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El Banco Mundial y la reforma del Estado: ¿más allá del Consenso de Washington?
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Escribe: João Márcio Mendes Pereira* |
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El objetivo del presente trabajo es discutir de que modo, en el contexto neoliberal, la “reforma del Estado” fue concebida y sigue siendo estimulada por el Banco Mundial. Aquí se defienden cuatro hipótesis:
El texto está organizado en cuatro puntos. El primero aborda la secuencia histórica de las reformas estructurales, haciendo énfasis en los contornos generales de las políticas de ajuste, del Consenso de Washington y de las reformas de “segunda generación” patrocinadas por el Banco Mundial. El segundo presenta la evolución de las posiciones del Banco Mundial con respecto al tema de la reforma del Estado durante la década de 1990. El tercero analiza las propuestas gestadas en el seno del Banco Mundial a favor de una agenda política que fuese “más allá” del Consenso de Washington. El cuarto discute la naturaleza y las implicaciones de la forma como el Banco Mundial viene tratando el tema de la reforma del Estado.
1.
Neoliberalismo y reformas estructurales de primera y segunda generación Por otra parte, las tesis a favor del “Estado mínimo” fueron rechazadas por Williamson (1992:45), alegando que la “liberalización existe para reforzar el mercado” y no para “debilitar al Estado”. Ya estaba claro ¾ al menos para algunos formuladores de políticas a nivel internacional más atentos ¾ que el discurso a favor de la reducción del Estado no podría materializarse, ya que un Estado debilitado no lograría supervisar debidamente el sistema financiero, lo que podría amenazar el funcionamiento de la propia economía capitalista. Todavía, el autor reconocía que no existía “una forma sencilla de resumir los cambios en el papel del Estado, necesarios para sustentar una economía de mercado” (ibid:45). En la misma época, el Banco Mundial también rediscutía el papel del Estado en la economía, en una dirección un poco diferente de las visiones más ortodoxas sobre el “Estado mínimo”, como se discutirá en el próximo punto.
En aquel
período, el ataque al debate democrático y al Estado desarrollista
implícitos en el discurso neoliberal fueron resueltos con la creación de la
figura de las “democracias de mercado”. De ese modo, la promoción del
programa económico sistematizado en el Consenso de Washington se convirtió
en condición de reconocimiento y parámetro de evaluación de la calidad del
régimen político y de la vida institucional de los países periféricos (Vilas,
2001:9). La consecuencia de ese arreglo fue que, cada vez más, las
decisiones estratégicas para diseñar una nueva forma de acumulación del
capital deberían ser impenetrables a las reivindicaciones de los sectores
populares.
Síntesis comparativa de las reformas
estructurales de 1ª y 2ª generaciones
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Ejes de comparación |
Reformas de 1ª generación |
Reformas de 2ª generación |
Prioridades |
Reducir la inflación y reactivar el crecimiento económico. |
Mantener el control de la inflación, acelerar el crecimiento, consolidar la apertura económica, aumentar la competitividad internacional, estimular el ahorro interno y aliviar la pobreza. |
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Estrategia |
Modificar las reglas macroeconómicas, reducir el tamaño (gasto público/PIB) y las esferas de acción del Estado, desmantelar el proteccionismo y el estatismo. |
Promover la reestructuración institucional necesaria para el funcionamiento de la economía de mercado e impulsar la competitividad del sector privado. |
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Instrumentos |
Cortes presupuestarios drásticos, reforma fiscal, liberalización de precios (incluyendo tasas de interés y de cambio), liberalización comercial y financiera, desregulamentación del sector privado y privatizaciones. |
Reestructuración institucional, entendida como reforma de la administración pública (reducción de la maquinaria estatal y modernización técnica), descentralización, arreglos público-privados y nuevos marcos legales y regulatorios; independencia del Banco Central; reforma de la legislación laboral; mantenimiento del ajuste fiscal; fortalecimiento de la capacidad de recaudación, principalmente mediante la reforma de la seguridad social; reforma educacional; privatizaciones más “difíciles”; fortalecimiento del sector financiero; reforma del Poder Judicial, estímulo a mercados financieros rurales; dinamización de los mercados de compra y venta y de arrendamiento de tierras; focalización de los programas sociales en los segmentos más pobres. |
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Forma y velocidad de implementación |
Relativamente sencilla, rápida y drástica, mediante un mayor aislamiento del Ejecutivo con respecto al sistema político partidista y el desmantelamiento de agencias públicas que no son reemplazadas por otros órganos. |
Más lenta y compleja debida a la gestión más compartida y al estímulo a mecanismos de concertación social, que agregan un número mayor de agentes políticos y tienden a introducir más tensiones en las políticas. |
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Naturaleza de los costos y de los riesgos políticos para sus operadores |
Riesgos inmediatos y significativos, con impacto directo en la economía. Costos diluidos por grupos dispersos de la población. |
Riesgos más diluidos y con menor visibilidad pública (excepto en caso de privatizaciones específicas, de la flexibilización de la legislación laboral y de la reforma de la seguridad social). Los costos recaen sobre grupos específicos capaces de mayor resistencia y vocalización política. |
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Visualización de los resultados |
Aparecen con mayor rapidez. |
Aparecen más lentamente. |
Fuentes: Naím (1996), Burki & Perry (1998 y 1997), Banco Mundial (2001 y 1997) y Williamson (2004a).
Para el Banco Mundial el
mérito de esa agenda de reformas estructurales es, bajo cualquier criterio,
incuestionable. No es casual que recientemente se afirmara que “como
promedio, donde esas reformas favorables al mercado fueron bien
implementadas, acabó el estancamiento económico y recomenzó el crecimiento”
(Banco Mundial, 2001:62, JMMP). Por eso se trata de profundizarlas,
finalizando las reformas de primera generación que habían quedado pendientes
o incompletas, y de ampliarlas, implementando las de segunda generación. En
otras palabras, para el Banco Mundial, las líneas centrales de la agenda
político-económica que deben adoptar los países periféricos ya fueron
íntegramente definidas, a pesar de su estrepitoso fracaso en retomar el
crecimiento, reducir la pobreza y minimizar las asimetrías entre los países
(Rodrik, 2002; Stiglitz, 2003; Borón, 2004). El problema sólo radica en como
proseguir las reformas de acuerdo con las especificidades “nacionales”, de
manera que se neutralicen las resistencias y encuentren mucho más rápido las
condiciones para su consolidación (Banco Mundial, 2001:61).
Sin embargo, el Banco Mundial reconoce que las políticas de ajuste
estructural provocaron o agravaron el empobrecimiento de segmentos sociales
más o menos expresivos en los países donde fueran implementadas. En su
opinión (2001: 7 y 66-7), esto es inherente al proceso de ajuste y debe
compensarse selectivamente donde el nivel de tensión social pueda alcanzar
niveles más altos. Por ello, los programas de “alivio a la pobreza” son la
contracara necesaria del mantenimiento y de la profundización de las
políticas neoliberales. No es casual que en el informe más reciente del
Banco Mundial (2001) referente al tema de la reducción de la pobreza, se
reiteren las políticas de ajuste y todo el paquete de reformas de segunda
generación como el camino a seguir por los países “en desarrollo”[1].
De hecho, el énfasis puesto por el Banco Mundial en el alivio de la pobreza
tiene un carácter instrumental, con el objetivo de garantizar el soporte
político y la funcionalidad económica que necesita el nuevo modelo de
acumulación (Soares, 2003; Leher, 1998). En el caso de América Latina, la
reproducción de ese conjunto de orientaciones político-económicas podría
consolidar una estructura social mucho más regresiva que aquella producida
por el nacional-desarrollismo (Borón, 2004:36-7).
