Venezuela en la guerra permanente y la crisis del capitalismo (Dossier)
Publicado el 08/01/26 a las 2:46 am
Reunimos varios artículos que interpretan el bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y Cilia Flores por la administración Trump, hechos en desarrollo que exponen la violenta reconfiguración del orden mundial. Atilio Borón trata la definitiva erosión del «mundo basado en reglas” por la intervención militar de un imperio en decadencia. Carlos Fazio muestra el “corolario Trump” como el intento de un Estado gansteril de reordenar la pirámide internacional, en términos de soberanía. Michael Roberts combina la imposición geopolítica con la racionalidad económica centrada en el petróleo y sus restricciones de rentabilidad. William I. Robinson enmarca estos hechos en la actual crisis capitalista mundial y la emergencia del «Trumpismo Global». En conjunto, desde distintas ópticas, demuestran que los sucesos en Venezuela involucran a los pueblos del mundo y en particular, a los de Nuestra América. Bajo la coerción y coacción estadounidense la soberanía de los países más débiles sería meramente nominal. En Venezuela se juega un nuevo capítulo de la necesaria construcción estratégica de integración y desarrollo regional. ¿Seguirán Colombia y Cuba? La posición del PVP puede leerse aquí.
Trump: bombardeo y secuestro
Por Atilio Boron
Donald Trump acaba de destruir lo poco que aún quedaba del tan mentado “orden mundial basado en reglas”. El bombardeo de numerosas instalaciones militares (y sus inevitables daños colaterales en objetivos civiles) en Caracas y alrededores seguido por el secuestro -que no “extracción”- del presidente Nicolás Maduro Moros abre un nuevo capítulo en el sistema internacional en donde numerosos actores van a poder utilizar el precedente sentado por Trump en Venezuela para resolver a su favor conflictos de poder en las más diversas locaciones del planeta.
El autoproclamado “presidente de la paz” y frustrado aspirante al Premio Nobel de la paz ha sido el más belicista de los últimos tiempos: arma hasta los dientes al genocida Benjamin Netanyahu y le prodiga toda clase de protección, desde la diplomática hasta la militar y mediática; obliga a sus indignos vasallos europeos a comprar armas y pertrechos militares para sostener al neonazi Volodimir Zelenski prolongando el martirio de la población ucraniana en una guerra que ya está irremediablemente perdida y que Trump había alardeado que la terminaría en 24 horas; extraviado por su patológica megalomanía Trump ordena bombardear el norte de Nigeria para, según él, poner a salvo a algunas comunidades cristianas supuestamente agredidas por fieles del Islam; se atribuye haber logrado la paz en Gaza, una mentira enorme porque el régimen racista israelí continúa con su matanza, ahora apelando al hambre, la sed y el colapso de la salud pública mientras más de seis mil camiones esperan hace meses en la frontera cargados de alimentos, agua y medicamentos; se vanaglorió de haber logrado la paz entre Camboya y Tailandia pero los ataques entre ambas partes se suceden sin pausa.
Y ahora es el turno de Venezuela, en una costosísima operación que duró largos meses y que culminó con el sorprendente secuestro del presidente y su señora esposa, Cilia Flores. En su conferencia pública Trump dijo que este operativo militar demuestra que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo, un mensaje explícito dirigido a China y, en cierto sentido, también a Rusia. No sólo eso: se ungió a sí mismo como administrador imperial de Venezuela al decir que “conduciremos el país hasta que podamos hacer una transición juiciosa y apropiada”, y aclaró que Washington no va a permitir que “otro se haga con el poder en Venezuela sin tomar en cuenta los intereses de su pueblo”, suponiendo que el pueblo chavista, supuestamente abatido y domesticado, lo vaya a recibir como su salvador y no como un bandido que vino a robarle su petróleo, lo único que le interesa a Trump. A éste jamás le preocuparon la democracia, la justicia, la libertad o los derechos humanos, y mucho menos en esta parte del mundo, y las y los venezolanos lo saben muy bien.
