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Épocas fundacionales. Con Miguel Soler Roca
Por Federico Álvez
Hace décadas que este maestro y pensador viene realizando aportes sustantivos a la educación pública uruguaya. Precisamente en reconocimiento a su trayectoria la Universidad de la República le entrega hoy el título de doctor honoris causa. BRECHA aprovechó la instancia para dialogar largamente con este especialista sobre el debate educativo promovido por el gobierno del Frente Amplio.
—¿En qué contexto nace la necesidad de un debate nacional? ¿Se busca subsanar
rupturas tanto entre la escuela y la sociedad como entre los docentes y las
autoridades luego de una década marcada por la falta de participación?
—A los efectos legislativos el país nunca tuvo debates
educativos abiertos, por lo tanto el debate nacional de educación es una
innovación. Las discusiones se producían sólo a nivel parlamentario y ni
siquiera fueron discutidas las leyes educativas que más han marcado los últimos
años, es decir, ni la del año 1973 ni la de “emergencia” de 1985. Durante estos
años hubo escasa y nula participación de la gente en esta agenda.
Sin embargo Uruguay tuvo en su momento importantes
debates educativos.
En 1920 y 1930 la Asociación
José Pedro Varela promovió la discusión en forma permanente. También en la
década del 30 hubo varios congresos de maestros que discutieron problemas
educativos, y en los años 1944 y 1945 participamos en los congresos sobre la
escuela rural. Además el programa que más tarde aprobó Primaria fue el resultado
de un congreso donde participamos más de 400 educadores en 1949. Y en los años
cincuenta el Congreso Nacional de Educación se ocupó de la situación en
Primaria, Secundaria y educación técnica.
Pero a partir de fines de los sesenta la actividad
educativa comenzó a guiarse por dictámenes sin que mediara debate alguno. Y esta
tendencia persistió tras el retorno democrático. De hecho el gran debate
educativo debió realizarse en la segunda mitad de los años ochenta, cuando
recuperada la democracia el país se enfrentó con la tarea de reconstrucción. Las
grandes leyes de educación en América Latina siempre han coincidido con momentos
de intenso cambio político, y pasar de un régimen tiránico a uno democratico era
la instancia indicada. Pero durante los últimos veinte años la educación ha
estado orientada por una ley de emergencia que no se detuvo en detalles sino en
generalidades de funcionamiento del sistema.
Ahora con la victoria electoral del Frente Amplio
vivimos nuevamente un cambio político. La ley vigente no responde a las
necesidades actuales, hay que cambiarla. A partir del 31 de octubre de 2004
quedó instalada la necesidad de reconstruir la educación y para ello se deben
adoptar nuevas medidas legislativas. Lo que ha hecho el gobierno, en acuerdo con
el resto de los partidos con representación parlamentaria, es condicionar la
futura ley de educación a una propuesta que provenga de la discusión de los
sectores profesionales y de toda la población. Esto es inédito, ya que si bien
en América Latina han existido antes algunos debates educativos, nunca tuvieron
esta amplitud. Me gustaría aclarar que estas son mis ideas personales, por lo
que no estoy comprometiendo la posición “oficial” de la Comisión de Organización
del Debate Educativo (code).
—¿Todo el mundo puede opinar de educación? ¿Qué
virtudes y riesgos tiene hacer una convocatoria tan amplia?
—Todos los ciudadanos están invitados a participar pero
no concibo este debate sin una fuerte participación de los profesionales de la
educación.
En la code hemos decidido no
reducir el debate a los “especialistas” ya que los interesados en la educación
son todos los ciudadanos del país a partir de la edad en que puedan expresarse.
Es más, hemos manifestado el deseo de recoger las expresiones de los niños y
conocer cómo visualizan la escuela que más les agradaría, porque probablemente
ésta sea muy diferente a la que tienen efectivamente que asistir. Todas las
opiniones, consideradas igualmente válidas e importantes, serán indispensables
para que luego los legisladores tengan elementos para su soberana decisión como
representantes del pueblo.
Sobre la participación no veo riesgo alguno: como todos
pasan por el sistema educativo o mantienen vínculos directos por lo menos a
través de sus familiares, todos tiene algo para decir.
