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El viernes 30 de junio de 2006 falleció
Luz Ibarburu, a los 84 años. Fue fundadora de la organización Madres y
Familiares de Uruguayos Detenidos y Desaparecidos.
Era la madre de Juan Pablo Recagno,
Transcribimos el reportaje que realizarán Antonio Dabezies y Guillermo Reimann y
publicara la revista Guambia el 24/12/05.
"TABARÉ SIEMPRE NOS HA DICHO: 'HASTA DÓNDE VAYAN USTEDES VOY YO'. A MÍ PERSONALMENTE ME IMPORTA MÁS LA JUSTICIA, QUE LOS RESTOS"
Fue de las primeras madres que salieron a buscar a sus hijos, hace casi 30 años. Debió pasar de los temores y presunciones iniciales, a la sospecha, a la posibilidad cierta, negada, inconfesada. Debió sobreponerse a la angustia y al dolor individual, y colectivizar el drama, compartirlo con otras mujeres -muy pocas al principio- que como ella decidieron salir a la calle reclamando por hijos y nietos. Luz Ibarburu de Recagno (81), fundadora de Madres y Familiares de Uruguayos Desaparecidos, atribuye a su buena salud física y mental a mantenerse activa, entusiasta, dedicada por completo a lo que ha adoptado como razón primera de vida. Al igual que los rostros de las pancartas, ella misma se ha convertido en figura emblemática: un rostro duro, de expresión fría y poco simpática, "sintética" como ella misma se define. Rasgos que remiten tal vez a su inveterada timidez, o quizás a reservas espirituales y a sensibilidades que resultó preciso seguir protegiendo. Vaya, pues, de este modo y en esta noche tan especial, nuestro reconocimiento al compromiso y a la lucha de todas las madres cuyo legado de verdad y justicia nos siguen dejando en el arbolito de cada navidad. Salú.
-Ustedes son muchos hermanos, ¿no?
-Nosotros éramos ocho hermanos. Mis padres tuvieron nueve hijos pero una hermana mía murió antes de yo nacer. Que llevaba mi nombre, por otra parte. Una tía le pidió siempre a mi madre que le pusiera Luz a una de sus hijas, pero mi madre decía: "No... mirá si es media negrita o si sale algo tontuela ¿cómo le voy a poner Luz?". Pero luego cuando nació esta hermana, como mi tía estaba muy enferma, mi madre por darle le gusto le puso Luz. Y después, bueno, el nombre me tocó a mí.
-¿Sos de las más jóvenes?
-Soy la última, y quedamos dos con vida: yo y Estela, la que me sigue a mi. Éramos todos bastante seguidos, entre la mayor y yo había trece años nomás. Algunas muertes fueron muy dramáticas, dos fueron suicidios.
-¿Cómo era el reparto, entre tantos hermanos?
-Mirá, mis padres nunca, jamás, le pegaron a un hijo. Mi madre tenía una enfermedad que en aquel tiempo se llamaba "melancolía delirante". El tema era que durante años podía estar regia o podía sucumbir a la tristeza más profunda, sin querer hacer nada, ni comer ni bañarse. O sea que era como dos personas; entonces, cuando ella estaba sumergida en su enfermedad, nosotros quedábamos a cargo de la tía Nena, que tenía una marcadísima preferencia por la que suscribe: ¡una injusta preferencia! (se sonríe).
-¿Eso no te traía problemas con las otras?
-¡Pero claro! Mi tía le decía a mi hermana, a la que me sigue: "Las niñas deben trabajar: ¡lava tu túnica y la de tu hermanita!". Esa tía nuestra era una mujer de armas llevar; me acuerdo que cuando estuvimos viviendo por Millán y Raffo, una vez en la calle, un obrero, trabajando, le pegó sin querer con el pico a otro, y estaba todo el mundo esperando que viniera la policía y mi tía se metió: ¡qué policía ni policía! Lo cargó en una cachila que tenía, y se lo llevó al hospital.
-Una mujer decidida, ¿no?
-Y con 20 y pocos años se había ido a estudiar, sola, a Suiza. Ella acá era docente, y se fue a especializarse en enseñanza para niños con discapacidades. Y las tarjetas que mandaba desde Suiza eran todas: "Para mi corazoncito y sus hermanos". Era una mujer especial, en mi corazón tengo un pedacito para ella.
