sábado 24 de octubre, 2020

POR UNA POLITICA ANTIMAQUIAVELICA

Publicado el 25/05/10 a las 10:03 pm

Por Constanza Moreira

No habrá una sociedad mejor sin la participación, no compulsiva ni forzada sino real y activa.

Reza una antigua fábula de la mitología griega que los dioses encomendaron a Epimeteo que distribuyera entre los seres vivos, las cualidades necesarias de modo conveniente para que pudieran existir. Epimeteo tomó la iniciativa y dotó a unos animales de fuerza, a otros de velocidad y a otros de fecundidad; de manera tal que todas las especies pudieran sobrevivir. Pero agotó todas las posibilidades y quedaba la especie humana. Prometeo, el amigo del hombre, robó entonces el fuego, y también las artes y las ciencias. El hombre fue entonces equipado con las cualidades divinas, e inventó la religión, el lenguaje, el cultivo, y la ciencia. Pero Prometeo no había tenido tiempo de robar la política, propiedad de Zeus, y sin ella los hombres no podían vivir juntos y se despedazaban mutuamente. Zeus se compadeció entonces de la raza humana y le encargó a Hermes que le proporcionara la justicia. Debía hacerlo no según la división del trabajo como las demás artes, sino a todos y a cada uno por igual. Así, en las artes y las ciencias se recurre a los especialistas, pero en la justicia, y en la virtud política, todos participan, y pueden opinar libremente sobre lo justo y lo injusto (del Diálogo platónico Protágoras).

La política, esa red entre los hombres que nos une y nos transforma en una sociedad humana, está basada en una virtud que nos es común, y que todos tenemos: el sentido de justicia. Eso es lo que hace a la política connatural a la especie humana: el estar basada en una virtud que todos tenemos por igual.

La forma de entender la política que predomina hoy, y desde hace ya cinco siglos, refleja poco y mal su mito originario. La idea de que la política es el manejo del poder, y que un buen político se caracteriza ante todo, por conquistar poder y conservarlo, es de esencia maquiaveliana.

La forma en que se practica la política hoy, en todas las tiendas, tiene mucho de conquistar el poder y conservarlo, independientemente de fines ulteriores. Estos fines ulteriores, como la «ideología» o las ideas, parecerían poder ser enteramente separados de la práctica concreta de la conquista y la conservación del poder, como si pertenecieran a especies distintas. Los «copamientos» de las asambleas, la forma en que maniobramos la voluntad de los muchos para imponer nuestros propios criterios y reglas, o las manipulaciones de la información y el «secretismo», son prácticas maquiavélicas corrientes, aún en la izquierda. Tan corrientes que alguien podría decirme: ¿y qué? Por eso, a menudo ya no requieren justificación alguna, sino que aparecen como una exhibición de la «inteligencia» política.

Así, aunque mantenemos el ideal de una democracia participativa, en nuestra práctica diaria distamos de invocarla todos los días, y nos movemos, animales maquiavélicos al fin, tratando de imponerle a la gente nuestro punto de vista. Algo de esto se mostró en las pasadas elecciones municipales, y ello abarca no sólo a la elección de candidatos (y no sólo en Montevideo), sino a la aprobación de una ley electoral (la que creó las alcaldías), sin que la población estuviera muy enterada de su conveniencia, de su utilidad, o de su oportunidad.

También hemos desarrollado otras concepciones maquiavélicas, como la de la «popularidad» de los gobernantes (tema que preocupaba mucho a Maquiavelo, firmemente convencido de que la gente ve las apariencias, pero nunca la realidad), y de la docilidad de la gente, que estando tan lejos del poder, nunca entiende lo que pasa, pero siempre termina obedeciendo.

La política, según Maquiavelo, es un «mix» entre armas y palabras. Las palabras sin las armas, no valen de nada. El consentimiento de los pueblos es lábil, como la voluntad de los hombres. Se transforma en obediencia, si existe el temor a la violencia. Porque la virtud de los pueblos sería obedecer y la de los príncipes mandar. Por eso la verdadera eficacia política sería presionar, convencer y someter. Claro está que la fuerza pura, tiene un límite. Los regímenes enteramente basados en el odio y el temor (como nuestra dictadura, aquí), necesitan de la represión continua para su sostenimiento. Y esta es una mala ecuación para el poder. El poder también precisa convencer.

