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Palabras de Miguel Soler Roca en el Paraninfo de la Universidad de la República el 14 de Julio de 2006.
Señor Rector de la Universidad de la República, Ing. Rafael Guarga, Sr. Director
Nacional de Educación, Dr. Luis Yarzábal, Sr. Pro-Rector de Extensión de la
Universidad de la República, Ing. Agr. Carlos Rucks, Señoras y Señores Miembros
del Consejo Directivo Central de la Universidad de la República,
Compañeros Lisa Gatti,
Carlos Acuña y Agustín Cano, miembros de la CODE, Amigas, amigos. -
Mis primeras palabras, emitidas con la emoción que
todos ustedes pueden suponer, van dirigidas al Ing. Ralael Guarga, Rector de la
Universidad de la República, y a todos aquellos que, dentro y fuera del ámbito
universitario, apoyaron su iniciativa personal de concederme.
Como acaba de hacerse, el para mí muy honroso título de
Doctor Honoris Causa de esta Casa de Estudios. Créanme todos, me siento
sinceramente abrumado ante tal muestra de generosidad respecto a mi persona y
profundamente agradecido a la comunidad universitaria pública por esta tan
sorpresiva como elevada distinción.
Doy las gracias, igualmente, por todo lo que esta tarde
se ha dicho v se ha leído en referencia a mi persona y a mis actividades
profesionales en términos plenos de benevolencia y amistad, amistad de la que me
siento muy orgulloso. Agradezco, igualmente, a Ezequiel que haya cantado para
todos nosotros.
De muchos colegas y amigos uruguayos, latinoamericanos
y europeos he recibido mensajes llenos de afecto. Estoy, por ello, igualmente
muy reconocido, en particular por las palabras que me han llegado de mi
Catalunya natal.
Y, en fin, no sé cómo corresponder al calor solidario
que todos ustedes me brindan al acompañarme en circunstancias para mí tan
excepcionales, en testimonio de una estima mutua que hemos construido a lo largo
del tiempo. Agradezco, especialmente, la compañía de amigos y amigas del
interior y hasta del exterior del país. Gracias, señoras y señores; estoy
tentado de decir: gracias, compañeros, como si estuviéramos en una reunión más
de trabajo.
En oportunidades como ésta,
es inevitable recorrer el viaje -en mi caso ya muy largo- desde las raíces,
empezando por las familiares, las escolares, las del crecimiento adolescente,
las de los inicios profesionales, raíces todas ellas fundamentales para poder
llegar a un cierto estado de madurez. Nada de lo que somos nos pertenece en
exclusividad. Por eso quiero asegurarles que, al recibir este título, siento la
necesidad de compartirlo.
No teman, no les fatigaré con mi curriculum ni con un
largo listado de personas y personalidades de cuyas orientaciones me siento
deudor. Soy, lamentablemente para mí y para quienes acompañan mis emociones,
hombre de lágrima fácil, de modo que tendré que recorrer muy rápidamente y con
sacrificio de mis sentimientos más íntimos el recuerdo de algunos de mis seres
queridos. Comenzando por mis padres, inmigrantes, pobres y moralmente robustos,
y en particular por Serafina Roca, mi madre, de profesión lavandera, de vocación
educadora de cuatro hijos que nos hemos mantenido unidos en la admiración y
gratitud por sus sobrehumanos sacrificios. Sigo con Nelly Couñago, mi primera
esposa. Puso alegría en mi vida y la sembró generosamente en las escuelas y
vecindarios de este y de otros países. Desde hace cuarenta años me acompaña
Matilde Espino, mi segunda esposa, solidaria con los perseguidos hasta la
temeridad, amorosa y crítica tutora de todos mis pasos. Y luego está
Mariana, mi hija; ella
levanta el barro en su torno de ceramista; yo levanto cada día más mi admiración
por su fortaleza moral ante todo tipo de obstáculos. La familia, pródiga en
experiencias migratorias, cuenta con tres hombres más, que tienen la virtud de
ser, en el sentido más exigente de los términos, bellas y buenas personas. Con
estos seres de mi entorno inmediato, no podré nunca saldar mi más preciada
deuda.
