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Escribe: Emir Sader
La realización del Foro Social Mundial (FSM) en
Venezuela es una nueva y gran oportunidad para aprender de las formidables
lecciones – positivas y negativas – de la lucha del continente por “otro mundo
posible”.
El FSM sale de la fase de resistencia al neoliberalismo y pasa a participar
activamente de la lucha por “otro mundo posible” o se quedará relegado a la
intranscendencia. La realización del FSM en Venezuela es una excelente
oportunidad para dar ese salto. Si salir incólume de ella, retomando el mismo
discurso de antes, sin haber aprendido de las extraordinarias conquistas y
lecciones que América Latina y el Caribe han ofrecido, se condenará a perpetuar
su actual marginalidad en relación a los grandes combates que se libran contra
la hegemonía imperial y el neoliberalismo en el mundo, los reinos del dinero, de
las armas y de la mass media monopolista.
Estos últimos años se producen grandes transformaciones en la lucha por el
posneoliberalismo. Por un lado, presenciamos algunos fracasos, provenientes de
diferentes latitudes. Los gobiernos de Lula y de Tabaré Vázquez no rompieron con
el neoliberalismo y decepcionan a aquellos que depositaban las esperanzas de
superación del neoliberalismo en la vía de la lucha electoral de la izquierda
tradicional. Por otro lado, fracasaron también los movimientos sociales que
pretendieron mantenerse en la esfera de la lucha social, sustituyendo la lucha
política o intentando prescindir de ella.
Los movimientos indígenas ecuatorianos, revelando una extraordinaria capacidad
de movilización, fueron protagonistas del derrocamiento de tres presidentes,
tuvieron la posibilidad de comandar la construcción de una alternativa al
neoliberalismo, pero delegaron en un dirigente político ajeno al movimiento, se
sintieron traicionados, se quedaron divididos y sufrieron un gran revés. Los
zapatistas, por su lado, intentaron poner en práctica la línea de “cambiar el
mundo sin tomar el poder” y pasaron a la construcción de gobiernos locales, con
gran legitimidad en la región, pero frente a la primera gran ofensiva militar,
tuvieron que desarmar esas estructuras y pasar a trabajar en el proceso de
construcción de fuerza de masas en la lucha por la transformación de México,
convenciéndose de que no hay emancipación de los chiapanecos/as sin emancipación
de la totalidad de los mexicanos/as. Estos fracasos tiene que ver con la
concepción de las ONGs de intentar limitar la acción al plano de lo que llaman
la “sociedad civil”, sin participar de la lucha por otro poder político,
indispensable si efectivamente se quiere construir otro mundo posible y no sólo
permanecer en el nivel de los testimonios de la resistencia.
Pero hubo grandes y notables avances en la lucha de los/as latinoamericanos/as y
caribeños/as, que el FSM tiene que incorporar. En la propia Venezuela, los
participantes en el FSM encontrarán un proceso político en el que efectivamente
se promueve la prioridad de lo social, se limita la libre circulación del
capital financiero, se opone a la hegemonía imperial belicista, se promueve
activamente la integración latino-americana, tanto en los planos político y
económico general, como en aspectos decisivos como el energético y la
democratización de los medios de información.
Allá se podrá aprender que es en el nivel del Estado y de los gobiernos que se
puede universalizar los derechos: uno de los puntos clave de la lucha
posneoliberal. Es en ese nivel que se puede reglamentar la circulación de
capitales, así como apoyar formas de propiedad social. En suma, la creación de
otro mundo posible pasa por la democratización del poder o no existirá.
Por otro lado, la bellísima victoria de Evo Morales y del MAS en Bolivia va en
la misma dirección. La revolución democrática en aquel país comienza
necesariamente por la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a
la Asamblea Constituyente, para construir una sociedad multiétnica y
multicultural, como paso fundamental para la democratización de las relaciones
de poder y de las relaciones sociales, económicas y culturales del país.
El eje, que comienza a diseñarse entre Venezuela, Bolivia y Cuba, apunta también
en la dirección de que el antineoliberalismo tiene que incorporar elementos del
anti-capitalismo, si quiere efectivamente construir otro mundo posible. Cuba es
una referencia anticapitalista obligatoria, el país que más ha avanzado en
priorizar el aspecto social: terminó con el analfabetismo hace más de cuatro
décadas, apoyó decisivamente a Venezuela en ese camino, posee la mejor medicina
social del mundo, protagoniza la más extensa y generosa política de solidaridad
internacional del mundo.
Si aprende de esas experiencias, el FSM habrá pasado de la fase de resistencia a
la fase de participación concreta en la construcción del otro mundo posible. Si
acaso pasa en la nebulosa, corre el riesgo de confundirse con la oposición
golpista venezolana – que monopolizó la categoría de “sociedad civil” -,
monopolista de los medios, golpista, privatizadora del petróleo y punto de apoyo
de la política guerrerista de los Estados Unidos. El FSM no puede perder esta
oportunidad histórica, sino se reducirá a eventos de “testimonio” sin lograr
convertirse en un actor concreto de la lucha posneoliberal, en el momento en que
ésta tiene, en América Latina y el Caribe, su escenario más importante.
(Traducción ALAI)
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