-¿Así que en tu casa alternaban períodos, según la salud de tu mamá? -Sí, sí: cuando ella estaba bien, era una casa muy alegre, con música y nosotros cantábamos a coro, muy lindo. Y me parece que entre mis padres había muy buen vínculo. Mi padre era una persona muy tranquila, muy paciente, y sufrió mucho por los problemas de mi madre.
-¿A qué se dedicaba él?
-Bueno, te cuento: mi abuelo había venido a cargar bolsas al Molino de Pérez, y cuando murió le dejó una estancia a cada uno de sus dos hijos. Mi padre se encargó de la estancia hasta que se fundió, y tuvo que ponerse a trabajar en el escritorio de cuestiones agrarias de Antonio Rubio, el que fue Consejero de Estado después. Cuando pasó eso, nosotros estuvimos muy mal económicamente, y vivimos con una abuela, la madre de mi padre, hasta que nos pudimos mudar; primero a una casita muy modesta ahí por Millán y Raffo, y después a la Aguada, en Venezuela y Yaguarón.
-¿A qué liceo fuiste?
-Fui al liceo Bauzá, ¡inauguré el Bauzá viejo! Pero no tenía la menor idea de lo que iba a seguir, me gustaban todas las materias. Me resultó muy difícil decidirme, pero como tenía facilidad para las matemáticas y no podía ser docente, porque yo tenía una timidez enfermiza, y además era y sigo siendo muy sintética, me resultaba difícil decir las cosas de distintas maneras... y un docente no puede ser así. Al final me inscribí en Ingeniería, pero resultó que el docente de matemáticas hablaba para tres genios de la clase, ¡yo no entendía un pito! Entonces me cambié para Ciencias Económicas.
-¿Te recibiste?
-Sí, soy contadora. En aquel tiempo conseguías trabajo pronto siendo estudiante de Ciencias Económicas, y entré a trabajar en la oficina de Impuesto a la Renta que dirigía Faroppa. Pero a las mujeres nos ponían como administrativas, y a los hombres como técnicos... entonces otras dos mujeres y yo fuimos a reclamarle, y nos puso como inspectoras. A mí de entrada me mandó a siete pueblitos de Canelones, que me acompañó mi madre porque yo estaba muerta de miedo (se ríe). Por suerte no tuve que estar mucho tiempo en eso. Pero me hizo mucho bien, porque tuve que combatir mi timidez, que yo arrastraba como una lacra. En el liceo algunos profesores me hacían las preguntas por escrito, porque se daban cuenta que yo era un temblor...
-¿Por qué eras tan tímida?
-Yo pienso que debe haber sido por todas las angustias vividas en casa, la enfermedad de mi madre y eso. E incluso empecé a ejercer como Contadora en una empresa del marido de mi hermana, y seguí siendo tremendamente tímida. Una vez, estando ya casada, a un vecino le hice un trabajo y yo no le quería cobrar, ¿cómo le iba a cobrar a un vecino, a un amigo? Me daba vergüenza. Entonces él me regaló una caja de bergamotas... Mi marido me tomaba el pelo de lo lindo: "Si no le cobrás a los amigos ¿a quién le vas a cobrar? Los enemigos no te traen trabajo", me decía.
-¿Dónde conociste a tu marido?
-Lo conocí antes de recibirme, trabajando como estudiante en la Caja de Ahorro Postal; él trabaja ahí. Mi marido era una persona muy inocente, muy ingenuo... Una vez me acuerdo que me recomendó una película que fuimos a ver con una amiga, y cuando salimos del cine mi amiga me dijo: "Ay, Luz ¡no te podés casar con un hombre que te recomendó una película como ésta!" (se ríe).
-¡Él, ingenuo y vos, tímida!
-Sí, qué cosa... No, pero después dejó de ser ingenuo. Ahora cuando te contaba esto, me acordé de Alsina Thevenet, que éramos muy compañeros en aquella época y lo recordé mucho en estos días. Una vez Alsina nos recomendó una película que a nosotros nos pareció escandalosa, entonces después puso en la crítica, algo así: "esta película no es recomendable para jóvenes que van con la novia y con la madre de la novia al cine". (se ríe). Pero a mi marido le dijo: "¿sabés una cosa? te estimo más", porque lo vio tan auténtic o...