Comparto las alegrías de este momento con muchos
colegas; unos se encuentran en esta sala, otros lejos y hasta muy lejos; la
lista de los que ya no están entre nosotros es lamentablemente muy extensa. Seré
injusto, más adelante, cuando por distintas razones mencione sólo a algunos de
ellos.
En tanto que educador, fui
beneficiario hacia mediados del siglo pasado de la experiencia, la sabiduría y
la amistad de un cuantioso contingente de maestros y maestras de ejemplar
solidez profesional y ética. Tan efectiva fue su incidencia en la escuela y en
la sociedad uruguaya que la dictadura militar pretendió, sin lograrlo, condenar
sus nombres y sus obras al olvido. Ahora, en proceso de redignificación de la
educación pública uruguaya y de sus trabajadores, necesitamos apropiarnos del
espíritu constructor de aquellos hombres y mujeres. Como una constante
existencial, me siento en deuda con ellos, como me siento en deuda también con
sectores de esta Universidad con los cuales los maestros rurales tendimos
puentes de estrecha cooperación y mutuo aprendizaje: el Departamento de
Extensión Universitaria, la Escuela Universitaria de Enfermería, las Facultades
de Agronomía, de Medicina y de Arquitectura, entre otros. Esos contactos fueron
manifestaciones precursoras de lo que hoy es una decidida política
descentralizadora de nuestra Universidad pública.
Trabajé más de veinte años en la UNESCO. Tal vez lo
mejor que pude hacer en ese organismo fue el aprendizaje de que en todos los
rincones del mundo hay seres extraordinarios, que trabajan en favor de la paz,
del derecho y de la cultura, con los que valía la pena compartir el saber
uruguayo en materia de educación, del que yo no era creador pero sí el
depositario v el portavoz. Quiero recordar, entre muchas otras, a tres
personalidades del mundo internacional: a Margaret Anstee, de las Naciones
Unidas, inglesa, admirable por su sincero amor por los seres y culturas del Sur
y por sus abnegados esfuerzos en favor de un auténtico y endógeno desarrollo de
los pueblos. A Amadou Mahtar M'Bovv, senegalés. Director General de la UNESCO,
que supo hacer frente con dignidad a la ira de los poderosos con su resistencia
personal e institucional a toda forma de discriminación e injusticia; y a Sema
Tanguiane, armenio, Subdirector General de la UNESCO en el área de la Educación:
de él aprendí a servir la tarea asignada con rigor, con método, con las mayores
exigencias cualitativas, con infatigable espíritu de servicio a la causa
internacional. Los recuerdo y les pido que, a la distancia, acepten compartir el
momento que vive su antiguo subordinado, que les sigue respetando y queriendo. Y
tres nombres más, de compañeros educadores ya desaparecidos: José Blat Gimeno,
valenciano, y Ricardo Nassil" y Ángel Diego Márquez, ambos argentinos.
No me es posible pasar a otros temas sin expresar que
esta trayectoria tiene una robusta columna vertebral: la educación pública
uruguaya. Desde los cinco años de edad me está formando; desde los veintiún años
la estoy sirviendo. Le soy deudor de lo que fui, de lo que soy, de lo que pude
hacer, de lo que me permite hacer ahora. Fueron muchos los que influyeron en mí
desde ese cimiento ciudadano. Un nombre más, que lo simboliza: Luis Gil
Salguero, mi Profesor de Filosofía durante varios años.
Al decir que me complace compartir con ustedes las
alegrías del momento agrego que también quiero que compartamos, que nos
comprometamos a seguir compartiendo la elevada misión y el exaltante desafío de
trabajar en favor de la educación pública nacional.
