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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

América Latina

LOS DESAFÍOS ACTUALES DE LA POLÍTICA

Escribe: ISABEL RAUBER

I. CONDICIONES NUEVAS PARA LA IZQUIERDA

Las condiciones sociopolíticas del continente se han modificado sustantivamente en los últimos cinco años. Luchas sociales y levantamientos populares marcaron el ritmo de las resistencias de los pueblos ante la embestida neoliberal y su secuela de destrucción de los aparatos productivos industriales y rurales, de saqueo de los recursos naturales, de apropiación descarada de los bienes nacionales, de robar los depósitos bancarios de ahorristas privados… La desocupación, el hambre, el analfabetismo y las enfermedades curables volvieron a enseñorearse por los campos empobrecidos y los suburbios de las grandes ciudades latinoamericanas. Y todo ello a nombre de la modernización, el progreso y la democracia.

Esta situación -que parecía por momentos, inevitable e indetenible-, está comenzando a ponerse en cuestión y a revertirse. Procesos político-sociales como el de Venezuela bolivariana, han conmovido las fibras dignas y patrióticas de hombres y mujeres de estas tierras: campesinos, trabajadores urbanos empleados y desempleados, pobladores originarios, mestizos, negros, mulatos, intelectuales y profesionales conscientes de la realidad, y muchos otros sectores. Brasil, con Lula, recomenzó la senda del cambio iniciada por Cuba.

Hoy, Bolivia es el más digno ejemplo de que sí es posible cambiar esta realidad de opresión, discriminación, saqueo e injusticia. No es cualquier sector el que ha asumido la representación de todos los bolivianos, sino, ni más ni menos que uno de los más discriminados entre los discriminados -por derecha y por izquierda-: los cocaleros. Haciendo posible lo imposible, un descendiente de los pueblos indígenas, un campesino sin tierras para cultivar como no sea la hoja de coca, es decir, un cocalero, encabeza el gobierno nacional como ayer las luchas urbanas, los cortes de carreteras, la oposición parlamentaria, la unidad de todas las fuerzas sociales a favor de Bolivia libre y soberana. En Chile la Presidencia del país fue ganada por una mujer claramente identificada con el progresismo, igualmente un gobierno de este corte dirige los destinos de Argentina desde el 2003. El Uruguay, el Frente Amplio, llegó a ser gobierno nacional en el 2005, luego de más de 35 años de luchas y resistencias. Esto sin olvidar el significativo y trascendental levantamiento indígena de Chiapas, en el 94; los levantamientos indígenas de Ecuador y sus llegadas al gobierno nacional en dos ocasiones; las resistencias populares en Perú, Colombia, Paraguay… los aportes de la izquierda salvadoreña.

Todo esto marca un cambio sustantivo en la situación sociopolítica actual del continente, sobre todo en la región suramericana. La participación en elecciones nacionales, estaduales, provinciales y municipales se abre paso como camino para los cambios buscados. Luego de Brasil y Venezuela, con la llegada de Evo a la presidencia de Bolivia, la vía democrática -que después de la experiencia chilena del 73 parecía un camino inestable y poco confiable-, ha mostrado nuevas aristas y posibilidades si se asume articulada a una estrategia de construcción de poder propio desde abajo, y –a la vez- como parte medular de ella.

La coyuntura ha cambiado: ya no es la de los años 80 y 90, cuando reinaba el pensamiento único neoliberal del “fin de la historia”, del “no queda otra”. Hoy está claro, resulta palpable para los pueblos de este continente que es posible otro mundo, que es posible otro país, si los pueblos asumen conscientemente la responsabilidad y la tarea de construirlo, desde abajo, día a día. Y esto, como dijera el Presidente Hugo Chávez en la clausura del último Foro Social Mundial policéntrico realizado en Caracas, no es para mañana, es ahora que puede hacerse.

Para ello, la política revolucionaria enfrenta hoy varios desafíos, uno de ellos central: construir el actor social y político colectivo capaz de llevar adelante los procesos sociales y políticos concretos necesarios para transformar las sociedades en las condiciones de la democracia latinoamericana, con las oportunidades que ella brinda hoy y a pesar de sus limitaciones; profundizarla, transformarla, es parte también de las tareas sociotransformadoras.

EL GOBIERNO, UNA HERRAMIENTA POSIBLE PARA LA TRANSFORMACIÓN

No existe justificación, después de la realidad actual de Venezuela, para afirmar que es imposible hacer transformaciones sociales radicales siendo gobierno, argumentando –por ejemplo- que el Estado está en manos de sectores enemigos y que no se tienen aún las fuerzas necesarias para impulsar los cambios previstos. Si el peso del Estado burocrático y oligárquico es mayoritario, la experiencia venezolana enseña que es posible hacer lo que haya quehacer para construir las fuerzas propias, para desarrollar y fortalecer la participación protagónica del pueblo en el proceso y, con ella, construir desde abajo el poder del pueblo que es, a la vez, un proceso de construcción del sujeto revolucionario, de su conciencia y organización revolucionarias. Es precisamente por ello que en el proceso revolucionario venezolano cristaliza hoy la experiencia de transformación política y cultural (práctica-educativa) que se viene gestando en distintas latitudes de nuestro continente. Los logros están a la vista, también los desafíos.

La participación en la disputa política por el gobierno nacional resulta clave. En las condiciones actuales, lo contrario implicaría, de hecho, la negación de toda política y tornaría un sinsentido la lucha de clases, la acumulación de fuerzas y la construcción sociopolítica toda, ya que -de antemano- se les impondría un límite que –por definición- no se desearía traspasar. 

…si se trata de desconocer la importancia del campo político, esto es una pura ilusión. En el mejor de los casos podríamos hablar de utopismo en el sentido más negativo. En el peor de los casos esto se corresponde con el proyecto neoliberal: disminuir el poder del Estado para devaluarlo a mercado y, en este proceso, despolitizar las sociedades. No podemos ignorar a los poderes políticos, ni a los partidos, para lograr las transformaciones sociales esenciales, sino: ¿cómo operar una reforma agraria?, ¿cómo impedir la realización de los tratados de Libre Comercio?, ¿cómo lograr una política petrolera sin el ejercicio de un poder político?[Houtart 2004: 3]

El problema radica, por un lado, en cómo superar la desconfianza instalada en las mayorías populares hacia los partidos políticos, los políticos y la política, y -anudado a ello-, por otro, en cómo hacer política de un modo y con un contenido diferente al tradicional. Porque hacer política es imprescindible y fundamental, tanto para lograr alguna salida positiva a las luchas reivindicativo-sociales, como para el desarrollo político de sus protagonistas. “No resulta suficiente protestar contra las injusticias. No resulta suficiente proclamar que otro mundo es posible. Se trata de transformar las situaciones y tomar decisiones efectivas. Y en ello radica la pregunta acerca del poder.” [Ibídem: 1]

En esta perspectiva, la participación en parlamentos y gobiernos provinciales, estaduales y nacionales, resulta central. Lo que podría entenderse como vía electoral para realizar las transformaciones sociales, resulta hoy un camino medular para el proceso de construcción, acumulación y crecimiento de poder, conciencia, propuestas y organización política propias, en proceso de (auto) constitución de los actores sociales y políticos en sujeto popular del cambio.

Esta es una definición de fondo, estratégica y primera. Deja sentado, de inicio, que participar en elecciones, llegar a ser gobierno de un país –con todos los desafíos que ello implica-, es parte de un camino que puede contribuir enormemente a impulsar la transformación social hacia objetivos superiores. Estar en el gobierno dota a las fuerzas sociales transformadoras de un instrumento político de primer orden que, en conjunción con el protagonismo de las fuerzas sociales extraparlamentarias populares activas, puede abrir puertas para promover transformaciones mayores. Ni la participación electoral, ni el ser gobierno provincial o nacional constituyen -en esta perspectiva-, la finalidad última de la acción política.

Por un lado, esto define los métodos y el o los instrumentos a emplear, crear, etcétera. Por otro, indica la apertura de un largo proceso de cambios, que es –precisamente- lo que caracteriza las transformaciones sociales de la época actual, pues la transición a otra sociedad supone, necesariamente, la articulación de los procesos locales, nacionales y/o regionales con el tránsito global hacia un mundo diferente (y la formación del sujeto revolucionario global).

Se puede avanzar –de hecho ocurre- en el ámbito de un país, pero es necesario ir generando simultáneamente consensos regionales e internacionales, interarticularse con otros procesos sociotransformadores de similar orientación. En Latinoamérica se abren hoy grandes oportunidades para ello, dada la coincidencia histórica de gobiernos -cuando menos- críticos del sistema neoliberal global. Es una situación que emerge como resultado de la acumulación de resistencias y luchas de los pueblos, que marca el predominio de la tendencia transformadora que se abre paso en medio (a través) de la casualidad.

El desafío es, en este sentido, superar la sorpresa y poner en marcha propuestas concretas que permitan, por un lado, fortalecer (y articular) las organizaciones sociales populares y, por otro, profundizar los procesos de cuestionamiento de las medidas regresivas del neoliberalismo, frenar su implementación y, de ser posible, anular su vigencia. Sobre esa base, y simultáneamente, el objetivo es avanzar en la construcción de alternativas concretas, desarrollar programas de gobierno que -teniendo en cuenta la correlación de fuerzas existente y las posibilidades de modificarla favorablemente-, impulsen el máximo posible los procesos sociotransformadores.

La participación en elecciones, en inferioridad de fuerzas, tiene sentido cuando es parte de un camino de acumulación política. En esa relación, es un objetivo coyuntural en situación de avanzar hacia la realización de determinados pasos, establecidos en función de la estrategia global. Esta supone la conquista del ámbito gubernamental nacional como herramienta política primera para impulsar desde el gobierno transformaciones mayores. En tanto tal, lo electoral es siempre instrumento, medio y vía, nunca un objetivo en sí mismo.

