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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

 

Gerardo y Gabriel Gatti en 1972."Somos los que regresan del vacío"

El lugar imposible del ex detenido desaparecido

Escribe: GABRIEL GATTI

 

"(...) por eso la palabrita 'yo'
aparecerá inevitablemente en
estas páginas con más frecuencia
de lo deseable."
Jean Améry*

Mi nombre es Gabriel Gatti, enseño sociología; soy hijo de Gerardo, hermano de Adriana, cuñado de Ricardo, primo de Simón. Todos son o han sido, bajo distintas formas, detenidos desaparecidos.

Vivo en Europa desde 1976. Financiado por mi universidad, en 2005 estuve en Buenos Aires y Montevideo investigando las estrategias colectivas de gestión de dos aspectos de la desaparición forzada de personas: los quiebres que produce en la identidad (en la del desaparecido, en la dé sus descendientes, en el mismo sustantivo "identidad") y la profunda herida que causa en el lenguaje (en la posibilidad de decir, de representar, de pensar incluso). Ambas cosas, cuando se cruzan, dan lugar a un territorio agreste y confuso, trufado de tensiones. En él soy observador y observado; desde él hablo y escribo.

La estancia en Buenos Aires y Montevideo supuso reencontrarme con rincones de mis paisajes exterior e interior en los que me acompañan figuras viejas: las siluetas de los ausentes, siempre presentes; los discursos oídos desde niño: el de la pérdida, trágico, de las Madres; el de la búsqueda, épico, de las Abuelas; el del heroísmo militante, en el que se empeñan viejos camaradas; o la explicación, muchas veces lineal, de la desaparición como consecuencia de maquinarias sostenidas por resortes políticos y económicos.

El desaparecido es todas esas viejas cosas. Pero es algunas más, al menos para mí, muy nuevas. Una de ellas, de la que aquí no hablaré, tiene que ver con el primer aspecto que la desaparición ataca, la identidad, y nace del trabajo de los hijos de desaparecidos, de algunos de ellos, ocupantes de un espacio vacío, repleto de ausencias pero no obstante habitable; otra guarda relación con el lenguaje, y el lugar más elaborado con el que he sabido dar está cerca de los ex desaparecidos, paradójicos personajes, "reaparecidos", "fantasmas", "retornados", reflexivos inquilinos de un lugar imposible, del territorio en el que el lenguaje, la posibilidad misma de decir, hace crack, pero en el que sin embargo hay que saber decir. Son, me dijo una, "los que regresan del vacío" y buscan cómo hablar de él sabiendo que no se puede hacer.

Al menos es así en Argentina, ¿lo es en Uruguay? Aquí, así lo sentí, el ex desaparecido carecía de lugar. ¿Quizás es así porque "en Uruguay, hasta ahora, no hubo desaparecidos"?

El texto que sigue es el fragmento de uno mayor, aún haciéndose. Comete por eso todos los pecados de lo provisional.

La desaparición forzada de personas es un fenómeno que afecta a la identidad, cuyas bases dinamita, y al sentido, pues obliga al lenguaje a situarse en el lugar en el que las cosas se disocian de las palabras que las nombran. Por eso la figura del desaparecido es, en muchos planos, una figura difícil: habla de individuos sometidos a un régimen de invisibilidad, de hechos negados, de cuerpos borrados, de cosas improbables, de construcción de espacios de excepción... Bordea lo imposible y es sólo con la conjugación de términos de semántica difusa (borramiento, desvanecimiento, silencio, negación, excepción) que podemos definirla; y es sólo con sustantivos de resonancias incómodas que nos referimos a los desaparecidos y a sus lugares: "chupado", disociado; "chupaderos", lugares donde un sujeto era absorbido, abducido casi, por la maquinaria desaparecedora. Con los desaparecidos nada de lo que habitualmente encaja lo hace. Nada: los cuerpos se separan de las identidades, y hasta las palabras se disocian de las cosas. Terrible.