2. Los cambios de posición del Banco Mundial: del Estado “mínimo” al Estado “eficiente”
Como se vió, es en el marco del debate más amplio sobre los rumbos de las reformas neoliberales que se sitúa la discusión sobre el papel del Estado. El carácter inadmisible cada vez más evidente de las tesis a favor del Estado “mínimo” se dió por una serie de razones, entre las que se destacan: a) la evidente concentración del poder en el marco del gobierno central necesaria para promover las propias reformas neoliberales; b) la consciencia social cada vez mayor ¾ en cierto modo ratificada en las deliberaciones de diversas reuniones y conferencias mundiales ¾ sobre problemas vitales para el presente y el futuro de la humanidad (como medio ambiente, educación, pobreza, hambre, desigualdades sociales, salud pública, etc.), cuya solución depende de acciones más contundentes por parte de los Estados nacionales; c) la propia dinámica de las políticas de ajuste estructural, que requiere el fortalecimiento de la acción estatal no sólo para iniciarlas sino también para regular la esfera de acción de los agentes económicos, de forma que se eviten las prácticas condenables por sus propios promotores (“riesgo moral” empresarial, patrimonialismo, corrupción en el sector público, monopolios privados); d) la necesidad de construir mecanismos de respuesta a la aparición de crisis financieras; e) las bajas tazas de crecimiento económico de los países que implementaron políticas de ajuste estructural, incluso con respecto a las metas fijadas por los propios organismos internacionales (Borón, 2005 y 2004; Vilas, 2001 y 2000).
De cierta forma, ese conjunto de factores se tradujo en el reconocimiento de la necesidad de crear una red sólida y eficiente de instituciones públicas que mejorase el funcionamiento de la economía de mercado, previniendo o contrarrestando su tendencia a la inmediatez, al desequilibrio y a la recurrencia de crisis (Williamson, 2004; Naím, 1996). Aunque la fé en la auto-regulación de los mercados no fuese abandonada, en la práctica se reconocía, por diferentes vías, su falacia (Vilas, 2001:10). Sin embargo, esto no implicó cualquier tipo de autocrítica con respecto a los fracasos y distorsiones de las políticas de ajuste estructural, que fueron imputados a problemas de ejecución y a la falta de una autoridad estatal desvinculada de intereses particularistas (Vilas, 2000:4).
El “descubrimiento” de la importancia de las
“instituciones”[2]
(Naím, 2000) para el desarrollo trajo para el primer plan de la formulación
de la agenda neoliberal la “Nueva Economía Institucional”. Esta rama del
conocimiento ambiciona construir una teoría sobre la formación y la
evolución de las instituciones que pueda incorporarse a la economía
neoclásica y ser compatible con ella (Medeiros, 2001:78). La adopción de esa
estructura teórica permitió al Banco Mundial aceptar la introducción de una
dimensión política para promover la economía de mercado, pero la política
quedó reducida al aspecto técnico y instrumental. De ese modo, lo
“institucional” fue instrumentado y subordinado a la liberalización
económica, construida a partir de relaciones de poder aceptadas como algo
dado, naturalizado (Vilas, 2001:10).
Desde
finales de los años 1980 estudios del Banco Mundial ya destacaban que las
reformas orientadas hacia el mercado requerían la creación de un marco
institucional adecuado, de modo que la reducción de la presencia directa del
Estado en la economía tuviese como contrapartida la constitución de reglas e
instrumentos que optimizasen el funcionamiento de los mercados y
disminuyesen sus fallas. Pero fue con el Informe sobre el Desarrollo Mundial
de 1991 que el Banco Mundial, por primera vez, sistematizó el nuevo enfoque
“amistoso con el mercado” (market-friendly approach), según el cual
el Estado debería apoyar, fortalecer y complementar el mercado en régimen de
libre competencia. Ya no se trataba más de condenar la intervención estatal
en la economía como algo indeseable y sí de reconocer el marco de acción del
Estado que se “armoniza” con el mercado, permitiendo el máximo de
competencia entre los agentes económicos. En ese sentido, la acción estatal
debe estar totalmente al servicio de los mercados ¾ léase, de la acumulación
privada del capital ¾, dejando que “funcionen por sí solos, a menos que se
demuestre la conveniencia de tomar parte en el asunto” (Banco Mundial,
1991:6). En otras palabras, “para justificar la intervención no basta saber
que el mercado no está dando buenos resultados; además de eso, es necesario
estar convencido de que el gobierno lo hará mejor” (ibid:153).
El informe señala que Asia Oriental y Japón se desarrollaron mediante
intervenciones estatales en el mercado, como protección a la naciente
industria y la concesión selectiva de subsidios ¿Esto no invalidaría la
tesis según la cual el crecimiento depende de la disminución de la
intervención estatal? No, responde el Banco Mundial, porque esos gobiernos:
a) sometieron su acción a la competencia interna y externa, favoreciéndola
(al contrario de los países latinoamericanos); b) tuvieron el cuidado de no
distorsionar los precios relativos en demasía; c) practicaron una
intervención más moderada que la existente en el resto de los países “en
desarrollo” (ibid:4-5).
De acuerdo con el Banco Mundial, el Estado siempre debería cumplir siete
funciones fundamentales: garantizar la estabilidad macroeconómica y el
ambiente propicio para la competencia capitalista, mantener el orden
público, invertir en “capital humano” (educación primaria y salud básica),
construir una infraestructura productiva, proteger el medio ambiente,
controlar la natalidad y administrar la seguridad social. En materia
económica se afirma que el Estado es siempre propenso al fracaso. Como
resultado, se señalan los contornos generales de una reforma del Estado que
permitiese crear instituciones públicas más eficaces. Las recomendaciones
eran: a) racionalizar la burocracia estatal (modernización técnica,
reducción de personal, aumento de salarios, formas de control del trabajo);
b) promover un ajuste fiscal y una
reorientación general del gasto público; c) perfeccionar la estructura
administrativa y legal necesaria para privatizar las empresas del sector
productivo estatal; d) transferir la prestación de funciones y servicios
públicos diversos a organizaciones no gubernamentales (ONGs), vistas como
vehículos más eficaces en promover la participación popular y la lucha
contra la pobreza; e) reformar el poder judicial, a fin de abaratar los
costos judiciales, facilitar el acceso a la Justicia, acelerar la atención
de las demandas y optimizar las relaciones de mercado; f) supervisar la
banca privada por medio de una legislación favorable
al desarrollo del capital financiero; g) garantizar los derechos de
propiedad. Se defiende una apertura económica radical, ya que “los gobiernos
tienen que dejar que la competencia interna e internacional se desarrolle
sin dificultades” (ibid:10), así como un programa de reformas rápidas y
generales, combinadas con políticas paliativas para aliviar la pobreza. Con
respecto a la distribución de la renta, se estima que “cuando los mercados
son eficientes, por lo general aumenta la equidad de forma espontánea” (ibid:161).
Al año siguiente el Banco Mundial (1992) publicó un informe específico sobre
la importancia de la gestión pública para la eficacia y la eficiencia de las
reformas neoliberales. Se reiteran todas las premisas del enfoque “amistoso
con el mercado”, pero se enfatiza la noción de “gobernanza” (governance),
definida como la “forma mediante la cual el poder es ejercido administrando
los recursos sociales y económicos de un país para el desarrollo” (ibid:1).