No se trata de llegar al gobierno para ocupar cargos, sino hacer de los cargos una palanca capaz de propiciar el avance colectivo hacia los objetivos consensuados socialmente, de concretar determinadas propuestas previa y colectivamente definidas, y de crear otras. Esta es, de última, la trascendencia de la tarea. Y llama también a no minimizar la decisión de quiénes desempeñarán determinadas funciones a través de los cargos de gobierno. En cualquier caso, todo esto debe ser diseñado y decidido con la participación plena de los actores sociales y políticos articulados orgánicamente, concientes de por qué se hace lo que se hace, y para qué.

Gobierno y proyecto alternativo

La vida se juega ahora y es ahora cuando hay que responder por ella. Esto supone identificar los elementos comunes a partir de los cuales sea posible articular actores sociales con problemáticas y propuestas diversas, coordinar acciones concretas combinando la lucha por la sobrevivencia y por reivindicaciones inmediatas, con la defensa (y construcción) de la soberanía nacional, regional, continental y global de los pueblos. Tales coordinaciones podrían ser un paso hacia la constitución de frentes populares: por la paz, a favor de la vida, por el derecho al trabajo, a la producción de alimentos, a la educación, a la salud, a la protección de la naturaleza, etcétera.

Proyectos de entrada

Proponer políticas para ello, implica construir alternativas programáticas y organizativas que cristalizarían en lo que denomino -coincidiendo con Dieter Klein, proyectos de entrada o de partida.

Se trata de proyectos que se construyen poniendo el énfasis político en solucionar o paliar la problemática social, política, económica y cultural en la coyuntura en la que intervienen. Resultan enmarcados por los condicionamientos de la correlación de fuerzas existente en los ámbitos local e internacional, y –a la vez- estimulados por las posibilidades que este “escenario” les brinda.

Pensar en los proyectos de entrada, llama a concentrar los esfuerzos colectivos en la construcción del programa político (de oposición y/o gobierno), en primer lugar, a partir de las propuestas programático alternativas.[i]

En interacción dialéctica con los proyectos de entrada, el proyecto estratégico alternativo podría considerarse como un proyecto de salida. En referencia a él, los proyectos de entrada pueden considerarse tales, por estar articulados a una proyección estratégica que los incluye y sitúe como parte de un –prolongado- proceso histórico de transformación de la sociedad, dotándolos de un sentido y una perspectiva de continuidad, desafiando a sus creadores y protagonistas a explorar nuevos caminos para avanzar hacia metas superiores.

En ese sentido, los proyectos de entrada constituyen (la posibilidad de dar) un paso en dirección a los objetivos estratégicos, y (la posibilidad de ser) un puente en transición hacia ellos.

Atravesar dicho puente no es algo que ocurrirá inevitablemente, dependerá de muchos factores, por ejemplo, de la modificación favorable de la correlación de fuerzas internas y externas, de la voluntad política (conciencia, capacidad de comunicación, de organización, de participación, de resistencia y de lucha) de las amplias mayorías populares y sus organizaciones (socio)políticas, de su capacidad para constituir y reconstituir permanentemente la dirección política colectiva-plural del proceso, también sujeta a las –cambiantes- necesidades políticas de las coyunturas sociohistóricas y sus requerimientos.

Estar atentos al advenimiento de la posibilidad u oportunidad

Los acontecimientos políticos internos y externos, el curso de la lucha de clases en los ámbitos local y/o global, pueden desencadenar sucesos político-sociales imprevistos y modificar repentina y temporalmente la correlación de fuerzas. Esto podría resultar favorable para iniciar procesos que posiblemente abran puertas para una posterior transición hacia la implementación de un proyecto de entrada.

Se trata de sucesos cuya ocurrencia no ha sido planificada por algún actor político-social.

Son situaciones que se presentan, por ejemplo, luego de un estallido social como el ocurrido en Argentina, en diciembre de 2001, o en Bolivia –aunque de modo menos espontáneo e imprevisto con la expulsión de Sánchez de Losada, en 2003. Ellas modifican repentinamente, por un lado, las relaciones de fuerza (y de poder) entre los sectores del poder en conflicto y, por otro, la relación de fuerza entre el sector o bloque de poder con los sectores sociales populares y sus luchas, inclinando –temporalmente o, a veces incluso, fugazmente- a favor de ellos la balanza política de las fuerzas sociales enfrentadas.

Es el momento en que se abren posibilidades para que las luchas sociales, con sus propuestas concretas, se impongan por sobre los conflictos internos del poder. Es decir, se abren posibilidades concretas para un accionar abiertamente político.

Repentinamente se abre un período muy favorable para que las fuerzas populares en lucha puedan colocar, por ejemplo, en el mejor de los casos, sus propuestas programáticas concretas como alternativa de gobierno nacional, o –en caso de no estar en condiciones para ello- para aliarse o apoyar a una fuerza política de avanzada que -en ese momento- tenga capacidad para asumir el control de la crisis sociopolítica nacional. Se trataría de un sector político que estará jaqueado por la sociedad que le reclama soluciones, y por la presión que sobre él ejercerán los fragmentos más reaccionarios del bloque del poder, ansiosos por recuperar su hegemonía dentro del bloque de poder y en la sociedad.

Aún en tales condiciones, no es conveniente subestimar ni simplificar la situación y desechar las oportunidades que pudieran presentarse para consolidar y fortalecer la fuerza propia.

Dichos gobiernos pueden abrir procesos que signifiquen una posibilidad hacia la transición, creando condiciones para un posterior advenimiento de gobiernos nacional-populares. Es decir, serían una oportunidad para crear las condiciones para caminar hacia una perspectiva de transición, hacia la instalación de un gobierno propio.

Dicha oportunidad, a diferencia de la que emerge como resultado de la  acumulación política orgánica –como sería el caso, por ejemplo, de la llegada de Lula a la Presidencia de Brasil-, es simplemente algo que sucede. Es un producto de la crítica social que, por acumulación, en medio (del caos) de innumerables luchas y tendencias en disputa, sin que maduren todas las fuerzas que se forman en su seno, transforma la tendencia o fuerza predominante en oportunidad histórica para la concreción de la posibilidad.[ii]

La coyuntura que allí se conforma, abre al campo popular las ventanas hacia la posibilidad de imprimirle un sentido propio al curso de los acontecimientos, orientándolo hacia posibles procesos ulteriores de transición. Pero ello no afirma que esa posibilidad sea factible de alcanzarse, indica solo que la disputa tiene un terreno favorable para desplegarse.[iii] Señala la apertura de un período en el que es posible robustecer las fuerzas propias, ampliar la capacidad de comunicación y diálogo con las mayorías, consolidar las organizaciones, y construir propuestas concretas que favorezcan la profundización de la posibilidad hacia la apertura de un proceso más claramente orientado hacia la concreción de un programa de liberación nacional (proyecto de entrada), estratégicamente articulado al proyecto alternativo (de salida).

La ambivalencia de las oportunidades que se abren o que podrían abrirse indica precisamente que los resultados pueden conducir a situaciones mucho peores que las iniciales, pues las variables que intervienen son múltiples y dinámicas: económicas, políticas, culturales... y los desafíos enormes. Pero habrá que aprender a convivir con la incertidumbre, las ambivalencias y los riesgos, y avanzar en medio de ellas.

En el pensamiento político, esto exige superar las concepciones finitas, acabadas y cerradas, trabajar con conceptos abiertos, no terminados, transformar la concepción reduccionista positivista acerca de la verdad y la práctica. Pero resulta que nuestra estructura de pensamiento fue construida con fundamentos lineales, unidireccionales y unidimensionales, estáticos y dicotómicos. Tomemos, por ejemplo, el concepto de estrategia: En los años 60-70 parecía que, de la definición de una estrategia correcta (“científicamente” argumentada), dependían –en lo fundamental- los aciertos políticos y el logro de la victoria. Sin embargo, la experiencia demostró que ello no era razón suficiente... Porque las estrategias no son en sí mismas la posibilidad del cambio, sino una puerta (semiabierta, abierta, o cerrada) hacia ella.

Las estrategias solo pueden ser insinuaciones que contribuyen a impulsar procesos, a orientar nuevos pasos, dada su constante interacción con las prácticas sociales y las coyunturas políticas, requieren actualizarse y enriquecerse constantemente, estar abiertas a las experiencias y posibilidades de las luchas, de las construcciones y la creatividad sociales.[iv]  El proceso de lucha, transformación y construcción de la sociedad reclama como imprescindible poder ultrapasar constantemente sus propias fronteras, en caso contrario irá enflaqueciendo y terminará ahogado por ellas.

Los caminos son abiertos. Los pueblos construyen sus procesos creativamente a partir de su imaginación, con su empeño, su fuerza y su voluntad.

Con el desarrollo de la participación popular organizada como base y sustento del proceso, un gobierno popular puede avanzar en las transformaciones hasta donde se lo proponga, en la medida que –a partir de las fuerzas acumuladas- vaya modificando a su favor la correlación de fuerzas, y vaya construyendo consenso entre los suyos, con pluralismo y tolerancia, sin desesperación, pero –a la vez- sin perder un minuto de labor. El actual proceso sociotransformador que se desarrolla en Venezuela constituye –vale reiterarlo- un valioso ejemplo de ello.