¿Cómo se representa socialmente una figura que bordea lo factible, lo pensable? ¿Cómo se administra colectivamente esta "catástrofe lingüística" (Steiner)? A veces la vida social, prudente, inventa formas para esquivar esos fenómenos: el olvido, la memoria demasiado cargada, la explicación directa, la serialidad. Otras va más derecha y ante los acontecimientos límite pergeña estrategias adaptadas a la densidad de esos fenómenos. Con la desaparición ocurren ambas cosas, desde reacciones esquivas a otras más directas; desde las que ni la nombran (o la nombran con otros nombres: el desaparecido es un "preso que se quedó en la máquina"**) hasta las que, sabedoras de que están ante algo para lo que no funcionan del todo bien las palabras conocidas ("un abismo nuevo"; "una situación particular, que no es como secuestrar, que no es como asesinar, torturar, pero que es todas esas cosas"), redactan verdaderos diccionarios del horror: figura sin lugar ("el desaparecido no deja rastros, crea un vacío"), que no encaja en ninguna entidad reconocible ("ni está vivo ni está muerto"; "antes había personas que morían y ahora hay desaparecidos, una no persona", "algo que no está"), ausentes y presentes ("en ellos la ausencia se convierte en presencia "), figura sin lógica ("la desaparición es un atentado a la lógica"; "no existen, es una entelequia, no tienen entidad"), sin cuerpo ("es un cuerpo sin identidad y una identidad sin cuerpo "). En definitiva, una figura en la que la identidad se descompone: "Empecé a pensar que no era yo, que me transformaría en otra persona, que incluso si finalmente sobrevivía, un día me perdería en lo más recóndito de la Argentina, siendo otra persona. Que la que yo conocía estaba muriendo ahí. Era una piltrafa que ya no podía nada, era como si estuviese muriendo, o mutando".

Es el campo del sinsentido, de lo irrepresentable. Territorio pantanoso. Es el de los desaparecidos.

ARGENTINA, AGOSTO. EL HORROR NO CABE EN EL LENGUAJE.

La entrada a un pequeño cementerio del País Vasco está protegida por une inscripción que reza: "Vosotros sois lo que nosotros fuimos, nosotros somos lo que vosotros seréis". Siniestro quizás; y categórico: dibuja la arquitectura de la existencia, en la que no hay lugar posible entre la vida y la muerte. En los territorios que se encuentran fuera de estos dos extremos está el inquietante espacio del entredos: el paradójico limbo, el ambivalente purgatorio... Lugares tan aberrantes como anormales, siempre imposibles. En ese lugar se ubican también quienes se dicen ex desaparecidos. Un lugar complicado el suyo, sí. De difícil administración en un mundo que, como el nuestro, se lleva mal con lo fuera de serie y que, enfermo como lo está de horror vacui, aborrece del sinsentido. Y la posición en la que se arrellanan estos sujetos francamente lo es.

El ex desaparecido ocupa un lugar difícil. ¿Cómo seguir agarrados a una identidad, la de desaparecidos -habitantes del agujero- si al salir del agujero dejaron de serlo? ¿Cómo reclamar seguir hablando como desaparecidos si precisamente por poder hablar han dejado de serlo? El primer paso es dar con un nombre común que designe esa difícil posición colectiva: "aparecidos", "desaparecidos reaparecidos", "fantasmas". El segundo, dar sustento a ese nombre común construyendo un lugar de enunciación socialmente compartido, una comunitas, para el caso la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos (AEDD) que es, en Argentina, el soporte comunitario del relato de muchos ex, lo que da posibilidad a su identidad de grupo: "un lugar propio ", "un poco el gremio nuestro, el de los sobrevivientes ". Un lugar compartido, pero complejo, trampolín para la escenificación de un estigma común ("somos una herida abierta, somos los que llevamos en el cuerpo las marcas de los campos "; "somos los que salimos de la muerte "). Y construidos el nombre común y el lugar compartido, el tercer paso es hablar desde ellos. Ese habla se manifiesta como testimonio y como todas las hablas requiere de una escenificación que, en la del testigo, evoca la etimología del término: terstis, el que intermedia, el que vehicula la información, una suerte de médium. Y así es, pues mientras habla, el cuerpo del testigo se tuerce; llora; cierra los ojos, se repliega. Conecta con un lugar terrible; la forma de decirlo ha de serlo. Y es que habla de cosas de estatutos otros, y eso reclama un lenguaje para esos estatutos otros.