Ya no bastaba garantizar las condiciones para un buen gobierno. Era
necesario crear un ambiente de reglas y instituciones bien definidas y
consensualmente aceptadas, propicias para los negocios, así como desarrollar
una gestión compartida de la autoridad pública en diferentes áreas. De
nuevo, el objetivo era propiciar las condiciones más adecuadas para la libre
competencia.
También adquirió contornos mejor definidos la tesis de que una gestión
pública eficiente depende de cuán profunda sea la relación entre las
agencias estatales, las asociaciones voluntarias y ONGs. Sobre la base de la
distinción liberal clásica entre Estado y sociedad, la estrategia de
promoción de la “sociedad civil” entonces preconizada tendría como objetivo
fortalecer el poder de los agentes sociales y reducir el poder del Estado.
El camino sería el estímulo a la “participación comunitaria” en la gestión
de las políticas públicas. Esto favorecería la asignación y uso eficiente de
los recursos públicos, la transparencia de la administración y la
responsabilidad y la rendición de cuentas de la burocracia sobre sus
actividades (accountability).
A partir de este razonamiento se preconiza la creación de una estructura de
“gobernanza” basada en un programa de transformación institucional en tres
niveles. En el nivel macro, el montaje de un núcleo estatal
protegido de presiones privadas “particularistas”, pero
inexplicablemente comprometido con las reformas neoliberales. En el nivel
individual o microeconómico, el estímulo a comportamientos asociados con la
racionalidad moderna individualista y utilitarista propia de un supuesto
modo capitalista de ser de validad universal.
En el nivel intermedio o social, la organización de una amplia esfera
pública no estatal responsable por el vínculo entre los niveles macro y
micro, pero de manera localista y
corporativa (ibid:13-27). De acuerdo con Vilas (2000:6), ese documento tuvo
un fuerte impacto en la formulación de políticas del Banco Mundial y de
otros organismos internacionales, así como en la literatura académica
estadounidense, introduciendo en la agenda de discusiones sobre las reformas
el tema de la “ingeniería institucional”.
En 1993 el Banco Mundial publicó su versión sobre el desarrollo industrial
acelerado y prolongado del este de Asia en las décadas siguientes al fin de
la segunda guerra mundial.[3]
Insistiendo en la primacía del libre mercado, el documento sugiere que el
desarrollo de aquella región se debió a la implementación de una combinación
sui generis entre los fundamentos de la teoría neoclásica y el
enfoque “amistoso con el mercado”, lo que, de cierto modo, ya había sido
dicho en el informe de 1991. Se admitió, con numerosas reservas, la
importancia estratégica de la planificación y de la acción estatal en la
orientación y sustentación del crecimiento industrial mediante políticas
sectoriales activas, concesión selectiva de crédito subsidiado, acuerdos
entre agencias gubernamentales y empresas, proteccionismo comercial, control
de la cuenta capital y prioridad al ahorro interno como fuente de inversión.
Si esto evidentemente iba contra las premisas del pensamiento neoclásico ¾
cuya primacía era reivindicada insistentemente por el Banco Mundial ¾, al
mismo tiempo se destacaba el lado ortodoxo de la estrategia económica de
aquellos países, expresado en ciertas modalidades de política económica y en
la inversión pesada en la formación de “capital humano” (educación y salud)
y infraestructura. En resumen, el “milagro” del este de Asia no aparece como
una vía de desarrollo capitalista alternativa exitosa al neoliberalismo y sí
como una expresión más o menos heterodoxa del enfoque “amistoso con el
mercado”. Además, el Banco Mundial señaló la naturaleza muy específica de
aquella experiencia, cuestionando no sólo si ella podría ser copiada en
otras regiones del mundo, sino también si su desempeño no podría haber
ocurrido mediante otras estrategias de desarrollo.
Tres años más tarde, el Banco Mundial (1996) publicó un informe específico
sobre los problemas y dificultades del Este Europeo y de la Comunidad de
Estados Independientes (ex Unión Soviética) en su transición hacia el
capitalismo. En lo referente a la reforma del Estado, se reproducía el mismo
enfoque diseñado en 1991: “La presencia del Estado debe dejar de ser la
norma para ser la excepción. Su intervención sólo se justifica cuando los
mercados no bastan (…) y aún en ese caso sólo en la medida en que mejore el
funcionamiento del mercado” (ibid:133).
Sin embargo, llama la atención la violencia del proceso de liberalización
que se proponía. Sin ningún tipo de moderación, el Estado debería: a)
reducir drásticamente su presencia en la producción y distribución de bienes
y servicios; b) dejar de restringir y controlar directamente la actividad
comercial privada; c) abstenerse de intervenir en el sector financiero; d)
concentrarse en fomentar la estabilidad macroeconómica y en ofrecer un marco
jurídico e institucional que incentivase el desarrollo del sector privado y
la competencia capitalista; e) dejar de ser el proveedor universal de las
condiciones de vida de la población; f) fomentar la ideología de que la
renta y el bienestar dependen exclusivamente del desempeño de los individuos
en el mercado; g) focalizar la asistencia social en los segmentos más pobres
de la población. Como la base sobre la cual incidían los tributos se había
reducido de modo alarmante, en función de la caída de la actividad económica
y de la contracción de los salarios, el Banco Mundial recomendaba el ahorro
externo como fuente principal de financiamiento de la economía.
En ese propio año, el Banco Mundial (1996a) publicó su visión sobre la
reforma del Estado en América Latina y el Caribe. De nuevo se intentaba
marcar la diferencia entre la nueva propuesta y la tesis en favor del Estado
“mínimo”, afirmándose que si antes el Estado era visto como “obstructivo y
negativo para el desarrollo”, ahora se reconocía que el mismo cumple “un
papel especial y innovador en la forma como se relaciona con los mercados” (ibid:11).
Según el informe, la reforma del Estado en la región se había convertido en
un imperativo en razón de: a) la crisis fiscal de los años 80 vinculada a la
crisis de la deuda externa; b) la necesidad de elevar la competitividad de
las economías para que las empresas pudiesen ganar mercados en el exterior;
c) el aumento de la pobreza, de la desigualdad y de la violencia; d) el
aumento de la inquietud social en lo referente al medio ambiente; e) la
necesidad de incorporar nuevos conocimientos económicos originados por
experiencias exitosas; f) la consolidación y profundización de la democracia
mediante la descentralización (ibid:1-2).
Al intentar dar respuesta a los efectos de la crisis de México, el Banco
Mundial afirmaba que no bastaban “buenas políticas” para consolidar la
estabilidad macroeconómica. Era necesario que los inversionistas nacionales
y extranjeros las considerasen estables y creíbles. Correspondía al Estado
asegurar las condiciones para construir la confianza (confidence building).