El acto de esta tarde tiene lugar en el Paraninfo de la
Universidad de la República, este Paraninfo que constituye la expresión espacial
más elevada de la cultura nacional.
Deseo referirme a él como testigo de mi vida
profesional, como ámbito acogedor de mi palabra.
Ocupé esta tribuna los días 2 y 3 de marzo de 19(51.
Las autoridades de la enseñanza primaria de la época habían desmantelado, en
decisión propia de gente retrógrada, soberbia e ignorante, todo lo que los
educadores estábamos haciendo por el futuro de la familia campesina. Clon el
respaldo de la Federación Uruguaya del Magisterio, los maestros rurales nos
reunimos, viniendo delegaciones de todo el país. Durante dos días sesionamos en
esta sala.
Me correspondió argumentar aproximadamente así: como
quienes mandan retiran a la escuela rural sus instituciones básicas,
reconstruyámoslas nosotros con nuestros propios medios y con aquellos recursos
de que carecen los jerarcas de esta hora: tenacidad, rumbo, experiencia y
solidaridad.
Así nació, en esta sala, el Instituto Cooperativo de
Educación Rural (ICER). El provecto de resolución al que di lectura y que fue
aprobado por aclamación decía textualmente: "En
el caso de que el Consejo de Enseñanza Primario no ponga en funcionamiento la
Sección Educación Rural en los plazos que quedan establecidos, el magisterio
dará los pasos necesarios para brindarse a si mismo, en forma autónoma, la
asistencia técnica que necesita para el cumplimiento del programa vigente [que
era el de 1949] y para que la educación rural del país continúe su firme proceso
de crecimiento. A tales efectos se encomienda a un equipo constituido por los
compañeros Nelly Couñago de Soler, Ana María Angione, Homero Grillo, Miguel
Soler, Almer Prada y Weyler Momio, la adopción de todas las medidas contundentes
a la creación y funcionamiento de esta institución, que se denominará Instituto
Cooperativo de Educación Rural".
El ICER contó con más de mil asociados, trabajó sin
recibir subvención alguna y fue ampliando sus objetivos iniciales, abnegadamente
servido por Homero Grillo, uno de los grandes del magisterio nacional, y apoyado
por decenas de colaboradores ilustres, entre los cuales quiero mencionar a Don
Carlos Quijano. Otros tres
grandes fueron miembros de su Comisión Asesora: Yolanda Vallarino, Julio Castro
y Enrique Braver.
Tras catorce años de generoso y provechoso esfuerzo,
allanado su local varias veces por las Fuerzas Armadas, el último tiempo del
ICER fue de obligada resistencia hasta que en 1975 cerró sus puertas y ocultó
sus preciosos archivos, había nacido en este Paraninfo.
Volví a tomar la palabra entre estos muros en lebrero
de 1986, cuando, superada la dictadura militar, la Universidad de la República
reinició sus Cursos Internacionales de Verano. Luis
Carlos Benvenuto me invitó a hacerme cargo de una serie de disertaciones sobre
temas de educación. Aunque la inscripción había sido razonablemente limitada, la
demanda por escuchar votes libres tras tantos años de silencio pudo más que las
previsiones y Benvenuto fue ampliando la matrícula de mi curso que, si no
recuerdo mal, supere') las 500 personas. Otro tanto ocurrió con los demás
cursos, en especial con los que Roque Faraón e debía impartir sobre temas de
comunicación. Desbordados los locales disponibles, acordamos con Benvenuto y
Faraone constituir dos grupos de asistentes. Yo ofrecía mi exposición a la mitad
de ellos en el Paraninfo mientras Roque hacía otro tanto desarrollando su tema
en la vecina sala Vaz Ferreira de la Biblioteca Nacional. Y a continuación
rotábamos. Roque repetía su clase en el Paraninfó al primer grupo y yo lo hacía
en la Sala Vaz Ferreira con el segundo. Si menciono estos hechos es para
recordar a ustedes que en aquellas circunstancias resultó reconfortante que la
Universidad pusiera a disposición de tantos centenares de educadores su
prestigioso Paraninfo, para devolverles la visión crítica y la voluntad
reconstructora requeridas en aquellos momentos de la postdictadura recién
estrenada.