Pues, ¿de qué da testimonio el testigo? ¿Y cómo? Agamben,*** apoyándose en las reflexiones de Primo Levi, analiza las relaciones que se establecen entre dos de los personajes de los Lager, el equivalente a los centros clandestinos de detención (CCD) en la Alemania nazi: los "hundidos" -los que alcanzaban el estado de máxima degradación, musulmanes en los campos nazis, desaparecidos en los CCD) del Cono Sur- y los "salvados" - los sobrevivientes, los ex desaparecidos-. Unos son los que soportaron hasta el extremo de la muerte la experiencia del campo pero no pueden contarla; los otros son los que quedaron en posición de testimoniar pero no vivieron la experiencia del campo hasta el límite. Estos últimos están encerrados en el absurdo de un imposible: hablan de algo que bordearon pero donde no entraron, hablan de lo que no pueden hablar, aunque sean los únicos que pueden hacerlo. Esa es la que Agamben propone nombrar "paradoja de Levi", que adaptada a nuestro contexto sería: (I) el desaparecido es el testigo integral; (II) El ex desaparecido habla en lugar del desaparecido. Esto es: quien puede testimoniar no tiene palabra; quien tiene palabra no tiene nada que decir. Desesperante, como asumen algunos de ellos: "El impacto está sobre los desaparecidos y ellos no pueden hablar. El hecho de que lo estemos haciendo aquellos que pasamos de alguna manera por los lugares por donde pasaron los desaparecidos me parece... falso". "Son ellos los testigos. "

¿De qué pueden hablar, entonces, los que, aunque lo rondaron, no experimentaron el horror hasta su extremo? Del hueco que se abre entre el desaparecido (el hecho) y ellos, los testigos (capaces de la representación del hecho). En ese hueco se sitúa el testimonio y es ésa la tensión que expresa: aquella, terrible, ala que la desaparición somete al lenguaje. Por eso algunos con acierto han dicho que el testimonio de las situaciones límite es el discurso que da "expresión lingüística ti lo innombrable" (Sucasas), no por ser reflejo de la verdad sino por ser reflejo de la desesperación de no poder contar. Da palabras truncas, a un lugar del que la palabra es expulsada.

Testimonian de un testimonio que falta. Dan testimonio de la imposibilidad de testimoniar" ( Agamben). No extraña entonces que un ex desaparecido se pregunte, impotente, al comenzar su testimonio: "¿Cómo estructurar ese delirio?", y que otro confiese: "Si yo tuviera que contar lo que creo que fue la experiencia de la condición de desaparecido... me tendría que quedar en silencio, me tendría que callar ".

¿Cómo hacer para contar? Cuando el ex desaparecido regresa del CCD cree renacer: vuelve a estar inscrito, se reintegra a la serie, se reincorpora a las cosas que decimos "normales", aunque sea a la idiota burocracia de una cárcel ordinaria o a la más terrible de un penal en pleno estado de excepción: "Para nosotros la SIDE al lado de Orletti era como el paraíso, reconocíamos las cosas ". La realidad se recupera y "reaparece la palabra", explica una sobreviviente. Pero, ay, la palabra que reaparece no sirve para representar lo vivido, pues refiere a otra cosa. Ciertamente, el sujeto cambió, y abruptamente, de mundo: "Es como que volvés a pisar la realidad", "Yo me sentía como un marciano cuando recién salí. Venía de la realidad de los campos a esta realidad que no tiene nada que ver... no tiene nada que ver". Salió de un universo enterrado, pasó a otro con luz. Cada uno con su lógica, pero entre sí intraducibles. Lo que funciona aquí, no lo hace allí: "Se acabó la ley de la gravedad", "No se aplicaban las reglas de afuera. Se pasaban todos los límites ".

De repente lo vivido no encuentra su lugar en el lenguaje conocido. Es un problema de dimensiones, un problema físico: no hay continente que pueda contener la dimensión de esa experiencia incontenible. Ni siquiera: es lo que no tiene nombre ("Hay algo de un... Sería como el horror. Pero tampoco es que sea horror. El horror ya tiene medio sentido "). Nada abarca lo que sucedió. Es exceso: exceso para toda palabra ("No hay discurso en que meterlo"), exceso para todo referente de un universo que no fuese aquél ("Me pareció tan chico (el CCD). No podía creer que todo lo que me sucedió entraba ahí, hubiese entrado ahí Como que no entrara. Como si fuese mucho más grande que lo que demuestra el local”).