De ese modo, se propuso una estrategia de reforma en cinco frentes: a)
aislamiento de la política económica ante cualquier control democrático
mediante la independencia del banco central, un ajuste fiscal riguroso y
cambios en la elaboración y en el manejo del presupuesto, con el objetivo de
hacerlo más previsible y vinculado al pago de la deuda pública; b)
privatización de bancos públicos y creación de agencias de supervisión del
mercado financiero doméstico para afianzar su competitividad y
“transferencia”, con el fin de favorecer su integración al mercado global;
c) creación de una nueva estructura de producción de bienes públicos (salud,
educación, saneamiento, agua, etc) mediante arreglos “público-privados”,
sustituyendo “un sistema en que el propio Estado produce y distribuye los
bienes públicos por otro donde el sector privado es quien los produce y
distribuye y el Estado diseña las políticas y el marco regulatorio,
supervisando su entrega” (ibid:5); d) reforma del Poder Judicial con el
objetivo de hacerlo más barato, ágil, transparente, accesible a los pobres,
capaz de responder a los intereses del capital privado, eficaz en la defensa
de la propiedad privada y, sobre todo, comprometido con dinamizar las
relaciones de mercado en la sociedad; e) y, finalmente, la reforma de la
administración pública, basada en la introducción moderada de principios de
mercado ya probados en la burocracia estatal de los Estados Unidos y de
algunos países europeos.
En 1997, ya bajo la influencia de la llegada de James Wolfensohn y Joseph
Stiglitz a la presidencia y vicepresidencia del Banco Mundial
respectivamente, fue publicado el informe sobre el papel del Estado en la
implementación, consolidación y avance de las reformas estructurales (Banco
Mundial, 1997). Si, por una parte, los presupuestos del pensamiento
neoclásico eran nuevamente reiterados, por la otra también se valorizaban
acciones que lo contradecían, admitiéndose que ciertos aspectos de la
estrategia del este de Asia podrían ser válidos para otros países. Por
ejemplo, en términos de política industrial se afirmaba que “cuando los
mercados son subdesarrollados, el Estado, en determinadas ocasiones, puede
reducir problemas de coordinación y fallas de información y incentivar el
desarrollo de los mercados (ibid:6). A continuación se afirmaba que “lo
esencial (…) es la capacidad de escoger la mejor intervención y utilizarla
de manera eficaz” (ibid:6). En el fondo, el informe no resuelve esos puntos
de tensión con el pensamiento neoclásico que él mismo aboga. Aunque
reprodujese las líneas centrales del enfoque “amistoso con el mercado”, el
informe acababa ampliando un poco más el papel del Estado. De ese modo,
aunque repitiese la tesis básica de la complementariedad entre Estado y
mercado, se definió al Estado como un “socio catalizador y facilitador” de
la iniciativa privada y del crecimiento económico (ibid:6). O sea, ahora se
admitía que el Estado no debería sólo complementar el mercado, sino también
corregir sus fallas ¾ al menos cuando fuese “estrictamente necesario”.
En términos de reforma del Estado, se proponía una estrategia basada en dos
directrices. La primera consistía en ajustar la función del Estado a su
capacidad, lo que significaba definir el papel legítimo de las acciones del
Estado como siendo: a) garantizar la estabilidad macroeconómica; b) asegurar
un ambiente económico no distorsionado (sin control de precios, subsidios,
etc.); c) establecer un marco legal claro y adecuado a la libre competencia;
d) invertir en infraestructura y en servicios sociales básicos (educación
primaria y salud); e) proteger la propiedad privada; f) proteger el medio
ambiente; g) promover programas sociales focalizados en los segmentos más
pobres. El mensaje era claro: “más allá de lo básico, no es necesario que el
Estado sea el único proveedor” (ibid:6).
La segunda directriz consistía en aumentar la capacidad del Estado
revitalizando las instituciones públicas, lo que implicaba: a) crear normas
y restricciones formales que controlasen la acción arbitraria de la
burocracia estatal (por ejemplo, independencia y reforma del Poder Judicial,
creación de órganos fiscalizadores, etc.); b) introducir mayor presión
competitiva en el seno del Estado, tanto mediante la creación de una
burocracia basada en el mérito, austera, corporativa y bien remunerada, como
por la competencia en el abastecimiento de bienes y servicios entre el
sector público, empresas y ONGs; c) aproximar el Estado a la población,
“dando voz al pueblo” en la formulación y ejecución de políticas sociales y
aumentando la “participación popular”. Se recomendaba avanzar en el proceso
de descentralización administrativa, pero de forma escalonada y por
sectores, con el objetivo de evitar la desigualdad entre regiones, la
indisciplina fiscal y la “captura” del Estado por intereses locales.
A pesar de abogar por un Estado “más cerca del pueblo”, el informe no dejaba
de resaltar la necesidad de concentrar la autoridad en determinadas agencias
para garantizar que permanecerían inmunes a presiones “particularistas” y,
de esa forma, pudiesen asegurar el desarrollo de la libre competencia. Por
otro lado, se enfatizaba la importancia de una acción ideológica intensa y
bien encaminada para conquistar la adhesión de un amplio sector de la
población, pues, al final, “el líder eficiente dá al público la sensación de
que la reforma pertenece al pueblo y que no fue hecha de afuera para
adentro. La reforma del Estado requiere la colaboración de todos los grupos
de la sociedad” (ibid:15). En ese marco, nuevamente se reservaba un papel
importante a las ONGs, consideradas las formas organizativas responsables
por estimular la participación popular y la responsabilidad social (accountability).
En su informe dedicado al “combate contra la pobreza”, el Banco Mundial
(2001) también prestó especial atención al tema de la reforma del Estado, a
partir de la siguiente pregunta: ¿Cómo hacer para que las instituciones del
Estado sean “más sensibles con los pobres”? Fundamentalmente, se reprodujo
la misma estrategia sistematizada en 1997: a) privatizar empresas públicas,
fomentar arreglos público-privados y reducir el tamaño del Estado (gasto
público con respecto al PIB), con el objetivo de concentrar sus acciones en
prioridades básicas bien definidas e indispensables; b) implementar nuevos
modelos de gestión basados en la competencia y en la meritocracia, reducir
el número de funcionarios y elevar salarios, con el objetivo de aumentar la
eficiencia técnica y combatir la corrupción; c) articular la burocracia con
el empresariado para promover sinergias y estimular la colaboración; d)
simplificar el sistema tributario y reducir costos de transacción; e)
garantizar la primacía de la ley; f) reformar el Poder Judicial; g) promover
la asistencia jurídica realizada por ONGs, con el objetivo de proteger los
intereses de los “pobres” y crear una “filosofía de derechos”; h) avanzar en
la descentralización; i) apoyar la formación de amplias “coaliciones
pro-pobres”, con el fin de comprometer y movilizar a toda la sociedad en la
lucha contra la pobreza; j) estimular la vinculación de asociaciones
voluntarias y ONGs a gobiernos locales y comunidades para aumentar la
“participación social” y las “sinergias” entre el Estado y la población más
pobre, así como viabilizar programas sociales puntuales y focalizados.
Por último, el Banco Mundial (2002) publicó un informe que propone un marco
teórico y empírico para crear y perfeccionar las instituciones necesarias
para el desarrollo de los mercados, basado en la Nueva Economía
Institucional. Reiterando la necesidad de un “Estado fuerte, capaz de
respaldar un sistema jurídico formal que complemente las normas existentes”,
que “respete las leyes y se abstenga de actuar en forma arbitraria” (ibid:5),
se volvió a enfatizar que para impulsar el crecimiento económico y reducir
la pobreza, no basta adoptar políticas macroeconómicas correctas. También es
necesario asegurar el montaje y el funcionamiento de instituciones
adecuadas. Si esto ocurriese, las oportunidades de mercado aumentarían y
ambos objetivos serían atendidos. Este es el punto central del argumento: si
los mercados no funcionan con “eficiencia” ¾ es decir, no incentivan la
inversión y, en consecuencia, no aumentan la productividad ni se dan
oportunidades de acumulación ¾, no habrá desarrollo económico. De acuerdo
con ese enfoque, lo que limita las oportunidades de mercado son: a) los
elevados costos de transacción derivados de la falta de información
adecuada; b) los problemas de definición y observancia de los derechos de
propiedad; c) las “fallas” de gobierno y de mercado que dificultan el
ingreso de nuevos competidores ¿Qué deberían hacer las instituciones para
solucionar estos problemas? En la práctica, básicamente tres cosas: a)
procesar y difundir informaciones sobre situaciones de mercado, sus bienes y
participantes, de modo que los agentes económicos tengan bien claro qué es
lo que está siendo objeto de transacción; b) definir y hacer observar los
derechos de propiedad y los contratos, determinando quien logra que
mercancías en que momento y garantizando la seguridad de las transacciones;
c) regular la competencia mercantil siempre con el fin de extenderla a todos
los ámbitos de la vida social (de lo individual a lo colectivo, de lo rural
a lo urbano, de la agricultura a las finanzas).
