o pensar la cuestión en términos de si el jubilado recibe más o menos de lo que aportó van en la línea de diseñar el sistema previsional como un negocio que debe, al menos, no dar pérdidas, sobre todo si en vez de ser universal, sigue compartimentado, dejando aparte los regímenes de privilegio como el de las cajas militar, notarial o profesional. Pero hay otra manera de pensarlo, que muchos compartimos, que es que el sistema debe ser una herramienta más de redistribución de la riqueza y que, por lo tanto, no es anómalo ni negativo que se lo equilibre con recursos provenientes de tributos a la riqueza y las ganancias.

Creo que es legítimo pensar que si las ideas que mencionamos prosperan (y ello es más probable si la discusión y la resolución se hacen en términos de velocidades supersónicas, si también este tratamiento es exprés), dentro de un año estemos otra vez juntando firmas para que la ciudadanía derogue lo hecho. Por eso sería una gran idea que la soberanía se le devuelva al pueblo (del cual emana, según nos enseñó Artigas) y se le permita decidir en plebiscito entre dos reformas de la seguridad social: una para seguir protegiendo al malla oro y otra para defender, por una vez, a los integrantes del pelotón de retaguardia.

Notas

1.  Según Mateo (13:11-13), cuando sus discípulos le preguntaron a Jesús por qué hablaba en parábolas, él les contestó: «A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos [los que no eran sus discípulos] no […]. Por eso les hablo a ellos en parábolas. Aunque miran, no ven; aunque oyen, no escuchan ni entienden».

2. Una metáfora, en cambio, según la misma fuente, es la «traslación del sentido recto de una voz a otro figurado, en virtud de una comparación tácita».

3. Al respecto hay un preciso análisis del periodista Felipe Fernández disponible en: www.pordeciralgo.com.uy/blog/2020/04/los-lideres-no-tiran; recomiendo esta lectura al señor presidente.

4.  Por lo cual Oxfam, lejos de recomendar seguir pasándoles la mano a los «malla oro», aconseja aplicar impuestos progresivos al patrimonio neto para invertir en salud pública y protección social.

Desafío a la otra cuarentena

Por Juan Martín Posadas (Brecha, 22/1/21)

La lectura del artículo «La parábola del “malla oro” y las urgentes consideraciones», firmado por el profesor Benjamín Nahoum en Brecha, el 15 de enero, me impulsa a escribir un comentario.

La brecha (sin alusión directa alguna) entre lo que se lee y se publica en un lado y otro del espectro político de nuestro país es hoy enorme y me produce un primer efecto disuasor. La cuarentena política –que lleva ya unos cuantos años– ha establecido barreras ante la eventual infección de una pluma de otro pelo. O bien mi comentario no será publicado o, si lo es, no será leído por estar firmado por sapo de otro pozo. Pero quizás no.

Sospecho que ninguno de los nombres que firman los artículos de Brecha arrimaría nada a El País y, si lo hace, posiblemente no sea publicado. Sin embargo, yo tengo experiencia personal de habérseme dado lugar: no sólo en Cuadernos de Marcha hace mucho tiempo (¿era entonces menos ancho el abismo?), sino en Brecha más recientemente. O sea que la distancia ha sido más corta de acá para allá que viceversa.

El profesor Nahoum hace en su artículo un análisis socarrón de la imagen patentada por el presidente, Lacalle Pou, respecto del dinamismo de la economía en términos ciclísticos: hay que apoyar al malla oro porque arrastra tras de sí a todos los otros agentes económicos. Concuerdo con el profesor Nahoum en cuanto a que, para quien conoce los pormenores del ciclismo de ruta, el uso de la imagen está equivocado. Pero lo que Lacalle Pou quiere decir (y quiere llevar adelante en sus decisiones de gobierno) es muy claro, y ese es el punto que habría que discutir.

Lo que tiene en mente Lacalle Pou no es muy diferente de lo que tenían en mente y llevaron a cabo Tabaré Vázquez y Mujica cuando les dieron condiciones especiales y excepcionales a Botnia, Montes del Plata y ahora a UPM. Personalmente, creo que se les fue la mano y que, sobre todo el contrato con UPM, fue del tipo de los contratos de las metrópolis con sus colonias, no obstante lo cual entiendo la lógica que sustenta la decisión: llámele malla oro o con otro nombre.

El tema del capital, las ganancias, las condiciones económicas y demás es un conjunto conceptualmente de gran importancia en una cabeza de izquierda o en un partido de izquierda. Versa sobre la dialéctica del grande y del chico; ¿el grande que crece pisoteando al chico o el chico que prospera en la estela abierta por el grande? Una es la perspectiva del intelectual y otra la del político: uno da clase y ofrece opiniones, el otro toma decisiones, tiene que gobernar. En el vaivén entre el grande y el chico se juegan la política económica y la vida económica de una sociedad; cuando se abraza a uno y se borra o se estigmatiza al otro, se acaba la política: se ingresa en la ideología (o en la religión).

Las simplificaciones hechas motes se convierten en alimento para la hinchada (alimento mal balanceado) y destruyen el querer entender. El malla oro, la motosierra o –¿por qué no?– lo político están por encima de lo jurídico. Hay que seguir con las preguntas antes que abandonarlas por resueltas (o canjearlas por chanzas). Esta guerra no es –no debe ser– de trincheras: navigare necesse.

Respuesta a Juan Martín Posadas. Mercado y participación social

Por Benjamín Nahoum (Brecha, 29/1/21)

El presbítero Juan Martín Posadas, en una nota publicada en la edición de Brecha del 22 de enero, hace comentarios sobre un artículo mío, de la semana anterior, también en Brecha. Celebro la voluntad de discutir públicamente estos temas, cosa que nos hace mucha falta, porque la verdadera democracia no radica en votar cada cinco años, sino en que la ciudadanía esté informada y emita e intercambie opiniones. Sólo que las inquietudes de Posadas y las mías discurren por sendas distintas.

Lo que a él le preocupa, que queda claro en su nota, es «la brecha […] entre un lado y otro del espectro político» y que, «cuando se abraza a uno y se borra o estigmatiza al otro, se acaba la política: se ingresa en la ideología (o la religión)». Lo que a mí me preocupa –y creí que había dejado claro– es que la receta para superar, o al menos aliviar, los males que nos traen el mercado y el capitalismo sea más mercado y más capitalismo, porque con eso va a sufrir mucha gente, y también que se vaya cayendo, muy rápidamente, en un estilo de gobierno en que la sociedad no participa, porque todo es express y uso desmedido de la fuerza de la mayoría.

Sobre todo eso estoy dispuesto a discutir con el presbítero Posadas –cuya trayectoria y actitudes conozco y respeto–, en Brecha o en El País, si el matutino de su partido nos abre las puertas a esa discusión. Pero eso no borra las diferencias, que no necesitamos exacerbar, pero tampoco disimular. Ni las ideologías que son su punto de partida.

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