Contrastando positivamente con la experiencia del gobierno de Brasil, encabezado por el Partido del Trabajo que mantuvo los cánones tradicionales de la representación y acción políticas, la experiencia venezolana resulta esperanzadora, convocante y desafiante. Ella arroja luces largas, por un lado, para asumir la lucha democrático-electoral como parte importante y vital del proceso de transformación social. Ayuda a entender que ser gobierno no obliga a obedecer los designios del FMI, al contrario, demuestra que puesto a disposición de los intereses del pueblo, el gobierno se transforma en una herramienta política de primer orden para promover e impulsar transformaciones sociales, económicas, culturales, y construir empoderamiento popular, avanzando hacia la transformación radical de la sociedad. Articulado a ello, por otro lado, deja claro que –en tales condiciones-, la fuerza política central del gobierno está más allá de los cargos, las instituciones, y las posibles alianzas con sectores de la oposición política vinculados al poder que se busca contrarrestar y transformar, radica en su capacidad de articular la gestión gubernamental con la participación protagónica, creativa y organizada del pueblo (fuerza políticosocial extraparlamentaria).[v]

II. DESAFÍOS DE LA POLÍTICA

CONSTRUIR EL ACTOR COLECTIVO, FUERZA POLÍTICO-SOCIAL DEL CAMBIO

La hipótesis es: Construir un amplio movimiento sociopolítico que articule las fuerzas parlamentarias y extraparlamentarias de los trabajadores y el pueblo, en oposición y disputa a las fuerzas de dominación parlamentaria y extraparlamentaria del capital (local-global); es decir, una amplia fuerza social de liberación que coordine su accionar político en los ámbitos parlamentario y extraparlamentario.

En un primer momento, esta fuerza se irá nucleando a través de la confluencia creciente de actores sociales y políticos en la certeza de lo que no quieren: el capitalismo. Poco a poco, se irá abandonando la identidad negativa y el anticapitalismo podrá dar cauce -labor de formación político-cultural mediante-, a la construcción de la propuesta alternativa de superación del capitalismo, es decir, al proyecto de liberación, patriótico, indo-afro-latinoamericanista y solidario con los pueblos del mundo. En ello radica la clave revolucionaria de esta opción estratégica.

Es injustificable que la participación de la izquierda en gobiernos locales o nacionales termine aceptando o incluso promoviendo las políticas del neoliberalismo. Esto, además de que conduce a perder el sentido político estratégico transformador que tiene para la izquierda la participación gubernamental, termina generalmente abortando el proceso social en posicionamientos personales. Los casos más evidentes resultan ser los de parlamentarios de izquierda que llegan a ser tales en nombre de movimientos sociales u organizaciones políticas de izquierda y luego -cortando todo vínculo- se dedican a hacer de la bancada un ámbito para sus ambiciones personales, un lucrativo puesto de trabajo. En tal caso, por muy buenas intenciones que se tengan, las elecciones terminarán tragándose la perspectiva de transformación social de los que participan en el gobierno. Ejemplos sobran de ello en Latinoamérica y en el mundo, en un sentido y en otro. Es el juego del poder, precisamente, de ahí que la adopción de esta vía constituya un desafío inmenso para las organizaciones sociales y políticas populares. En todo momento del proceso hay que optar y ratificar (o rectificar) a favor de quiénes y de qué políticas se está, y esta es siempre una opción conciente, individual y colectiva. Y para lograrla o mantenerla hay que construirla cotidianamente desde abajo.

Por eso resulta fundamental que la participación electoral se discuta, construya y desarrolle articulada a un proceso político mayor de construcción del actor colectivo, amplia fuerza social y política que se proponga acumular y avanzar hacia transformaciones mayores más allá del capitalismo, hacia una alternativa nacional y continental de liberación de los trabajadores y el pueblo, orientada hacia lo que será un nuevo socialismo, creado y construido –desde abajo y día a día- colectivamente.

Este es el sentido y la significación política central del llamado a la construcción de un movimiento político-social, núcleo articulador horizontal de una amplia fuerza social parlamentaria y extraparlamentaria de los trabajadores y el pueblo, capaz de constituirse en actor colectivo protagonista de la transformación (sujeto popular). Como explica Mészáros: “Sin un desafío extraparlamentario orientado y sostenido estratégicamente, los partidos que se alternan en el gobierno pueden continuar funcionando como convenientes coartadas recíprocas al fracaso estructural del sistema para con el trabajo, confinando así efectivamente el papel del movimiento laboral a su posición de plato de segunda mesa, inconveniente pero marginable en el sistema parlamentario del capital. Por consiguiente, en relación con el terreno reproductivo material y con el político, la constitución de un movimiento de masas extraparlamentario socialista estratégicamente viable –en conjunción con las formas tradicionales de organización política del trabajo, para el presente irremisiblemente desencaminadas, que necesitan perentoriamente de la presión y el apoyo radicalizadores de las fuerzas extraparlamentarias- es una precondición vital para contrarrestar el inmenso poder extraparlamentario del capital.” [2001: 849]

El problema no radica en lo electoral como tal, sino en cómo se implementa lo electoral, dentro de qué estrategia, y cómo -a partir de dónde, hacia dónde y con quiénes- se construye estratégicamente mediante lo electoral. El problema es, una vez más, para qué. Y esto se expresa en la relación entre la estructura política, el proceso de la toma de decisiones, la selección de quienes ocupan cargos y desempeñan determinados roles, y las vías de participación de las mayorías del pueblo. Se expresa en la relación entre las organizaciones políticas y los movimientos sociales, entendiendo que unos y otros son protagonistas del cambio social y de la política, sujetos políticos del proceso sociotransformador. De conjunto, concertando propuestas, reclamos sectoriales e intersectoriales, y un programa común, pueden dar cuerpo a lo que será el actor social y político colectivo, fuerza social de liberación, fundamento para construir la participación parlamentaria y hacer del gobierno nacional un instrumento de todo el pueblo para la transformación de la sociedad.

La experiencia revolucionaria de Venezuela y, particularmente, el reciente triunfo del MAS en Bolivia, abren pistas acerca de las posibilidades políticas que tiene una amplia fuerza políticosocial cuando es capaz de combinar la acción parlamentaria con la de un fuerte movimiento social y político anticapitalista, de los trabajadores y el pueblo todo. Uno y otro proceso demuestran que –pese a los límites que impone la democracia burguesa-, es posible cuestionar el poder político, social, económico y cultural del capital. En esta perspectiva, estar en el gobierno significa acceder a un instrumento privilegiado para profundizar la participación democrática y, sobre esa base, impulsar –desde abajo- la formación y maduración del sujeto revolucionario, de su conciencia, sus organizaciones y su proyecto.

Además de un sentido estratégico, la participación electoral tiene, para la izquierda, objetivos propios cuya concreción no se puede subestimar ni relegar a la hora de ejercer el gobierno. Si el esfuerzo por acceder al gobierno y gobernar, fracasa, ello puede implicar un freno en el caminar hacia la estrategia definida, y sus implicaciones pueden ser más o menos graves en función de las fuerzas y acumulaciones puestas en juego. Si la responsabilidad del fracaso no cabe a las fuerzas populares, puede significar un fortalecimiento de la perspectiva estratégica popular. Todo dependerá de las razones del fracaso, de la conducta de los líderes implicados, y de su interrelación con el pueblo, protagonista primero y último del proceso.

Por temor a equivocarse, algunos sostienen que lo mejor es no participar en las elecciones, no disputar poder en ese ámbito, ni desde ese ámbito. Sin embargo, lo más adecuado y necesario es prepararse y preparar al pueblo para ello. Transformar la sociedad es transformar un modo de vida, y ello no es ni será un camino alfombrado con pétalos de rosas; habrá inconvenientes de uno y otro sentido, pero el peor de todos es el de no atreverse a participar, a crear, a construir.

Un nuevo tipo de democracia

Desarrollar un nuevo tipo de democracia en lo político, económico, cultural, en el derecho, en la moral, como base para la construcción de una sociedad solidaria y un poder popular revolucionario, implica también y simultáneamente construir un nuevo tipo de relación sociedad-estado-representación política, abriendo los mayores cauces para que el pueblo –en tanto protagonista- se reapropie plenamente de sus capacidades y derechos ciudadanos, participando también en las decisiones políticas y asumiendo las responsabilidades que ello implica. Esto es, en definitiva, lo que impulsará como nunca antes –junto a transformaciones económicas radicales que instalen un nuevo tipo de racionalidad económica-, el proceso de superación de la enajenación humana en lo social, cultural, político, en la producción científico-técnica, etc., y se traducirá en la construcción, desarrollo y consolidación de un nuevo modo de vida humano, digno, solidario y justo.

Y nada de ello puede relegarse para después de “la toma del poder”. El debate acerca de los actores sociales, del sujeto o los sujetos del cambio, acerca de la relación entre los movimientos sociales y los partidos políticos, el debate acerca de la necesidad de superar las vanguardias –siempre autoproclamadas-, y la cultura vanguardista, elitista y sectaria, el debate acerca del desarrollo de la conciencia política, la subjetividad, la superación del individualismo, la definición de los perfiles de la utopía social (nuevo socialismo) que cada pueblo desee darse a sí mismo, se desarrolla desde el presente y tiene que ver directamente con la búsqueda de superación de la enajenación en todos los ámbitos de la vida social e individual. Es parte de la movilización social-cultural que contribuirá a impulsar las búsquedas de la liberación humana, que son también -por eso-, las búsquedas de la felicidad colectiva e individual.

AMPLIAR EL CONTENIDO DE LA POLÍTICA Y SUS PROTAGONISTAS

Los planteamientos expuestos definen hoy nuevos sentidos, contenidos y formas de lo político y la acción política, e indican correlativamente quiénes los diseñarán y harán realidad.

En los actuales procesos de cambios en Latinoamérica, lo político y la acción política se vuelven ámbitos de promoción de la participación creativa, activa y responsable de las mayorías populares, hacia la formación de una amplia fuerza social y política capaz de modificar a su favor la correlación de fuerzas, de impulsar y concretar de los cambios para avanzar más allá del capital. Y esto reclama modificaciones de fondo en la concepción tradicionalmente difundida y aceptada de la política, lo político y el poder.

Si coincidimos en que “(...), la política es básicamente un espacio de acumulación de fuerzas propias y de destrucción o neutralización de las del adversario con vistas a alcanzar metas estratégicas" [Gallardo 1989: 102-103], la práctica política es, por tanto, aquella que tiene como objetivo la construcción de poder propio y, simultáneamente, la destrucción, neutralización (o consolidación) de la estructura del poder hegemónico, de sus medios y modos de dominación. El ámbito de lo político –amplio, móvil y dinámico-, resulta demarcado en cada momento por las prácticas políticas concretas de los actores (sociales y políticos) que las llevan a cabo, por sus ejes temáticos y sus ritmos de implementación.