3. ¿Más allá del Consenso de Washington? Posiciones en el seno del Banco Mundial sobre el desarrollo económico y la reforma del Estado
Como se puede comprender
en esta breve reseña, durante los años 90 la agenda política del Banco
Mundial enfatizó cada vez más la reforma del Estado como condición para
consolidar las reformas estructurales y retomar el crecimiento económico. El
enfoque “amistoso con el mercado”, diseñado en 1991, establecía como un
imperativo mejorar la eficacia del Estado, entendida como el
perfeccionamiento de la gestión pública, el fortalecimiento de las
instituciones públicas, la delimitación de prioridades estratégicas y la
ampliación de los márgenes de libertad de los mercados. Ya no se trataba de
reducir el Estado al “mínimo” y sí de construir un Estado “eficiente”. Se
llegó a comprender que la reforma institucional constituía la dimensión que
faltaba al Consenso de Washington (Williamson, 2004).
Durante la elaboración del informe de 1997 sobre el papel del Estado en las
reformas estructurales, tuvo lugar un intenso debate en el seno del Banco
Mundial sobre la necesidad de sobrepasar el Consenso de Washington y
inaugurar una nueva generación de reformas. Esa discusión se hizo pública en
1997-1998, influenciando en mayor o menor medida a otros organismos
internacionales. Es posible distinguir dos vertientes según el grado de
adhesión a las premisas del pensamiento neoclásico y a la formulación
original del Consenso de Washington (Vilas, 2000; Bustelo, 2003). La primera
y más ortodoxa defendía una agenda de reformas institucionales considerada
vital para complementar las políticas inspiradas en el Consenso de
Washington y garantizar su eficacia. Sus exponentes más notorios fueron
Shahid Javed Burki y Guillermo Perry, respectivamente vicepresidente y
economista jefe del Banco Mundial para América Latina y el Caribe. La
segunda, más heterodoxa, criticaba más directamente al Consenso de
Washington, preconizando la necesidad de regulación estatal en ciertas áreas
donde el libre mercado no bastaría para asegurar el desarrollo. Su exponente
más conocido fue Joseph Stiglitz, ex-jefe del Consejo de Consultores
Económicos del gobierno de Clinton y entonces economista jefe y vice-presidente
señor del Banco Mundial. A continuación ambas vertientes son
analizadas más detalladamente.
Burki y Perry (1998 y 1997) argumentaban que las reformas de la primera
generación habían sido exitosas al controlar la inflación y desmontar los
principales instrumentos de sustentación del modelo nacional-desarrollista,
lo que era visto como fundamental para aprovechar los posibles beneficios
del volumen creciente de intercambio comercial y de los flujos de capital.
Sin embargo, según ellos, esas reformas no tuvieron la misma eficacia en
lograr tasas de crecimiento sostenibles, ni tampoco en reducir
significativamente la pobreza, cuyo “alivio”, en América Latina y en el
Caribe, se habría dado en función de la “disminución de las tasas de
inflación y de un modesto crecimiento y no de las consecuencias
redistributivas de la liberalización financiera y comercial” (ibid, 1998:1).
Para lograr ambos objetivos, recomendaban completar el Consenso de
Washington con reformas en cuatro sectores considerados estratégicos:
finanzas, educación, justicia y administración pública.
En el primero, lo principal sería crear redes para proteger al sistema
bancario privado contra crisis financieras, desviando de forma más
equilibrada el riesgo hacia el Estado. De este modo, esas redes deberían
suministrar informaciones adecuadas sobre la calidad de las operaciones y la
cartera de los bancos, proveer seguros de protección a los depósitos,
ofrecer mecanismos de préstamo en última instancia, exigir requisitos
mínimos de capital para entrar en el mercado financiero, supervisar las
operaciones, garantizar políticas de salida, proporcionar créditos para que
los “pobres” inicien un negocio (por ejemplo, compra de tierras) y, por
último, disminuir el “riesgo moral” (moral hazard) y la especulación
inseridos en la propia existencia de mecanismos más sólidos de protección y
salvaguarda.
En la esfera educacional, la reforma debería avanzar en la descentralización
administrativa, estimular la competencia entre escuelas públicas y privadas
por financiamiento, expandir la prestación de servicios privados financiados
por el Estado y vincular la remuneración de los profesionales hacia metas de
desempeño. Enfatizan la necesidad de desarticular la resistencia de los
sindicatos de profesores, principalmente por el estímulo a la competencia en
el seno de su base social (remuneración por productividad, reconocimiento
público, etc.), así como mejorar la propaganda sobre los efectos “positivos”
de las reformas. El objetivo explícito era capacitar la fuerza de trabajo
para elevar la productividad de las empresas en disputa por posiciones en el
mercado internacional.
En el campo judicial, el eje del cambio estaría en estandarizar el trabajo
de los magistrados, en introducir esquemas de remuneración condicionados a
metas de desempeño, informatizar los servicios, simplificar los trámites
procesales, reducir los costos judiciales y en adoptar, por parte de los
jueces, un equilibrio entre el cumplimiento de la ley y la obediencia a
órdenes superiores. La reforma debería centrase, sobre todo, en la base de
incentivos que orienta el comportamiento de la burocracia (jueces y
funcionarios), incorporando técnicas de reconocimiento y mérito ya
utilizadas en el sector privado.
En materia de
administración pública, aunque destacasen la ausencia de un paradigma claro
de reforma ¾ como el que surgió en áreas de política macroeconómica,
liberalización de la economía y privatización ¾, Burki y Perry difundían una
agenda de cambios cuyo eje residiría en incorporar métodos de gestión
entonces empleados por el sector privado. Esto exigiría opciones encaminadas
a: a) impulsar el proceso de descentralización y elevar el grado de
delegación en la toma de decisiones (sobre todo para niveles de jerarquía
inferiores); b) aumentar el nivel de competencia en el seno de la
burocracia, vinculando todas las funciones a esquemas de gratificación
basados en el desempeño; c) implementar formas de gestión orientadas a
satisfacer al “cliente”, concediéndole “voz” y “participación” en ciertas
áreas y etapas de la prestación de servicios; d) reducir el aparato estatal,
dimitiendo funcionarios, y reorganizar la oferta de servicios públicos,
transfiriendo diversas actividades al sector privado; e) basar todas las
agencias y actividades de la administración pública en la lógica mercantil
mediante la competencia entre órganos públicos por financiamiento. Ese
conjunto de acciones debería disminuir la “informalidad” en el seno de la
administración pública y “acercarla” al sector privado y al “pueblo”,
aumentando su capacidad para responder a las demandas económicas y sociales.