Ocupé este mismo sitio el 28 de agosto de 1987. Se
había constituido una comisión ciudadana para rendir homenaje a Julio Castro, el
maestro y periodista que la dictadura había secuestrado y asesinado diez años
antes, en agosto de 1977. El acto fue acogido en este Paraninfo, que resultó,
como ocurre tantas veces, insuficiente para recibir una multitud de consternados
e indignados ciudadanos.
Marta Demarchi presentó, con su reconocida solvencia de
docente universitaria, el vigoroso perfil pedagógico de Julio. Dahd Sfeir nos
conmovió con la lectura de las últimas cartas intercambiadas, por clandestinas
vías, entre Julio desde Montevideo y
Carlos Quijano desde su
exilio mexicano. Fue un momento de recogimiento el que nos brindó la gran actriz
al presentarnos alternativamente los mensajes de aquellos dos compatriotas que
se esforzaban por poner algo de luz en sus respectivos caminos, por entonces
forzosamente sombríos'. El último diálogo entre dos grandes maestros.
Yo también participé en esa ocasión, refiriéndome a
Julio como mi maestro, mi compañero de tareas en Uruguay y en América Latina y
también mi amigo durante casi 40 años.
Fue esa noche que intercalé en mi homenaje palabras que
repetiré ahora, textualmente, y que algunos considerarán heréticas. Dije
entonces y repito: "Y puesto que el daño que padeció nuestro común amigo le fue
inferido bajo un régimen militar, he venido a formular votos, en este recinto de
pensamiento, de ciencia y de humanismo, por el día en que nuestro planeta haya
abolido todos los ejércitos y todas las armas, por el día en que la violencia
entre hermanos haya desaparecido, aun en sus más sutiles y solapadas formas".
(...) "¿Es éste un sueño? Claro que sí, pero ¿qué función más alta cabe a la
educación que la de sembrar sueños y cultivarlos, paciente y amorosamente, en
perspectiva de siglos si es preciso, hasta su fructificación?". Esto dije
entonces y repito hoy, como también formulé entonces y quiero repetir ahora la
dolorosa pregunta: ¿Dónde está Julio Castro? Emitida aquí, en el Paraninfo que
la Universidad ha hecho el Paraninfo de los ciudadanos, esta solemne y trágica
pregunta no debería quedar por más tiempo sin respuesta.
Ya ven ustedes, Señor Rector, queridos amigos, queridas
amigas, que mi relación con el Paraninfo cumple ahora 45 años. Si he evocado, al
mencionarlo, estos tres importantes momentos de mi vida es porque siento que, de
algún modo, el acto de hoy confirma en qué gran medida la Universidad de la
República es una institución del pueblo uruguayo, por su vocación republicana, y
por autónoma y por cogobernada. Es del pueblo tanto cuando en este Paraninfo se
escuchan las voces de mayor prestigio de América Latina como cuando en él se
vela lo poco que queda de los restos de alguno de nuestros mártires o cuando se
ceden sus micrófonos a los educadores.
Pero no quisiera que mis palabras respondieran
solamente a tentadores sentimientos de nostalgia. La nostalgia debe ceder
terreno a la memoria y ésta ser la fuerza motivadora de la propuesta y ésta, a
su vez, portavoz del compromiso y herramienta de la reconstrucción. ¿Por qué
digo compromiso? ¿Por qué lo asocio a la reconstrucción?