En las
recorridas por el país hay personas que nos dicen “no me pregunte, no estoy en
condiciones de responder porque eso es cosa de maestros”. Pero una vez que la
conversación se desarrolla la persona comienza a dar importantes aportes.
Siempre me acuerdo de una anécdota. En la década del 70 estaba cumpliendo una
misión de la unesco y llegué a una zona en donde algunas familias estaban
levantando un asentamiento, gracias a que el gobierno había cedido algunas
hectáreas y unas pocas herramientas. En medio de la precariedad, preguntamos qué
se necesitaba, y como primera respuesta recibimos “aquí lo que hace falta es una
escuela”. Una señora que tomó la palabra en nombre del grupo insistió en esta
necesidad y entonces le pregunté para qué quería la escuela. Su respuesta fue
“porque en un pueblo queda bonito tener una escuela”. Insistí para obtener una
explicación menos superficial y ella me contestó sus razones: “Porque los niños
tienen que aprender, los adultos somos analfabetos y también tenemos que
aprender. Porque en este lugar las mujeres no sabemos cosas sobre costura,
alimentación, cuidado de los niños, porque nuestros hombres tienen que producir
la tierra y alguien los tiene que ayudar. Una maestra podría dar algunas ideas
para una mejor producción”. Enumeró el perfil de la escuela que se necesitaba y
finalmente agregó: “Quisiera que la maestra me enseñe a no tener más hijos
porque tengo siete y no los puedo mantener y me han dicho que hay maneras de no
tener más...”. Lo que llamamos integralidad de la educación estaba en la cabeza
de aquella mujer analfabeta. El pueblo tiene muchas cosas que decir sobre lo que
necesita la sociedad de la educación.
—¿Qué pasa si la gente pide cosas sólo para adaptarse a
esta sociedad excluyente e injusta o para posicionarse mejor en forma
individual?
En varias oportunidades usted
ha señalado que la educación debe ser siempre a favor del cambio, si no se
vuelve un mero adiestramiento.
—No es conveniente un divorcio entre las políticas
educativas y las políticas nacionales y sociales del país. Las ideas que la
población pueda tener sobre las funciones de la educación las debemos ubicar en
complementariedad con el resto de los dispositivos sociales disponibles para
atender los graves problemas del país. La educación tiene funciones que se
vinculan directamente con la problemática social, pero sería antihistórico
esperar que sean las instituciones docentes las que resuelvan todos los
problemas. Ubicar conscientemente al educando en la realidad nacional y mundial
para que pueda interpretarla y transformarla es una función propia del sistema
educativo. Pero creo firmemente que ningún problema económico o social puede ser
resuelto por la vía educativa como, al mismo tiempo, tampoco pueden ser resuelto
excluyendo su aporte. Los educadores tenemos responsabilidades y limitaciones.
Cada vez que queremos actuar como agentes en cambios que están fuera de nuestras
posibilidades llevamos los procesos educativos a callejones sin salida. No es
conveniente una actitud de desmedida confianza en el potencial de la educación
en el cambio social porque la autonomía con la que se mueve el sistema educativo
dentro de la sociedad es limitada.
—El debate educativo no ha ganado las calles. ¿Por qué?
—El debate está instalado en el país. No sabemos
todavía cuáles son los acentos que se vienen planteando a nivel popular pero la
preocupación mayor que tengo es que el debate no se limite a una evaluación del
estado actual de la educación nacional. Lo primero que ocurre en todas las
asambleas territoriales es que la gente toma la palabra y se queja. Es legítimo
y hay razones para manifestar quejas, pero lo que nosotros necesitamos son
propuestas.
No sé si algún día nos atreveremos en la code a decir
que el debate educativo ha sido en términos cuantitativos exitoso o un fracaso,
porque no tenemos ninguna medida a nuestro alcance para hacer esta apreciación.
Pero pese a todas las dificultades el debate va a dejar un producto, que desde
un punto de vista social, va a ser fundamental. Actualmente en las asambleas
están participando personas que nunca han tenido la oportunidad de opinar sobre
nada.
En los últimos años he estado
en muchas reuniones de maestros y profesores y recibí siempre la queja de que
jamás eran consultados. Ahora tienen la palabra por primera vez en muchos años.