Quedaron pendientes cuestiones vinculadas a la mejor continuidad de las
reformas y a la velocidad adecuada de implementarlas.
Para complementar las reformas en las cuatro esferas antes mencionadas,
Burki y Perry (1997) recomendaban a los gobiernos de América Latina y del
Caribe que dieran máxima prioridad a la liberalización de los mercados de
trabajo y a la tierra. En el primer caso, se trataba fundamentalmente de
modificar la legislación laboral y toda la estructura de la justicia laboral
con el fin de reducir los costos de contratación y la dimisión de
trabajadores y disminuir el poder de negociación de los sindicatos. En el
segundo caso, se trataba, por una parte, de modificar las legislaciones
agrarias con el objetivo de estimular al máximo las transacciones de compra
y venta y de arrendamiento de tierras (incluso aquellas objeto de reformas
agrarias pasadas) y así, favorecer la entrada de productores rurales
“eficientes” y la salida de productores “ineficientes”, siempre en la óptica
del capital agroindustrial-financiero; por la outra parte, se proponen
acciones para aliviar de manera focalizada la pobreza rural y, al mismo
tiempo, incrementar las transacciones del mercado de tierras formal como,
por ejemplo, la concesión de préstamos con algún subsidio a trabajadores
rurales para la compra de tierras y el otorgamiento de títulos de propiedad
a poseedores informales.
Los trabajos de Burki y Perry no traen elementos realmente nuevos al enfoque
“amistoso con el mercado”, pues se basan en las premisas fundamentales del
pensamiento neoclásico y reiteran todas las directrices del Consenso de
Washington, dedicándose a completarlo y a profundizarlo. Como afirma Vilas
(2000:8), su contribución al debate reside tan sólo en organizar, de una
forma sistematizada y clara, las acciones pendientes del ajuste estructural
hasta entonces relativamente dispersas.
La segunda vertiente expresada por la posición adoptada por Stiglitz (1998 y
2000), afirmaba que el Consenso de Washington tenía un foco muy estrecho,
defendía políticas incompletas y, en algunas ocasiones, equivocadas, por: a)
privilegiar en demasía el área macroeconómica, descuidando completamente
otros aspectos vitales del desarrollo; b) enfatizar excesivamente la
reducción de la inflación, lo que habría llevado a la defensa de políticas
macroeconómicas que no necesariamente eran las mejores para promover el
crecimiento; b) dejar a un lado otras fuentes de inestabilidad
macroeconómica, como la debilidad del sistema financiero; c) privilegiar la
liberalización financiera sin el debido montaje de una estructura
institucional de regulación y supervisión que fortaleciese el sector
bancario y redujera su vulnerabilidad externa; d) confundir medios y fines,
de modo que la triade liberalización comercial, desregulación y
privatización habría ocupado indebidamente el lugar del fomento a la libre
competencia.
La propuesta de Stiglitz establecía dos grandes objetivos intervinculados:
ampliar la concepción del desarrollo ¾ incorporando metas como equidad
social, educación, innovación tecnológica, protección ambiental,
participación y superación del “tradicionalismo” en la vida social ¾ y
mejorar el funcionamiento de los mercados. Para alcanzarlos, sería necesario
realizar una segunda generación de reformas estructurales que privilegiase
tres grandes áreas. La primera sería la creación de
un marco legal y instrumentos de regulación que fortaleciesen el
sistema financiero y estimulasen la competencia en todos los sectores de la
economía, pues sólo así tendría sentido avanzar en el proceso de
liberalización y privatización. La segunda sería la
construcción del “capital humano” (dándole educación básica), la
promoción de la innovación o transferencia (en el caso de países más
atrasados) de tecnología y el montaje de redes de protección social para los
segmentos más pobres de la población. La tercera sería la creación de
mecanismos de participación social que articulasen y movilizasen toda la
sociedad hacia el proceso de cambio estructural.
Stiglitz recomendaba algunas propuestas
económicas específicas, por ejemplo: a) establecer leyes antimonopolio
efectivas y unificar en un solo bloque las leyes de competencia o de
comercio justo a nivel internacional; b) abandonar el control de la
inflación como prioridad fundamental para más de la mitad de los países en
desarrollo, estableciéndose como tope la tasa de 15% al año; c) buscar
formas variadas para mejorar el déficit presupuestario y en cuenta
corriente, y no la mera reproducción de fórmulas esquemáticas de austeridad
fiscal; d) abandonar las altas tasas de intereses como medio por excelencia
para atraer capital extranjero.
Para
Stiglitz, ese conjunto de medidas exigiría superar visiones que establecen
una división esquemática de sectores y actividades que deben quedar bajo
control del Estado y del sector privado. Reconociendo que el Estado debe,
antes de todo, complementar los mercados, recomendó que el Estado debería
corregir fallas de mercado cuando fuese necesario, actuando temporalmente
como un “catalizador” para resolver problemas de escases de oferta de
determinados bienes y servicios. Sin embargo, en cuanto los problemas fuesen
resueltos, la actividad debería ser concedida o devuelta al sector privado.
Stiglitz fue enfático al defender que el “nuevo consenso” debería ser
asimilado por los grupos dirigentes nacionales y convertido en una
plataforma de cambios apoyada por una amplia coalición social. Sólo a partir
de esa “interiorización” se podría articular el mejor formato y la mejor
secuencia para las reformas de segunda generación.
En lo referente a la reflexión sobre la relación entre Estado y mercado en
el desarrollo, la vertiente encabezada por Stiglitz se distanció más del
pensamiento neoclásico que las propuestas de Burki y Perry (Bustelo, 2003;
Vilas, 2000). Su objetivo era mejorar el funcionamiento del mercado y
ampliar su margen de libertad, pero eso requería, según esa visión, un
Estado capaz de complementar sus actividades, corregir sus fallas y orientar
los agentes económicos en determinados aspectos. Al parecer, la perspectiva
de Stiglitz tenía más puntos en común con la estrategia del Este Asiático
que con la ortodoxia neoliberal. En ese sentido, ella implicaba un mayor
cuestionamiento del Consenso de Washington.
Sin embargo, mientras estuvo en el Banco Mundial, Stiglitz no rompió con el
programa básico de ajuste estructural, ni tampoco abandonó premisas
fundamentales de la teoría neoclásica. Por esta razón,
sus intervenciones fueron poco innovadoras desde el punto de vista
teórico y no lograron ofrecer uma salida para la camisa de fuerza de la
restauración liberal-conservadora (Fiori, 2000:40). De hecho,
sirvieron más para defender una propuesta pragmática de regulación de los
mercados, que para construir una alternativa efectiva al Consenso de
Washington (Vilas, 2000:17). Por otro lado, Stiglitz no aclaró cuáles
agentes sociales podrían llevar adelante ese tipo de propuesta. Era como si
el desarrollo consistiese solamente en ampliar metas y emplear instrumentos
adecuados, sin realizar cualquier tipo de cambio en las relaciones de poder
político y económico vigentes a nivel nacional e internacional. En resumen,
Stiglitz no indicó claramente “quien” debía ganar y perder, ni que coalición
de poder apoyaría su propuesta.