He vivido muchas décadas en Uruguay. El año pasado fue
editado mi último libro que tenía por subtítulo estas palabras: "Educar en
Uruguay: de la construcción al derribo, de la resistencia a la esperanza". No
repetiré lo bien sabido: desde Várela hasta mediados del siglo pasado, nuestro
país construye uno de los mejores sistemas educativos del mundo. Lo gocé de
niño, como alumno. Y durante casi veinte años participé en la privilegiada
aventura de seguirlo edificando. Los años cincuenta fueron de grandes
realizaciones. Echaron después -como decía Julio Castro-'los caballos en la
huerta". Vinieron las tensiones de la predictadura, los primeros estudiantes
muertos, y luego la dictadura, ese oscuro túnel que hizo de la educación y sus
instituciones, de los educandos y de los educadores, junto a los obreros, sus
víctimas preferidas. Y entonces -y que me perdonen los historiadores que pueden
pensar lo contrario- perdimos la gran oportunidad. La gran oportunidad para el
país y para la educación no fue captada y servida en el momento histórico,
político y psicológico obligado, es decir, en la segunda mitad de la década de
los ochenta. Nuestros dirigentes se empeñaron en ocultar el pasado en la caja
fuerte, en regresar a prácticas ya caducas, en frenar en el pueblo el legítimo
derecho a la reconstrucción nacional. El derrumbe prosiguió, cada vez que se
dijo "¡Silencio, de eso no se habla!", cada vez que se adujo que no había dinero
para casi nada, en cada ocasión en que se extranjerizaba nuestra tierra, en cada
encubierta la unidad en que se suscribían nuevos fatídicos empréstitos, en cada
informe estadístico que nos advertía: "¡Cuidado, la pobreza crece y la infantil
mucho más!". La casa se nos fue demoliendo y con ella fue decayendo la
educación, en cada instancia en que se ignoraban las propuestas de los
educadores, cada día, cada mes y cada año en que la educación navegaba regida
por los iluminados, en cada presupuesto abaratado. Quienes se ocupaban de la
educación desde el llano apelaron a la hermosa tradición de todos los pueblos:
la resistencia, Honor a los resistentes de tantos años. Yo estaba fuera, puedo
entonces rendirles homenaje sin sentirme implicado en su obstinado esfuerzo y en
su enorme mérito. Custodiaron lo mejor que habíamos edificado.
Hasta que el pueblo dijo "¡Basta!". La mayoría dijimos
"¡Basta!". Invertimos la clepsidra y empezamos a vivir el nuevo tiempo,
asumiendo que había llegado la hora del cambio.
En
eso estamos. ¿Estamos? ¿Estamos todos viviendo la hora del cambio? Me lo
pregunto, cada día más preocupado.
Ciertamente, las fuerzas adversas a todo cambio están
ahí, atentas a todo lo que hacemos. Es natural. Y no son ellas, viejas
conocidas, las que más me preocupan. Pero importa que no fracase el cambio que
deseamos, llevado hacia adelante y hacia arriba, entre todos, sin precedentes
pero con años de gestación. Por su urgencia, por su profundidad, por su
naturaleza pacífica, democrática y atenta al derecho de todos, este cambio, a la
uruguaya, constituye toda una experiencia, es decir, un aprendizaje, el tránsito
por una ruta inaugural. Por que sin duda no nos resulta fácil desprendernos de
ciertos rasgos que de un pasado tan pertinaz han hecho carne en el pueblo
uruguayo.
No soy político ni politólogo, pero al observar la
dinámica social de que somos partícipes, pienso que la tarea renovadora en
materia de educación es inmensa, comenzando por poner orden en la casa, tarea
difícil pero insoslayable, ya emprendida en el ámbito de la ANEP. Y admito que
casi todo lo nuevo está por hacerse. El sustento filosófico de la educación de
estos últimos años no nos sirve, en parte porque no existe, por lo menos
explícitamente, en parte porque sus ideas rectoras deben ser evaluadas v algunas
de ellas francamente rechazadas. De modo que tenemos por delante la refundación
ideológica, axiológica y estructural del sistema nacional de educación.