En este sentido, la política -que es un arte-, tiene que orientarse a descubrir en cada situación concreta las potencialidades que existen para impulsar el desarrollo de las fuerzas propias, para hacerlas emerger y desplegarse en función de los fines propuestos en ese momento con convergencia estratégica. Y eso se interrelaciona con la capacidad para modificar la correlación de fuerzas existente.

Construir el actor colectivo, fuerza propia cuya existencia se articula a la modificación de la correlación de fuerzas a favor de los cambios, exige cambiar la visión tradicional (restringida) de la política que se plantea construir fuerza política sin construir fuerza social, que reduce, en tal caso, la acción política al ámbito partidario, y centra la acción de los partidos en las luchas por el acceso y el control de las instituciones del poder estatal y gubernamental.

El sentido revolucionario-transformador de la política radica en cambiar la correlación de fuerzas existente hegemonizadas por el poder del capital, por otra favorable al proyecto social alternativo. Este empeño será posible si se articula –simultáneamente- a la construcción del actor colectivo capaz de diseñar y llevar a cabo dichas transformaciones. Solo una amplia y poderosa fuerza social (político-social) podrá hacer realidad los anhelados caminos de liberación, a la vez que los va diseñando y construyendo.

La interrelación de fuerzas sociales, políticas, económicas, jurídicas y culturales en pugna, define una determinada relación de poder, caracteriza su hegemonía y su capacidad de ejercer la dominación y el control sobre el conjunto social en beneficio de los intereses de una clase. Aceptar esto supone un cambio en la concepción del poder: este no se restringe a lo institucional estatal y gubernamental, va más allá, abarca y se funda, se crea y se recrea sobre el conjunto de relaciones sociales regidas por el predominio (hegemonía) de los intereses, las aspiraciones y las miradas de la clase dominante (hegemónica).

Es por esto, precisamente, que el poder no se puede “tomar”. En realidad cuando se hablaba de “tomar el poder”, se reducía el poder al aparato institucional estatal-gubernamental, y era eso lo que se tomaba –o se pretendía tomar- por asalto. Pero en ningún caso, ello significó una garantía de hegemonía porque la hegemonía abarca lo cultural, lo ideológico, la subjetividad, y eso no se “toma”, ni se “conquista”, ni se “decreta”, se construye. Basta recordar a modo de ejemplo, las dificultades de los revolucionarios rusos en los primeros años que siguieron a la Revolución de Octubre…

La polémica entre tomar el poder o construirlo (desde abajo) se plantea sobre ejes falsos.

Porque el nuevo poder social popular alternativo liberador y de liberación, necesariamente conjugará ambos espacios: el del poder que emerja de las nuevas interrelaciones sociales construidas desde abajo y el de los ámbitos institucionales del Estado y el gobierno conquistados en las contiendas políticas establecidas para ello (elecciones). Y esto supone también modos de conjugación nuevos entre los movimientos sociales y políticos.

Ejes centrales

La acción política debe concentrar esfuerzos en construir las articulaciones entre los diversos actores sociales, sus problemáticas y aspiraciones, y diseñar las herramientas organizativas, políticas y culturales que hagan posible la formación de una amplia fuerza social de liberación, actor sociopolítico colectivo capaz de definir los cambios y llevarlos adelante.

Principios para la acción

Articular múltiples ámbitos, problemáticas, tareas y actores sociales y políticos

Hoy es necesario articular una multiplicidad de ámbitos, de problemáticas, de áreas y de actores-sujetos de la transformación, de simultanear espacios y de concertar intereses, miradas y voluntades diferentes, impulsando la conformación de un proceso colectivo (y puente) de maduración de la conciencia política, que se traduce en saber, organización, imaginación, propuestas, acción, proyecto y poder popular.

La fuerza política de liberación radica en el pueblo, no en las vanguardias

No es centrando la mirada y el empeño militante en perfeccionar el andamiaje partidario interno como se logrará cambiar la sociedad, sino abriendo sus estructuras y sus propuestas hacia afuera, hacia los diversos actores sociales y sus problemáticas, hacia sus experiencias y puntos de vista, orientándose en todo momento hacia el pueblo, pensando y actuando desde y con el pueblo.

Para la izquierda partidaria, esto supone, en primer lugar, asumir la tarea de refundar sus organizaciones políticas de modo que se transformen en instrumentos capaces de realizar las tareas políticas que demanda la hora actual, y no en un fin en sí mismas. En segundo lugar, supone replantearse la construcción de proyectos políticos de liberación desde nuevos parámetros.

Modificar las modalidades de la labor política

Es necesario modificar las modalidades del trabajo político, generalmente concentrado en la difusión del periódico de la organización, en la participación en las reuniones, en las asambleas y en los congresos... Esto habrá que hacerlo, pero no basta, es apenas el comienzo de las tareas. No alcanza con la movilización de las vanguardias y los activistas; hay que convocar a los millones que no están.

La batalla actual por la conquista imperialista del mundo se libra estrechamente articulada con lo cultural; conquistar las mentes es para el imperio el requisito necesario para dominar los cuerpos y afianzar la dominación económica y social. Para que el nuevo mundo que soñamos sea posible, es fundamental construirlo también con una estrategia formativa e informativa, cultural, ética, política e ideológica.

Concebir al proceso de resistencia, lucha y transformación social como un proceso políticopedagógico de formación autoformación de conciencia (de poder y de sujetos) 

En la experiencia del Movimiento Sin Tierra, de Brasil, el mayor impacto es el empeño pedagógico sistemático, integral y articulado con las luchas por la tierra, la dignidad y la vida plena de los campesinos y todos los trabajadores; la fuerza y el arraigo de principios profundamente democráticos, participativos y pedagógicos acompañan el esfuerzo titánico de los campesinos sin tierra por un Brasil diferente, basado en principios de equidad, justicia social y dignidad, que abran paso a la formación de seres humanos nuevos. De ahí que Paulo Freire y el Che Guevara estén entre sus referentes principales. Nada es dejado para un futuro mejor en espera de mejores condiciones; la transformación es desde ahora, desde abajo, en cada campamento, en cada toma de tierra, en cada movilización, en cada jornada de trabajo, es siempre.

Abrir el campo de acción política-ideológica a los medios de comunicación masiva

En este empeño, resulta una tarea de primer orden abrir el campo de la acción política-ideológica a los medios de comunicación masiva, crear medios propios siempre que sea posible, apelar a la Internet y otras modalidades, vídeos, CD educativos, radio, novelas, desarrollar expresiones artísticas teatrales, danzarias, musicales, etcétera.

Conquistar la cabeza y el corazón de millones de seres humanos

Solamente cuando la aplastante mayoría de la población en cada uno de nuestros países comprenda la mentira y el fraude del capitalismo para con sus propias vidas, cuando descubra la trampa mortal a la que los ha conducido mediante engaños, se planteará la interrogante acerca de la posibilidad de explorar nuevos caminos. Y para que ello ocurra, además de impulsar la deslegitimación del sistema a cada paso, es nuestra responsabilidad ir mostrando que existen alternativas posibles, en primer lugar, a través de nuestras prácticas, desarrollando relaciones solidarias, invitando a todos a compartir y crear juntos ese modo de vida nuevo profundamente humanista, democrático, socialista.

Construir el ideal social a partir de la cotidianidad

Las -hasta hace poco- lógicas predominantes del pensamiento y la acción políticas erigían un muro insalvable entro lo cotidiano y lo político, entre lo reivindicativo social y lo político general, y contraponían un ámbito con otro, a sus actores y a sus problemáticas. Resultaban contrapuestas también, en consecuencia, las soluciones posibles, las propuestas, los actores con sus resistencias y sus luchas, sus modos de organización, sus capacidades, sus identidades y sus conciencias.

Contraponiendo lo social a lo político se pretendía que tener conciencia política implicaba el abandono de lo reivindicativo para dedicarse a la militancia político partidaria.

Resulta clave comprender que la articulación de lo reivindicativo y lo político traza un camino concreto y efectivo de lucha contra la alienación política, ya que contribuye a la democratización y ampliación de la participación política y social protagónica de los diversos actores sociales. Con esta potencialidad, pensar en un nuevo tipo de poder social que emane directamente de la sociedad, y se construya sobre la base de su participación democrática directa en las decisiones políticas, deja de ser una especulación para transformarse en una realidad posible, gestora del tránsito y desarrollo hacia formas más humanas, equitativas y justas de organización de la sociedad y las relaciones entre los hombres y las mujeres que le dan vida.

La nueva política tiene que construir el ideal social a partir de la cotidianidad de las personas, integrándola, conteniéndola y proyectándola en una nueva dimensión. En tanto tal ideal, este tiene además muchas maneras de proyectarse, de imaginarse. No hay que olvidar que los objetivos estratégicos también se van construyendo (y modificando) a partir de las realidades sociohistóricas concretas, no vienen dados del “más allá”.

Esto significa, por un lado, que las propuestas concretas reivindicativas, programáticas, etc., no serán idénticas a los objetivos estratégicos. Y por otro, que la ideología del cambio es parte del proceso social vivo, no un dogma apriorístico establecido por alguna vanguardia partidaria que “los demás” tendrían que asimilar. La conciencia política se nutre del propio movimiento de resistencia, lucha y construcción de alternativas, su diálogo e interacción con la maduración de los objetivos estratégicos es un proceso constante.[vi]

Rescatar críticamente las enseñanzas, las propuestas y los valores creados por los diversos actores sociales

La acción política popular de nuevo tipo debe contemplar también en su quehacer, la recuperación crítica de las enseñanzas, las propuestas y los valores que los diversos actores sociales y políticos van desarrollando, considerando que el carácter de proceso vivo de la transformación social exige la constante reevaluación crítica de su contenido y tendencias.