A juzgar por los informes sobre desarrollo mundial de 2001 a 2005, la
vertiente de Burki y Perry es la que viene distinguiendo las acciones del
Banco Mundial desde el acalorado debate de 1997-1998, principalmente después
de la salida de Stiglitz del Banco Mundial en enero de 2000. Se trata de la
defensa de una segunda generación de reformas estructurales, cuyo programa
sería, al decir de Rodrik (2002), un Consenso de Washington “ampliado”,
dirigido a construir las “instituciones económicas del capitalismo” (Naím,
1996), más flexible en cuanto a los instrumentos de política económica y con
algunas políticas “sociales”, más atento con respecto al modo de
implementación (continuidad y velocidad) y preocupado con tener una mayor
aceptación política y social. Vale recordar que el Fondo Monetario
Internacional continúa siguiendo los postulados más neoliberales del
Consenso de Washington, como se evidenció por la forma como fue tratada la
crisis financiera argentina de 2001-2002 (Bustelo, 2003:7). Sin embargo,
esto no impide que ambos (BM y FMI) continúen trabajando juntos a favor de
la liberalización económica y la profundización de las contra-reformas
estructurales (cf. Banco Mundial, 1995, 1997a, 2000 y 2004a). Hasta ahora,
no hay señales de que la gestión de Paul Wolfowitz cambie el rumbo
fundamental que el Banco Mundial ya venía tomando.
4. Despolitización del
Estado, naturalización del ajuste estructural y promoción del nuevo bloque
de poder capitalista
Por lo expuesto
se puede ver claramente que el Banco Mundial reduce el Estado a una
maquinaria administrativa y lo define como algo separado por completo de la
sociedad. Esta es la forma tradicional y más simplista de abordar el tema,
pues obscurece la comprensión de la naturaleza política del Estado.
El registro teórico que informa este trabajo es otro. Junto con Gramsci
(2000:47), entiéndase aquí que la diferencia entre Estado y sociedad no es
de carácter “orgánico” y sí “metodológico”, pues el Estado no es algo fuera
de la sociedad y sí a su propia organización, en la medida en que combina
cohersión y consenso, dominación y dirección. En su sentido más amplio, el
Estado condensa, expresa e institucionaliza relaciones sociales de clase en
el territorio nacional, articulándolas a la división internacional del
trabajo y a la gestión interestatal del capitalismo
(Poulantzas, 2000). Esta concepción permite adoptar una perspectiva
multidimensional según la cual el Estado es concebido, simultáneamente,
como: a) un pacto de dominación mediante el cual una alianza de
clases construye un sistema hegemónico; b) un conjunto de aparatos
burocráticos capaz de transformarse, en ciertas condiciones, en un actor
corporativo; c) una arena de lucha por el poder político en la
que se definen proyectos de organización y dirección de la sociedad; d) el
representante de los intereses universales de la sociedad y de la
nacionalidad (Borón, 1994:254-255). Limitar el análisis del fenómeno estatal
a una u otra dimensión implica dejar de comprender su complejidad histórica.
Asumir tal perspectiva es importante, porque en la etapa actual de
reestructuración regresiva del capitalismo, el Estado viene cumpliendo un
papel activo para garantizar las condiciones necesarias para la acumulación
del capital, la reducción del costo de reproducción de la fuerza de trabajo,
la conversión de derechos sociales en bienes mercantiles privados y el
control y la fragmentación del mundo del trabajo (Wood, 2000; Borón, 2001).
Por todo eso, esta concepción coloca el problema de la reforma del Estado en
otro terreno, permitiendo analizar de forma crítica la lógica y las
implicaciones del enfoque “administrativista” difundido por el Banco
Mundial.
Así, se puede afirmar que,
contrariamente a lo que habitualmente se supone, el Consenso de Washington
no se limitó a un programa económico. De hecho, sus orientaciones operaron
una profunda reforma del Estado, una vez que modificaron la matriz de poder
en las sociedades, sobre todo en América Latina. Como bien afirma Vilas
(2001:9), los procesos de privatización, apertura comercial y
desregulamentación de la economía modificaron profundamente la configuración
de la propiedad y de la riqueza, redefiniendo el peso económico e
institucional de los agentes y impulsando nuevas articulaciones entre
grandes grupos capitalistas locales y agentes más dinámicos de la
globalización financiera. En nombre de la racionalidad técnica y de la
observancia de los cánones macroeconómicos, ese proceso llevó a la
consolidación de un bloque de poder substancialmente distinto del que había
existido en la era keynesiana/desarrollista del capitalismo. Esto porque
dejó de privilegiar a sectores industriales vinculados al mercado interno,
aumentó el grado de mercantilización de la vida social, disminuyó las
concesiones al mundo del trabajo en términos de derechos sociales y, sobre
todo, garantizó las condiciones para la acumulación ampliada del capital
financiero.
El enfoque “administrativista” del Banco Mundial responde a ese proceso y
fue concebido para promoverlo (Vilas, 1997:150). Al privar la comprensión
del Estado de su dimensión política y de los nexos histórico-estructurales
entre la acción estatal y la reproducción del capital, tal enfoque
naturaliza el arreglo de poder generado por dos décadas de transformación
neoliberal. De esta forma, a partir de ese nivel ya dado, al Estado sólo le
correspondería manejar los instrumentos necesarios para mantener un orden
social que se supone constante y cuyos fundamentos permanecen en el marco de
lo indiscutible (Vilas, 2000:10). La “despolitización” del Estado sólo le
interesa a los agentes situados en el tope de la estructura de poder
capitalista internacional y nacional, lo que revela íntegramente la
naturaleza de clase das propuestas del Banco Mundial.
Tampoco es por casualidad que la “Nueva Economía Institucional” constituye
la base teórica de las posiciones del Banco Mundial a lo largo de los años
1990. Al definir las instituciones como normas y mecanismos formales y
informales que orientan y aseguran el comportamiento de individuos y
organizaciones, el Banco (1993:7-8) establece como objetivo a alcanzar por
todos los países un modelo de desarrollo basado en una lectura fetichizada
de la trayectoria del mundo anglosajón, cuyo presupuesto es una asociación
abstracta entre libre iniciativa, propiedad privada y progreso económico[4]
(Medeiros, 2001:86; Vilas, 2000:13). Se trata de una visión
profundamente etnocéntrica de desarrollo, que replantea la idea de que el
secreto del desarrollo capitalista está en la capacidad, mayor o menor, de
los “pueblos atrasados” de reproducir las creencias y instituciones que
tuvieron “éxito” en los países más avanzados (como en los tiempos de W.W.
Rostow), no reconociendo la legitimidad de otras trayectorias, prácticas y
experiencias (Fiori, 2000:39). Esto es agravado por el hecho de que el Banco
Mundial universaliza como meta a alcanzar un modelo ficticio de selección
racional en el que individuos orientados por una motivación utilitarista
disponen de igual y libre acceso a informaciones (Vilas, 2000:13-4).
Coherente con esa posición etnocéntrica, la cuestión del desarrollo de los
países periféricos parece resumirse tan sólo en definir la mejor secuencia
de las reformas estructurales y el arreglo
institucional más adecuado para implementarlo, pues los objetivos y el
conjunto de instrumentos propuestos son siempre los mismos. A los operadores
locales cabería tan sólo aplicar de la forma más “nacional” posible una
receta elaborada desde el exterior.
Por otro lado, al reducir la problemática del desarrollo al tema de la
ingeniería institucional, el Banco Mundial obvia una advertencia decisiva
del propio North: “las instituciones no fueron creadas para ser eficientes,
sino para servir a los intereses de los grupos con suficiente poder de
chalaneo para imponer reglas” (North, 1995:20 apud Fiori, 2000:40).
