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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

El silencio de los caníbales

Escribe: Ricardo Viscardi

El Ogro que ayer jalaba gomones por el río Uruguay se ha convertido en el hábil Pulgarcito que hoy se gana la simpatía de la Corte Internacional de La Haya. La transformación deja perplejo al observador, ante manifestaciones tan contrapuestas de una misma personalidad histórica. Cierta grandilocuencia moral persiste, sin embargo, que predica ante todo la humildad crítica y la moderación de actitudes, con ajuste a la normativa vigente. El enigma consiste en saber cómo esa probidad generó antes desplantes soberbios, para convertirse después en mesurada contención del ímpetu. Pudiera ser que un mismo apetito, privado de condiciones favorables por el momento, persiga en silencio la presa prohibida, sin dejar de aspirar a la saciedad.

Entre el Ogro y Pulgarcito

La actitud del gobierno y del sistema político uruguayo con relación al conflicto en torno a las fábricas de procesamiento de celulosa ha evolucionado notablemente a lo largo de los últimos meses. Cuando el conflicto tornó a la crisis de las relaciones diplomáticas y del MERCOSUR, cierto sentimiento espontáneo entre los uruguayos “se comía a los niños crudos”[1]. Para alivio de los vecinos, aquel estilo de Ogro fue abandonado progresivamente, incluso con admisión de responsabilidad en las malas maneras instaladas entre las riberas limítrofes. Últimamente se ha fortalecido el criterio de mantener  un perfil bajo en el litigio,  porque en cierta medida se atribuye a la moderación vernácula un fallo que se considera exitoso para Uruguay. En el intervalo entre dos momentos tan contrapuestos, han intervenido consideraciones relativas al tamaño y a la complementariedad de los dos países en sus necesidades recíprocas.

Aquel tono de matamoros inicial contribuyó al déficit comercial por la interrupción del tráfico internacional del lado argentino, que suma cerca de una cuarta parte de la inversión total que se pretendía defender. Sin embargo, no hemos asistido entretanto a ningún acto de revisión crítica del Ogro por su apetito gigantesco y sus gestos terribles, sino a la reiteración de una moral de la corrección de procedimientos y moderación de los gestos, que también lucía en la cintura avasallante de unos meses atrás. Se alardeaba por entonces de una grandeza moral manifiesta en la sobriedad de procedimientos y el apego a las normas nacionales e internacionales, elogio de una templanza épica que ahora se transforma, por un giro oportuno, en minimalismo diplomático del que se esperan todas las soluciones.

Quizás los elementos que determinan la situación sigan tan lejos de la mano uruguaya como lo han estado hasta ahora, tanto para el bofetón que propina el gigante moral con el dorso, como para la solícita palma que extiende el Pulgarcito diplomático. La dificultad para la empatía con el proceso político argentino, por ejemplo, ante la revisión del peronismo que representa emblemáticamente la pareja presidencial Kirchner/Fernández, pareciera ser uno de los elementos claves del muro de incomprensión despreciativa / benévola que Ogro / Pulgarcito levanta delante de sí.

Otro de los tantos elementos que salta a la vista de cualquier otro, es la miopía  del sistema político uruguayo ante el rol de los movimientos sociales en el mundo de hoy. La descalificación de Greenpeace[2] podría parecer un acto temerario más de la moralización estatista que asola a la inteligencia uruguaya, intelliguentsia incluida, pero tampoco se atempera con una apertura a los movimientos ambientalistas uruguayos, que moderadamente solicitan ser escuchados por el sistema político y los medios[3]. La dificultad para identificar ese rol de los movimientos sociales en la actualidad, quizás provenga de algo que huele mal en el sistema político uruguayo, en particular, un cadáver guardado en el placard desde la restauración democrática. Esta no llevaría el mote irónico “restauración”, si no se hubiera alimentado expost de la propia gente que se movilizó contra la dictadura. Cuando los partidos políticos y muy en particular la izquierda se encontraban sojuzgados.