Esta experiencia en términos de organización y participación es inédita, fecunda
y fortalece la democracia nacional. No estoy preocupado por la dimensión
cuantitativa del debate, lo importante es que quien quiera participar tenga las
puertas abiertas para hacerlo.
En
este momento, en el interior del país, la situación está más avanzada que en
Montevideo, sobre todo porque desde la code lanzamos el debate primero en el
Interior. El retraso cronológico en la capital no es por desinterés sino por
nuestra incapacidad de lanzar el debate en todo el país al mismo tiempo. Desde
el principio varias comisiones señalaron la conveniencia de que se las dote de
recursos: medios de transporte, elementos para publicitar y anunciar. La code
está buscando dar respuesta a todas las demandas atendibles.
—¿Cuáles serían a su juicio los desafíos más grandes
que tiene la educación uruguaya para los próximos años?
—Un problema que se nos plantea es lograr una mejor
universalización de la escolaridad. Tenemos ausentismo, mínimo en Primaria pero
considerable en los niveles de educación media. La Constitución de la República
establece una obligatoriedad que en los hechos no se está cumpliendo. Se debe
disponer de todos los recursos necesarios para atender el derecho a la educación
que tienen niños, jóvenes y todos los ciudadanos, porque ésta es un derecho a
ejercer a lo largo de toda la vida.
Otro gran problema son los recursos presupuestales, que
no lograron alcanzar –como es bien sabido– los porcentajes que recomiendan los
organismos internacionales para lograr una educación de calidad. Pero también
está el problema de los recursos profesionales, es decir los docentes. El país
necesita muchos más de los que tenemos y su formación debería progresar para
estar a la altura de las exigencias. Tenemos graves problemas en cuanto a la
formación del cuerpo de especialistas, que en todo sistema educativo debe
liderar las acciones educativas. Las instituciones que habían sido creadas para
la formación profesional de inspectores, directores y especialistas no están
funcionando porque han sido clausuradas. Un sistema educativo que carece de
cuadros intermedios para orientar a los “docentes de terreno” padece una
fractura entre los órganos directivos y los ejecutores. Esta capa intermedia de
cuadros técnicos tiene que ser urgentemente formada.
Otro aspecto a resolver y que requiere una revisión
forzosa es todo lo relativo a los contenidos programáticos de la educación.
Además hay que abordar los problemas que plantean las situaciones excepcionales.
Siempre se consideró que, en determinado grado, la enseñanza en el medio rural
debía estar atenta al contexto para que la formación del niño fuera de buena
calidad pero no constituyera a su vez una agresión cultural externa que lo
desubicara con respecto a sus propias vivencias. El país pudo responder a esta
necesidad en forma adecuada hace medio siglo pero hoy nos encontramos con que el
problema más grave se desplazó y ya no radica tanto en lo rural sino en las
zonas suburbanas. La articulación entre los objetivos educacionales y esta
realidad es un desafío central actual. Un niño que carece de alimentación
adecuada en los primeros años de su vida está condenado a disponer de un capital
neuronal limitado. No podemos postergar un día más la necesidad de que todo
pequeño se alimente adecuadamente para disponer de su futuro. La realidad
nacional hace más compleja la tarea de todos los educadores. Esto no puede
invalidar de ninguna manera la necesidad y la viabilidad de contar con centros
educativos eficientes ya que si una tarea es difícil no quiere decir que sea
imposible.
—Pero mientras sigan los condicionamientos por parte de
organismos externos a través de sus préstamos el debate puede quedar
condicionado a lo que digan algunas voces ajenas.
—Hace nueve años escribí El Banco Mundial metido a
educador, en donde señalaba que se busca colaborar financieramente con los
países en desarrollo ofreciéndoles políticas educaciones desde una posición
economicista totalmente inapropiada. Además este proceso se hacía generando
endeudamiento y desarticulando los sistemas educativos al segregar algunas
operaciones especiales con financiamiento privilegiado, que construían enclaves
paralelos a las autoridades soberanas. No dejaría de recomendar nunca al Uruguay
que para sostener su sistema educativo general apelara a lo recursos propios y
no a los provenientes del exterior. El actual Codicen ha encontrado una
situación que consideró anómala y puso correctivos que permiten una restauración
progresiva de la soberanía sobre la educación, sin perjuicio de que se mantengan
operaciones que no resultan cancelables por la vigencia o por el interés en el
mantenimiento de determinados servicios.
