domingo 25 de octubre, 2020

Las lecciones de Libia

Publicado el 23/11/14 a las 8:38 pm

otanPor Dan Glazebrook.

Hace tres años, a finales de octubre de 2011, el mundo fue testigo de la derrota final de la Jamahiriya Libia – el nombre con el que era conocido el estado libio hasta su destrucción en 2011, y que significa, literalmente, el «estado de las masas»- como consecuencia de un asalto masivo de la OTAN, sus aliados regionales y colaboradores locales.

Le costó siete meses a la alianza militar más poderosa del mundo – con un gasto militar combinado de cercano a 1 billón de dólares anuales – destruir completamente la Jamahiriya Libia (un estado con una población del tamaño de Gales) y necesitó una operación de fuerzas especiales conjunta británico-francesa-qatarí para hacerse finalmente con el control de la capital. En total, hubo 10.000 misiones de ataque aéreo sobre Libia, decenas de miles de muertos y heridos, y el país se convirtió en un campo de batalla de cientos de milicias sectarias, armadas hasta los dientes con armas saqueadas de los arsenales estatales o procedentes directamente de la OTAN y sus aliados. Gran Bretaña, Francia y los EE.UU. desencadenaron una guerra que transformó un prosperó país de África en un ejemplo clásico de «estado fallido».

Sin embargo, la imagen de Libia en los meses y años previos a la invasión era la de un Estado que había «sobrevivido a la Guerra Fría” y ahora mantenía relaciones amistosas con Occidente. El famoso abrazo de Tony Blair con Gaddafi en su tienda de campaña en 2004 marcó el comienzo de un nuevo período de ‘acercamiento’, y las empresas occidentales se apresuraron a hacer negocios en el estado africano rico en petróleo mientras Gadafi renunciaba a desarrollar su propia disuasión nuclear, señales aparentes de un nuevo espíritu de confianza y cooperación entre Libia y Occidente.

Sin embargo, esta imagen fue en gran parte un mito. Sí, se levantaron las sanciones y se restauraron relaciones diplomáticas; pero ello no implicaba que se recuperaba la confianza y la amistad. El propio Gadafi nunca cambió su opinión de que las fuerzas del viejo y nuevo colonialismo seguían siendo enemigas acérrimas de la unidad africana y su independencia, y por su parte, los EE.UU., Gran Bretaña y Francia continuaron cuestionando la asertividad y la independencia de la política exterior de Libia bajo el liderazgo de Gadafi. El Grupo Africano de Iniciativa Política de Petróleo (AOPIG) – una fundación norteamericana de élite que incluye a congresistas, oficiales militares y grupos de presión de la industria energética – advirtió en 2002 que la influencia de «adversarios como Libia» seguiría creciendo a menos que los EE.UU. aumentasen significativamente su presencia militar en el continente. Sin embargo, a pesar del ‘acercamiento’, Gadafi siguió siendo un firme opositor a esa presencia, como se señalaba con preocupación en numerosos telegramas diplomáticos de la embajada de Estados Unidos. Uno, por ejemplo, de 2009, subrayaba que «la presencia de elementos militares no africanos en Libia o en otros lugares del continente» era un «asunto prioritario» para Gadafi. Otro telegrama de 2008 cita a un funcionario pro-occidental del gobierno libio que afirma que «no habrá reforma económica o política real en Libia hasta que Gadafi desaparezca de la escena política», lo que «no sucederá mientras Gadafi esté vivo»; lo que no es precisamente la descripción de un hombre que se inclinase ante la voluntad de Occidente. A Gadafi no le habían conmovido los halagos a Libia (o la «deferencia debida» como lo describía otro telegrama de la Embajada de los Estados Unidos). que fueron especialmente evidentes durante el período de ‘acercamiento’. De hecho, en la cumbre de la Liga Árabe en marzo de 2008, Gadafi advirtió a los jefes de estado reunidos que, tras la ejecución de Saddam Hussein, un ex «amigo cercano» de los EE.UU., «en el futuro, puede llegaros también vuestro turno … Incluso a los amigos de América – y es posible que a nosotros, los amigos de América, un día aprueben colgarnos». Hasta ahí llegaba el nuevo período de confianza y cooperación. A pesar de la firma de acuerdos comerciales, Gadafi se mantuvo implacablemente opuesto a los EE.UU. y a la presencia militar europea en el continente africano (y lideró la lucha para reducir su presencia económica) a pesar de que ello le podría costar la vida. Los EE.UU. también los sabían y, a pesar de su adulación, por detrás estaban preocupados y resentidos.

