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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

Gerardo Gatti, 28-5-1971

CARTA ABIERTA DE UN PRESO A SU CARCELERO

Señor coronel Alonso Gallardo:

Le escribo mientras cumplo la “calaboceada” que usted me impuso con orden de aislamiento absoluto, custodia especial, corte de visita, retiro de colchón y abrigo, etc.

Como todas las mañanas, ahora la estoy viendo bajar del auto, rodeado de metralletas, con su “45” en la mano. ¡Qué miedo parece tener usted, señor Gallardo!

Mientras algunos países han transformado los cuarteles en escuelas, el nuestro los está transformando en cárceles. Este, de Dante y República, viejo “Cuartel de los 33”, ahora es cárcel de presos políticos. No digo que la culpa sea suya. Aunque no le guste se lo imponen. Recibe y cumple órdenes. Lo sé. Pero además de eso, usted señor, como jefe del CGIOR, dicta por su cuenta órdenes que hace cumplir; de eso sí es responsable, sin atenuantes ni pretextos de escalafón.

-Responsable de las largas horas –que suman días- de reiterados plantones a que ha sometido a decenas de presos políticos.

-Responsable de la agresión cometida contra el conjunto de los “internados” cuando una noche, escudado tras la tropa armada de garrotes, usted gritaba: “Pinche, pinche, pegue, pegue”.

-Responsable de una serie –extensa y documentada- de atropellos contra la salud y la integridad física y moral de los detenidos.

Es innecesario seguir enumerando cargos. Aquí en el CGIOR, existen testigos de que nada de esto es incierto, ni exagerado. Los soldados, los “clases”, los técnicos, los oficiales del establecimiento pueden ser esos mudos testigos. Por ahora, en su semi-impotencia, no quieren o no pueden decir muchas cosas. Nosotros, ¡sí!

En cuanto usted nos “calaboceó” pensé mandarle una nota o reclamar una entrevista, después deseché la idea: usted no conversa con los presos, sólo grita o sanciona. Usted no admite ni estudia notas, simplemente las rechaza por “improcedentes” y siempre pone en el medio a sus “inferiores” en jerarquía. Para evitar molestias y violencias a los que por su responsabilidad ya bastante las sienten y para acceder a usted, opté entonces por este método, el único a mi alcance.

Pienso que esta “carta abierta” de alguna manera le ha de llegar. Supongo también que, aunque no le guste, la va a leer del principio al fin. Haga de cuenta que es como si se lo dijera cara a cara.

Sé perfectamente que usted tiene “marcados” a varios de los “ciudadanos internados en el marco de las medidas de seguridad”. Agradezco, señor jefe, el inmerecido lugar en que  dentro de su “lista negra” me ha colocado. Aunque nunca hemos dialogado, usted ha de conocerme aproximadamente de la misma forma que yo a usted. Las 24 horas de cada día durante casi cinco meses, encerrado en el cuartel ahora cárcel que usted dirige, habilitan tal presunción. Por eso, una cosa me sorprende, señor: ¿cómo se equivocó tanto?

Por su responsabilidad se había venido creando dentro del establecimiento, respecto a la satisfacción de determinadas necesidades fisiológicas, una situación aparte de rayana en la vejación, absurda. Prescindo de los detalles cuya sola enumeración le harían caer en el ridículo. Y ésta no es la intención de esta carta. Pero es necesario señalar que la culminación del sin sentido se concretó en la última orden –imposible de cumplir- que pretendió imponernos a tres presos.

¿Creyó que mis dos compañeros y yo íbamos a deponer una actitud basada en la decencia elemental, porque mandara amenazarnos con el encierro en un calabozo?

Debo reconocerle cierta perspicacia: dudó del efecto de esa amenaza al punto que se nos anunció: “El coronel les comunica que si no obedecen se les cortará la visita”.

En hombres que además de compañeras y madres, tienen hijos, ése era el punto más sensible. El “corte de visita” –aquí son una vez por semana- significa que los hijos no pueden ver a sus padres, por lo menos durante 14 días.

Apuntó a la parte más sensible, señor. Pero igual el tiro le falló. Hay cosas que no se aprenden ni en los libros ni en el polígono.

Hay algo que usted ha olvidado. Algo que mucha gente, cada vez más gente, sobre todo la gente del pueblo, tiene, ejerce y hace valer: la dignidad.

Disculpe si hablo un lenguaje que puede no entender. A lo largo de nuestra historia, algunas personas como usted o como los que por encima de usted mandan –antecesores suyos, señor- después de años de ejercer brutal tiranía tuvieron que admitir desesperados, que “los orientales son ingobernables”. Triste fin tiene la historia de los dictadores. Y eso ocurre siempre a todos los pobres hombres que se creen “fuertes”, frente a un pueblo digno.

 Esa dignidad del pueblo oriental para las cosas grandes, nosotros, los hijos de ese pueblo, procuramos cotidianamente aplicarla aun en las cosas chicas. De esa manera, tratando de vivir con dignidad todos los días, criándolos en ese ejemplo, es que amamos profundamente a nuestros hijos. Así, ellos quieren a sus padres y los respetan y no están avergonzados –sino orgullosos- de que ésa sea la causa por la que sus padres son perseguidos.