La guerra civil desde Uruguay
—¿Qué recuerda de aquel año 1936 en que estalló la guerra civil?
—Nací en 1922 en Cataluña y en 1926 mi familia se
trasladó a Montevideo. Me castellanicé en la escuela 24 porque mi lengua materna
era el catalán. Uruguay recibía diversidad de inmigrantes de todos los orígenes
y nuestra familia se integró a un proceso de crecimiento de la sociedad
uruguaya. Éramos una familia de trabajadores y la pobreza estaba en regresión a
medida que nos incorporábamos a una sociedad en crecimiento. Afectó mucho a mi
familia el levantamiento de Franco del 18 de julio de 1936. Nosotros seguimos
con atención los acontecimientos. Recuerdo que El Día publicó un gran mapa de
España y con mi padre íbamos situando las líneas de los diferentes frentes de
batalla.
En aquellos tiempos la
solidaridad uruguaya por la causa de la república española se organizó
rápidamente y los estudiantes magisteriales formamos un comité de apoyo. La
república tenía necesidades muy particulares porque el desabastecimiento era
total. En mi casa reuníamos artículos de mercería, como agujas, hilos, botones,
porque recibíamos ese pedido desde España. Era una manifestación concreta de
solidaridad, y concientizaba sobre el hecho de que el mundo no empezaba ni
terminaba en Montevideo.
Más tarde vino la derrota y con ella la oleada de
inmigrantes refugiados que accedían al país gracias a la apertura que se tuvo
con los españoles republicanos. Todo fue vivido por mí y mi famila muy
intensamente y constituyó una experiencia importante de formación en la
internacionalización de mis preocupaciones y valores.
—¿Cuáles fueron los aportes de los refugiados en
Montevido?
—Me impactó mucho la estadía en montevideo de Mira y
López, eminente psicólogo de Barcelona refugiado en Francia, que realizó
docencia en el Río de la Plata en 1940. Él venía a dar conferencias y a
organizar un laboratorio psicopedagógico en el país que fue una gran
contribución. Muchos de los refugiados pertenecían a otros colectivos
profesionales menos vinculados a la educación.
La república una vez instalada, en 1932, concretó
importantes cambios en la educación y la cultura nacionales. Se fortaleció el
sistema educativo, se determinó la laicidad de la enseñanza, se abrieron más
escuelas normales. También hay que recordar la creación de las misiones
pedagógicas y se debe tener presente el libro de Alejandro Casona Una misión
pedagógica en Sanabria y el trabajo de Federico García Lorca, con el grupo
llamado La Barraca, que salió en un camión por los pueblos ofreciendo teatro,
canto y conferencias que generaran en la población la idea de que se estaba
cambiando una política conservadora y monárquica. Las misiones sociopedagógicas
uruguayas, surgidas en 1945, tuvieron dos grandes fuentes: la república española
y las misiones culturales de México.
Honoris causa
Hoy
a las 19 horas en el Paraninfo de la Universidad de la República se le entregará
al maestro Miguel Soler Roca el título de doctor honoris causa “en
reconocimiento a su relevante contribución al progreso de la educación en el
país y en el continente, y al avance de la integración académica
iberoamericana”. Soler señaló a BRECHA que le gustaría poder compartir esta
distinción “con todos los que han luchado por la educación de este país”.
La fundamentación de motivos realizada por la
Universidad de la República para entregarle este título recorre diferentes
etapas de la vida de Soler, que comenzó en Cataluña hace 84 años. “Miguel Soler
Roca es maestro. Pertenece a esa estirpe de maestros que forjaron la mejor
historia de la educación uruguaya. Historia construida desde la reflexión
colectiva y comprometida con los sueños y las desventuras de la gente, en
especial la más humilde y desamparada, convencidos de que ‘la escuela es del
pueblo, porque es la casa de los hijos del pueblo’ (del Programa de escuelas
rurales, 1949)”, señala uno de sus pasajes.
Tomado de Brecha, 14/07/06.