-¿Tuviste un noviazgo largo, como se usaba antes?
-No, habrán sido tres años. Pero fue un noviazgo muy puritano, los dos éramos muy puritanos y muy católicos. Yo me recibí en el 49, él se recibió de escribano y nos casamos en 1950. En el 51 nació Pablo y en el 55 nació Andrés, y ahora su niño acaba de terminar la escuela... Yo antes decía: quiero vivir hasta que mi nieto termine la escuela; ahora digo: hasta que termine el liceo... (se ríe).
-Vos eras católica, pero tenías hermanas comunistas ¿verdad? -Sí, mi padre era un batllista progresista, y mis hermanas mayores fueron comunistas. Rita fue la más conocida; tuve dos hermanas presas por comunistas: Rita y Elena, y una de las que se suicidó también era comunista. Y mi madre era una católica total, pero cuando yo escuchaba a mi padre discutir de política con otra gente, yo pensaba: tiene razón mi padre. Mi madre ponía afuera la virgen cuando pasaba la procesión, y al otro día mi padre ponía al Pepe Batlle...
-¿No tenías mucha afinidad con tus hermanas mayores?
-No, porque hubo una situación que de alguna manera dividió a la familia, cuando mi madre se fue a vivir con mi abuela por sus problemas de salud. Yo siempre respeté las convicciones de mis hermanas, pero afectivamente me sentía alejada de ellas, nunca más volvimos a tener una relación afectiva. Siempre sentí que habían sido muy duras, muy injustas con mi madre. Es más: cuando estuvieron presas yo iba con Estela, la que me sigue, que las visitaba, pero yo nunca entré a la visita. Y después cuando estuviera internadas en una casa de ancianos, yo iba a verlas pero... ¿cómo te puedo decir? No era por el corazón, iba porque yo era la que podía ir, porque tenía la obligación de ir.
-¿Cómo fue la crianza de tus hijos?
-¡Facilísima! Solamente Andrés tuvo algunos berrinches de chico. Me acuerdo una vez que yo estaba amasando y se encaprichó con que yo le atara los championes, le dije «tenés que esperar un poquito» y ahí le vino un berrinche y lo sacudí un poco... Pero fue muy fácil; tuvieron una adolescencia tranquila. Creo que después de la desaparición de Pablo, nosotros excluimos mucho a Andrés con la intención de no sumergirlo en todo eso que a nosotros nos tenía tan absortos. Y creo que hicimos mal, porque él se sintió excluido. A veces por proteger a alguien, uno hace cosas indebidas.
-¿Después lo pudieron conversar?
-Muy poco, eh. A mí me cuesta mucho iniciar la conversación. Pero fueron muchachos de vida muy sana, de jugar en el barrio. La época en que edificamos una casita en Malvín, ahí fue una vida muy linda para los chiquilines. Teníamos una vecina enfrente que tenía muchos hijos, que el día en que nos mudamos la señora vino con una hija y un ramo de flores: "Soy la vecina de enfrente" me dijo. Fijate vos, algo muy poco usual. Lo que sí creo que hicimos mal, fue en enviarlos a colegios católicos.
-¿Por qué?
-Porque después ninguno de los dos fue católico, ni yo tampoco. Teníamos la escuela experimental de Malvín cerca, que era muy buena, pero primero a Pablo lo mandamos al colegio de los Maristas y después Andrés fue al Seminario. Creo que eso fue un error.
-¿A Andrés ya le gustaba la música de chico?
-Antes empezó Pablo. Yo no estudié ningún instrumento, cosa que después me arrepentí, pero en casa se escuchaba mucha música. En la época de los Beatles, Pablo se enganchó en un conjunto con tres de los Magnone: Alberto, Daniel y Estela; ganaron dos veces el concurso de "Cantando en Familia" y fueron dos veces a Europa. Pablo tocaba el bajo y Andrés -que estudió medicina y le quedaron dos materias para recibirse- dice que un día abrió el ropero y se encontró el bajo y ahí lo agarró. Después, como músico, eligió el contrabajo como instrumento.