Embriagado por sus palabras, Trump acusó a Maduro de traficar una “cantidad colosal” de drogas en los Estados Unidos por medio del (ficcional) Cartel de los Soles y de enviar disimulados como migrantes a criminales del Tren de Aragua. Además calificó al narcotráfico como una campaña orquestada por Venezuela para matar ciudadanos estadounidenses, equiparándola con las mayores organizaciones terroristas a nivel global. Una mentira más de un embustero serial: el Washington Post demostró que en su primer mandato Trump dijo 30.573 mentiras. En todo caso no deja de llamar la atención que esta preocupación por poner a salvo a la población estadounidense de los estragos del narcotráfico no haya sido tenida en cuenta cuando indultó al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, sentenciado por la justicia de Estados Unidos a 45 años de prisión por haberse comprobado que participó en diversos operativos que culminaron con la introducción en ese país de más de 400 toneladas de cocaína y otras drogas. Pero el narcotraficante es Maduro.
La desesperación de Trump por mostrar algún éxito en la política exterior, luego de casi un año de continuos traspiés, lo impulsó a apostar todas sus fichas en la operación venezolana. Pero este fue apenas el primer acto de una tragedia que tendrá varios episodios más, y es poco probable que los siguientes sean tan afortunados para Washington como el de esta madrugada. Además incentivará conductas semejantes en otros actores del ya convulsionado sistema internacional. ¿Por qué Beijing debería esperar hasta el 2049, cuando se cumplan cien años del triunfo de la Revolución, para completar la reunificación de Taiwán, una rebelde provincia china manipulada por Estados Unidos para acosar a la República Popular China? Sobre todo si sobran los antecedentes que demuestran irrefutablemente que Taiwán siempre formó parte de China.
Entre otros antecedentes de peso hay cuatro cartas reversales cursadas entre Washington y Beijing que así lo certifican. ¿Por qué debería el régimen de Tel Aviv esperar un minuto más y no aplicar todo su formidable poderío militar para acabar con la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania y construir el Gran Israel, desde el río hasta el mar, extendiendo aún más el incendio en Medio Oriente? ¿Por qué Azerbaiyán debería abstenerse de culminar su campaña y apoderarse definitivamente de todo el territorio de Armenia? ¿Por qué Rusia debería abstenerse de acabar rápidamente la guerra descargando ahora sí todo su potencial destructivo para devastar a Ucrania y quedarse con gran parte de su territorio? ¿Qué reglas le impedirían hacer eso, en imitación a lo hecho por Trump?
Nada de lo hecho por el magnate neoyorquino debe sorprendernos. Los imperios, lo hemos repetido cien veces, exacerban su violencia en su fase de declinación. Pero pese a los himnos triunfales que hoy suenan en la Pennsylvania Avenue de Washington, el hecho de haber ganado una batalla no significa que se haya ganado la guerra. El mismo entusiasmo prevalecía cuando se bombardeaba furiosamente a Vietnam y, décadas después, a Afganistán. Y en ambos casos Estados Unidos terminó sufriendo traumáticas y humillantes derrotas. Si algo enseña la historia es que aventuras como la que hoy nos preocupan suelen terminar mal para el imperio. No hay muchos elementos para pensar que ahora el desenlace será más sonriente para la banda de delincuentes que gobierna Estados Unidos, aunque haya que esperar un tiempo porque la reacción popular ante las agresiones imperiales rara vez es inmediata. Pero una vez que se enciende es imparable.
Trump y la soberanía amputada
Por Carlos Fazio
El bombardeo indiscriminado de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro por la administración Trump confirma que el derecho internacional, que a partir de la Paz de Westfalia en 1648 reconocía la soberanía de cada Estado-nación, ha dejado de existir luego de pasar por distintas fases de suspensión temporal. Ahora, como reproducía ayer el titular de La Jornada: “Trump al mundo: ‘dominamos Occidente’”, el rapaz inquilino de la Casa Blanca se autoerige en señor feudal de la vieja Europa y el continente americano y ha dicho sin tapujos que “gobernará Venezuela”.
Como ha recordado el politólogo ruso Aleksandr Duguin en estos días: el derecho internacional es un tratado entre las grandes potencias capaces de defender su soberanía en la práctica. Son ellas las que determinan las reglas para sí mismas y para todos los demás: lo que está permitido y lo que está prohibido. En la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de Estados Unidos, el corolario Trump a la Doctrina Monroe, lo exhibe sin ambages.
