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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

El claro enigma de la estrella petista.

Por JUAREZ GUIMARÃES

Si es victoriosa, la posición liberal en el interior del gobierno Lula llevará a la destrucción de las mejores promesas del petismo. Pero los que consideran esta derrota ya configurada cometen tres errores fundamentales.

No está escrito en la estrella que su mayor victoria política se transformará ineludiblemente en su trágica derrota y desmoralización. Es decir, que el partido que afirmó su liderazgo como símbolo y agente de grandes transformaciones de la sociedad brasileña haya cumplido ya un ciclo de derrotas memorables y promesas no cumplidas de la tradición socialista. Pero sería ingenuo suponer que esta posibilidad no se haya convertido a mediados de 2004 en una grave amenaza. Comprenderla es condición necesaria para luchar contra ella.

De ahí que, toda tentativa de analizar el fenómeno petista debe ser necesariamente crítica. Esta crítica, si pretende ser equilibrada, deberá saber explicar también la fuerza, la raíz social y la trayectoria ascendente de este partido en la historia reciente de las luchas de los trabajadores brasileños. Si no quisiera ser simplista, debe evitar la jerga auto-explicativa que recurre a las analogías y juicios de traición, y saber establecer las relaciones con la historia política y social de Brasil. Si pretende aún no ser fatalista o determinista, deberá conceder a la cultura política de este partido y de su época la trama conceptual para construir un campo analítico-normativo capaz de vislumbrar la indeterminación condicionada de su futuro.

¿Pero dónde fundar el eje de gravedad de la crítica? Para seguir la mejor tradición conceptual del socialismo, aquella que va de la reflexión de Lenin a la construcción del principio de hegemonía de Gramsci, debe ser la relación del partido con el Estado. No el Estado sólo en tanto institucionalidad gubernativa, sino también como fundamentos políticos, económicos, sociales y culturales que estructuran un sistema de civilización.

Al optar por este centro de gravedad conceptual se está insertando la historia del PT en toda una tradición polémica. El PT, nacido y crecido en el último cuarto del siglo XX, consciente o no, es un legítimo continuador de esta tradición e, ineludiblemente, de sus dificultades, dramáticamente vividos en un gran y complejo país en la semi-periferia del mundo capitalista. ¿Cuántos partidos socialistas o comunistas se perdieron en el camino? ¿El PT será sólo uno más? Pensamos que no: en su origen, el PT confundió a los analistas que lo pensaban analógicamente a partir de una referencia a la II o III Internacional; en su madurez, ya en el gobierno central del Estado brasileño, la analogía continúa sin ser la mejor compañera para vislumbrar el futuro del PT.

Para encontrar la identidad propia del enigma petista es preciso historiarlo según aquel eje de gravedad conceptual. Es esto lo que haremos a continuación.

Crítica sin alternativa de Estado

La noción generalmente difundida de que el PT nació de las bases, contrariamente a la dimensión fuertemente estatal que predomina en la tradición partidaria brasileña, no es enteramente correcta aunque se aproxime fuertemente de la realidad. La decisión tomada, ya en el acto de fundación, de cumplir los requisitos necesarios para adaptarse a la legislación partidaria en tránsito en aquel momento de auto-reforma del régimen militar, lo insertó en una relación tensa con la orden estatal. Pero lo fundamental de las fuerzas que convergieron hacia el nuevo partido no estaba insertado en la vida parlamentaria o gubernativa.

En este periodo, entonces, que va del nacimiento a la campaña electoral de 1989, podríamos decir que el PT mantiene, en el fundamental, una relación crítica y tensa en relación a la orden estatal, aunque no haya desarrollado una alternativa global la ella. A pesar de haber cumplido un papel de líder en la campaña de las directas ya, el PT asumió tardíamente la lucha por una constituyente soberana y democrática, lo que es revelador de esta falta.

Lo que hizo realmente la diferencia fue el PT haber sido el primer partido socialista brasileño, después del PSB del periodo de la posguerra (que no tuvo, sin embargo, un mayor arraigo nacional), que nacía con la defensa de la democracia como valor de referencia. Esta conquista, fundamental para entender el potencial de crecimiento vivido por el partido en los años siguientes, se fue tejiendo ya en el proceso autocrítico de la izquierda doctrinarista, militarista o anti-estalinista de los años setenta.

