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Partido por la Victoria del Pueblo ANULAR LA LEY DE IMPUNIDAD

 

La crisis social y los dilemas tácticos de la izquierda uruguaya

Escribe: Angel Vera Lemos

 

Índice

1. Estructura y coyuntura, estrategia y táctica.

2. Marxismo y poder político.

3. Las dimensiones del trauma uruguayo.

4. La trayectoria estratégica de la izquierda uruguaya. 

5. Los dilemas tácticos del Frente Amplio.  

Este trabajo es una exploración comprensiva y explicativa de la crisis uruguaya del año 2002 y de las alternativas tácticas de la izquierda que se abren en el nuevo contexto a partir de su triunfo electoral en el 2004. Tratamos entonces dos conjuntos de fenómenos. Por un lado estudiamos las causas específicas de la crisis y su actual resolución. Para ello presentamos de modo sistemático los componentes eficaces y eficientes que determinan el trasfondo genético-estructural y el campo de batalla concreto.  Por otro parte, exponemos la trayectoria estratégica y las alternativas futuras de la izquierda uruguaya en el actual curso histórico.

Aquí, más que siempre, el método se identifica con el proyecto social. Investigamos al descubierto desde nuestro interés personal y nuestra praxis social y política.     

1. Estructura y coyuntura, estrategia y táctica

 “En el sentido más general, la coyuntura es el conjunto de las condiciones articuladas entre sí que caracterizan un momento en el movimiento global de la materia histórica. En este sentido, se trata de todas las condiciones, tanto de las psicológicas, políticas y sociales como de las económicas o meteorológicas. En el seno de lo que hemos llamado la ‘estructura’ de una sociedad, cuyas relaciones fundamentales y cuyo principio de funcionamiento son relativamente estables, se dan en contrapartida unos movimientos incesantes que son resultado de este mismo funcionamiento y que modifican en todo momento el carácter de estas relaciones, la intensidad de los conflictos, las relaciones de fuerza. Para el hombre de acción, examinar la coyuntura equivale a definir el momento. La noción de coyuntura está muy presente en Lenin, entre la meditación sobre la estructura de la sociedad y la elaboración de las consignas de acción.”[1]

No escapa a Pierre Vilar, el autor de la cita, el carácter caótico de la representación de los fenómenos ni la complejidad de reunir las múltiples dimensiones del análisis de la continuidad y el cambio. Además, en política como en la guerra, también existen problemas de información privilegiada. Sin embargo, dicha complejidad resulta más inteligible a partir del juicio complementario siguiente:   

“Coyunturas y estructuras no son dos nociones extrañas entre sí; son dos aspectos de fenómenos comunes.”[2]

Vilar une dos temáticas marxistas clásicas: el análisis de la realidad social, particularmente la distinción estructura-coyuntura, y la decisión política, sintetizada en los conceptos de estrategia y táctica. La primera tiene por requisito metodológico el concepto de “totalidad concreta”, síntesis de “múltiples determinaciones” de tal modo que economía, política y sociedad constituyen aspectos de aquella unidad compleja y contradictoria. El estudio de la reproducción de una totalidad concreta se hace cargo tanto de la estructura genética como del mundo fenoménico[3]. De cierto modo, estas pautas nos imponen abordar nuestro objeto como una valija de doble fondo.

La segunda problemática implícita conlleva enfocar el cambio a través de la modificación de la correlación de las fuerzas que componen la totalidad concreta. En particular, una transformación radical, es decir, una ruptura de los códigos de reproducción de la estructura de clases, significa una nueva correlación entre las fuerzas sociales antagónicas. Dos escritos pueden servir de ejemplo. Las sugestivas páginas iniciales de Marx en “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”[4]  enfatizan la acción humana, las condiciones específicas, las tácticas, la lucha en coyunturas críticas de reestructuración social, la necesidad de “despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado” y la dinámica de la interacción estratégica. En el paradigmático escrito sobre el “Análisis de Situaciones”[5] Gramsci estableció algunas pautas objetivas de análisis de las relaciones de fuerzas, internacionales y locales, sociales, políticas y militares, además de adelantar los conceptos de hegemonía, bloque histórico y crisis orgánica.

Según nuestro punto de vista, las especificidades de la situación y a la vez, la definición política extrema de la “dirección de los acontecimientos”[6] se descifran a través de los códigos genético-estructurales. Estructura y coyuntura están dialécticamente interaccionadas, de tal modo que definimos una situación concreta como su síntesis dialéctica. En última instancia, la teoría deviene en estrategia.