En la década de 1930, el derecho internacional −cuya última versión fueron los acuerdos de Versalles y las normas de la Sociedad de Naciones− se derrumbó y sobrevino la Segunda Guerra Mundial, como la culminación del enfrentamiento entre las ideologías del poder del liberalismo, el fascismo y el comunismo, que condujo a la abolición de uno de los polos: el nacionalsocialismo europeo. En 1945 la Organización de Naciones Unidas se creó como base de un nuevo sistema de derecho internacional fundado en el reconocimiento de la soberanía de los Estados, aunque en realidad estaba regido por el equilibrio de poder (o la correlación de fuerzas) entre los vencedores de la conflagración mundial. Formalmente, se reconocía la soberanía nacional, pero en la práctica, no era así. El principio westfaliano se mantuvo nominalmente. En realidad, todo se decidía mediante el equilibrio de poder entre la Unión Soviética y Estados Unidos y sus satélites.
En 1989 el bloque del Este comenzó a desmoronarse con el colapso de la URSS, que en 1991 se desintegró. Antiguos países socialistas adoptaron la ideología de su adversario de la guerra fría y comenzó el mundo unipolar. Quedó una autoridad soberana, que se convirtió en global: Estados Unidos (o el Occidente colectivo). Una ideología, una fuerza. Capitalismo, liberalismo, OTAN. El principio de la soberanía del Estado-nación y la propia ONU se convirtieron en una reliquia del pasado, al igual que lo había sido la Sociedad de Naciones. A partir de entonces, el derecho internacional fue establecido por un solo polo comandado por Estados Unidos.
En la coyuntura, ante la emergencia de China, Rusia y la India como motores de una multipolaridad alternativa al patrón ideológico del Occidente liberal-globalista, la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump exhibe a Estados Unidos como un Estado gansteril que ya no concibe la soberanía como derecho inalienable, fundado en la autodeterminación de cada Estado nación, sino como una capacidad operativa: es una atribución jerárquica y extensiva del propio poder estadunidense sobre América Latina y el Caribe; de allí la fusión entre los comandos Norte y Sur del Pentágono. Por eso, con su típica desfachatez egocéntrica, Trump dice que “gobernará” Venezuela con quienes están al mando del partido de la guerra: el jefe de las fuerzas armadas, general Dan Caine; los secretarios de Estado y Defensa, Marco Rubio y Pete Hegseth, y el director de la CIA, John Ratcliffe (los cinco criminales seriales tras las ejecuciones extrajudiciales de un centenar de personas en el Caribe previo al secuestro de Maduro).
En esa lógica, el continente americano es presentado como un espacio de jurisdicción estratégica ampliada, una zona de control expansivo, cuyas estabilidad, orientación política y arquitectura normativa deben estar alineadas con los intereses de Estados Unidos, que no es un Estado más dentro del sistema, sino un supra-Estado, investido con la facultad de ordenar, supervisar y corregir mediante la fuerza bruta el comportamiento del resto de las unidades políticas regionales.
En este marco, la soberanía deviene asimétrica y condicionada: Estados Unidos se adjudica para sí la condición de único sujeto soberano pleno, mientras las demás naciones del continente son tratadas como soberanías subordinadas y dependientes, cuya validez práctica está medida en términos de su alineamiento con las prioridades estratégicas de la Casa Blanca. Una reinterpretación que convierte a los demás países de las Américas en una extensión funcional del territorio político estadunidense, estructurando un orden vertical de corte feudal neoextractivista en el que el derecho a existir de cada Estado vasallo está mediado por su grado de lealtad y sumisión al hegemón. Así, toda tentativa de autonomía, ya sea por proyectos nacionales de desarrollo, diversificación geopolítica o cooperación con potencias o países extrahemisféricos (como China, Rusia o Irán, que pueden ofrecer opciones de financiamiento, infraestructura o inversión más atractivas), es recodificada como una amenaza que habilita mecanismos de presión, disciplinamiento punitivo o intervención directa o indirecta, como en el caso de Venezuela. En suma, la lealtad hemisférica deberá demostrarse aislando a China y Rusia.
En ese esquema solar, Trump ha logrado reclutar en parte a México como nodo de contención migratoria, antidrogas y de vigilancia marítima. No obstante, el delincuente convicto de la Casa Blanca volvió a amenazar a la presidenta Claudia Sheinbaum para acentuar la presión. Después de lo ocurrido en Venezuela, el reformismo desmovilizado, legalista y pragmático, no alcanza, ayuda al imperialismo. México requiere una estrategia de defensa nacional.