Cuatro características marcan este periodo en lo que concierne a la su relación con la orden estatal: la inserción en el aparato estatal –parlamento, ejecutivo– es aún mucho parcial y no suficientemente fuerte para dar la dinámica partidaria; la contradicción frontal con el régimen militar y, después, la no adhesión al acuerdo que produjo la transición negociada en el Colegio Electoral mantuvo el PT crítico en relación a la orden estatal; el ascenso huelguista de los años ochenta alentó una cultura clasista que se expresaba en un sentimiento anticapitalista fuerte en la cultura partidaria; esta radicalización se expresó en el programa aprobado en su V Encuentro Nacional, base para la campaña de 1989, que combinaba la defensa de reformas estructurales antimonopolistas, antiimperialistas y antilatifundistas con una noción de transición para un nuevo orden. Sin embargo, no estaba claro por cual orden estatal alternativo luchaba el PT.

Esta indefinición era funcional para un partido que se formaba a través de pactos internos entre sus corrientes, combinando diferentes experiencias sociales e ideológicas. En este periodo, la agenda del partido combinaba la pauta democrática con las reivindicaciones sociales. La reflexión y elaboración sobre la cuestión nacional eran escasas hasta por la oposición crítica de la cultura petista al nacional-desarrollismo del periodo pre64. Pero esta indefinición se volvería claramente un límite y un desafío para el periodo siguiente, exactamente marcado por la posibilidad de la llegada del PT al centro gubernativo del país.

De la crítica a la propuesta de un nuevo contrato nacional

La visualización de la posibilidad de esta llegada pasó a condicionar toda la elaboración programática, la estrategia y el movimiento de alianzas del PT los años noventa. Este nuevo periodo, que se inicia en el inmediato pós-89 y se extenderá hasta las elecciones de 2002, coincide con la disolución de la URSS y una gran presión conservadora sobre los partidos vinculados a la tradición socialista. El PT, a pesar de tener desde el origen se distanciado críticamente de la cultura referida a la URSS estalinizada, sufrió a partir de entonces lo que podríamos llamar  desradicalización programática y una disminución de sus identidades anticapitalistas. El programa del PT para las elecciones presidenciales de 1994 ya revelaba este proceso.

En 1994, en principio ocupando una posición de liderazgo en las búsquedas, el PT y su bloque de alianzas democrático-popular fueron literalmente cojos con el contrapeso del movimiento liberal dirigido por el PSDB, renovando una proposición de reforma del Estado, iniciada por el Plan Real. Mientras el PT, en su búsqueda de construir un proyecto para el país, recibía el impacto tardío del reformismo contenido en la cultura del nacional-desarrollismo, el PSDB, construido exactamente en la crítica del nacional-desarrollismo, estaba posicionado dentro del Estado brasileño para liderar un amplio arco de centro-derecha en torno a una campaña por la reforma liberal de este.

No fue poco lo que el PT ganó con el impacto del nacional-desarrollismo, que pasó a inspirar su plan de retorno al crecimiento de Brasil con inclusión social y distribución de renta: por primera vez, el partido sumaba a la cuestión democrática y social un proyecto nacional. Pero este enriquecimiento no le propició un nuevo proyecto para el Estado brasileño, algo de lo que la cultura nacional-desarrollista siempre careció. La nueva coalición de gobierno de centro-derecha operaba, entonces, sobre un vacío programático del PT y en los primeros años de gobierno, Fernando Henrique captó una parte del petismo y amortiguó su oposicionismo.

Gracias a la acumulación de los años ochenta, a su fuerte enraizamiento social, su papel protagonista de alternativas en las elecciones de 1989 y 1994, a las presiones de sus corrientes de izquierda, el PT fue se afirmando a lo largo de los años noventa como el partido de resistencia y oposición al programa neoliberal de reforma del Estado de los gobiernos FHC. La economía política del nacional-desarrollismo le sirvió, entonces, como referencia crítica a los procesos de desnacionalización y financierización en curso en el país.