Finalmente, hay algo en lo que Maquiavelo siempre tuvo razón. El poder aísla. El poder es un aislante poderoso. Esa es la razón por la que los que gobiernan van, progresivamente, volviéndose insensibles a la realidad cotidiana de la inmensa mayoría de la gente. Y también para la gente se van volviendo con el tiempo incomprensibles las decisiones de sus gobernantes. No necesariamente esto es malo, en la fórmula de Maquiavelo: pueblos dóciles y apáticos, y gobernantes aislados, es la práctica corriente en la vida política. Mientras el gobernante consiga resistir el asedio de los conspiradores (que más se multiplican en los corredores del poder que en la arena de los siervos), mantendrá su supremacía.

Sin la recurrencia a una política no maquiavélica, será difícil horadar el poderoso aislante entre la gente y sus gobernantes. Pero la política maquiavélica requiere cambiar el propio modo de la política, y dentro de la izquierda, sobre esto, todavía siguen habiendo dos bibliotecas (la de Maquiavelo, y la inmortalizada en el Protágoras). El FA se generó a partir de una idea no maquiavélica de la política. Así era el frenteamplista de los años 70 que iba de casa en casa tratando de convencer a su vecino sobre las nuevas ideas que habían llegado al mundo, destinadas a desterrar para siempre la práctica de los partidos tradicionales: ese frenteamplista creía que convencer a su vecino, a cualquiera, era construir «contrahegemonía», y que sin eso, no había cambio posible. El poder se cambiaba «desde abajo».

En contraposición a esto, es maquiavélica la idea de que ciertas decisiones sólo pueden ser tomadas en la tribu de los prójimos, y no en el ancho ­y cada vez más ajeno, espacio de la gente común. Así, cuando se reivindica con exclusividad para un grupo (sean éstos los comités de base, o los sectores, o los dirigentes) todas y cualquier propuesta de renovación del FA, se está practicando maquiavelismo vernáculo. O, al decir de Obdulio, los de afuera son de palo. Pero estos «de afuera» son los que ni yendo a los comités de base, ni militando en los sectores, ni participando del gobierno, construyen «contrahegemonía» todos los días. Y a menudo se olvida que ese afuera, cada vez más poblado que el adentro, sigue siendo aún la principal fuente de legitimidad de su existencia.

El poder como objetivo, como fin último, es lo maquiavélico. Su principio radica en la eficacia necesaria para su conquista y retención. Por eso es el libro de cabecera de los que tienen o buscan el poder por el poder mismo. No se hacen apreciaciones morales sobre los medios, instrumentos y acciones necesarias para conseguirlo. Por el contrario, se justifica su práctica y hasta se la alienta. Entonces, adquiere relevancia la eficiencia de las burocracias políticas aunque no hagan política, aunque sólo le lleguen a los ya convencidos y militantes. Una tribu encerrada en los rígidos y estrechos códigos de su clan pero que se vuelve imprescindible a la hora de legitimar la asamblea con su presencia soberana. Es la reducción de la política a lo cuantitativo sobre lo cualitativo, donde la suma propia, aunque sea escasa y aislada, reviste un halo de participación que nos cubre como un bálsamo. Se olvida que la izquierda existe para la transformación. Y si algo enseñó el siglo XX, fue los límites acotados de una política maquiavélica (como la dirigida por elites ilustradas). No habrá una sociedad mejor sin la participación, no compulsiva ni forzada sino real y activa. Y no será voluntaria si una elite de izquierda pretende marcarle el paso, el piso y el techo. Nadie en su sano juicio milita por una causa si no siente que su papel aporta, es escuchado, respetado y tenido en cuenta y se inserta en un proceso continuo de elaboración que sube y baja y, cada vez más, va y viene en una horizontalidad que une y comunica, reflexiona y entusiasma. Y no esconde la realidad, sino que la cambia.

http://www.larepublica.com.uy/contratapa/411259-por-una-politica-antimaquiavelica
24/5/10

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