¿Va comprendiendo ahora por qué su golpe, aunque bajo y bien dirigido, estaba condenado a fallar?

Si usted hubiera venido al cuartel el domingo tal vez habría visto el llanto contenido de criaturas de 3 años al retirarse sin poder estar con sus padres, ni siquiera las tres recortadas horas semanales. Haga que lo cuenten, señor, y siéntase orgulloso.

Puedo asegurarle que su satisfacción se transformaría rápidamente en miedo. Sí, usted con su “45” en la mano sentiría más miedo de esas criaturas: miedo de comprobar el odio que contra ustedes, los personeros del despotismo, ustedes mismos les inculcan día a día. Lo que piensan de ustedes nuestros hijos casi adolescentes, hijos de orientales destituidos, maltratados, perseguidos, presos.

Algunos de ellos esperan anhelantes las pocas horas semanales que, en cárceles o cuarteles, vigilados por armas con las que empiezan a familiarizarse, pueden pasar en compañía de su padre, con ese hombre al que quieren, respetan y necesitan.

Nuestros hijos no nos perdonarían que, para no perder esas horas, perdiéramos, ante usted o ante nadie, el único título que como obreros, como luchadores sociales, como hombres poseemos: nuestra dignidad.

¿Entiende ahora por qué erró el tiro? ¿Por qué nunca vamos a humillarnos por más plantones, calabozos o torturas que usted, u otros como usted nos impongan?

Es por nuestra lucha, por la de nuestros compañeros, por nuestros ideales . Es también, y todavía más, por nuestros hijos, por nuestras compañeras que constituirán el nuevo mundo que avizoramos, por el que ahora peleamos, donde junto con la miseria desaparecerá la prepotencia.

Créame que no le guardo rencor por las cosas que usted nos hace. ¡Son tan pequeñas! En cambio, ¡tanta cosa importante ocurre!. Le tengo, eso sí, lástima señor, una lástima bastante profunda.

Debo, eso sí, agradecerle las horas de recogimiento y meditación que su sanción ha hecho posible: han sido para mí útiles.

Su “arresto a rigor” me ha despertado momentos de alegría. Infinidad de pequeños gestos y actos, sencillos, solidarios, tonifican y ayudan a reafirmar arraigadas convicciones. Una, de que aún a este nivel tan reducido y sin importancia, la lucha no aísla sino que fortalece. Los pequeños actos de dignidad generan respeto. Otra, que usted y los suyos están cada vez más solos y cuanto más prepotentes más débiles en todas partes, a todos los niveles.

Me dirijo a usted, señor Alonso Gallardo, no en cuanto coronel, no como miembro del ejército, sino como responsable de los hechos señalados. Como hombre del régimen, como ejecutor de una política, la política de los que quieren transformar nuestro país en una cárcel.

Usted es militar. Yo soy obrero. No por ello es forzoso estar enfrentados. Los militares dignos, los que no usan sus armas contra el pueblo, los que no están dispuestos a ser un instrumento de la oligarquía sin patria, ellos deben merecer nuestro respeto, como cualquier hombre digno. En América Latina muchos hombres de esa profesión (tal vez no todos los que se dice, sin duda muchos más de los que se conocen) se incorporan y luchan en las filas del pueblo.

Pero usted es ¡y cómo! Nuestro carcelero.

Aunque intente disimularlo e incluso no sea plenamente consciente, usted hace política. La política de una minoría de banqueros y millonarios, la política de la dictadura, la política de los de arriba. Por eso, no por otra cosa, estamos enfrentados.

Una última cosa, sólo un pedido. Ahora sí dirigido no al carcelero, sino al coronel del ejército.

El 19 de junio, día del natalicio de Artigas, ese día, cuando los muchachos de la tropa hagan flamear juntas en los mástiles del cuartel nuestras lindas tres banderas, cuando usted, señor coronel, al son del clarín haga la venia, piense señor, piense todo esto, piense en lo que está haciendo.

Haga la venia a la bandera del sol y las barras azules y blancas, pero piense en el grito libertario del himno patrio. Medite si usted es fiel a él.

Haga la venia a la bandera de Artigas, pero tenga presente su ideario. “Ignoraba el gobierno (...) que los orientales habían jurado un odio eterno, irreconciliable, a toda clase de tiranía”...

Y hágale también la venia a la otra, a la que está en el mástil de la izquierda, a esa bandera nuestra que flameó en la Agraciada enarbolada por un puñado de gauchos y que ahora el pueblo sigue levantando. Hágale la venia a la bandera rebelde, la de los 33, la que dice “Libertad o Muerte”.

Y piense señor coronel.

Desde este viejo “Cuartel de los 33” le saluda,

GERARDO GATTI

PVP - Partido por la Victoria del Pueblo - Frente Amplio - Uruguay