Tal como afirmaba Vilar y enfatiza a su modo Bourdieu, los agentes actúan apremiados al  calor de los acontecimientos, dando lugar a una “reflexividad pragmática”[7]. Por ello, a pesar de algunas declaraciones críticas al “transhistoricismo” y a la “religiosidad” marxista que efectuara Bourdieu[8] y en particular, a pesar de las críticas de Dobry respecto del “espejismo heroico”[9] de los análisis de los clásicos, los auténticos debates teóricos del campo marxista han criticado el doctrinarismo, desarrollado las potencias del pensamiento original a la luz de la praxis[10]. De hecho, la historia de los procesos de liberación y del socialismo mundial no podría escribirse omitiendo las teorías y las praxis revolucionarias. Lenin, Trotsky, Mao y tantos otros utilizaron por analogía el paradigma militar advirtiendo las limitaciones de su extrapolación a la vida política. En todo caso, los agentes políticos toman decisiones en condiciones de incertidumbre estructurada. No es nuestra intención extendernos demasiado ni sistematizar estos aspectos. Sólo agregamos que tomamos el concepto estrategia y táctica en sentido clausewitziano. El primero se refiere al plan maestro de la campaña, a las decisiones del dónde, cuándo y con qué en términos amplios de duración y alcance. La táctica alude a las decisiones operacionales de mayor inmediatez y concreción, limitadas a cada combate y dentro del marco general.

En este trabajo describiremos las clases y la estructura de poder -la  “estructura genética”-, las fuerzas sociales y su correlación, las tendencias económicas y políticas para así lograr determinar la génesis y las condiciones de la crisis uruguaya de 2002. Haremos especial hincapié en la trayectoria estratégica del Frente Amplio a efectos de comprender el alcance de sus dilemas tácticos.      

2. Marxismo y poder político

El Manifiesto Comunista constituyó una síntesis pedagógica que recorre desde el análisis histórico global hasta la coyuntura en la que fue escrito, un resumen analítico que prescribió una actitud y una estrategia revolucionarias a partir de una situación histórica concreta. En sucesivos prólogos a distintas ediciones, sus autores revisaron y actualizaron sus puntos de vista.  El Manifiesto presenta un modelo abstracto básico de la división de la sociedad en dos clases antagónicas y del modo en que el poder de clase se expresaba en el poder estatal. Esta “expresión” adquiere mayor complejidad en obras como El 18 Brumario de Luis Bonaparte o en La Guerra Civil en Francia. En estos escritos Marx investigó las condiciones estructurales, la topografía de la arena política, las coyunturas en términos estratégicos, las acciones políticas de clase, las correlaciones de fuerzas y los cambios en la arquitectura del Estado.

En los análisis de coyuntura, el mapa conceptual general de contradicciones entre fuerzas productivas y relaciones de producción, entre base y superestructura, entre estructura y subjetividad debió adaptarse a los  hechos. Los propios Marx y Engels señalaron los límites y potencialidades de la analogía  arquitectónica simple de una totalidad caracterizada por los condicionamientos mutuos y las reciprocidades entre los distintos componentes descripta en el célebre Prefacio a La contribución a la crítica de la economía política[11]. Las herramientas teóricas del marxismo combinan la lógica estructural con las acciones de los sujetos y los agentes sociales.

A esta problemática crucial se agrega otra cuestión. Marx fue fundamentalmente un teórico de la explotación, aunque debiera referirse necesariamente por su propia metodología  a aspectos más amplios de la dominación de clase[12].

Son conocidas las rectificaciones y profundizaciones teóricas[13] de Marx y Engels, una apertura mental de “revisionismo permanente”[14]  que forman parte del método[15]. Su corpus teórico se basa en una reflexión crítica y dialéctica, capaz de señalar el carácter contradictorio de la sociedad, de aprehender los hechos en una totalidad que les de sentido y de una relación indisoluble entre el sujeto, el método y el objeto de conocimiento[16].

Ahora bien,   ¿cómo resolver en el estudio del presente las disyunciones y la brecha entre estructura y acción resaltadas en el párrafo anterior?