Venezuela y el petróleo
Por Michael Roberts
A pocas horas de los ataques militares estadounidenses contra Venezuela y la captura de su presidente, Nicolás Maduro, el presidente Trump proclamó que “grandes compañías petroleras estadounidenses entrarían, gastarían miles de millones de dólares, repararían la infraestructura deteriorada y empezarían a generar ingresos para el país”. Trump no ocultó que una de las principales razones del ataque y secuestro de Maduro fue poner a Estados Unidos en control de las vastas reservas petroleras de Venezuela, descritas por Trump como “nuestro petróleo”.

Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo (unos 303.000 millones de barriles, el 17% de las reservas globales), superando a la OPEP+ , líder de Arabia Saudita , según el Instituto de Energía, con sede en Londres. Sin embargo, a pesar de sus vastas reservas, la producción de crudo de Venezuela sigue estando muy por debajo de su capacidad. La producción, que alcanzó un máximo de 3,5 millones de barriles diarios en la década de 1970 (más del 7% de la producción mundial), cayó por debajo de los 2 millones de bpd durante la década de 2010 y promedió tan solo 1,1 millones de bpd el año pasado.

Estados Unidos es ahora el mayor productor mundial gracias a la llamada revolución del esquisto en la década de 2000. Sin embargo, esto ha significado que el mundo está cada vez más inundado de petróleo, ya que la oferta supera el crecimiento de la demanda mundial, que se está desacelerando debido a la lenta expansión económica en la mayoría de las principales economías y a la transición gradual a las energías renovables para la producción de energía. De hecho, en el momento del ataque a Venezuela, el precio del crudo Brent de referencia estaba cerca de su mínimo en cinco años, en torno a los 60 dólares por barril .

Puede que Trump les esté diciendo a las grandes petroleras mundiales que él gobierna Venezuela y que pueden presentar ofertas para invertir y ganar un dineral, pero las petroleras podrían no estar tan seguras de ello. Ali Moshiri, exejecutivo de Chevron, está intentando recaudar 2.000 millones de dólares para adquirir varios activos venezolanos. Pero esto es una apuesta arriesgada, y empresas como Chevron, que ya cuenta con una licencia estadounidense para perforar y producir petróleo venezolano, podrían no estar tan entusiasmadas.
El costo de restaurar la producción petrolera de Venezuela no será barato, ya que la industria cuenta con una infraestructura de perforación deteriorada y el petróleo extraído es «pesado». Extraer este petróleo extrapesado requiere perforar muchos pozos de vida relativamente corta (un proceso bastante similar a la producción de petróleo de esquisto en EE. UU.) y luego mezclar el lodo con petróleo más ligero o nafta para que pueda fluir por oleoductos antes de ser exportado y refinado. Producir petróleo «pesado» requiere técnicas avanzadas, como la inyección de vapor y la mezcla con crudos más ligeros para que sea comercializable. Además, las reservas del país se concentran principalmente en la Faja del Orinoco, una vasta región remota en la parte oriental del país que se extiende por aproximadamente 55.000 kilómetros cuadrados (21.235 millas cuadradas).
Además, el exceso de petróleo ya ha comenzado a afectar las ganancias en futuras exploraciones y extracciones. Las pérdidas acumuladas de la industria estadounidense de esquisto en la década de 2010 alcanzaron cerca de medio billón de dólares . Todo depende del «precio de equilibrio», que se ha estimado en un promedio de unos 60 dólares por barril para el esquisto estadounidense. Todo esto está ocurriendo en un contexto en el que la oferta mundial de petróleo crece más rápido que la demanda, y la Agencia Internacional de Energía proyecta aumentos de la oferta mundial de 3 millones de barriles al día en 2025 y otros 2,4 millones en 2026, frente a aumentos de la demanda de solo 830.000 barriles en 2025 y 860.000 en 2026. Jorge León, de Rystad Energy, estima que duplicar aproximadamente la producción a 2 millones de barriles para principios de la década de 2030 costaría 115.000 millones de dólares, unas tres veces el gasto de capital combinado de ExxonMobil y Chevron el año pasado. ¿Podrían Exxon y Chevron lograr que esto sea rentable en el actual equilibrio mundial de oferta y demanda de petróleo, especialmente cuando ese petróleo «pesado» necesitaría venderse por debajo del precio de referencia?
