viernes 12 de diciembre, 2025

Ponerse el alma

Publicado el 02/09/14 a las 6:05 pm

cmPor Constanza Moreira.

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Los días van cayendo del almanaque, como las hojas del otoño: sesenta, cincuenta y siete días para la elección, escuché ayer. Parece que estamos en la llamada “recta final”, pero yo siento que el Frente se despereza, y la campaña, en verdad, recién empieza.

Creo que en estos días, tenemos que quitar la cabeza de las encuestas y elevar las miras: defender principios, más que logros; y poner en juego los sueños, más que las certezas, porque el terreno de las ideas siempre fue nuestro terreno, y el de ellos se ha vuelto el de los puros gestos vacíos. Donde ellos silencian, nosotros tenemos que hablar.

¿Qué defendemos? Defendemos lo público sobre lo privado, esa es la izquierda, lo colectivo sobre lo individual, la solidaridad contra el egoísmo, La pública felicidad, como diría Artigas, sobre el regocijo privado. Y también el compromiso frente a la indiferencia, el afecto frente a la desconfianza, y el espíritu crítico, frente a la resignada aceptación de lo que existe.

Cuando hablamos de lo público, lo primero que se pone en juego es el Estado. Empezando por sus empresas; está Antel, está Ute, está Ancap, de la que tánto orgullo sienten los uruguayos.

Hoy son nuestras, porque la izquierda las defendió un día, e impidió que las privatizaran. Y hoy son poderosas, porque los gobiernos de izquierda creyeron e invirtieron en ellas. Las modernizaron y ampliaron. Cuando la oposición pone el grito en el cielo por la deuda de Ancap, simplemente miente: la única deuda de Ancap es la inversión que ha hecho, y que continuará haciendo, para volver al Uruguay un país soberano en energía, y capaz de producir más y mejor.

¿Qué sería Uruguay sin sus empresas estatales? Un país dócil, sometido a los arbitrios de las grandes multinacionales, atado de pies y manos a una política de tarifas que no podría controlar, y destinado a ver cómo desinvierten en esas mismas empresas cuando ya no les convenga, de manos atadas, como pasó con Varig en otra época.

Lo público es también ese Estado que la oposición reclama que se reforme. Y se escuchan quejas de que la tan “mentada reforma del Estado” no haya pasado del papel. Pero ¿acaso la reforma de la salud no fue una gigantesca reforma del Estado? ¿O no recordamos que hace diez años, el sistema mutual estaba colapsando y la única alternativa que parecía viable era la privatización total de la salud? Pero el Uruguay no siguió esa línea; por el contrario, recuperó las mutualistas, fortaleció ASSE, y duplicó los recursos que el sistema público de salud pedía desesperadamente.

¿Qué diremos de la modernización de la banca pública, de la DGI? ¿Cómo pudo el Uruguay en diez años duplicar la recaudación si no fuera por una apuesta decidida a la transformación de todas las instituciones públicas del sistema económico? ¿Acaso la reforma tributaria no fue una gran reforma del Estado? Podemos querer grabar más al capital, y menos al trabajo, sin duda. Pero para eso precisamos el primer instrumento: una reforma que permita grabar rentas y no consumos. Eso requirió más tiempo y esfuerzo del que recordamos.

Pensemos en la descentralización del país, en la creación de municipios, en el fortalecimiento de los recursos destinados al Interior. Pensemos, si acaso, que gracias a ello, Montevideo pierde población y el Interior la gana, revirtiendo el largo, larguísimo ciclo de macrocefalia capitalina que dominó toda la vida del Uruguay del siglo XX. ¿Eso no es reforma del Estado acaso? ¿La descentralización territorial, la descentralización de ASSE, la llegada de la Universidad al interior?

No hubo área del Estado que no cambiara en este tiempo. Para empezar por la instalación del concurso público como sistema único de entrada al Estado. La oposición no quiso votar una ley muy simple que implicaba que para todo el país, el único sistema de ingreso al Estado fuera el concurso, límpido, transparente, equitativo. Y hay todavía un país esperando que el acomodo, el clientelismo y el tráfico de influencia, dejen de ser la política corriente en la relación entre el Estado y las personas.

La defensa de lo público, también implicó expandir derechos. Y el Uruguay se hizo famoso en el mundo por lo avanzado de nuestras leyes. Exactamente como hace un siglo atrás. Como cuando el batllismo. Porque ese Uruguay del que nos jactamos, el Uruguay de avanzada, el Uruguay vanguardia de América Latina, la “Suiza de América”: no se dio porque fuimos ricos, sino porque fuimos justos. Porque hicimos leyes que protegían a la democracia antes que muchos, y leyes que protegían a los trabajadores antes que la mayoría, leyes que nos declaraban laicos antes que a todos, y leyes que protegían a las mujeres y ante las cuales el mundo se asombró. Hoy, no nos quedamos atrás, con las leyes que protegen a los trabajadores, con la despenalización del aborto, con la ley de violencia doméstica, con la ley de regulación de la marihuana y con la ley de matrimonio igualitario. El mundo nos observa con orgullo. Por ser de avanzada.

La defensa de los derechos de las personas contó, en la mayoría de los casos, sólo con los votos de la izquierda. Fue con estos votos que se aprobaron las leyes que protegen a los trabajadores, la despenalización del aborto, la regulación de la marihuana, y fue con los votos de la izquierda que se dignificaron los salarios de los maestros y de los profesores, y también con los votos de la izquierda se defendieron las empresas públicas. No fue sólo con los votos del FA, pero fue siempre por iniciativa del FA, que se votaron leyes para cupos para personas afrodescendientes, una ley sobre discapacidad, una ley de de igualdad de oportunidades para hombres y mujeres, o la creación de una Universidad en el interior del país.

Todos estos logros, nacieron de unos principios básicos, intransferibles, universales: la defensa del interés público sobre el interés privado, la protección de los vulnerables frente a todo atropello, la lucha por los débiles contra los fuertes, y la solidaridad de todos para hacer que los más infelices sean los más privilegiados.

Hoy, como siempre, nada debemos esperar sino de nosotros mismos. Y si de verdad la patria está en juego, hay que animar los corazones, hay que iluminar nuestra parte, con la luz de nuestras ideas y convicciones. En estos días compañeros y compañeras, hay que ponerse el alma.

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