Tras la embestida postmoderna contra las categorías de “totalidad” y “sujeto”, a tres décadas de la derrota política de la izquierda latinoamericana de los 70s. y a 15 años del derrumbe de la URSS, nuevamente cobra sentido volver sobre aquellos conceptos. Desde entonces mucha agua ha corrido bajo del puente. La problemática que planteamos revelaría para los autores posmarxistas[17] un inevitable desliz hacia el reduccionismo de clase. Sin embargo, esta crítica revela en todo caso, el rechazo a adoptar una metodología que habilite al observador a producir una reconstrucción teórica de la totalidad sociohistórica.[18]  Este punto de vista radical de la totalidad contradictoria, dialéctica, es lo que caracteriza al marxismo y a él nos referiremos enfocando particularmente los conceptos de “autonomía relativa” y “hegemonía”. 

Al decir de Miliband, un autor catalogado habitualmente de “instrumentalista”[19]:

“...aunque el Estado actúa según el marxismo en nombre de la “clase dirigente”, no actúa en la mayor parte de los casos a sus órdenes. El Estado es, evidentemente, un Estado de clase, el Estado de la “clase dirigente”, pero goza de un alto grado de autonomía e independencia en su forma de operar como Estado de clase y, desde luego debe tener ese alto grado de independencia y autonomía si quiere actuar como un Estado de clase. La noción de Estado como “instrumento” no se ajusta a este hecho y tiende a oscurecer lo que ha llegado a considerarse como una propiedad fundamental del Estado, esto es, su autonomía relativa de la “clase dirigente” y de toda la sociedad civil”.[20]

Tanto el concepto de autonomía relativa –cuyo caso extremo trató el propio Marx en El 18 Brumario- al que aquí se refiere Miliband, como el de hegemonía de Gramsci sólo cobran sentido, dentro de una coyuntura histórica particular y en la medida que intentan dar cuenta del conjunto de determinaciones y relaciones complejas entre estructura de clases, fuerzas políticas y formas de representación. Nuestro acento en la contingencia implica también un énfasis en una táctica subordinada a la visión estratégica.

El último Poulantzas[21] llegó a insistir en la capacidad estratégica del Estado y en concebir el campo del poder en términos relacionales complejos:

“El poder no es, pues, una cualidad adherida a una clase “en sí”, en el sentido de un conjunto de agentes, sino que depende y deriva de un sistema relacionista de lugares materiales ocupados por tales o cuales agentes. Pero más particularmente, el poder político, el referido por excelencia al Estado, remite además a la organización de poder de una clase y a la posición de clase en la coyuntura (organización en partido, entre otras), a las relaciones de las clases constituidas en fuerzas sociales, y por tanto a un campo estratégico propio.”[22]

De este modo, Poulantzas intentaba escapar a la herencia de Althusser, muy firme en sus primeros trabajos, y superar las dificultades que ofrecía el análisis empírico o histórico a un esquema estático. Por esto, como último recurso apelaba a la distancia estructural entre teoría y práctica. Los requisitos que subrayábamos más arriba que debían cumplir los conceptos de autonomía relativa y hegemonía no se dan cabalmente en la teoría de Poulantzas. Tal como señala Meiksins Wood siguiendo a Thompson:

“Si hay algo de verdad en la sugerencia de que la distinción althusseriana entre modo de producción y formación social tenía como objetivo hacer que los marxistas, criados a la sombra del modelo estructura/superestructura crudamente economicista y reduccionista, se sensibilizaran más a la especificidad histórica y a la complejidad de la vida social, sólo es una verdad a medias, ya que esa distinción logró su objetivo simplemente abriendo una brecha entre la estructura y la historia y creando un dualismo rígido entre la determinación  y la contingencia, que dejó a las determinaciones estructurales más o menos impotentes en la esfera de la explicación histórica y desacreditó al materialismo histórico como forma de explicar los procesos históricos.”[23]

La desviación que marca la autora citada parece el fruto de una lectura descontextualizada de los textos clásicos y de su unión a efectos de conformar una teoría marxista “de paja”. En última instancia, los clásicos pueden devenir íconos; sus textos, cánones; y su teoría, escolástica. El análisis sociológico transformado en ejercicio ritual sustituye la construcción teórica desarrollada en comunión con la práctica.   