Para lo imposible no hay referencia, no: por mucho que se traduzca en lo objetivo y objetivante de un testimonio que se quiera fiel con lo sucedido, por mucho que se intente conducir lo no inscribible a un marco de racionalización socialmente compartido y con arreglo al cual un hecho aberrante pueda quedar inscrito (por ejemplo, el lenguaje casi siempre lineal de las explicaciones políticas, o el algo más sinuoso pero también trufado de causalidades cómodas de la atribución de perversión moral del represor), por mucho que se haga eso, decía, seguirá siempre latiendo en quien lo dice una desesperación. Una desesperación que es, primero, la de que lo que cuenta está mal contado ("Hay algo que no es entendible en esta experiencia ", Hay algo imposible de trasmitir", "Hay algo ahí de una experiencia, no digo... no le quiero poner el nombre de inefable, pero sí"); y una desesperación que es también la de estar contando sólo la superficie ("(Contándolo) le vas a quitar todo lo que sentiste cuando lo viviste, como que lo vas a convertir en una cosa, así, material ", La experiencia de lo vivido se puede contar pero creo que hay una partecita que... El contacto con el mal absoluto, con lo que uno podría llamar el mal innombrable, lo inefable. Hay algo que pasa por otro lado, tiene otro registro").

Eso es el testimonio del ex desaparecido: la desesperación de no poder representar. Rozaron el mal absoluto y eso, dicen algunos. "no puede explicarse. ¡Qué se va a poder explicar toda esa enormidad!".

URUGUAY, SETIEMBRE: LA SERIE, LA INSCRIPCION, LA NORMA. ¿EXISTE EL DETENIDO DESAPARECIDO?

Sí en Argentina el grado de elaboración colectiva de la figura del detenido desaparecido ha llegado a puntos tales que ha sido posible construir la no menos compleja del ex desaparecido, al viajar a Uruguay no puedo evitar tener la sensación de que no existe siquiera una imagen socialmente compartida del primero, y ni que decir tiene del segundo, el ex.

Probablemente esa percepción no sea del todo justa. Lo es tanto o tan poco como lo suele ser el método comparativo: para que la comparación resulte tiene que haber, al menos, un eje de referencia común a las unidades que uno compara, y en este caso, ¿es eso así? ¿Es realmente Uruguay comparable con Argentina? ¿Son comparables sus instituciones para administrar las cosas, las de este mundo y las de los otros, incluido los imaginarios? En ambos territorios existieron regímenes que llamarnos "dictaduras" y en ambos hubo cosas que nombramos con términos iguales ("exilio", "represión"; también "desaparecidos"). Significantes iguales, sí; pero sin embargo los significados parecen ser otros pues aquí falta lo que allí se gestiona como una catástrofe para la identidad y el lenguaje.

¿Quiere eso decir que no hay desaparecidos en Uruguay? No tanto. Aunque quizás sí, pero parecería que se habla de otra cosa: si allí eran lo fuera de serie, lo excepcional, y como tal eran pensados, aquí se integran a una secuencia, son el elemento de una serie ("Mirá, Gatti: los desaparecidos acá en Uruguay son presos a los que torturaban y que se les fue la mano. Le podría haber pasado a cualquiera de nosotros"); si allí, tangentes como están con lo sublime del horror, no podían ser ni inscritos ni descritos, aquí no es difícil que se racionalice la figura, tanto cuantitativamente (lo estadísticamente irrelevante: "Si ves los miles de presos que hubo, en comparación a eso los 200 desaparecidos... 200 son ahora porque se meten a todos los argentinos [sic], todos los que desaparecieron allá. En Uruguay tenemos veintipico desaparecidos" ) como cualitativamente (lo socialmente insignificante: "No fue masivo. Reclamamos y está bien, pero con ese carácter, sabiendo que no existió una política sistemática de desaparición ").

Puede que haya, que habrá, razones históricas que expliquen esta diferencia; puede que la hipótesis justa deba considerar las dominantes de las represiones nacionales y la preponderancia aquí de las figuras del horror medio (preso-torturado y exiliado), que excluye los extremos, y la preponderancia allí de las figuras del horror extremo (detenido desaparecido y campos de exterminio), que excluye los lugares medios. Puede también que sean cuestiones del momento y que para toque este tema supone aquí y ahora se esté en la misma fase que se estuvo en Argentina allí y entonces: desvelando, recuperando, sorprendiéndose. Puede. Pero no lo creo y por eso no dejan de rondarme hipótesis que se construyen con términos de difícil manejo para un científico social, de esas que llevan a pensar en atavismos nacionales, los que, como sin quererlo, hacen que los imaginarios locales se muevan incómodos cuando se las tienen que ver con lo excepcional y lo extremo. Y la desaparición lo es. Parecería que las maquinarias locales de inscribir y de ordenar el sentido reglamentan la representación de ese imposible y hacen que devenga algo que se puede contener en una serie, desvaneciéndose entonces la situación excepcional, borrándose en su carácter de acontecimiento aberrante. La serialidad facilita el relato, amortigua el dolor, atempera el horror. Pero temo que impida pensarlo.