Formar un nuevo tipo de militante

Una nueva concepción de la política y la acción política demanda también de un nuevo tipo de militante, orientado hacia el medio social donde trabaja y vive, en primer lugar. Que modifique de raíz lo que hasta ahora era “su modo de ser” y actuar: llevar las ideas y propuestas del partido hacia la población, aceptando la suposición de que ella es solo la “fuerza material” cuya “misión” consiste en realizar las ideas-verdades que provienen del partido.

Abrir los espacios al protagonismo de las mayorías

El militante [socio]político que requieren los tiempos actuales debe ser capaz de invertir dicha lógica, y dedicar sus esfuerzos a concertar voluntades diversas y dispersas, a abrir los espacios al protagonismo de las mayorías, a promover la formación y organización de ellas para que puedan desenvolverse autónomamente al máximo posible. Como señala Joao Pedro Stédile:

“Necesitamos colocar nuestras energías para ir hacia donde el pueblo vive y trabaja, y organizarlo. (...) Sin organizar al pueblo no se va a ningún lugar, y muchas veces [parte de la militancia] se ilusiona con eternas reuniones de cúpula o meros discursos explicativos acerca de la coyuntura.” [Stédile, 2004].

CONSTRUIR PODER POPULAR DESDE ABAJO

Antecedentes a tener en cuenta. Breve recuento

En los años 60 y 70, en Latinoamérica se debatían –centralmente- dos concepciones estratégicas para la superación del capitalismo:

-La reformista, que planteaba la revolución por etapas (democrático-burguesa primero y luego socialista) y el camino de reformas graduales como vía para concretarlas.[vii]

-La revolucionaria, que centraba las capacidades políticas y organizativas en la lucha directa por la conquista del poder político, para –sobre esa base- crear las condiciones necesarias para iniciar las transformaciones económicas y sociales que permitirían avanzar hacia el socialismo (período de transición).[viii]

En ambos casos se partía de aceptar como válidas tres premisas, consideradas condición para transformar la sociedad con un sentido socialista. Dichas premisas pueden agruparse en lo económico y en lo político-ideológico.

-Que el capitalismo desarrollado sienta las bases para el socialismo

-Que en el seno del capitalismo es imposible crear las bases de la sociedad socialista

-Que la conciencia se transforma “automáticamente” a partir de los cambios en la baseeconómica

De ellas se desprendía la convicción de que el socialismo no podía gestarse en el seno del capitalismo.[ix]  Paradójicamente, sin embargo, se consideraba que el alto desarrollo de éste constituía una premisa indispensable para la posibilidad de existencia del socialismo.

Precisamente, por ello, la ausencia de tal condición: el escaso desarrollo económico o, más bien, en nuestras realidades, el subdesarrollo dependiente, reforzaba en los sectores revolucionarios la convicción acerca de la necesidad de tomar el poder para abrir un período de transición destinado a sentar las bases materiales que posibilitarían luego construir el socialismo.

A partir de la conquista del poder político sería posible estatizar los medios fundamentales de producción. Comenzaría entonces una etapa de completamiento del desarrollo capitalista, ahora sin capitalistas, capitaneada por la “vanguardia política” de la clase obrera y el pueblo. De ahí que –para tal concepción- la toma del poder constituyera el objetivo central y primero de la lucha revolucionaria en los países periféricos o dependientes.

Nace una nueva estrategia de poder

A fines de los 80, luego de las derrotas sufridas, en las respuestas defensivas y de

sobrevivencia de los movimientos sociales, fueron conformándose casi intuitivamente, a modo de balbuceos, los trazos iniciales de lo que serían las bases de una nueva concepción estratégica: la construcción de poder popular desde abajo.

Luego del fracaso de las estrategias que centraban los esfuerzos en la toma del poder para cambiar la sociedad, ellos orientaron sus resistencias hacia la búsqueda de transformación de sus condiciones de vida, aún sin tener muy claro cómo lo lograrían, ni la dimensión social que dicho empeño implicaba.[x]

Los intentos iniciales fueron avalados y desarrollados por nuevas y crecientes experiencias sociales y políticas de resistencia, lucha, organización y propuestas, incluyo aquí las desarrolladas por los gobiernos locales de la izquierda. Así fueron madurando aquellas experiencias, profundizándose, desarrollando sus interconexiones en torno a una cuestión fundamental: la cuestión del poder popular, ahora considerado desde una nueva perspectiva: democrático, participativo, horizontal. Construido desde abajo con el protagonismo de los actores sociales y políticos, esta concepción asume que la modificación de las relaciones de poder existentes es un proceso constante, sistemático y multidimensional. La transformación de la sociedad no espera para luego de la toma del poder, empieza a producirse desde dentro de la sociedad capitalista; es construida y protagonizada por los propios actores sociales, agentes de los cambios sociales.

¿Contrapoder, antipoder u otro poder?

El punto de partida de esta propuesta pasa por entender que el Poder se constituye como síntesis articuladora político-social-cultural de las relaciones sociales levantadas a partir de la oposición estructural capital-trabajo, que instaura desde los cimientos mismos el carácter de clase de las múltiples interrelaciones entre las fuerzas sociales del capital y las del trabajo, entre las luchas por la hegemonía y la dominación, y las luchas de resistencia y oposición a ello, que –de conjunto- definen una determinada correlación entre las fuerzas (de clase) a escala social. El polo hegemónico dominante se expresa institucionalmente –sobre la base de una múltiple e intrincada madeja de dominación cultural, ideológica y política que atraviesa todo-, en la constitución de un determinado tipo de poder político y su aparato estatal y gubernamental. El Estado es solo una parte del poder político y del Poder social (de la relación hegemónica de poder del capital sobre el trabajo, y –a partir de allí- sobre toda la sociedad).

Esto habla también de la necesidad de atender a los diferentes modos de producción de la hegemonía dominante y de dominación y, a la vez, a los diversos modos posibles de construcción de contra-hegemonía popular. En el momento actual, en Latinoamérica, esto supone, en la mayoría de los países, la necesaria reconstrucción de un proyecto nacional de liberación, que –definiéndose en interacción e integración con los otros países de la región y el continente- rescate las identidades históricas y promueva la formación de nuevas identidades colectivas conjuntamente con los procesos de (auto)constitución del sujeto popular del cambio, tal como ocurre, por ejemplo, en el proceso revolucionario venezolano actual.

No se trata realmente de un contrapoder, camino que ya fue ensayado por las revoluciones históricas, y lejos de romper con el predominio de la lógica del capital, ésta sobrevivió en ellas más allá del capitalismo. El desafío es, en este sentido, construir alternativas que se planteen ir más allá del capital y ello solo puede empezar desde el presente, no puede quedar relegado para el día de mañana. Para ello, la coherencia entre medios y fines resulta vital.

No se trata de un antipoder, concepto que -muy abreviadamente- recrea hoy –más o menos ingenuamente-, los postulados anarquistas. Pero vivimos una época de enfrentamiento local y mundial de fuerzas que luchan, unas a favor de la defensa y de la sobrevivencia de la humanidad, y otras representando a las fuerzas reaccionarias del consumo, la muerte y la barbarie. Estas, desarrolladas y defendidas por el poder mundial centralizado y agresivo del capital imperialista, no pueden derrotarse si no es enfrentándole otro poder.

La opción de las fuerzas a favor de la vida es la de construir ese otro poder, fuera del dominio de la lógica del capital, basado en la participación democrática plena del conjunto de actores sociales y políticos, organizados y no organizados, construyendo interrelaciones horizontales y nuevas modalidades de representación y organización política. Estas, lejos de separarse de lo social (la sociedad) y darle la espalda, deberán hacer de la participación protagónica y conciente de las mayorías, el bastión para la construcción de una amplia fuerza social de liberación, promotora e impulsora –desde abajo- de las transformaciones posibles (y deseadas), el actor socio-político colectivo.

La construcción de poder propio por los trabajadores y el pueblo es parte del proceso de reconstrucción de la ideología y las culturas dominantes y de dominación. Este constituye, simultáneamente, un proceso de construcción de nuevas formas de saberes, de capacidades organizativas y de decisión y gobierno de lo propio en el campo popular. Son nuevas formas que constituyen modos de empoderamiento local-territoriales, comunitarios, bases de la creación y creciente acumulación de un nuevo tipo de poder participativo-consciente –no enajenado- desde abajo, de desarrollo de las conciencias, de las culturas sumergidas y oprimidas, con múltiples y entrelazadas formas encaminadas a la transformación global de la sociedad.

Según los paradigmas vigentes en el siglo XX, la toma del poder se consideraba requisito indispensable para transformar la sociedad. En virtud de ello, los problemas sectoriales e incluso cuestiones de fondo como la discriminación y explotación de los pueblos originarios, de los negros, la subordinación y opresión de las mujeres, los problemas de la naturaleza, etc., eran considerados “contradicciones secundarias”. Consiguientemente, las propuestas –reivindicativas que se dirigían a ellos, eran tratadas como factores que distraían la atención de la “cuestión fundamental” y, por tanto, debían esperar hasta después de la toma del poder. A partir de allí, se suponía, las soluciones llegarían mecánicamente desde arriba.

Hoy resulta claro que la transformación de la sociedad con sentido liberador y de liberación humana, nunca será posible si no comienza a impulsarse y construirse (realizarse) integralmente desde el presente, en las resistencias, las luchas y las construcciones cotidianas de lo nuevo en todos los ámbitos en que ello se lleve a cabo.

La supuesta contraposición entre tomar el poder o transformar la sociedad resulta –desde esta perspectiva- falsa, pues la transformación de la sociedad desde abajo no excluye la conquista del poder político, solo que la ubica como parte de un camino de construcción de poder propio, más amplio y complejo, y no relega la búsqueda de soluciones a los problemas inmediatos, para un mañana hipotético que –como sabemos-, nunca será diferente del presente si no comienza a construirse desde ahora.