El “canibalismo político” tan denostado por entonces, a fuerza de profesar su repugnancia por el prójimo en presas, puede haber puesto de relieve un objeto de deseo. Sería propio de un canibalismo análogo, que dejáramos este planteo meramente en suspenso, sin indagar en el caníbal que puede agazaparse salvajemente en el propio texto que usted lee. Conviene aplicar a sí mismo lo que se predica a los demás, norma anti-caníbal por excelencia, ejercicio particularmente económico en estas latitudes, ya que la lista de falencias del Ogro/Pulgarcito podría seguir sin límites avizorados y reclama ante todo un eje crítico, es decir, un criterio de estudio.

Por consiguiente, parece de interés preguntarse por este curioso binomio de dos actitudes tan contrapuestas que pauta la oscilación uruguaya en el tema. Quizás para tomar por un atajo, hacia el fondo de tantos miedos ante el gigante de enfrente, incluso porque el gigantismo moral que se exhibe como alternativa ante las diferencias de tamaño, trasunta el mismo trasfondo atribulado. Detrás de Pulgarcito/Ogro puede esconderse, mortificado y por eso aún más voraz, un silencio de caníbal.

Canibalismo histórico

La pretensión de cerrar el círculo de una explicación, tanto como el anhelo de continuidad argumental, se ven desbaratadas de raíz cuando el caníbal reviste la condición humana. Esta defección inmediata que interviene entre la figura humana y la actitud caníbal proviene de nuestra inclinación a considerarnos miembros de un género  privilegiado, que no podría ser atributo de cada uno si no lo fuera de una comunidad humana. Allí donde cada quién precisa afirmar lo que le es propio, se encuentra con la necesidad de atribuir lo mismo a cualquier otro, al menos, en potencia. 

La figura del caníbal reviste para nuestro relato histórico el límite que excluye lo humano, con tal efecto de descalificación, que coarta el propio hilo conductor de un sentido admisible.  Si una historia es posible, exige que las marcas del pasado sean incorporadas a un relato compartible, incluso a partir de la discrepancia. Por esta propensión del relato histórico a ingerir en su objetividad acontecimientos políticos subjetivos, una misma versión disuelve las circunstancias particulares de cada momento en aras del metabolismo de un organismo interpretante. Lo quieran o no, los hechos humanos terminan, como consecuencia, por formar parte del menú recomendado del orden del día histórico.

Esta propensión digestiva de las singularidades en juego, puede deponer el límite que separa lo humano de lo caníbal, ante las urgencias de un apetito explicativo que deja de seleccionar circunstancias discernibles. Esta inhumanidad caracterizó el relato acerca del “canibalismo político” que se desarrolló en el período de la restauración democrática en el Uruguay, en cuanto aquella condena del “violentismo” y del “desprecio por las instituciones democráticas” instalaba una corte marcial de la historia que ignoraba circunstancias, condiciones y razones políticas de un período particular.

Este desconocimiento de la humanidad política por parte de cierto relato histórico, no corresponde a un límite que se colocara entre la contingencia de las acciones humanas –la política- y la necesidad de su conocimiento científico –la historia-, sino a un par de opuestos que incluso ignora esa demarcación desde su altura moral: la oposición salvaje / civilizado.

Desde un relato histórico civilizado se puede condenar el salvajismo desatado en un conflicto humano particular. Este salvajismo puede incluso ser comprendido como efecto de circunstancias particulares. Asimismo, el canibalismo histórico puede instalarse bajo la forma ultra civilizada de buenas maneras consagradas y la consiguiente descalificación de las condiciones particulares de un conflicto dado. En ese caso, no sólo estamos ante una mirada que se coloca por encima del rango de los acontecimientos, para ignorarlos por desprecio, sino que además estamos ante un relato que digiere alegremente la carne humana de un conflicto, a la luz de una versión inocente de la historia. En el plexo de una convivencia molesta que mantenemos en silencio, el caníbal no llega a serlo por haber perdido su inocencia, sino que precisamente en esta inocencia carnívora reside la fuente de un apetito “demasiado humano”.