-¿Tu forma de pensar cambia a partir de la militancia de Pablo? -Sí, yo dejé de practicar como católica el día que Pablo dejó, y después ya no creí en nada, entré a ver las cosas de otra manera. Mi marido no tanto. Yo era católica practicante, era de Acción Católica, pero un día dejé de ir a misa... y como que se cayó el telón y todo lo demás.
-¿Qué sentiste cuando te pasó eso?
-Una tranquilidad total, nunca sentí ni escrúpulos ni culpa ni nada de eso. Creo que tengo buena salud mental a pesar de todo. Y salud física, que también debe incidir.
-¿Te empezaste a sentir más cerca de Pablo?
-Sí, pero yo no me animaba a ninguna militancia riesgosa, la verdad es que yo soy muy cobarde. Dentro de lo posible hablaba con él, porque me daba cuenta de que tenía un lío en casa: venían amigos, se encerraban... Y creo que el día más aciago de mi vida fue cuando leí en el diario que habían metido preso al Flaco Rodríguez Larreta; entonces le pregunté: "Pablo, ¿vos tenés cosas en casa?", "No, vieja, no tengo nada" me dijo. Yo le mostré el diario y se puso como loco a sacar papeles de todos lados. Ahí me di cuenta de que la cosa era brava, tuve noción del riesgo, y sentí una angustia horrorosa.
-Él había empezado a militar como estudiante en el 68, ¿no? -Claro, fue tanta la entrega, la convicción que tenían... A mí me despertó siempre una profunda admiración cómo se entregaron a sus ideales. Y bueno, después lo llevaron preso en 1972, y estuvimos peregrinando por todos los cuarteles del interior. Estuvimos siete meses sin visita y sin saber dónde estaba. Estuvo en los cuarteles de Durazno, de Mercedes, de San José. Y salió en libertad en el 73, no llegó a ir al Penal de Libertad. Y después cuando salió se casó y se fue a Buenos Aires.
-¿Lo veías en Buenos Aires?
-Sí, cada vez que iba sentía una angustia tremenda. Al principio no sabía bien por qué, porque todavía ni se pensaba en desapariciones; pero a mí me provocaba un miedo enorme. Yo me encontraba con Pablo en alguna cita, y si demoraba diez minutos, me encontraba hecha una Magdalena. Bueno, yo siempre fui muy llorona...
-¿Cómo te enterás de la desaparición de tu hijo?
-Yo siempre digo: ¡cómo nos pudimos ir de viaje con mi marido! Estábamos en París, y una amiga nos dijo que había una lista de desaparecidos y uno de ellos era Pablo. Nos volvimos enseguida, pero pensando que estaba preso. Como ya habíamos estado siete meses incomunicados, pensamos que otra vez era algo así. Yo fui a hablar con el presidente del CELS (Centro Estudios Sociales Latinoamericano) y el hombre me dice: "Señora, qué le puedo decir, yo que hace un año que estoy buscando a mi hija". Ahí ya empezó el temblor, el temor de que esto fuera algo definitivo.
-¿Pudiste saber qué le pasó a Pablo?
-Pude saber algo, después, porque a él lo detuvieron con Alvaro Nores, y él nos mandó un informe de cómo había sido detenido y de que había estado en Orletti. También Rodriguez Larreta pudo hablar algo con él en Orletti.
-¿Hubo mucha incertidumbre al principio ¿no?
-Yo empecé a moverme en todo lo que podía. Fui a ver al Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados, y me dijo que no fuera sola a Argentina y me dio el teléfono de Elisa Michelini y de otra señora, Violeta Malugani. El caso de Elisa era otro, claro, pero con Violeta empezamos a movernos, a formar el grupo. Fuimos a Argentina, tomamos contacto con las madres de allá, y empezamos a hacer lo mismo que hacían ellos: las marchas, las rondas. Y en el 79, cuando vino la Convención Interamericana de Derechos Humanos a Argentina a tomar declaraciones, ahí el grupo se consolidó; Milton Romani y Alberto Correa nos ayudaron a los uruguayos a juntarnos, después Virginia Martínez también participó.
-Todo eso te cambió la vida, seguramente.