En esta dimensión, la conquista del poder político resulta instrumental. Es parte del camino de la transformación, en el momento en que la construcción y la acumulación de conciencia, de poder social, de organización y voluntad colectiva social lo hagan posible.

Resulta conveniente hacer un llamado de alerta frente a posibles lecturas o interpretaciones gradualistas, ajenas a las dinámicas complejas del movimiento social actual. Porque los planteamientos analíticos, forzosamente expresados uno después del otro, pudieran sugerir que primero hay que construir el poder para luego tomarlo. Pero no se trata de eso; es desde otra lógica que se sustenta el planteo: la del poder entendido como síntesis de determinadas fuerzas sociales,  económicas culturales y políticas en interacción múltiple, diversa, yuxtapuesta. Por tanto, los modos de luchar contra ella, no pueden pensarse linealmente, sino también superpuestos, yuxtapuestos, múltiples, diversos, simultáneos, cambiantes e imprevisibles, abriéndose caminos en medio de incertidumbres y sorpresas constantes.

Ciertamente, es necesario un mínimo de acumulación previa. El proceso revolucionario venezolano es clave, es el ejemplo de la transformación social en nuestra época. Allí, con una fuerza política mínima organizada, y con una parte del poder institucional del estado: las FFAA, Chávez se propuso conquistar una parte del poder político: el gobierno.

Haciendo del gobierno una herramienta política privilegiada para desatar y desarrollar las potencialidades sociales contenidas en los sectores populares olvidados, explotados y excluidos, Chávez ha emprendido la tarea de construir la fuerza social de liberación, la fuerza política principal del cambio: el pueblo conciente y organizado constituido en sujeto de su historia. La conformación del actor colectivo (sujeto) sociotransformador no fue una premisa para el acceso al gobierno; está siendo una resultante, parte de una obra colectiva, con el empeño consciente del propio pueblo en autoformación y autoconstitución en sujeto de su historia. La acción política popular que tuvo lugar contra el golpe contrarrevolucionario y pro-imperialista ocurrida hace más de dos años, demuestra con creces que dicho proceso está en marcha.

No hay un antes y un después en las tareas políticas y sociales, en la construcción de poder propio desde abajo. La explicación lógica analítica nos obliga a guardar un ordenamiento en la exposición, pero éste no se corresponde con la vida real, dinámica, abierta y siempre capaz de sorprendernos rompiendo con todo intento por esquematizarla.

Dialéctica entre “abajo” y “arriba”

Construir desde abajo indica ante todo una concepción –y una lógica- acerca de la formación y acumulación del poder popular, de cómo contrarrestar, detener, minimizar y destruir el poder hegemónico del capital, y de cómo construir el poder propio. La expresión desde abajo no alude a una ubicación geométrica, a lo que está situado abajo. Aunque indica ciertamente un posicionamiento político-social desde donde se produce la construcción, coloca en un lugar central, protagónico, la participación de “los de abajo”.

Es por eso que construir y transformar desde abajo no implica el rechazo o la negación a la construcción en ámbitos que podrían ubicarse “arriba”. Dicha lógica resulta necesaria y vigente estratégicamente, independientemente del lugar desde donde se piense y realicen las transformaciones: en la superestructura política, o en una comunidad, desde un puesto de gobierno o en la cuadra de un barrio. La ubicación y el rol organizativo institucional que se ocupe en el proceso de transformación puede ser cualquiera: arriba, abajo, o en el medio; construir desde abajo indica siempre y todo momento y posición un camino lógico-metodológico acerca de cómo hacerlo y una apuesta práctica a su realización.

Un claro ejemplo de ello puede encontrarse en el proceso sociotransformadores de Venezuela y Bolivia, en los caminos recorridos y en los que recorrerán. Entre las diversas aristas de dichos procesos, deseo destacar aquí, por su lugar central, precisamente, la apuesta estratégica a la construcción del poder propio (popular, revolucionario) desde abajo. Esta estrategia se valida y enriquece en cada realidad como camino indispensable de todo proceso transformador, en las actuales condiciones sociopolíticas, económicas y culturales existentes en el continente (y en el mundo).

Ni Hugo Chávez, ni Evo Morales cuentan con todo el poder de sus estados ni de los actores económicos, para socavar el poder de los sectores contrarios a las transformaciones imprescindibles para sacar a sus países de la bancarrota económica, social y cultural. Apelan para ello a construir sus propias líneas de poder, las fuerzas revolucionarias del pueblo, desde abajo.

Las “misiones”[xi] constituyen un claro ejemplo de cómo es posible construir poder propio desde el gobierno y avanzar en pos de los objetivos propuestos. En el caso de Bolivia, las asambleas de base por sectores y regiones, las coordinadoras multisectoriales constituidas en defensa del agua, del gas, contra la entrega del patrimonio del país a las trasnacionales, han ido creando modalidades y caminos participativos y organizativos de empoderamiento popular que ahora tiene oportunidad de florecer, generalizarse y profundizarse a través del ejercicio plural y participativo desde abajo del gobierno nacional, para rescatar al país y comenzar a andar caminos de liberación social, cultural, económica y política.

CONSTRUIR UN NUEVO TIPO DE ORGANIZACIÓN POLÍTICA

La actual estrategia de construcción de poder propio social, cultural y político desde abajo plantea el desafío de construir un actor colectivo que, lejos de ahondar la fractura entre lo social, lo político y sus actores, los integre, articule y cohesione.[xii]

La nueva estrategia de poder reclama fundar –desde la raíz, desde abajo- un nuevo tipo de organización política, horizontal y participativa. Sería errado suponer que esta tarea se resuelve cambiando el nombre del partido, o fundando otro pero manteniendo el mismo contenido.

Se requiere de un instrumento político capaz de promover la articulación de los actores aislados encaminada a la conformación de una amplia fuerza social y política, base para la constitución del actor colectivo. Para ello, simultáneamente, el desafío consiste en avanzar en la construcción de un programa político de oposición y/o gobierno propio, articulado al proyecto alternativo, soporte político para la conformación de una articulación social y política, base para la conformación de una dirección sociopolítica plural de los procesos de resistencias y luchas sociales en cada país. Esta reclama la conjugación consciente de protagonismos, identidades, problemáticas y experiencias singulares, porque se trata de una dirección que solo puede construirse con la participación directa y plena de todos los actores sociopolíticos implicados en ella.

Transformar las raíces y los modos de la representación política

La representación política, en cualquiera de sus modalidades, expresa y condensa un determinado modo de relación entre lo social y lo político, que supone a su vez un determinado modo de entender las interrelaciones entre lo que se conoce como sociedad civil y sociedad política, entre Estado y sociedad y la intermediación que para ello se ha erigido desde el poder hegemónico: los partidos políticos, establecidos jurídicamente como los representantes y voceros de los ciudadanos “de a pie” ante las instancias política y de gobierno, es decir, como mediadores entre la sociedad (civil) y el Estado. Este tipo de mediación y representación político partidaria sintetiza el despojo de los derechos políticos ciudadanos, reduciéndolos —en el mejor de los casos— al hecho de votar por algunas autoridades gubernamentales cada cierto tiempo.

Correlativamente, reclama la delegación de las facultades políticas ciudadanas, haciendo de la ciudadanía una condición pasiva.

En el sistema democrático-burgués, los derechos políticos del ciudadano común quedan circunscriptos al acto eleccionario, sin intervenir en las decisiones que adopta luego el gobierno electo (municipal, comunal, estadual, provincial, nacional). El proceso de vida y desarrollo de la sociedad resulta fuera de su alcance y comprensión, y se le presenta como ajeno a su cotidianidad.

Este extrañamiento o ajenamiento político se consuma una y otra vez mediante la reiteración de las prácticas de despojo (y delegación) que se conjugan y retroalimentan en cada acto (y estructura) de representación políticas así concebidas, interrelación fracturada que se profundiza aun más en las actuales democracias de mercado, que tornan a las sociedades en incomprensibles y hostiles a los propios ciudadanos que las construyen y dan vida con su trabajo y espiritualidad.

Todo despojo de derechos, de facultades, de espacios, etcétera, supone (e impone) la delegación de los mismos hacia quien despoja y viceversa, a escala individual y colectiva. Y esto se produce y reproduce en los diferentes sectores de la sociedad, como parte de la ideología y cultura hegemónicas del poder y —por ende—, también de la contracultura, la que germina (solo) como respuesta (reacción) a la dominante, y que —como toda negación— lleva implícita los rasgos fundamentales del fenómeno que niega. Es por ello que la contracultura que se gesta por oposición, hereda gran parte de la lógica de funcionamiento del poder y de la cultura que rechaza.

Al no construir una cultura propia, diferente, radicalmente transformadora y removedora de lo viejo, el horizonte político de las fuerzas sociopolíticas opositoras se agota en la (pequeña) aspiración corporativa de convertirse en poder hegemónico una vez que la "tortilla se vuelva" (contrapoder).

En este sentido, entiendo la reflexión de István Mészáros cuando señala que el modus operandi de los partidos políticos de la clase obrera fue marcado por la oposición a su adversario político dentro del estado capitalista, para la cual se crearon y desarrollaron. De esa forma, explica él, los partidos políticos obreros, también el leninista, espejaron en su propio modo de funcionamiento y articulación, la estructura política subyacente (el estado capitalista burocratizado) a que estaban sujetos.

El centralismo democrático como base lógica de la estructuración de dichos “partidos de nuevo tipo”, y como base de la formación y caracterización de su militancia, en casi un siglo de prácticas de diverso corte y alcance, desnudó el rostro verticalista-autoritario de una democracia centralista –popular y revolucionaria por intención y definición-, basada en la jerarquización piramidal de las decisiones, en la obediencia de arriba hacia abajo de los militantes (de la clase y de la sociedad), y en la subordinación de todas las organizaciones “de masas” (sociales, sindicales, culturales, religiosas, etc.) a las decisiones partidarias. En ese contexto, las organizaciones sociales fueron concebidas, creadas y desarrolladas como correas de transmisión de las decisiones partidarias hacia los sectores sociales que representaban. En América Latina, la mayoría de los partidos comunistas y de izquierdas rigió su estructuración y funcionamiento por tales paradigmas.