Por otra parte, el modelo presentado por Göran Therborn, buscando una respuesta sobre el dominio de la clase dominante no deja de tener interés a pesar de sus influencias estructuralistas: 

“El poder estatal de la clase dominante se ejerce dentro de una totalidad contradictoria y compleja, que está sometida a un constante fluir y a un constante desarrollo. La lucha de clases tiene lugar dentro y a través de esas contradicciones y desarrollos, que a su vez tienen lugar dentro y a través de la lucha de clases.[24]

En estos términos pueden entenderse mejor las formas que podrían adquirir la autonomía y la índole de su relatividad, las contradicciones estructurales y las alternativas estratégicas históricamente condicionadas. Su interpretación del concepto de determinación social y sus “formatos de representación” no carecen de interés siempre que se acepten las advertencias de Anderson respecto a la naturaleza estrictamente metafórica de la distinción base/superestructura[25].

En un ensayo posterior, Göran Therborn define con claridad la problemática el análisis de clase, por ello reproducimos el párrafo in extenso:

“Los Estados, como toda organización formal, son entidades que toman decisiones. Las clases no. Las clases actúan a través de acciones coordinadas, paralelas o más o menos complejas de sus miembros de clase, pero las clases en tanto clases no deciden. Esta última incapacidad es también una explicación racional de la especificidad del análisis clasista. Pues si las clases fueran reducibles a las organizaciones que dicen representarlas, podríamos más hábilmente sustituir las primeras por el análisis organizacional. En cambio, más que administradores estatales que compiten o que son partícipes de la clase dominante, nos enfrentamos, por una parte, con un conjunto contextualizado de individuos que toman decisiones y, por otra, con un abanico, clasistamente estructurado de conocimientos prácticos sociales y organizacionales, un conjunto de coacciones sobre la acción del Estado planteado por las relaciones de clase y por la acción de las clases, cuya efectividad depende de la constelación de fuerzas de las clases.”[26]     

La reflexión de los autores que hemos repasado se sostiene sobre las luchas de clases de tal modo que lo político constituye un aspecto de esta lucha. Al respecto, nos interesa destacar el concepto de “selectividad estructural”, que desde nuestro punto de vista, puede ser útil a efectos de mostrar el alcance y la naturaleza de la relatividad de la autonomía del Estado. Nos referimos a los medios que utilizan las instituciones estatales respecto de la estructura y  a su: 

“impacto específico y diferencial sobre la capacidad de las diversas fuerzas políticas para realizar sus intereses y estrategias particulares mediante el acceso y el control de ciertas capacidades estatales, las cuales siempre dependen, para sus efectos, de vínculos con fuerzas y poderes que están más allá del Estado”.[27]

Las tentaciones mecanicistas y estáticas de un funcionamiento automático de la relación infraestructura-superestructura se disuelven, dentro de la propia teoría original, a través del concepto de praxis, presente a lo largo de la obra de Marx. El estudio científico del carácter antagónico de la sociedad realizado en “El Capital” renueva las “Tesis sobre Feuerbach” escritas dos décadas antes. El concepto de praxis expresa la continuidad entre el conocimiento científico objetivo y la investigación filosófica de la naturaleza humana y hace cargo al hombre de su propia historia y el futuro abierto: el cambio revolucionario depende directamente de las relaciones de fuerza entre las clases, la situación mundial y distintos factores subjetivos. De este modo, el concepto de praxis se entiende como realidad del proceso histórico, dentro de la dialéctica de la totalidad concreta, a partir de la estructura de poder de clase y de las luchas de clase.

En una coyuntura específica esta estructura -objetivamente definida[28]- puede concebirse como un “marco” de relaciones sociales a partir del cual se procesa y articula la correlación de fuerzas. Este “marco”, unidad estructural genética, se caracteriza por sus contradicciones y antagonismos latentes. Por ello no es inmutable[29]. El análisis de la situación concreta debe incorporar necesariamente la evolución del modelo de acumulación, las mediaciones políticas y sociales, las opciones estratégicas y el desarrollo de las trayectorias de las distintas fuerzas que impulsan la dinámica social de reproducción y transformación.   

Es aquí en donde debemos apropiarnos del concepto de hegemonía y la problemática del sujeto implícita. La visión integral de Gramsci del poder político capitalista como “hegemonía acorazada por la coerción” o “sociedad política + sociedad civil”, más allá de sus distintas versiones, tiene consecuencias estratégicas ineludibles que no pueden generalizarse o fetichizarse[30].