-Y sí, me enganché y todavía sigo en el grupo de Familiares. Al tiempo seguí haciendo cosas como ir al cine; tuve amigas que no dejaron de venir todos los sábados a mi casa, que también fue un apoyo muy importante. Mi marido vivió con mucho dolor, pobre, a él todo eso lo destruyó; no quiso salir más, dejó de ir al cine, se recluyó totalmente. Entendió a Pablo, lo que hacía, sus ideas, pero el dolor privó sobre todo. Pero era un hombre muy reservado, no sé en su interior todo lo que pensaba.
-¿Cómo fue asumirlo, aceptar la desaparición?
-Pasaba los días tirada en la cama, creyendo que me volvía loca. No sé cuándo empecé a dejar de estar así. Lo habré dejado, supongo, cuando me impuse salir y empezar a hacer cosas. Pero no sé cuánto tiempo pasé así...
-Madres y Familiares ya tiene casi 30 años ¿no es así?
-Sí, desde que empezamos a movernos en el 76. Al principio nos reuníamos siempre en casa, porque yo tenía condiciones favorables: tenía auto, tenía máquina de escribir y sabía escribir, porque mandábamos cartas, muchísimas cartas a Dios y todo el mundo. Y salíamos a juntar las firmas de acá y de allá. Y viajábamos a Buenos Aires, nos quedábamos en un hotelito muy barato, cerca de Cabildo. Entre nosotras el grupo era muy unido, muy amigotas nos hicimos.
-La experiencia de las argentinas también debe haber sido importante. -Sí, por supuesto, nosotros intentamos imitarlas. Pero claro, había cosas que servían si eran muchos, nosotros éramos un grupo chico. Intentamos reunirnos en la plaza, ponernos los pañuelitos y todo eso... pero acá, nadie se enteraba quiénes éramos. Costó muchísimo que se supiera por qué estábamos haciendo todo eso.
-Pero el grupo fue creciendo ¿verdad?
-Claro, fue muy importante que se incorporaran los casos del Uruguay, porque al principio éramos solo familiares de uruguayos desaparecidos en Argentina. Y también fue importante contar con la presencia de Javier (Miranda). Él siempre está bien informado, es respetuoso, sabe armar bien el grupo. Fue un elemento muy positivo empezar a tener un sostén jurídico y personal de alguien como Javier.
-¿Cómo estás recibiendo la evolución que viene teniendo el tema en nuestro país? -Sin duda que es muy importante todo esto que viene pasando con este gobierno. Ya con la Comisión para la Paz se dio un gran paso. Yo creo que su trabajo no ha sido bien reconocido, por ejemplo por el Pit Cnt, pero solamente haber asumido responsabilidad fue importante. Además hubo cosas que investigaron, a pesar de que la Comisión no tenía facultades, y que nosotros no hubiéramos podido saberlas sin el trabajo de ellos. Y esta última etapa es muy importante: Tabaré siempre nos ha dicho "Hasta dónde vayan ustedes, voy yo".
-¿Qué pensás de la Ley de Caducidad? ¿Hay que anularla, interpretarla, dejarla así? -A nosotros nos sirve lo mismo cualquier ley, o ninguna ley. Porque aún con la Ley de Caducidad, la desaparición es un delito permanente que se está cometiendo hoy. Yo no voy a decir que me gusta que interpreten una ley que yo aborrecí. Por algo hicimos un referéndum. Para mí lo más apropiado es la anulación.
-¿Verdad y justicia siguen siendo los emblemas centrales?
-Yo creo que ahora no se tiene otra salida. Sin eso no se conforma nadie, verdad y justicia son dos principios irrenunciables.
-¿Cómo vivís todo el manejo que hacen los medios del tema?
-Yo personalmente tomo cierta distancia, lo recibo con muchísima cautela todo lo que se dice. Pero no todo el mundo lo vive así; ahora se han acercado familiares que nunca habían pisado nuestra casa, ahora no cabemos. No sé cómo lo vivirán otros familiares; o los familiares de los dos de la chacra de Pando. Eso se vive con una ansiedad muy especial, ¿no? A mí personalmente me importa más la justicia que los restos.
-¿Que vayan presos los responsables?
-Ah sí, que vayan en cana. Me parece una injusticia tan grande que sigan libres, felices y contentos con todas las cosas que hicieron...