Organizarse reflejando la estructuración y la lógica del funcionamiento político del adversario, impidió a tales partidos buscar y construir una forma alternativa propia, de transformación, organización, y control del sistema. Centrados exclusivamente en la dimensión política del adversario, permanecieron absolutamente dependientes de su objeto de negación. [Ver: Mészáros 2001: 75]

Es justamente esa réplica de la lógica jerárquica, subordinante y verticalista del capital la que tipifica el modo tradicional de representación política de la izquierda, representación política que –en virtud de ello- lejos de caminar hacia la eliminación de la enajenación política de los representados (síntesis de todas las enajenaciones sociales), la afianzó y multiplicó a partir de recrear la fragmentación entre lo social y lo político, y la subordinación jerárquica de los actores sociales a los políticos.[xiii]

Regida por la lógica reproductiva del poder del capital, esa fragmentación se tradujo en la separación entre las organizaciones obreras sindicales y sus expresiones políticas, y —como lo recuerda críticamente Mészáros [2001-b: 66]— fue asimilada en la concepción que sirvió de plataforma constitutiva y funcional de los partidos de izquierda ("de la clase"), que se mantiene hasta la actualidad.

Es por ello que el debate acerca de la relación entre lo político y lo social trasciende la cuestión de las formas organizativas, sintetiza y expresa el debate sobre el proyecto estratégico, los sujetos y las tareas que debe realizar. Y esto replantea la articulación entre las llamadas sociedad civil y sociedad política sobre nuevas bases: Supone la re-apropiación por parte del pueblo de la política y lo político, constituyentes propios de su ser ciudadano plenamente capacitado y con derecho a decidir sus destinos además de construirlos.

•Hacia una representación política que se asiente y promueva la participación plena de la ciudadanía

Los pueblos han avanzado, han hecho sus experiencias, han aprendido de aciertos y errores, y se han enriquecido como protagonistas de su historia; buscan caminos para representarse a sí mismos, creando nuevas formas de democracia participativa en los distintos ámbitos de la vida política y social donde construyen sus organizaciones y desarrollan sus luchas. La democracia directa se abre paso como una opción viable en los casos más sólidos (estables con crecimiento), y reclama, a su vez, articularse con nuevas formas de representación. Estas tendrían entre sus características primeras, la de propiciar y promover la participación directa y, a la vez, encontrar los nexos para articular uno y otro modo de participación política de la ciudadanía, es decir, las formas de democracia directa con formas nuevas de representación.

•Las formas de organización y representación política, contienen -en germen- las formas de organización del poder popular

Si partimos de aceptar como un principio inalienable, que la transformación de la sociedad es obra de los actores-sujetos sociales constituidos (como sujetos plenos) en sujetos políticos, resulta claro que al discutir las formas de organización y representación política actuales para la transformación, discutimos -en germen- las nuevas formas de organización del poder (nueva dialéctica en la [inter]relación entre sociedad civil y política, en base al protagonismo ciudadano y su [re]apropiación de la política como parte inalienable de su ser).

Para ello hay que revertir las relaciones entre Estado y sociedad, entre política y ciudadanía, abrir los espacios políticos al protagonismo colectivo. Y ello solo puede hacerse desde abajo y cotidianamente, desarrollando organizaciones abiertas y articuladas horizontalmente, capaces de construir identidades colectivas, plurales y unitarias, sobre la base del respeto y la aceptación positiva de las diferencias.

Esto supone revalorizar el contenido de la interrelación unidad-diferencia-identidad, para -sobre esa base- replantearse hoy una lógica de unidad diferente, que reconozca las diferencias, para construir desde ellas, los puentes hacia la unidad. Este es un camino posible para construir colectivamente en diversidad y pluralidad. El camino contrario conduce, ya se ha visto, irremediablemente, de la diferenciación al antagonismo, y del antagonismo a la ruptura. Se trata de una unidad que no aspira a la uniformidad y unicidad del pensamiento, ni de las propuestas, ni de las organizaciones; no se basa en la creencia de la existencia de una verdad única y válida para todos, sino que reconoce la verdad como una resultante histórico-social (cambiante) de verdades parciales que existen (están presentes) y se expresan fragmentada y entremezcladamente en los pensamientos, en las prácticas y realidades de los distintos actores sociales. Por eso, construir la verdad colectiva en cada momento no es equivalente a una simple sumatoria, se trata de una sumatoria, pero en sentido de articulación-integración.

La nueva democracia será posible –ya se avizora- sobre la base de la democratización de lo nuestro en un doble sentido: democratizando las organizaciones y espacios existentes, y manteniéndolo abierto siempre a la posible llegada de nuevos actores.

En Latinoamérica han madurado las condiciones sociales y políticas para avanzar hacia la construcción-constitución de nuevas instancias políticas y de ámbitos plurales del quehacer político (articulación de distintos actores sociopolíticos y sus propuestas). Y todo esto reclama por organizaciones políticas capaces de promover el protagonismo de las mayorías, de organizarlo y conducirlo.

Características esenciales de las nuevas organizaciones políticas

Las tareas que emanan de las problemáticas sociohistóricas concretas, son las que van definiendo a los actores-sujetos, y estos al proyecto y a los instrumentos. Es por ello que el sentido de la organización política en la actualidad, pasa -en primer lugar- por descubrir los nexos concretos que permitan construir puentes articuladores entre los actores sociales fragmentados, entre sus problemáticas, propuestas y aspiraciones; resulta vital también llegar al ciudadano común no organizado, y promover su participación en los debates acerca del quehacer actual, convocándolo permanentemente a ser partícipe de la definición de las decisiones sociales y políticas que se tomen. Esto significa, en síntesis, recrear el ámbito y el sentido de lo político, haciendo de la política una actividad colectiva, protagonizada –centralmente- por el pueblo. En segundo lugar, y articulado a lo anterior, es necesario replantearse los modos orgánicos de existencia,  construcción y desarrollo de la organización política (no reducir a partido) capaz de dar cuenta hoy de esta realidad, y de resolver las tareas estratégicas y coyunturales que plantea.

Teniendo en cuenta el contenido político-social que caracteriza a las actuales organizaciones políticas, resulta evidente que ellas requieren de estructuras flexibles y abiertas, capaces de articular a los actores sociales y políticos diversos, a los ciudadanos organizados y a los no organizados, con sus múltiples propuestas y aspiraciones.

El desafío es entonces, poner en sintonía el instrumento político con el sentido y los modos de la acción política sociotransformadora que reclaman los tiempos actuales. En tal sentido, vale subrayar cinco aspectos que caracterizan a toda organización política.

1. La organización política tiene un carácter instrumental; es una herramienta para el logro de determinados fines.

Ello indica, precisamente, que lo organizativo está en función del proyecto y de las tareas que emanan del proceso de construcción del poder contra-hegemónico que protagonizan los actores sociopolíticos (auto) constituidos en sujeto popular. El sujeto construye sus organizaciones reivindicativo sociales y políticas como instrumentos para perfeccionar su participación e influencia en el curso de los acontecimientos hacia la concreción de los objetivos definidos (y modificados) por él.

Las definiciones estratégicas, las tareas, los objetivos, los instrumentos, las vías y métodos, reclaman ser construidos día a día con la participación plena de los actores sociales y políticos en proceso abierto y cambiante permanentemente. Los congresos de los partidos ya no pueden reducirse a un grupo de cuadros que “dictan” la línea política. Más importante es que se transformen en laboratorios de debate donde se sinteticen la construcción y el pensamiento colectivo, y se orienten –en virtud de ello- las tareas a realizar. Es el pueblo organizado el que –con su participación-, crea, decide y construye; la transformación de la sociedad en que vive y la construcción de la nueva -diseñada por todos-, es su obra ciudadana máxima.

2. La organización política no es del sujeto político (ni social, ni histórico). El sujeto es irreductible a la organización.

a) La condición de sujeto no se desprende de la organización; no es el instrumento el que define al sujeto como tal sujeto, sino a la inversa. En otras palabras: el partido no es el sujeto político; no hay sujeto político que no sea a su vez, y primero, sujeto social e histórico, y viceversa. No hay vanguardia política sin pueblo político. No hay partido por encima y separado de la clase y del pueblo. La organización política —que es políticosocial—, es siempre instrumento del sujeto popular para lograr sus objetivos en cada etapa.

b) El ser sujeto es una condición que trasciende a lo organizativo (y a la organización), incluye también a los sujetos individuales en tanto ciudadanos (políticos) protagonistas.

c) La organización política expresa la identidad del sujeto, condensa su voluntad y su conciencia; su existencia indica una cualidad del sujeto históricamente constituido. Pero puede llegar a entrar en contradicción con el sujeto real si se separa (enajena) de él, si se le contrapone y pretende situarse a sí misma como sujeto. Esto ocurre, por ejemplo, cuando un partido de izquierda supone que su organización partidaria es el sujeto político, que la clase obrera es el sujeto histórico, y que el pueblo es el sujeto social.

La experiencia histórica enseña que cuando lo organizativo pretende cubrir vacíos políticos, la organización política termina sustituyendo a los actores sociales, y separándose de sus bases legítimas: la clase, el pueblo. Se coloca entonces por encima de ellos. A la primera sustitución le sigue obviamente una cadena creciente de sustituciones. Por esa vía, las cuestiones organizativas de la organización política van ocupando el eje central, y ésta se transforma poco a poco en el objetivo fundamental de su propia existencia, negando su razón de ser.

3. No hay sujeto político separado e independiente del sujeto social, del sujeto histórico.

El sujeto es uno y múltiple: social, político e histórico (de su historia). No existen diversos tipos de sujetos: un sujeto histórico (la clase), un sujeto social (los sectores populares, el pueblo), un sujeto político (el partido).