Tal como señala Meiksins Wood, hoy resulta imprescindible la comprensión de la naturaleza del sistema global de Estados nacionales[31]. El capitalismo global, la acumulación global de capital, necesita de autoridadades estatales reales que expresen su soberanía y aporten marcos de estabilidad y predictibilidad dentro y fuera de fronteras. La expansión mundial del sistema capitalista reproduce sus antagonismos, sus contradicciones y sus asimetrías de forma desigual y combinada. La llamada globalización ha generado la activación de nuevas respuestas democráticas de protesta frente a la concentración del poder a gran escala; y también nuevas teorizaciones frente al imperialismo -llámese el proceso de mundialización, la economía mundo capitalista o el modo de regulación global que afecta la naturaleza[32]. No hay interdependencia, hay una asimetría estructural apoyada por el mayor Leviatán Imperialista conocido.

Meiksins Wood ha argumentado con solidez que la simbiosis entre capital y estado es más estrecha  que nunca; que las relaciones entre los Estados Nacionales constituyen los canales por los que se tramita y se efectiviza la globalización. Y agrega:

“Viejas formas keynesianas de intervención podrían ser aún menos efectivas hoy de lo que fueron antes. Pero lo que esto significa es que la acción política ya no puede sencillamente tomar la forma de intervenir en la economía capitalista. Ahora se trata más bien de separar la vida material de la lógica del capitalismo.

En el corto plazo, esto significa que la acción política no puede dirigirse tan sólo a ofrecer incentivos de capital para hacer cosas socialmente productivas, o a compensar los estragos del capital por medio de “redes de seguridad”. La política debe dirigirse cada vez más a utilizar el poder del estado para controlar los movimientos del capital y para colocar su asignación y la disposición del superávit económico cada vez más bajo el alcance de una accountability democrática y en concordancia con una lógica social diferente de la lógica de la competencia y la rentabilidad capitalista.”[33]

La notable advertencia resalta la importancia de las luchas locales y nacionales. Tal como señala  Zemelmann:

“Es cuestión de constatar cuánto pensamiento socialdemócrata, incluso socialista que dice mantener su raigambre marxista, transformado en administrador y aval de políticas conducentes al cumplimiento de ése objetivo estratégico.”[34]

Pero estas cuestiones nos llevan de lleno al análisis concreto.

3. Las dimensiones del trauma uruguayo.

La crisis de 2002 obligó a los uruguayos a mirarse las entrañas. Deudores insolventes, ahorristas frustrados, descarriladura productiva, cierre del comercio exterior, pérdida de soberanía, ineptitud gubernamental, desocupación, emigración, empobrecimiento, marginación, exclusión, segregación, aumento de los niños en situación de riesgo, aumento de suicidios, agresividad multiforme, morbilidad psíquica, inseguridad, incertidumbre... La crisis estaba en la calle, en las puertas de los bancos y de los supermercados. Los registros de los informativos, aún complacientes y cómplices con el poder político, aún timoratos, desafiaban las posibilidades de manipulación de las construcciones estadísticas[35]. El zapping mostraba una virtual cadena informativa con imágenes en serie, fragmentadas, caóticas, de verdaderas historias mínimas, dramáticas y colectivas. Sin embargo, esta colección de imágenes de la crisis vivida no significa necesariamente la comprensión global de los sucesos. La lógica de la noticia se caracteriza por su fugacidad, su rápido perecimiento y la ausencia de mayores explicaciones.

El desarrollo del capitalismo en el Uruguay de las últimas cuatro décadas[36] se caracterizó: por un proceso de especialización e inserción internacional subordinada; por la profundización de las relaciones capitalistas en el campo; por la presencia del capital transnacional en la economía nacional; por la sensibilidad del crecimiento económico frente a las  variaciones de la economía mundial en función de la apertura externa y la desregulación propiciadas; por el aumento de los grandes capitales nacionales y transnacionales; por el incremento de la tasas de plusvalía en términos relativos y absolutos; por los procesos de exclusión y fragmentación social; y por modificaciones regresivas en la estructura de clases.