Quizás quepa pensar, es sólo una conjetura, que estamos ante dos modelos de gestión de la figura del desaparecido: mientras que el argentino se hace de ingredientes como la excepción, lo fuera de serie y cierta sensibilidad por lo inaudito e irrepresentable, el modelo local parece apostar por la serie, la racionalidad, cierta autocontención y la búsqueda de explicación directa.

En ese marco, la figura del preso-torturado tiene las de ganar. Y así es: es el grado cero de la represión, la matriz respecto de la que las demás figuras se comparan. Es el inicio de la serie y respecto de ella, el desaparecido es una "rareza importada", un "desmán", un "de más" sobre ese grado cero. Es un exceso (sobre la norma), un plus (de represión), un eslabón (en la cadena del horror). Tiene identidad, tiene lugar, tiene cuerpo, tiene presencia, tiene lógica. Tiene también lenguaje.

Vista así es que en Uruguay la desaparición desaparece; también desaparece el desaparecido, que es "sólo" "aquel que no resistió los apremios y se murió", "un preso que nunca más apareció", "un accidente de trabajo; se les murieron en la tortura", "un preso sin cadáver". Y si todo esto que escribo es cierto, el ex desaparecido no comparece ni como posibilidad. ¿Miedos de los que sobrevivieron? No. ¿Silencios compartidos? No. No al hablar conmigo al menos: ninguno de aquellos a los que acudí interesándome por su condición de ex pone trabas para que lo entreviste. Al contrario, todos ayudan ("Sí, nunca hablo de esto. Pero sos hijo del que sos y... "). Pero, confiesan, nunca hablaron de esto: "Me lo estás haciendo pensar vos, yo nunca me había obligado a decir que era desaparecida ". Ni siquiera tienen nombre: son ex presas y presos, no otra cosa. Sobrevivientes en todo caso. Hasta hoy: "El grupo de pertenencia de los desaparecidos acá está vinculado a que vos estuviste preso. Y sos ex preso político”. "Acá es más fácil que tú te definas como ex presa. " Una concluye: "No existe mucho el concepto de desaparecido acá en Uruguay” .

URUGUAY, OCTUBRE: "PUDE SER ESOS HUESOS".

Y sin embargo... El "segundo vuelo" trae malas noticias: en Uruguay hubo desaparecidos. Y el que se decía ex preso se convulsiona: calibra la fragilidad de su condición (“lo que están desenterrando son mis amigos, podrían ser los huesos míos") y la serie controlable y bien inscrita que los situaba en un lugar vitalmente duro pero intelectualmente cómodo, el del preso, se rompe. Regresando a la condición de desaparecido, retorna la posibilidad de pensarse como ex. El estatuto de su identidad deviene otro, cercano a la catástrofe. Ahora "contingencia- es el sustantivo que define su existencia: "Me ha removido que estoy viva recién ahora con el asunto del segundo vuelo. Es una cosa muy fuerte, es que estoy viva como por milagro. Estoy tomando conciencia después de 30 años.  Compañeros que habían estado conmigo en ese momento, que yo creía que iban a aparecer y no aparecieron, que iban a aparecer con nosotros. Habían hecho el mismo proceso que nosotros y sin embargo no están con vida. Durante 30 años ".

Renace como desaparecido quien hasta mediados de 2005 no existía y con ello brotan las dudas que la figura arrastra: las dudas sobre la identidad ("Me quedé pensando qué soy") y las dudas sobre el lenguaje para sostenerla socialmente, pues carecen de los elementos que doten a esta nueva identidad de soporte material: ni nombre, ni serie, ni lugar ¿Qué son? ¿Presos? Ya no. ¿Reaparecidos? Quizás.

¿Quiebran las viejas certezas y no se sabe a qué acudir para reinterpretarse? Acaso sí. Sea como sea se está singularizando algo -el desaparecido- que estuvo borrado 30 años. Estamos, dice una, ahora ex desaparecida, "en plena lucha por la figura del desaparecido". Amén.

NOTAS

* Jean Améry. Más allá de la culpa y la expiación, Pretextos. 2001.

** Los pasajes entrecomillados proceden de entrevistas sostenidas con ex desaparecidos en Argentina y en Uruguay. de la transcripción de las reuniones de la AEDD que una de sus miembros puso a mi disposición y de las entrevistas a sobreviviente, recogidas por la Fundación Memoria Abierta.

*** Giorgio Agamben, Homo sacer I. Pretextos. 1998.

Tomado de Brecha, 19/05/2006.

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