Sin embargo, hay otros factores detrás de la acción de Trump contra Venezuela. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional lo deja claro: la doctrina Monroe de la década de 1820 ha vuelto con fuerza. En aquel entonces, el presidente Monroe declaró que las naciones europeas no debían interferir ni intentar controlar Latinoamérica, ya que esta era ahora la «esfera de influencia» de Estados Unidos. Ahora, bajo el mandato de Trump, la globalización ha dado paso a «Hacer a América Grande de Nuevo» al establecer firmemente a Latinoamérica como el patio trasero del imperialismo estadounidense. Esto significa que no se puede permitir que ningún país se resista a las políticas e intereses estadounidenses. Se deben instaurar «regímenes amistosos» que permitan tanto el uso privilegiado de los recursos por parte de Estados Unidos como la capacidad de negárselos a sus competidores. Esto significa que se debe bloquear la creciente influencia e inversión china en la región: mientras que el petróleo venezolano representaba solo 300.000 de los 11,3 millones de barriles que China importaba cada día en 2025, según el Instituto de Estudios Energéticos de Oxford, las empresas de la República Popular se habían afianzado en la industria petrolera venezolana.
En 2024, en el momento de la disputada reelección de Maduro , señalé que el capitalismo venezolano estaba estrechamente ligado a la rentabilidad del sector energético, que estaba en una espiral de muerte después del colapso de los precios del petróleo después de 2010 y las sanciones estadounidenses.

Los avances de la clase trabajadora logrados bajo el gobierno de Chávez en la década de 2000 solo fueron posibles gracias a que los precios del petróleo alcanzaron su máximo auge. Sin embargo, los precios de las materias primas, incluido el petróleo, cayeron. Esto coincidió en gran medida con la muerte de Chávez. El gobierno de Maduro perdió el apoyo de su base obrera a medida que la hiperinflación destruyó el nivel de vida. El gobierno de Maduro dependió cada vez más, no del apoyo de la clase trabajadora, sino de las fuerzas armadas, que gozaban de privilegios especiales. Los militares podían comprar en mercados exclusivos (por ejemplo, en bases militares), tenían acceso privilegiado a préstamos y compras de automóviles y apartamentos, y recibían aumentos salariales sustanciales. También se aprovecharon de los controles cambiarios y los subsidios, por ejemplo, vendiendo gasolina barata comprada en países vecinos con enormes ganancias.
La tragedia de Venezuela es que todo dependía del precio del petróleo; había poco o ningún desarrollo en los sectores no petroleros, que de todos modos estaban en manos de empresas privadas. No existía un plan nacional independiente de inversión controlado por el Estado. Dadas las sanciones estadounidenses, además de la continua subversión del gobierno, la revolución chavista tenía los días contados.
Es una lección para toda Latinoamérica. La desindustrialización del subcontinente desde la década de 1980 y la creciente dependencia de las exportaciones de materias primas someten a todas estas economías a las fluctuaciones volátiles de los precios de las materias primas (agrícolas, metales y petróleo). Esto imposibilita cualquier política económica independiente, dada la debilidad de los capitalistas nacionales y las economías bajo la sombra del imperialismo estadounidense.
Crisis global y Venezuela
Por William I. Robinson
El ataque y la toma de control de Venezuela por parte de Estados Unidos han conmocionado al mundo. Mientras asimilamos estos acontecimientos, detengámonos un momento y analicemos su contexto histórico mundial más amplio. El sistema capitalista mundial se encuentra en transición de una época histórica a otra, cuyo desenlace está lejos de estar predeterminado. Las diferentes dimensiones de esta crisis de época –económica, social, política y ecológica– se están conjugando en una mezcla explosiva.
En el plano económico, el capitalismo global se enfrenta a una crisis de sobreacumulación, estancamiento crónico y una tasa de ganancia decreciente. La clase capitalista trasnacional (CCT) ha acumulado enormes cantidades de capital excedente que genera una intensa presión para la expansión. Respaldada por los estados capitalistas, la CCT ha lanzado una nueva ronda de expansión depredadora que implica la apropiación extractivista de recursos, guerras, desplazamientos y represión. Esta campaña para apoderarse de los recursos está alimentando un conflicto tras otro, desde Ucrania hasta Palestina, Sudán y el Congo, entre otros, y ahora se centra en Venezuela.