Veamos la estructura genética que estaba detrás de estos procesos de largo plazo y las fuerzas sociales que los protagonizaron[37]. La clase dominante uruguaya se compone sintéticamente por la oligarquía ganadera, la burguesía agroindustrial, los grandes exportadores, la burguesía  comercial (propietaria de las grandes cadenas), los banqueros, el oligopolio mediático y la burguesía de Estado. En algunas fracciones tiene presencia importante el capital transnacional. Sus centros institucionales como la Asociación Rural, la Cámara Mercantil, de Industrias, de Comercio y de la Construcción, entre otras, confluyen sus intereses en el Consejo Superior Empresarial. Los vínculos personales entre los servidores del estado, las élites políticas, los organismos de gobierno global y los grupos hegemónicos son tales que la lógica puede aprehenderse a partir de un enfoque instrumentalista del régimen democrático. El modelo de crecimiento liberalizador y aperturista con consecuencias de concentración de la riqueza, despojo y exclusión social impulsado desde los puestos de comando del Estado democrático liberal, opera claramente conforme a intereses de clase. Dicho de otro modo, la posición estratégica de los actores determina la orientación de la agenda política. El Gobierno, los partidos tradicionales, la burocracia y las elites empresariales conforman el bloque que impulsa el patrón de acumulación vigente en clara polarización con el movimiento sindical y el Frente Amplio[38]. Posteriormente volveremos a tomar el tema de la caracterización del Estado uruguayo.

A las fracciones reseñadas debemos agregar los pequeños y medianos empresarios, comerciantes y productores rurales. No detallaremos sus múltiples expresiones corporativas.

La clase trabajadora puede clasificarse en función de las ramas de actividad y la precariedad del trabajo. Además, según las estadísticas oficiales en los últimos años ha descendido la Población Económicamente Activa y cambiado su composición, tanto por la emigración como por  el ingreso de jóvenes de sectores deprimidos. Simultáneamente aumentan los inactivos. Además de la central de trabajadores (PIT-CNT), encontramos una amplia constelación de movimientos y asociaciones representativas: en torno a la vivienda (FUCVAM, FECOVI, Frente Nacional del Inquilinos); estudiantiles (FEUU, varias organizaciones de estudiantes de secundaria); barriales (comisiones de vecinos, ollas populares, merenderos, policlínicas, etc); de jubilados (ONAJPU); de Derechos Humanos (Familiares de Detenidos Desaparecidos, Hijos, Familiares de Asesinados Políticos); de la cultura (una vastísima gama de asociaciones teatrales, de carnaval, musicales, etc.); radios comunitarias; de cooperativistas; y de otras categorías de la población (diversas organizaciones de mujeres, juveniles, de desocupados, etc.)[39].

La macroeconomía neoliberal demolió o demeritó gran parte de la economía nacional, incluyendo las fuerzas productivas en general, la fuerza de trabajo, la mentalidad obrera y las perspectivas de futuro. En estas condiciones, la superposición de las crisis distributiva, productiva, laboral, fiscal y bancaria que fueron acumulándose fundamentalmente desde 1998 culminó con el crac de junio de 2002. El modelo de acumulación impuesto durante la dictadura llevó al país a su mayor crisis histórica.

La concentración estructural de la riqueza fue acompañada paralelamente por la concentración del poder político. El welfare state periférico, paternalista, de fuerte clientelismo había sido sometido a un planificado proceso de descomposición de tres décadas. Por ello, en el 2002 el Estado mostró su más absoluta impotencia ante la crisis. En efecto, el Estado Uruguayo venía sufriendo un giro tecnocrático y una reducción del viejo clientelismo a la agenda neoliberal:

“El Estado social se mercantiliza, el Estado empresario se terciariza y el Estado regulador acepta crecientemente el libre juego del mercado. Aún este Estado está lejos del Estado privatizado y minimalista que tantos países en la región han abrazado.”[40]

Quizás la característica amortiguación social descripta por Real de Azúa[41] haya mediado las tendencias sistémicas de la periferia capitalista latinoamericana, pero aún así difícilmente podríamos dejar de definir al Estado Uruguayo como un Estado Neoliberal Excluyente. Por ejemplo, De Sierra al constatar las barreras de la democracia política frente a las luchas políticas populares, no duda en adoptar el concepto de “estatismo autoritario” de Poulantzas y anunciar la constitución de una “nueva forma democrática” con dispositivos autoritarios. En resumen: concentración de poderes en el Ejecutivo, su preeminencia sobre el Legislativo y el Judicial, búsqueda de legitimación tecnocrática a las políticas públicas, despolitización de las luchas sociales, etc.[42] De hecho, esta visión estructuralista no hace más que constatar la necesidad de un control clasista más instrumental y directo del Estado Uruguayo.