¿Pero que lenguaje político se fue formando a lo largo de estos años en el petismo? Fue ciertamente la propuesta de la articulación de un nuevo contrato nacional que hiciera un pacto estratégico entre clases trabajadoras y empresariales en torno a un plan de desarrollo del país. En un escenario de menor movilización de las clases trabajadoras, el anticapitalismo petista de los años ochenta fue sufriendo una depresión en la medida misma de un esfuerzo en búsqueda de la relación con los medios empresariales, que venía de la lógica de un sindicalismo propositivo, de la búsqueda de un pacto productivista contra el sector financiero, de las campañas del PT.

Pero, sabemos, en la filosofía política el contractualismo sirve a diferentes fundamentos de Estados. Quien contrata, como se contrata y, sobre todo, a partir de cuáles valores de civilización se contrata definen el Estado que se quiere. El contractualismo petista se basaba en una pauta nacional, social y democrática, pero estaba lejos de definir una meta clara de Estado alternativo al modelo de regulación neoliberal. En esta indefinición, la cultura petista en relación al Estado sufrió una disyuntiva: en el plan municipal, se firmaron, en particular en Porto Alegre, experimentos innovadores de democracia participativa; en el plan nacional, la estructura partidaria se fue amoldando a una dinámica crecientemente adaptativa al Estado, vía parlamentaria.

Liberalismo versus republicanismo

En la campaña electoral de 2002, bajo el fuerte chantaje combinado de los mercados financieros y del PSDB, el PT incorporó explícitamente la ambigüedad en su propuesta contractualista: al mismo tiempo en que insistía en el pacto productivista en su mensaje, explicitó en la llamada “Carta al Pueblo Brasileño” compromisos de gestión neoliberal en la gestión macro-económica. La formación del gobierno estatizó esta ambigüedad: mientras el estratégico Ministerio de Hacienda y el Banco Central eran entregados compactamente a una agenda neoliberal, otros ministerios importantes como el de las Relaciones Exteriores, Desarrollo Agrario, Ciudades, Salud, Minas y Energía, Medio Ambiente, entre otros, fueron posicionados en una postura claramente antineoliberal. El propio núcleo decisorio del gobierno Lula incorporó esta ambigüedad.

Desde, entonces, el gobierno Lula y el propio PT viven al sabor de esta ambigüedad que se hizo una áspera disputa de espacios de poder. Hay, ciertamente, un “liberalismo petista”, que ocupa posiciones estratégicas de gobierno y, a través de ellas, fuerza, bajo la lógica de la disciplina, situaciones de posicionamientos partidarios constreñidos. Hay, de otro lado, una gama de ministros, una masa de parlamentarios petistas, direcciones partidarias, liderazgos de movimientos sociales y, principalmente, tendencias de la izquierda del partido, que resisten la lógica liberal. Poco enraizado aún en la cultura del partido, el “liberalismo petista”, que tiene en la figura del ministro Palocci, fortalecido por la delegación de autoridad de Lula, su mayor expresión pública, se vale del apoyo entusiasmado de sus alianzas explícitas con El PSDB, el PFL y la prensa conservadora.

Si victoriosa, la posición liberal en el interior del gobierno Lula llevará a la destrucción de las mejores promesas del petismo. Pero los que consideran esta derrota ya configurada cometen tres errores. En primer lugar, analizan artificialmente el gobierno Lula como homogéneo y compactamente neoliberal. Además de eso, subestiman la capacidad de resistencia de la cultura petista, de sus tendencias de izquierda, de los parlamentarios, intelectuales y de los liderazgos de los movimientos sociales a un liberalismo que afrenta la propia dignidad de sus valores de izquierda. Y, por fin, y más importante, no comprenden que el liberalismo petista sólo pudo alcanzar tal influencia en el gobierno Lula por la insuficiencia de las respuestas de los socialistas sobre que Estado queremos como alternativo al Estado burgués reformado por los neoliberales.

Este texto forma parte del contenido de la cuarta edición de la revista Margem Esquerda, Boitempo Editorial, lanzada con el debate con Michael Löwy, en São Paulo.

Juarez Guimarãesé profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Federal de Minas Gerais y editor del boletín electrónico mensual Periscópio, de la Fundación Perseu Abramo y de la Secretaría Nacional de Formación Política del PT.

Publicado por Carta Maior, 14/10/2004

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