4. La construcción-articulación del sujeto popular implica una nueva y diferente relación política y orgánica entre los partidos y los movimientos sociales.

La apuesta es construir redes y nodos de articulación social basados en la profundización de la democracia y la participación de los protagonistas, y en relaciones horizontales entre los diferentes actores. Estas promueven la cooperación entre partes consideradas cualitativamente iguales, aunque los roles sociales y políticos de cada una sean diferentes. Su ejercicio implica la superación de las tradicionales relaciones verticalistas-subordinantes implementadas al interior de las organizaciones sociales y políticas, y desde ellas hacia la sociedad. Dentro de una gama amplia de formas concretas que pueden crearse y adoptarse, lo fundamental consiste en no imponer políticas, objetivos y vías, ni suplantar los procesos colectivos de toma de conciencia, tanto a lo interno de la organización como en su relación con otras organizaciones sociopolíticas.

5. Ser de izquierdas es, ante todo, una actitud práctica revolucionaria de lucha contra la hegemonía y la dominación del capital.

La izquierda latinoamericana va mucho más allá del núcleo humano que constituye la izquierda político-partidaria, comprende a los movimientos sociales populares, a intelectuales y profesionales de avanzada, a personalidades del mundo de la cultura, de las artes, de las comunicaciones, etcétera, en resumen: a todos los que se oponen al sistema neoliberal y luchan a favor de una transformación radical de la sociedad en aras de hacerla humanamente más justa y solidaria: las organizaciones de derechos humanos, de mujeres, los sindicatos combativos, la base trabajadora de los mismos, el movimiento obrero, los desocupados, los sin techo, los sin tierra, el campesinado pobre, las amas de casa, los pueblos indígenas y sus organizaciones, etcétera.

6. Construir una nueva mística

La mística germina y fructifica cuando entre la forma de organización, el modo de funcionamiento y las prácticas de construcción y conducción: entre la dirección y en las bases, entre la organización política y el pueblo, no existen diferencias de principios.

Recuperar la confianza, los afectos… desarrollar lazos solidarios, no resultan elementos secundarios en momentos en que cada ser humano es forzado por el mercado a ver en el otro un competidor, un rival o un posible enemigo que busca arrebatarle su puesto de trabajo, su pareja, su alimento... al que –por consiguiente- debe destruir para intentar sobrevivir individualmente.

Nos desenvolvemos en un momento muy difícil, pero ello no puede impedirnos practicar y multiplicar la solidaridad, estar alegres cuando nos encontramos unos con otros y otras, hacer de las actividades colectivas: seminarios, talleres, congresos, asambleas, acampadas, cortes de rutas, etc., momentos de fiesta, de alegría. Dar solidaridad, demostrar los afectos, expresar la felicidad y el amor es también una forma de construir una nueva mística, desarrollarla y fortalecernos entre nosotros.

Vivimos un tiempo excepcional, marcado por la recuperación colectiva de la confianza en que es posible un mundo diferente, que las salidas existen si somos capaces de ver su insinuación en la realidad, en las nuevas prácticas sociales que se van construyendo y si, con imaginación, deseo y voluntad nos empeñamos en desarrollarlas, conscientes de que el futuro no se agota en nosotros, que las salidas son diversas y están abiertas al desarrollo de la humanidad. Esta siempre se propondrá nuevas metas, explorará nuevos caminos para cambiar el mundo y ampliar su libertad.

BIBLIOGRAFÍA

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[i] Son propuestas reivindicativo-concretas cuya realización tiene un alcance político-nacional e implica un profundo cuestionamiento al sistema. Por ejemplo: defensa del agua, de la energía, lucha por la tierra, por el trabajo, contra los transgénicos, etc. Estas propuestas se anudan directamente a lo programático porque responden a demandas reivindicativas que demandan soluciones de marcado rumbo alternativo. Tienen una clara dimensión estratégica alternativa.

[ii] El ejemplo actual más claro de ello sería la llegada de Kirchner al Gobierno argentino, en mayo del 2003. El suyo no pretende ser un gobierno de transición hacia transformaciones radicales, pero resulta una oportunidad –inesperada que abre posibilidades para que las fuerzas del campo del pueblo se fortalezcan y avancen en tal dirección. Resulta vital no confundir los deseos con la realidad, ni perder de vista la correlación de fuerzas existentes en el ámbito del poder, en el campo del pueblo, y entre ambos, correlación que las fuerzas populares necesitan modificar a su favor. Y ello es vital en la definición de las políticas, las tareas y las alianzas a desarrollar. Podría ocurrir que, exigiéndole –en abstracto- al gobierno más de lo que éste puede o quiere llegar a dar, en vez de avanzar hacia la construcción de una alternativa propia, la oportunidad se torne en su contrario y aborte la posibilidad de crecimiento y, con ello, la acumulación lograda. [Hay que tener presente que el desplazamiento de relaciones de poder (de fuerzas) no se reduce a las interrelaciones con el sector gubernamental.]

[iii] La presencia de una posibilidad no implica que “lo posible” llegue a ser necesariamente realidad; no define una situación, sino lo que esta podría llegar a ser. Abre puertas, sin garantías.

[iv] Se trata de pensar colectivamente la transformación: los actores sociales y políticos actuantes hoy, con los intelectuales, para ir democratizando también -en franco y fértil diálogo de saberes-, el pensamiento estratégico y las tácticas políticas.

[v] Venezuela bolivariana revolucionaria constituye por todo ello un vivo ejemplo de la propuesta estratégica de transformación social desde abajo, sin recetas ni proyectos o programas preestablecidos, construyendo -sobre la base de iniciales definiciones estratégicas claves- los caminos indispensables para que, colectivamente, se vayan definiendo los rumbos y ritmos parciales, las urgencias coyunturales, etcétera. Lógicamente, en este caso, la participación activa y positiva de amplios sectores de las FFAA en dicho proceso no puede pasarse por alto; habrá que encontrar las maneras y los modos de construir alianzas similares en cada país, o buscar otras opciones. Todo proceso tiene su sello propio que lo hace excepcional, quizá el de Venezuela sea ese. Pero ni en este ni en ningún caso, es recomendable copiar los pasos concretos de un proceso a otro. Está comprobado que copiar y transplantar experiencias es fuente segura de errores.

[vi] Esto quiere decir también, que los actores sociales no son “portadores” de una ideología implantada en sus conciencias desde el exterior (por los partidos o los intelectuales de izquierda). Ellos, los actores sociales, el pueblo que se rearticula y organiza para enfrentar al capital, van construyendo día a día su conciencia política a partir de su (modo de) ser social, y en sus prácticas de resistencia y lucha contra el capital; son los protagonistas, sus hacedores.

[vii] Mucho se ha escrito y argumentado a favor (y en contra) de la posibilidad de un camino de reformas por etapas, pacífico y gradual que, dentro del capitalismo y sin proponerse la ruptura radical con el sistema del capital, permita algún día “pasar” al socialismo sin confrontaciones de clases ni conflictos antagónicos de intereses. Pero la experiencia demuestra que no hay caminos de transformaciones y crecimientos graduales, ni en lo económico, ni en lo político, ni en la conciencia. La prueba más evidente es el caso de los partidos socialdemócratas europeos y también de gran número de partidos comunistas tradicionales de esa región, que se han reducido a ser parte del sistema y no se plantean –si es que alguna vez lo hicieron- romper las reglas del juego. Ambas corrientes coinciden en lo estratégico con la creencia de que nada se puede hacer fuera del sistema del capital.

[viii] En virtud de ello, atender –por ejemplo- a problemas sectoriales, e incluso a cuestionamientos de fondo de las relaciones de poder: como la discriminación de las mujeres, de los pueblos originarios, de los negros, etc., era subestimado o desechado de las actividades revolucionarias por considerársele expresión de las “contradicciones secundarias”. Las propuestas que pretendían encontrar alguna solución a tales problemas eran consideradas elementos que distraían la atención respecto de la “cuestión fundamental”: la toma del poder. Después de ese momento, se suponía que las soluciones llegarían en cadena, espontánea y mecánicamente desde arriba.

[ix] Para una consulta sobre el particular, puede revisarse, Reflexiones acerca del problema de la transición al socialismo, de Marta Harnecker, Alfa y Omega, Santo Domingo, 1985, pp. 108-118.

[x] Es importante destacar aquí, el aporte incalculable de la Educación Popular, en primer lugar, y también de la Teología de Liberación, particularmente a través de la labor de las comunidades eclesiales de base, que desarrollaron su labor apoyadas en la concepción de la educación popular. Grandes movimientos sociales de América latina, como el Movimiento sin Tierra, de Brasil, el Comité para la Defensa de los Derechos Barriales, de República Dominicana, el zapatismo, en México, tienen en la labor de dichas comunidades de base o en el empeño de educadores populares, sus antecedentes fundacionales y, con ellos, los elementos de partida de lo que ahora devino un nuevo tipo de concepción de la transformación social y de liberación del poder del opresor.

[xi] Misión Rivas, Barrio Adentro, Vuelvan Caras, Robinson, “Negra Hipólita”.

[xii] Por ello no coincido con los enfoques de algunos intelectuales que convocan a la izquierda partidaria tradicional a democratizarse y reconocer como parte de la izquierda a lo que ellos denominan “izquierda social”, para organizarla alrededor suyo. En tal caso, la propuesta se limita a sumar la “izquierda partidaria” y la “izquierda social”, pero subordinando jerárquicamente lo social a lo político, es decir, manteniendo la división entre lo político y lo social, y la lógica subordinante jerárquica y excluyente del capital.

[xiii] La dinámica despojo-delegación influye no solo en el núcleo dirigente del partido, o sea, en aquellos que alcanzan la condición de "representantes de", no influye solo sobre los militantes "representados", sino también sobre la ciudadanía en general; es un hecho cultural presente en la mentalidad de la sociedad, y solo después de una larga práctica comienza a visualizarse con claridad.

 

Tomado de CUBA, Siglo XXI, 2006.

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