¿No nos habíamos percatado de que las instituciones democráticas son imperfectas pero las mejores disponibles? ¿No se advertía en la Gladnost primero y en la caída del muro de Berlín después que la democracia representativa cunde por el planeta como la única fórmula inalterable? ¿No se valen aquellos que ayer atacaron a la democracia de los propios institutos y valores que esta provee, para defender hoy sus propósitos? La defensa de un formulismo institucional lleno de clichés-chicle y de la exterminación consecuente de cualquier explicación específica, inundó la Vulgata derechista que tras la dictadura aseguro la impunidad para los represores y para quienes los instalaron en su momento.

Ese canibalismo histórico que convierte la necesidad de la explicación en reiteración de fórmulas vacías, pervive en la cantinela que reivindicó cierta izquierda acerca del “respeto de los procedimientos democráticos” y “las actuaciones dentro de la ley”. Curiosamente se aduce un apego a las formas y a la  moderación de los gestos que no logra disimular, tras los modos de Pulgarcito, un apetito interpretativo de Ogro. La unidad nacional con todos los sectores de los partidos tradicionales, en torno al conflicto de las “papeleras”, supone un canibalismo histórico que se hace un festín con la humanidad de votos que ayer se contrapuso a la coalición continuista post-dictatorial.

Canibalismo científico 

La controversia en torno a un informe aprobado por el Consejo de la Facultad de Ciencias[4], en razón de los riesgos ambientales que supone la construcción de plantas de producción de celulosa en el Uruguay, conlleva a primera vista una carga propia del momento político. Sin embargo, la carga de la prueba que se pretenden instruir en la acusación, no consiste en la inconveniencia política del pronunciamiento adoptado por el Consejo de la Facultad de Ciencias, sino en la insuficiencia científica del contenido publicado[5].

Para calibrar los cuestionamientos al informe de especialistas en la problemática, conviene considerar contrario sensu la acusación de inoportunidad. Si el informe fuera inoportuno por publicar una verdad científica como tal, quienes lo condenaran por inoportunidad pública estarían faltando a un deber universal con la verdad, ante todo porque la propia Ley Orgánica prescribe el pronunciamiento de la institución en razón del interés público. Considerar que el destino del país pudiera fundarse en la falsedad o la neutralidad del conocimiento, pondría a quienes sostuvieran esas actuaciones, no sólo al margen de la ética del saber, sino al margen de la propia Ley Orgánica de la Universidad de la República.

Por otro lado, la consideración del informe antedicho desde el punto de vista de la verdad o la falsedad, supone un desborde interpretativo, que la lectura recta del texto no autoriza. En primer lugar, porque sobre el conjunto del problemas que desarrolla, no afirma certidumbres sino dudas, así como expresa el propósito de aportar información ordenada a quienes, más allá del ámbito académico, se ven en la necesidad de tomar decisiones relativas al conflicto internacional. El informe declara un propósito propedéutico y no asevera condiciones verificadas de los objetos científicos que se encuentran en controversia[6].

La acusación de insuficiencia académica, una vez que se la coteja con el contenido del texto y con el mandato institucional que lo inspira, encierra la de intencionalidad política, que no se ve porqué sería en este caso defectuosa. A no ser medida en términos de oportunidad estratégica, que no corresponde a una actuación científica solicitada por el interés social, por más que sea razonable su observancia por parte de responsables políticos. La ciencia y la política quedan, en la acusación de inoportunidad que se dirige contra la resolución del Consejo de la Facultad de Ciencias, por fuera y por dentro la una de la otra. Si el informe es improcedente por inoportuno, entonces debiera abandonarse toda información científica respecto al conflicto, acarreando un retorno a la resolución violenta de todo diferendo. Si por el contrario el informe es improcedente porque es académicamente insostenible, entonces debiera refutarse en este ámbito y no por medio de una condena pública.