Lo que denominaré Trumpismo Global es uno de los diversos síntomas políticos patológicos que están surgiendo en todo el mundo como respuesta a la crisis. El Trumpismo Global es un instrumento afinado de esta ola de expansión, a medida que se reconfiguran los bloques de poder y los estados capitalistas adoptan formas autoritarias, dictatoriales e incluso fascistas. Los proyectos de extrema derecha han encontrado resistencia desde abajo y se enfrentan a agudas contradicciones internas a medida que el mundo avanza hacia un creciente conflicto de clases, inestabilidad política crónica, guerras civiles e interestatales, colapso y anarquía social.
Cientos de millones de personas han sido desplazadas por el cambio climático, el colapso económico, las guerras, los desastres naturales y la persecución política. Regiones y países enteros se enfrentan al colapso mientras caudillos rivales, mafias políticas y económicas, organizaciones paramilitares y bandas criminales llenan los vacíos de poder. Las élites nepotistas se involucran en la corrupción, el fraude y el engaño más descarados, gozando de impunidad siempre y cuando sigan sirviendo a los intereses de la clase capitalista trasnacional.
Durante el último medio siglo de globalización, los sectores dominantes han luchado por desmantelar los estados de bienestar social y remplazarlos por estados de control social. Las nuevas tecnologías digitales ampliarán rápidamente las filas de los excluidos y al mismo tiempo potenciarán la capacidad de las clases dominantes para vigilarlos, reprimirlos y controlarlos. Las empresas emplean la IA para maximizar sus ganancias y superar a sus rivales mediante la automatización. Los estados están utilizando las nuevas tecnologías digitales para la vigilancia masiva, el control social y la represión de las poblaciones descontentas, a medida que la guerra misma se digitaliza.
La crisis de la reproducción social alimenta las crisis políticas de dominación, legitimidad estatal y hegemonía capitalista. El Trumpismo Global combina el poder estructural del capital transnacional con la proyección del poder militar para alinear a los estados, las economías y los sistemas políticos con su agenda. La CCT no necesita la reproducción social de los sectores excluidos, ya que no generan plusvalía ni consumen lo suficiente como para constituir un mercado importante. El Trumpismo Global propone acorralar, contener y expulsar a quienes no son necesarios. Son prescindibles y susceptibles de ser exterminados, especialmente si se interponen en el camino de recursos valiosos, como en Palestina, Sudán y el Congo, así como de ser abandonados y sometidos a una contención violenta, como en Haití o en los territorios indígenas de Guatemala, Colombia, Perú y México.
Estados Unidos está perdiendo su posición dominante en el sistema internacional. Los centros regionales emergentes de poder político y geoeconómico compiten entre sí, pero ningún Estado, por poderoso que sea, puede controlar el proceso de acumulación global. Esta disyuntiva entre una economía globalizada y un sistema de autoridad política basado en el Estado-nación genera enormes tensiones geopolíticas que se manifiestan actualmente en las Américas. El mundo se encuentra inmerso en un proceso de rápida remilitarización, a medida que la guerra y la represión se arraigan en la economía y la sociedad globales. El gasto militar mundial alcanzó la cifra sin precedente de 2.7 billones de dólares en 2024, un aumento de casi 10 por ciento respecto al año anterior, con más de 100 países que aumentaron su presupuesto militar, muchos de ellos en porcentajes de dos dígitos.
Existe una alarmante convergencia de las dimensiones políticas, económicas y militares de la política estadunidense hacia América Latina, donde el poder estructural del capital financiero y tecnológico trasnacional se combina con el militar. El ataque descarado contra Venezuela constituye una proyección de poder más allá de esa nación caribeña que busca ser la vanguardia militar para una apropiación más completa de América Latina por parte del capital transnacional, sus contrapartes locales y sus agentes políticos. La “guerra contra las drogas” nunca tuvo nada que ver con el combate al narcotráfico, sino que proporciona un pretexto para la aplicación de la violencia estatal y paramilitar, con el fin de acceder a esta riqueza y contener la resistencia al pillaje. Si la crisis histórica del capitalismo global presenta graves peligros, también presenta una oportunidad histórica para las luchas emancipadoras radicales desde abajo. El análisis de los fracasos de la izquierda institucional y de las luchas de masas desde abajo se abordará en otro contexto.