Para poder recorrer este camino hacia el cambio, cada
uno de nosotros tiene que aceptar el desafío de su propio cambio. Y es aquí que
me parece justo hablar de compromiso. Me dirijo especialmente a los jóvenes, a
los estudiantes universitarios, a los maestros y profesores noveles v a quienes
se preparan para serlo en el futuro, a los que cursan todavía estudios medios, a
los que quisieran estudiar v no pueden hacerlo. Sigue siendo, naturalmente,
tiempo de reivindicaciones, algunas de ellas -siento pena al decirlo- viejas e
insatisfechas reivindicaciones. Comprometerse no es renunciar a ellas sino
enmarcarlas en una cabal comprensión del momento histórico que vivimos, que
sigue siendo el de un país pequeño, pobre y dependiente, que ha abierto ahora la
oportunidad de volver a ser culturalmente grande, de aventar la pobreza
produciendo más y distribuyendo mejor, de reemplazar la dependencia por la plena
soberanía, fortaleciendo sus alianzas con los países hermanos y con todos
aquellos pueblos que no se resignan a seguir siendo países en desarrollo.
A quienes hoy están estudiando me permito decirles: no
se conformen con aprobar sus personales exámenes ni con conquistar sus
codiciados y merecidos títulos. No ahoguen sus dudas en cualquiera de las formas
del éxito; movilícense en busca de respuestas, piensen en cómo poner los saberes
adquiridos a disposición de un país que los necesita, desesperadamente, para
brindar sus frutos a esa tercera parte de nuestra población a la que hemos
dejado a mitad de camino. No se culpabilicen; pero eviten caer en las
tentaciones de una sociedad planetaria que nos necesita enajenados,
competitivos, egoístas, buenos consumidores y, sobre todo, distraídos.
Justamente hoy es 14 de Julio, fecha a tener siempre
presente. Defiendan su libertad, jóvenes estudiantes, venzan la tentación de
creer que la igualdad no es posible, cultiven la fraternidad, contribuyendo
republicana y austeramente a que Uruguay sea un país solidario, donde las
grandes e inaplazables metas sean conquistadas y disfrutadas por todos.
Y a mis colegas maestros y profesores les reitero lo
que muchas veces he escrito: acompaño sus justas reivindicaciones, las hago mías
pidiendo a todos aquellos altos dirigentes nacionales que en el Poder Ejecutivo
y en el Poder Legislativo tienen responsabilidades en la confección y aprobación
de los presupuestos que continúen examinando con rigor e imaginación todas las
posibilidades de poner a disposición de la educación pública, desde la inicial
hasta la de postgrado, los recursos que se requieren para que la nación cumpla
con su consigna de ofrecer a todos una educación de calidad a lo largo de toda
la vida. El pueblo tiene derecho a ella. Para la República es una necesidad, una
condición de la pública felicidad.
Pero hay por lo menos dos contrapartidas, compañeros,
dos grandes compromisos. El primero es el de servir al pueblo con
profesionalidad pero también con el esfuerzo y con la abnegación que las
circunstancias requieren. La Patria padece hoy un considerable retraso educativo
y cultural, los niños son víctimas de graves carencias, los jóvenes desertan de
las aulas, muchos de ellos autodestruyen su futuro; con muchos adultos y sobre
todo con muchas adultas nuestra deuda sigue profundizándose. Yo sé que el gran
esfuerzo de reconstrucción nacional no es tarea sólo de educadores, pero una
parte del que hay que realizar nos está reservado a nosotros y sólo a nosotros.
Discutamos, veamos qué nos corresponde hacer y hagámoslo, mejor dicho, sigámoslo
haciendo, porque en todos los puntos cardinales hay educadores que ahora conocen
el cansancio físico pero están felices, porque se han liberado del cansancio
moral que empañó durante tantos años su trabajo.