La condena del informe de la Facultad de Ciencias sugiere, por el apremio con que acude a desarticular el prestigio de un planteo, cierta preeminencia de la verdad científica por encima de toda otra verdad pública. Una vez considerado en su economía argumental, el cuestionamiento trasluce sin ambages el propósito de evitar que la verdad científica oscile hacia el “otro lado” de un río politizado[7]. De manera que manifiesta la creencia en una digestión necesaria de toda verdad por la ciencia. Tanto como supone un silencio caníbal que puede anidar al calor de una omnipotencia narcisista, disimulada bajo el lema “humildad crítica” pour la galerie. Una herida narcisista se ahonda, porque el informe cuestionado reafirma tanto otro precedente, establecido meses atrás por biólogos y bioquímicos de la misma facultad, como las dudas que se plantearan del lado argentino.

Si toda verdad sostenida en el fundamento de sus proposiciones y en el comportamiento de sus objetos acarreara consecuencias necesarias sobre el acontecer público, bastaría con instituir un ámbito de académicos para gobernar les cuestiones ciudadanas[8]. Sin embargo, ni siquiera la Universidad de la República lo entiende así, cuando confía la designación de sus propias autoridades a un proceso electoral con todas las de la ley...pública. Quienes gobiernan el saber no son electos por electores y elegibles constituidos cognitivamente, sino por protagonistas universitarios que participan del co-gobierno, con la  consiguiente potestad universitaria tanto de los que enseñan e investigan, como de los que profesan y los que estudian, verbigracia, por encima del ámbito cognitivo puro. En el campo de la enseñanza privada, confesional o empresarial, esta determinación es, por imperio de la institución privada, aún más radical en su condición supra-cognitiva.

Canibalismo teórico 

La creencia ampliamente extendida entre nosotros, acerca de un desenlace del conflicto de las “papeleras” a partir de un dictamen y posterior monitoreo científico, expresa la idea de un control sistemático de las condiciones de desarrollo de una problemática. Esta confianza en las actuaciones de índole sistemática supone, sin percibirlo necesariamente,  la reducción de las interrogantes a un ámbito pre-definido, insuficiente por lo tanto para la consideración prudente del devenir futuro. Esta reducción de la interrogante al procedimiento,  se traduce en el propósito de establecer un rasero ecológico para la cuestión ambiental, con el consiguiente abandono de consideraciones relativas a la complejidad relativa de uno y otro ámbito. La fantasía del control suficiente y necesario evacua la preocupación por la tendencia económica e idiosincrásica, a cuenta y riesgo de los que ignoran esa actividad determinante,  que termina por afincar una matriz cultural. El fantasma del control sistemático desarticula la prudencia, porque la somete a un ámbito de canibalización teórica de la complejidad humana.

Bajo el mismo prurito de control sistemático, un escándalo agitó los círculos intelectuales al fin de los años noventa, cuando la simulación de un texto, pese a no contener sino falacias fantasiosas, fue admitido por el control académico de una revista especializada[9]. De esa manera quedaba demostrada fehacientemente la impostura genérica de los textos que pertenecían a la familia post-estructuralista / post-moderna. La artimaña empleada apuntaba a poner coto a la abusiva metaforización de los textos científicos en una literatura “post”, que no tomaba a cargo ni su respaldo experimental ni su control académico. Esta perversión expresiva del lenguaje mancillaba, desde el punto de vista de los autores de “Imposturas Intelectuales”, el sentido de la verdad, a través de  una desviación caprichosa del lenguaje científico.

Como lo señala una respuesta a la imputación de vacuidad teórica post-moderna, la impostura es denunciada a través de un impostor, que simula un texto para probar que no corresponde a ninguna realidad más allá de la fantasía impostora[10]. Por consiguiente, el impostor científico logra probar lo que se proponía condenar: que el lenguaje cuenta con una autonomía de realidad que le permite constituir hechos propios, como por ejemplo, la constatación del curso académico fraudulento que puede alcanzar la fantasía de un particular. 

Desde los años 70’, la “teoría de la mentira” de Eco había establecido a través de la mentira la verdad semiótica: sólo es signo aquello que se puede usar para mentir, ya que en caso contrario, tampoco se podría usar para decir verdad[11].  La sencillez del planteo retiene una riqueza conceptual que constituye el acerbo intelectual del siglo XX: la pertinaz diferenciación primero y distinción después entre lenguaje y realidad.