Como respuesta a la crisis de 2002, rápidamente cambiaron las pautas de consumo de los sectores medios ante la caída generalizada del nivel de vida[43]. Pero lo más interesante fue la eclosión de nuevas y viejas manifestaciones solidarias: merenderos, ollas populares, huertas comunitarias, clubes de trueque, cooperativas de producción e innumerables estrategias colectivas de sobrevivencia. La llamada “economía solidaria” tiene una larga historia en el país. Ésta abarca a un importante sector cooperativo que cubre a más de un tercio de la población, la Federación Uruguaya de Cooperativas de Viviendas por Ayuda Mutua (FUCVAM) con más de 300 cooperativas que agrupan unas 16.000 familias, y experiencias de largo aliento como la Comunidad del Sur[44]. Pero la notable amplificación y diversificación del fenómeno como respuesta a la emergencia social no tiene precedentes[45]. Estas experiencias resultaron más que un paliativo, sobre todo en Montevideo donde se organizó una vasta red popular apoyada por la Intendencia. Un elemento a destacar es que estas estrategias no adquirieron el estatus ilusorio de panacea[46].

El paulatino debilitamiento de la clase trabajadora –devaluada, flexibilizada, desregulada, precarizada, desempleada- se ha trasladado en los últimos años a sus organizaciones sindicales y a su central. Sin embargo, desde comienzos de 2002 las protestas por trabajo se multiplicaron y las acciones en defensa de las empresas públicas (en particular la petrolera ANCAP) contribuyeron  a crispar los nervios del gobierno y a profundizar su irreversible deslegitimación.

Una de las “anomalías” de la coyuntura fue la conformación de la “Concertación para el Crecimiento” -integrado por la Federación Rural y otros sectores empresariales- y su acción conjunta con el PIT-CNT, la ONAJPU (organización de jubilados), la FEUU (los estudiantes universitarios), la Universidad de la República y la coalición de izquierdas  en un imponente acto el 16 de abril. Fue la expresión de fuerzas sociales más amplia de resistencia al modelo económico, aunque efímera (existían en sus seno sectores antagónicos que ponían en tensión la interna de las fuerzas populares) e incompleta (no todos las fuerzas populares de peso accedieron a integrarla). El año 2002 significó un punto de inflexión en que quedó al descubierto la fragilidad del modelo económico y las posibilidades de un cambio en la correlación de fuerzas. Sin embargo, la estructura de poder estaba firme. Las grandes fuerzas gremiales de empresarios optaron por utilizar sus canales rutinarios con el gobierno, mostrando disidencias entre ellas.

Otra “anomalía” fueron los saqueos a supermercados y el exagerado rumor que sobre el tema  se expandió el 2 de agosto. Personal policial se encargó de propagar una noticia falsa: cientos de saqueadores estarían bajando del Cerro y otros zonas periféricas, dirigiéndose hacia los centros comerciales y arrasando todo a su paso. A media tarde de esa jornada se había detenido la actividad comercial. Nada había sucedido. Por unos días, los barrios periféricos estuvieron bajo virtual estado de sitio, con estricta vigilancia terrestre y aérea. Una pequeña pero clara señal de la organización y disciplina del Aparato Represivo del Estado[47]. El verdadero saqueo, el que obligó a decretar un feriado bancario, no dejó de ser noticia.   

El gobierno evaluó que el 2002 había sido el más traumático en los últimos cien años de existencia del país[48]. Explicaba semejantes circunstancias en función de la crisis financiera argentina y de desgracias externas como si se tratara de una catástrofe natural o una infección mal inhibida y no del resultado de políticas de gobierno específicas. Sin embargo, la mayor crisis económica de la historia conllevó una pesada crisis de legitimación y de liderazgo del Poder Ejecutivo. Frente a la coyuntura, el gesto más acertado fue la sustitución del Ministro de Economía Alberto Bensión, un rígido tecnócrata, por Alejandro Atchugarry, un político hábil. El Gobierno optó por continuar su línea económica y recostarse al FMI, al Banco Mundial y al Tesoro de los EE.UU. quienes proveyeron fondos frescos. Uruguay firmó una nueva Carta de Intención. Los Partidos Tradicionales acompañaron las resoluciones y el Frente Amplio, no sin un fuerte debate interno- se limitó a reiterar su “lealtad institucional” a efectos de no desestabilizar al Gobierno. Las fuerzas sociales comprendieron el mensaje y moderaron en la medida de lo posible la creciente movilización.