Y un segundo gran compromiso, compañeros. Continúen
estudiando,
formándose, creciendo profesionalmente. Y esto es más
difícil aun. Con todo respeto por quienes ejercen hoy esta función, digo que los
formadores de educadores son hoy pocos ante tantas necesidades. Tendremos que
autoformarnos, interfórmarnos, constituir círculos de estudio, intercambiar
experiencias, acentuar al escribir nuestro rigor crítico, convencernos de que el
país cuenta, en forma tal vez inorgánica, con colegas, unos ya retirados, otros
en actividad, que saben trabajar, que conocen los secretos de la profesión, que
están dispuestos a compartirlos. Al esfuerzo oficial en este campo de la
formación y el perfeccionamiento docente, tenemos que sumar nuestras propias
medidas de emergencia, sin esperar a que todo nos sea dado, con la vieja
creatividad crítica que tantos resultados nos dio en el pasado.
Afirmo seriamente mi convicción de que la crisis de la
educación es tan profunda como la del país. Pero sabemos qué queremos cambiar y
aunque sea poco perceptible, se ha comenzado a hacer, con rumbo y con
responsabilidad. Repito que poder cambiar lo que nos es exterior supone también
cuestionar nuestros valores y nuestras prácticas personales. Aceptemos el reto
de hurgar en lo más profundo de nuestra conciencia profesional. Lo considero una
exigencia ética del momento. De esta generación no se dirá que fue una
generación perdida, sino una generación quemada. Porque se necesitará, creo,
toda una generación, no para volver a ser lo que ya fuimos, sino para llegar a
ser lo que debemos ser. No perdamos de nuevo una ocasión histórica. Pongámonos
al servicio de la historia, sin mesianismo, pero con ese compromiso personal v
profesional al cual me he permitido invitarles.
Y ahora, para concluir, quiero pedir hi indulgencia de
lodos ustedes. Una ceremonia como la de esta tarde colma una vida. Después de
hoy todo será distinto para mí. Así lo siento. Porque no habré de olvidar en
ningún momento que al otorgarme este título, la Universidad de la República ha
emitido una opinión favorable sobre mi trayectoria personal y profesional. Es
decir, que me siento comprometido ante usted, Señor Rector, y ante las demás
autoridades de esta Casa que acordaron ese pronunciamiento. Y ante todos
ustedes, que han querido acompañarme esta tarde.
Ocurre que no puedo retirarme, ni reducirme al
silencio, ni convertirme en el mero custodio de mi nombre. Continuaré, en el
grado en que me sea posible, mis actividades en la ANEP y en la Comisión
Organizadora del Debate Educativo, que ya todos denominamos CODE. Es decir, el
lunes retomaré mis funciones, que son las de un trabajador más de la educación.
Por eso pido una especie de moratoria, abrir un paréntesis en el descanso a que
este título podría hacerme acreedor, para proseguir activo durante unos pocos
meses más.
Entiendo bien que nadie me
ha invitado a quedarme en casa a partir de ahora; soy yo el que reconozco que se
ha producido un cambio que me obliga, frente a la Universidad, frente a todos
ustedes, frente a mí mismo, a ser más cuidadoso que nunca en lo que hago y digo.
Pues bien, pido permiso para seguir obrando desde el llano con mis palabras de
siempre, con frecuencia poco afortunadas.
Las autoridades de la enseñanza, presididas por mi
amigo el Dr. Luis Yarzábal, activas
protagonistas como me consta diariamente de un denodado
esfuerzo renovador -para el que la plena autonomía prescripta por la
Constitución es condición fundamental- me han confiado algunas tareas, que
considero importantes. No quisiera privarme del placer de seguir cumpliéndolas.
Igualmente suelo compartir reflexiones con otros colectivos relacionados con la
educación que tienen la bondad de escucharme, en momentos en que jóvenes y
veteranos quisiéramos tener las ideas claras y ofrecerlas al examen público. Son
quehaceres, naturalmente, siempre inconclusos, necesarios y gratos, con los que
me siento obligado, sabiendo bien que no soy imprescindible.
Por otra parte, el país ha instalado el Debate
Educativo o, mejor dicho, el Debate Educativo se ha instalado, ya, en el país.