Esa distinción, lejos de condenar la realidad a un ostracismo intelectual o el lenguaje a una fantasía escapista, consagra una distancia entre ámbitos de realidad y ámbitos de verdad que colindan, sin confundirse ni contraponerse en un mismo coto cerrado de observaciones y objetos. Cae en desuso intelectual la idea forjada por el naturalismo enciclopedista de una única realidad natural y también se ve cuestionada la concepción positivista de un único proceso histórico para el conocimiento y la realidad empírica.

Este enriquecimiento del horizonte de realidad y de  percepción de la verdad que aportó el siglo XX, será potenciado aún en adelante por la instalación de saberes que se encuentran determinados por artefactos, que en sí mismos, no provienen de ninguna realidad natural determinante, sino del artificio intelectual humano[12], como es el caso de las “Nuevas Tecnologías de la Comunicación y la Información”.

Este escenario irrita sobremanera hábitos de pensamiento que se han afincado en saberes de índole procedimental, que suponen una correspondencia de método, es decir, una decurso progresivo entre las proposiciones y las observaciones. El integrismo cientificista no percibe que la adecuación de la verdad a la observación supone un orden previo, en que se respalda la misma realidad, pese a que jamás pudo justificarse en ninguna condición inalterable de la naturaleza ni de la sociedad. La creciente instalación de saberes que estudian el lenguaje y las tele-tecnologías, produce una distancia cada vez mayor entre la condición intelectual y los planteos de normalización objetiva, que se tecnifican tanto como pierden atracción interrogativa.

La irritación cientificista que lleva a denunciar una impostura convirtiéndose en impostor, corresponde al control que admite y excluye a partir de un único criterio de verdad-realidad. La objetividad de guante blanco, incluso cuando se usa por su lado oscuro, conlleva la reducción sigilosa de todo aquel que no pertenezca a un impar sistema cognitivo. Silencioso por la fuerza de sus objetos, este canibalismo encuentra provecho en la digestión de una consistencia objetiva, incluso cuando se presenta bajo rostro humano.

Estudios caníbales

Estos canibalismos pueden alimentarse unos de otros. El canibalismo teórico que todo lo reduce a un sistema, se convierte en presa del canibalismo científico, que persigue el narcisismo de la preeminencia pública. A su vez, el canibalismo científico se convierte en victima del canibalismo histórico, que se coloca por encima de todas las circunstancias y todas las coyunturas. Sin duda el canibalismo histórico predomina entre los excesos culturales del Uruguay, pero si  lo estudiamos con coraje intelectual, encontramos también los otros dos, recíprocamente víctimas unos de la voracidad de los otros. Conviene tener presente que cualquiera de ellos puede revestir la forma de una actitud indignada. Sin embargo, el silencio de los caníbales, que no se manifiesta bajo ningún concepto, se traicionará  por su propia voracidad.

Referencias bibliográficas

Amondaraín, L. « Greenpeace » La República (24/01/06) Montevideo, p.11.

 

da Cruz, J. « Celulosa y Pajaritos » http://www.uruguayambiental.com

 

Derrida, J. (1993) Spectres de Marx, Galilée, Paris.

 

Eco, H. (1995) "Tratado de Semiótica General" en Arte, IENBA, Montevideo.

 

Jeanneret, I. (1998) L’affaire Sockal ou la querelle des impostures, PUF, Paris.

 

Panario D., Mazzeo, N. Eguren, G. Rodríguez, C. Altesor, A. Cayssials, R. Achkar, M. Síntesis de los efectos ambientales de las plantas de celulosa y del modelo forestal en Uruguay http://www.guayubira.org.uy/celulosa/informeCiencias.pdf p.V.

 

Serres, M. (1999) Sobre las ciencias en la actualidad, Universidad dela República, Montevideo.

 

Sokal, A. Bricmont, J. (1999) Imposturas Intelectuales, Paidós, Barcelona.