Dado lo que sabemos ahora sobre lo que ha ocurrido en Libia – tanto durante el llamado ‘acercamiento’ entre 2004 y 2011, y después de 2011- es conveniente hacer un balance de esta experiencia con el fin de extraer las lecciones del enfoque de Occidente en sus relaciones con otros países del Sur global.

Lección uno: cuidado con el ‘acercamiento’

Como he mostrado, el llamado período de acercamiento fue todo lo contrario. Los EE.UU. continuaron siendo hostiles al espíritu independiente de Libia – como se puso de manifiesto por la oposición de Gadafi a la presencia de fuerzas militares de Estados Unidos y europeas en África. Ahora parece que los norteamericanos y los británicos utilizaron ese período para preparar el terreno para la guerra que finalmente estalló en 2011.

Los EE.UU., por ejemplo, utilizaron su nuevo acceso a funcionarios libios para cultivar las relaciones con aquellos que se convertirían en aliados locales clave durante la guerra. Los telegramas diplomáticos filtrados muestran que el ministro de Justicia libio prooccidental Mustafa Abdul-Jalil organizó reuniones secretas entre Estados Unidos y funcionarios del gobierno libio fuera de los canales oficiales habituales y que, por lo tanto, no eran detectados por el Ministerio de Asuntos Exteriores y el gobierno central. También consiguió acelerar el programa de liberación de presos que permitió la liberación de insurgentes del Grupo de Lucha Islámico Libio (LIFG) que finalmente actuaron como tropas de choque de la OTAN durante la guerra de 2011. El jefe del LIFG – franquicia de Al Qaeda en Libia – se acabaría convirtiendo en el jefe del consejo militar de Trípoli, mientras que el propio Abdul-Jalil llegaría a ser el jefe del «Consejo Nacional de Transición» que fue instalado por la OTAN tras la caída de la Jamahiriya Libia.

Otra figura clave incubada por los EE.UU. en los años anteriores a la invasión fue Mahmoud Jibril, jefe de la Junta Nacional de Desarrollo Económico desde 2007, que organizó seis programas de formación en los Estados Unidos para diplomáticos libios, muchos de los cuales posteriormente renunciaron y se pasaron del lado de los EE.UU. y Gran Bretaña una vez que comenzó la rebelión y la invasión.

Por último, la política de cooperación en materia de seguridad e inteligencia, que había sido un elemento clave de la época ‘acercamiento’, sirvió para proporcionar a la CIA y el MI6 un nivel sin precedentes de información sobre las fuerzas de seguridad libias y los elementos de la oposición a los que podían cultivar, lo que sería de gran valor para la conducción de la guerra.

La primera lección, por lo tanto es que el ‘acercamiento’, aparentemente una mejora de las relaciones, en realidad puede ser una «táctica a largo plazo» para sentar las bases de una agresión abierta, para la recogida de inteligencia y el reclutamiento de posibles colaboracionistas, estableciendo una quinta columna dentro del mismo Estado. Ello no quiere decir que sea imposible; simplemente, que debe abordarse con suma cautela y escepticismo por parte de los estados del Sur global. Se debe comprender que, para Occidente, es posiblemente un medio de hacer la «guerra por otros medios», parafraseando a Clausewitz. Algo particularmente pertinente en el caso de Irán, que actualmente es tentado con el cáliz envenenado de unas «mejores relaciones” con Occidente (aunque este ‘deshielo’ todavía puede ser echado por tierra por un Congreso de los EE. UU. Pro-sionista sin paciencia para las tácticas a largo plazo).

Lección dos: para Occidente, el cambio de régimen se ha convertido en un eufemismo de destrucción social total

Trato de evitar el término ‘cambio de régimen’, ya que implica el cambio de un «régimen» (generalmente entendido como un estado relativamente funcional y estable, aunque sea potencialmente despiadado) por otro. En la historia reciente de los llamados «cambios de régimen» impulsados por Occidente, nunca ha sucedido algo así. En Irak, Afganistán y Libia, los ‘regímenes’ no han sido sustituidos por otros ‘regímenes’, sino que han sido destruidos y reemplazado por «Estados fallidos», donde la seguridad es inexistente, y ninguna fuerza armada es por si sola lo suficientemente fuerte como para constituirse en «estado», en el sentido tradicional de establecer un monopolio legítimo de la violencia. Esto a su vez provoca más divisiones sociales y sectarias, ya que ningún grupo se siente protegida por el Estado, y cada uno promoverá una milicia que defenderá su localidad específica, tribu o secta – y por lo tanto el problema se perpetúa, con la inseguridad generada por la presencia de algunas milicias poderosas que conducen a la creación de otras. El resultado, por lo tanto, es la ruptura total de la sociedad nacional, en la que las funciones de gobierno, en especial la seguridad, son cada vez más difíciles de llevar a cabo.