Las directrices preconizadas por el Banco Mundial alimentan la
mercantilización de bienes y servicios que antes se consideraban públicos,
es decir, inscriptos en la lista de derechos que constituyeron la
“ciudadanía” resultante, por un lado, de un cierto equilibrio de poder entre
las clases sociales en la post-guerra y, por otro, de la disputa ideológica
durante la Guerra Fría. En ese sentido, ellas contribuyen a aumentar el
grado de “desciudadanización” de la vida social (Borón, 2001 y 1995),
evaluado por el quantum de la reproducción de individuos y grupos
dependientes de la simple compra y venta de bienes y servicios. El avance de
ese proceso expresa la urgencia de nuevos frentes de acumulación y nuevas
relaciones de poder, cuya institucionalización depende del Estado.
Por otro lado, el proceso de contra-reforma del Estado también amplia
selectivamente el propio Estado ¾ en el sentido gramsciano del término
¾, en la medida en que incorpora a la prestación de servicios públicos y a
la formulación y ejecución de programas sociales una gama seleccionada de
asociaciones privadas (sobre todo ONGs), que acaban dando funcionalidad a la
política social paliativa y filantrópica exigida por el ajuste neoliberal (Fontes,
2005:114-5). Legitimada y estimulada financieramente por el Banco Mundial,
ese proceso de “ONGuización” de la gestión de la política social está
asociado a un nuevo enfoque de alivio de la pobreza “dirigido por las
comunidades” (community-driven approach). Por medio de fondos
sociales de apoyo a pequeños proyectos, los recursos son destinados
directamente a las “comunidades” o a las asociaciones vinculadas a ellas.
Así, la gestión descentralizada de recursos aparece como forma de, a partir
de las “comunidades”, elevar la “participación” de los “pobres” en las
políticas públicas, lo que, a su vez, aumentaría sus “oportunidades” de
superar la pobreza vía inserción más “calificada” en el mercado de trabajo o
incluso como “pequeños empresarios” (Banco Mundial, 2001).
Este tipo de propuesta, aparentemente seductora, construye una imagen de valorización de la autonomía y del protagonismo individual y popular que, en rigor, no corresponde a la realidad. Es verdad que el Banco Mundial estimula cada vez más la participación de los “beneficiarios” en sus proyectos, pero lo hace después de décadas de enorme fracaso de los mismos, especialmente en el área rural. A un alto precio, el Banco (1992) “descubrió” que el exceso de centralización de decisión y ejecución perjudicaba el desempeño de los proyectos que él mismo financiaba.
Por otra parte,
investigaciones indican que en algunas ocasiones el manejo de fondos
sociales comunitarios, así como el diseño de los proyectos, se orientan más
en función de la creación o retribución de lealtades políticas que
propiamente de acuerdo con la localización de los grupos más pobres (Vilas,
1998). Esto es algo muy distinto a lo que afirma el discurso del Banco
Mundial sobre su supuesta racionalidad técnica y neutralidad política.
Por último, la práctica efectiva de la “participación” ocurre de forma
instrumentalizada y selectiva, una vez que: a) jamás se incorpora en las
decisiones sobre préstamos de ajuste estructural y reforma sectorial,
limitándose a proyectos sociales de carácter paliativo y, en algunos casos,
claramente asistencialistas; b) discrimina a una amplia gama de sindicatos y
movimientos sociales (campesinos, indígenas, etc.), enfocando sólo a ONGs y
a asociaciones comunitarias, muchas veces creadas apenas para tener acceso a
los recursos; c) obedece al propósito de favorecer la legitimización de los
programas implementados con frecuencia bajo fuertes críticas de
organizaciones del mundo laboral (Casaburi et al., 2000). En resumen, de la
forma en que es operada por el Banco Mundial, la “participación social”
incide en el margen de las políticas de ajuste, sirviendo más para
legitimar y dar funcionalidad a su reproducción que para fomentar el
protagonismo y la autonomía populares.
A pesar de reducir la crisis del Estado latinoamericano a la dimensión
fiscal, el Banco Mundial no apoya medidas contundentes para combatir el
“veto contributivo” que ejercen las clases dominantes en la región desde el
período neocolonial, cuando “los conquistadores y colonizadores no debían
pagar impuestos y sí recibir tributos de los nativos” (Borón, 2005:36). Las
propuestas de reforma tributaria del Banco difícilmente tocan el tema de la
tributación progresiva sobre la riqueza y la propiedad, y cuando lo hacen, o
bien insisten en el argumento conformista de que no existe “correlación de
fuerzas” favorable, o simplemente reiteran que bancos y empresas no pueden
ser “penalizados”, ya que eso comprometería la “estabilidad económica”.
Difícilmente se podrá hablar de una verdadera reforma del Estado, sobre
todo, en la tan injusta América Latina, si este veto no fuera desafiado con
firmeza.
Sin dudas, es fundamental combatir la corrupción y mejorar la eficacia, la eficiencia y la transparencia de la administración pública, especialmente en aquellas sociedades en que la separación entre lo “público” y lo “privado” siempre fue una pieza de ficción hacia los grupos dominantes. Sin embargo, como bien afirma Vilas, “una buena administración no mejora la calidad de los objetivos de las políticas a cuyo servicio se desarrolla” (2001:15). Sin tener en cuenta los objetivos de la acción estatal, cualquier debate sobre el tema tiende a garantizar la configuración de poder que sustenta el orden social vigente.
Hasta aquí, la “reforma del Estado” preconizada por el Banco Mundial sirvió a este propósito fundamental: consolidar institucionalmente una fase ultra-regresiva del capitalismo, caracterizada por la supremacía del capital financiero, por el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo y por la destrucción de derechos sociales arduamente conquistados. La “equidad” propuesta por el Banco Mundial queda restringida a los márgenes del sistema. Cualquier política de carácter redistributivo ¾ es decir, que alcance parcelas de la riqueza acumulada por la burguesía y modifique las relaciones de poder entre las clases sociales y fracciones de clase ¾ es terminantemente rechazada por el Banco Mundial.
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NOTAS
[1] En las más de 300 páginas del informe, no se hace ni siquiera una sola mención a la categoría “explotación”. En el fondo, todo el texto se basa en un argumento tautológico: los pobres son pobres porque no tienen “activos”, “oportunidades” y “voz”, y no los tienen porque son pobres.
[2] Sobre la base de los trabajos de Douglas North, el Banco Mundial define instituciones como “normas formales e informales y los mecanismos para asegurar su cumplimiento, que configuran el comportamiento de individuos y organizaciones en una sociedad” (Burki & Perry, 1998:11).
[3] Wade (1997) analiza detalladamente este informe, mostrando los embates políticos que le dieron origen, así como las divergencias internas en el propio Banco Mundial.
[4] Un ejemplo de ese abordaje es el libro de Hernando de Soto (2001), principal asesor del presidente Alberto Fujimori e fundador del Instituto Liberdad y Democracia, un importante centro de formulación de políticas neoliberales con sede en Lima, Perú.
*Brasileño, nacido en 1977 en la ciudad de Rio de Janeiro. Historiador, doctorando en Historia por la Universidad Federal Fluminense, Niterói, Brasil. Es autor de A reforma agrária de mercado do Banco Mundial: fundamentos, objetivos, contradições e perspectivas. São Paulo, Hucitec, 2006 (en imprenta).
Tomado de La Jiribilla
Este ensayo recibió el segundo premio de el concurso Pensar a Contracorriente, 2006.