 

Viscardi, R. “El zorro en la papelera” (30/01/2006) Siete sobre siete Nº 124, Montevideo, pp. 12-13. La versión electrónica se encuentra en Compañerohttp://www.pvp.org.uy/viscardi.htm

 

Artículos bajo responsabilidad de órgano periodístico:

 

“El informe de la Facultad de Ciencias” La República (09/07/06) Montevideo, p.9.

 

“Informe de Ciencias ratifica riesgos para la salud y el ambiente”, La República (05/07/06) Montevideo, p.8.

[1] El análisis de este momento del conflicto fue desarrollado en Viscardi, R. “El zorro en la papelera” (30/01/2006) Semanario Siete sobre siete Nº 124, Montevideo, pp. 12-13. La versión electrónica se encuentra en Compañero,  http://www.pvp.org.uy/viscardi.htm

[2] Amondaraín, L. « Greenpeace » La República (24/01/06) Montevideo, p.11.

[3] da Cruz, J. « Celulosa y Pajaritos » http://www.uruguayambiental.com (artículo visitado el 19/07/06).

[4] Informe solicitado por el Consejo de la Facultad de Ciencias (Resolución Nº 78 del 13/03/06) al siguiente grupo de docentes: Daniel Panario, Nestor Mazzeo y Gabriela Eguren (Maestría en Ciencias Ambientales), Claudia Rodríguez y Alice Altesor (Depto. de Ecología), Ricardo Cayssials y Marcel Achkar (Departamento de Geografía).

[5] “Una vez terminado el acto, un grupo de docentes de esa casa de estudios planteó su descontento por el hecho de que el documento se haya presentado como "de la Facultad de Ciencias", ello debido a que aseguraron estar en desacuerdo con la metodología utilizada para su realización así como en las conclusiones y comentarios que contiene.”  “Informe de Ciencias ratifica riesgos para la salud y el ambiente”, La República (05/07/06) Montevideo, p.8.

[6] «La demostración de los efectos requiere de un análisis robusto de muestreo, elemento indispensable para la determinación con rigor estadístico. En este marco, se pueden utilizar dos estrategias posibles, la espacial y la temporal, o una combinación de ambas. En el enfoque temporal se cuantifican los efectos antes y después de la instalación de la planta de celulosa. Para ello

se requiere de un registro adecuado en el pasado de las variables de interés, el cual debe proseguir durante el funcionamiento de la planta. En el caso del Río Uruguay ese registro es extremadamente limitado y algunos de los indicadores que hemos mencionado anteriormente nunca fueron estudiados. Esto determina que desde esta aproximación no podemos afirmar cambios con base científica.” Panario D., Mazzeo, N. Eguren G. Rodríguez C. Altesor A. Cayssials R. Achkar, M. Síntesis de los efectos ambientales de las plantas de celulosa y del modelo forestal en Uruguay http://www.guayubira.org.uy/celulosa/informeCiencias.pdf p.V (visitado el 19/07/06).

[7] “La inoportunidad del informe sobre una investigación elaborada por la Facultad de Ciencias es evidente, y su publicación tiene un papel a jugar, sin ninguna duda, en el tira y afloje que comenzará a dilucidarse dentro de unos días, cuando la Corte Internacional de La Haya comience a dar a conocer sus decisiones sobre las pasteras que se levantan en la zona de Fray Bentos.”

“El informe de la Facultad de Ciencias” La República (09/07/06) Montevideo, p.9.

[8] Como lo señala Derrida, a nadie se le ocurriría confiarle las decisiones de propia índole ética a un comité de expertos. Derrida, J. (1993) Spectres de Marx, Galilée, Paris, p.148.

[9] Sokal, A. Bricmont, J. (1999) Imposturas Intelectuales, Paidós, Barcelona, p. 231.

[10] Jeanneret, I. (1998) L’affaire Sockal ou la querelle des impostures, PUF, Paris, p. 242.

[11] Eco, H. (1995) "Tratado de Semiótica General" en Arte, IENBA, Montevideo.

[12] Serres, M. (1999) Sobre las ciencias en la actualidad, Universidad dela República, Montevideo, pp.53-54.

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