No entraré en detalles, pero esta consulta abierta a escala nacional que el
Gobierno ha resuelto lanzar nos importa a todos y me importa a mí. Nos importa
porque da por acabado el gran silencio al que se redujo a los docentes y a los
demás miembros de lo que solemos llamar la comunidad educativa que, de hecho,
está formada por todo el país.
En noviembre de 2004 fui
invitado a una reunión de maestros, casi todos jóvenes, en un Centro Comunal de
Sayago. Una de las participantes dijo (leo textualmente de mis notas) "a los
maestros nos dejaron sin voz". Pues bien, maestros y maestras, profesores y
profesoras, ciudadanos y ciudadanas, es la hora de vuestras voces. La CODE está
aquí, en esta sala, en esta ciudad y en todas las poblaciones de Uruguay con el
único mandato de saber escuchar, sintetizar y transmitir vuestras voces a
quienes corresponderá interpretarlas y hacerlas realidad, con sus discrepancias
y contradicciones, que es lo normal en democracia.
Sucede, además, que el Debate Educativo, ya está
dejando, entre otros, tres resultados un tanto inesperados. El primero es la
experiencia de la participación. ¡Qué bien que una madre de familia pueda decir,
tal vez por primera vez: "fui a la asamblea, levanté la mano para pedir la
palabra y cuando me la concedieron dije algunas cosas que sentía necesidad de
expresar". Si esta fuera la experiencia de decenas de miles de conciudadanos,
como, deseamos, la participación se habrá corporizado, como derecho de todos.
En segundo término, habremos
vivido la experiencia de organizamos. En un país donde conjugar este verbo
siempre fue difícil, más de mil personas están trabajando, en estos momentos, de
manera organizada, en la promoción y el desarrollo del Debate Educativo. Cuando
éste concluya, una mayor capacidad organizativa se habrá expandido sobre nuestro
mapa.
Y un resultado más, que me hace muy feliz. El Debate
está auspiciado por las tres grandes entidades de la educación nacional, cosa
rara vez vista con esta rotundidad en el pasado: el Ministerio de Educación y
Cultura, la Administración Nacional de Educación Pública y la Universidad de la
República. El emprendimiento en común de este gran salto hacia adelante honra a
sus dirigentes. Siendo organismos muy dispares en sus funciones y estructuras,
están trabajando al unísono al servicio de la educación nacional. Contamos todos
con que esta unidad de acción no sólo haga posible la culminación del Debate
Educativo sino que, además, perdure gracias a la visión integradora y solidaria
de sus dirigentes. Así lo requiere la educación de nuestro pueblo.
Más allá de estos tres resultados, repito que
afortunados para el Debate propiamente dicho, vendrá, esperamos que hacia fin de
este año, el término del trabajo de la CODE con la entrega de un informe final,
que será de su responsabilidad, pero no de su autoría. Los autores serán todos
ustedes, los que ocupan hoy esta sala y los que están siendo invitados a colmar
el gran auditorio deliberante que deseamos sea la República. Con su gran
resonancia en los medios de comunicación, que en algunos casos está siendo
extraordinaria.
Si en este momento, tan simbólico para todos porqué nos
sentimos juntos al servicio de la labor educadora, como emocionante para mí
porque se me escucha una vez más en este Paraninfo, se me permite expresar un
deseo concreto, necesitaré muy pocas palabras: participen activamente en el
Debate Educativo. Es el de todos y es el de esta hora. La historia es avara en
oportunidades.
Y sean indulgentes, como les he pedido, conmigo. Porque
si el Debate es de todos, es también mi debate y, sirviéndolo, como me propongo
seguir haciendo, seguramente incurriré en errores impropios de un maestro rural
que un 14 de Julio recibió una de las más altas distinciones que otorga su
Patria adoptiva.
Gracias, gracias a todos.
Montevideo, 14 de julio de 2006.
Tomado de Siete sobre Siete, 31 de julio de 2006