En Libia, no sólo fueron armadas y entrenadas por los EE.UU., Gran Bretaña y Francia diversas milicias sectarias, como el Grupo Islámico Combatiente Libio, durante la guerra contra la Jamahiriya Libia, sino que su poder fue alentado por el nuevo gobierno respaldado por la OTAN. En mayo de 2012, la Ley 38 concedió efectivamente la impunidad a las milicias, haciéndolas inmunes a las acusaciones de los crímenes cometidos durante la guerra contra la la Jamahiriya Libia (como la bien documentada masacre de inmigrantes y libios de raza negra), sino también en relación a los crímenes en curso que se consideraban «esenciales para la revolución». Esta ley dio efectivamente carta blanca a las milicias para asesinar a sus adversarios reales o imaginarios, gracias al apoyo de las autoridad que habían obtenido dos meses antes. En marzo de 2012, muchas de las milicias se habían incorporado a una nueva fuerza de policía (el Comité Supremo de Seguridad) y un nuevo ejército (el Escudo de Libia) – no sólo legitimándolas, sino proporcionándolas más recursos materiales para continuar su violencia e imponer su voluntad sobre las autoridades legales del país, en gran parte impotentes. Desde entonces, las nuevas fuerzas de policía de las milicias han llevado a cabo varias campañas violentas contra la minoría sufí del país, destruyendo varios santuarios en 2013. El mismo año, también sitiaron varios ministerios del gobierno, para obligarle a aprobar una ley discriminatoria contra los partidarios del gobierno anterior (lo que aumentará la inseguridad al prohibir que cientos de miles de funcionarios con experiencia puedan seguir trabajando para el gobierno). El Escudo de Libia, por su parte, masacró a 47 manifestantes pacíficos en Trípoli en noviembre del año pasado, y más tarde secuestró al primer ministro Ali Zeidan. Actualmente están envueltos en una guerra para derrocar al gobierno recién elegido, lo que probablemente ha costado y costará la vida a miles de personas desde el mes de junio. Esto no es un ‘cambio de régimen’: lo que la OTAN ha creado no es un nuevo régimen, sino las condiciones de una guerra civil permanente.

Muchos, tanto en Libia como en Siria, se arrepienten de haber actuado como carne de cañón de la OTAN para sembrar las semillas de la destrucción en sus propios países. Cualquier que crea que operaciones futuras de ‘cambio de régimen’ impulsadas por Occidente acabarán en democracias estables – o incluso teocracias islámicas estables – solo necesitan mirar a Libia para saber lo que les espera. El poderío militar occidental no puede cambiar los regímenes: sólo puede destruir las sociedades.

Lección tres: una vez que las potencias militares occidentales reciben su pie en la puerta, no van a dejar voluntariamente hasta que se haya destruido el Estado

Aunque la guerra en Libia comenzó con la autorización de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU (1973), es importante señalar que esta resolución sólo autorizaba el establecimiento de una zona de exclusión aérea y el despliegue necesario para evitar que las fuerzas estatales libias entrasen en Bengasi. Esto se logró en cuestión de días. Todo lo que la OTAN hizo posteriormente fue más allá de los términos de la resolución y, por tanto, ilegal; como subrayaron con vehemencia muchos de los que habían apoyado (o al menos no se habían opuesto) la resolución, incluyendo a Rusia, China, Sudáfrica e incluso estados miembros de la Liga Árabe.

Más allá de pretextos, una vez que los EE.UU. y el Reino Unido están involucrados militarmente en un país de su lista, no se debe esperar que se auto-limiten. Según su posición el CS de NN UU en 1973 les autorizó a bombardear Libia. Los precisos objetivos legales se desvanecieron: una vez que se les dio luz verde para bombardear, no pararían hasta destruir Libia y acabar con Gadafi, cualquiera que fuera el argumentario jurídico original que les autorizó a intervenir.

Una analogía útil es la del ladrón que va a casa de una anciana haciéndose pasar por un inspector de gas. Una vez dentro, no se limita a la lectura del contador de gas: va a robar la casa.

Obviamente, esta lección es muy pertinente en Siria, donde los EE.UU., a los que pronto se uniría el Reino Unido, están llevando a cabo ataques aéreos cuyo objetivo ostensible es ‘destruir ISIS’. Dado que su objetivo declarado a largo plazo es derrocar el Estado sirio, y que solo recientemente (y podría decirse que a medias en el mejor de los casos), han comenzado a considerar a los combatientes de ISIS como enemigos en vez de aliados, el nuevo objetivo debe ser admitido con precaución, cuanto menos.

Lección cuatro: la destrucción de un Estado no puede lograrse sin fuerzas de tierra

Un aspecto poco señalado de la guerra en Libia (que, sin embargo, ha sido analizado en detalle por Horace Campbell) es el hecho de que la capital, Trípoli, fue tomada en gran parte por fuerzas terrestres de Qatar, coordinadas por fuerzas especiales francesas y británicas (en directo contravención de la resolución del CS de NN UU de 1973). De hecho, ninguna parte de Libia estuvo en manos de los rebeldes sin masivos bombardeos de la OTAN contra las fuerzas estatales libias; después de las primeras tres semanas, una vez que el ejército libio contuvo la revuelta, ni una sola batalla fue ganada por los rebeldes hasta que la OTAN comenzó el bombardeo. Incluso entonces, los rebeldes solo pudieron tomar ciudades cuando las fuerzas de la OTAN habían destruido por completo la resistencia – y con frecuencia fueron expulsados de nuevo por el ejército libio a los pocos días. Esto a pesar del hecho de que muchas de las milicias de Misrata estaban bajo el mando directo de las fuerzas especiales británicas.

Esta situación implicaba que la toma de la capital iba a ser muy problemática. La solución fue la Operación Sirena del Amanecer: una invasión de Trípoli a finales de agosto por las fuerzas de tierra de Qatar, la inteligencia francesa y el SAS británico, precedida de varios días de fuertes ataques aéreos. Si bien es cierto que los colaboracionistas locales se unieron una vez que la invasión comenzó, y de hecho algunas unidades rebeldes conocían la fecha con anterioridad, la realidad es que la caída de Trípoli fue sobre todo una operación planeada y ejecutada por extranjeros.

Todo esto es de gran importancia para la situación en Siria en estos momentos. Durante la mayor parte de este año, la iniciativa en la guerra de Siria ha estado en el lado del gobierno, especialmente su reconquista del bastión rebelde de Homs en mayo. Si bien este impulso fue, en cierta medida, revertido por ISIS tras su avance en Irak, sin embargo, es evidente que la esperanza de una victoria rebelde sin una campaña aérea occidental parece poco probable.

Lo que demuestra Libia, sin embargo, es que, incluso con apoyo aéreo, las milicias rebeldes tienen pocas probabilidades de alcanzar la victoria sin una ocupación terrestre exterior. En el caso de Siria, puede ser aún más necesaria, porque la combinación de ataques aéreos contra ISIS y contra las fuerzas del gobierno sirio será mucho más difícil que en Libia, dados los sofisticados misiles antiaéreos S-3000 proporcionados por Rusia el año pasado al gobierno sirio. Ello hace que una invasión terrestre sea la opción más viable. Los medios de comunicación occidentales intentan presionar a Turquía para organizar una invasión terrestre, y es probable que las fuerzas turcas jueguen en Siria un papel similar a las fuerzas de Qatar en Libia.

La guerra de Libia abrió los ojos a muchas personas, o debería haberlo hecho. Pero la lección primordial – si necesario reiterarla – es que los EE.UU., el Reino Unido, Francia y sus aliados no se detienen ante nada, incluyendo causar un colapso social total, con el fin de cambiar su situación económica mundial en declive a través de la destrucción militar. Esta es la realidad detrás de todo el discurso sobre la protección de los civiles, el humanitarismo y la defensa de la democracia: toda intervención militar occidental debe analizada desde esta realidad.

Dan Glazebrook es autor de Divide and Ruin: The West’s Imperial Strategy in an Age of Crisis .
Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García
Tomado de http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=7484

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