Las políticas sociales del  gobierno, su “red de protección social”, resultaron notoriamente insuficientes, producto de una mentalidad liberal decimonónica que atiende la cuestión social a través de mecanismos filantrópicos y asistencialistas[49]. Entre las consideraciones de gobierno nunca estuvo, no podía estarlo, atacar las raíces de la crisis: el mismísimo modelo de acumulación. A pesar de sus esfuerzos o quizás a causa de ellos, la imagen del Presidente cayó verticalmente. La sensación de decadencia y el malestar públicos enfocó al Gobierno y a gran parte de los sectores de los Partidos Tradicionales[50].

Desde el 2003 el imaginario colectivo mantiene en carne viva los efectos de la profunda crisis. A pesar de las imposturas ideológicas, la coalición de gobierno -hoy quebrada- no pudo evitar convertirse en  blanco de las críticas del más amplio espectro social. El deterioro de los cimientos  de la vieja dinastía política tradicional presagian su irreversible derrumbe. La izquierda vive un clima de exultante triunfalismo frente a las próximas elecciones de octubre de 2004, en la medida que encuesta tras encuesta y en forma unánime la señalan como la probable ganadora.

La derogación  plebiscitaria de la privatización de ANCAP constituyó un duro y esperado revés al neoliberalismo. Un movimiento de recolección de firmas que había comenzado tímidamente desde el sindicato y el barrio de La Teja fue amplificándose desde la central sindical, generando un vasta movilización intersocial, tomando el Frente Amplio y generando una definitiva polarización política. La renovación de los tradicionales debates dentro del PIT-CNT sobre las alianzas sociales, las formas de lucha, la plataforma y las perspectivas políticas comprueban su autonomía. La central no puede adscribirse fácilmente a la imagen de “correa de transmisión” de uno u otro partido político.   

Desde fines de 2002 se ha desarrollado una campaña delirante y surrealista de la versión oficial de la recesión con el agregado del anuncio de su conclusión y de un futuro optimista. Efectivamente se saldrá “naturalmente” de la recesión merced al deterioro económico, a una nueva caída de los ingresos y a mayores restricciones al consumo[51]. La ficción consiste en que esta “salida” no fue el resultado de la acción del Ejecutivo ni se traducirá en una mejora de la situación de la mayoría de los uruguayos. En la cola de cobro están primero acreedores internacionales, personal tecnoburocrático, jerarcas de confianza, proveedores del Estado y un largo etcétera.

Los viejos mecanismos retóricos de persuasión aplicados convergentemente por el oligopolio mediático se combina con las candidaturas de los hombres de los partidos tradicionales menos afectados por la debacle[52]. Estas fórmulas gatopardistas difícilmente podían evitar ser un blanco electoral fácil para la izquierda. La legitimidad del gobierno así como la de los partidos tradicionales estaba muy mellada aunque la matriz ideológica dominante goce de buena salud. 

Como conclusión del período debemos constatar la conformación de una verdadera retícula social, de carácter popular, amorfa, diversa, heterogénea, de sentidos múltiples, expansiva. Incluyo en ella a las fuerzas reseñadas más arriba. Sus nudos más activos son el PIT-CNT, FUCVAM y la FEUU pero la constelación va mucho más allá de estas organizaciones. La especificidad y cotidianeidad de muchas de estas asociaciones le dan un orden caótico y por ello fácilmente “serializable”[53]. No necesariamente se activa en conjunto y con una subjetividad antagonista. Pero debemos tomar nota de sus potencialidades. Esta retícula actualmente encuentra mayoritariamente su expresión política en el Frente Amplio. Fue en última instancia esta fuerza política la que ante la crisis de producción, distribución y consumo, ante el aumento de la privación y el sufrimiento populares y ante la aceleración de la actividad de las masas, evaluó la crisis del sistema político, la solidez de los Aparatos Represivos y los Aparatos Ideológicos del Estado, y marcó el rumbo ordenado, legal y pacífico de la resistencia. Desde entonces la centralidad del Frente Amplio en el escenario político necesita especial atención.

4. La trayectoria estratégica de la izquierda uruguaya. 

Desde 1984 el Frente Amplio acicateado primero por su consolidación, luego por su crecimiento electoral, después por el triunfo montevideano y luego por la irresistible victoria electoral, ha ido modulando su posición en el tablero político como fuerza de oposición pero integrada positivamente al sistema y al régimen de “legitimación recíproca” [54] con los partidos tradicionales. Este desarrollo fue fruto de arduos debates en torno a las políticas de alianzas, a la organización, al programa, a la táctica electoral y al conjunto de normas y pautas de comportamiento[55]. Semejante re-politización y re-conceptualización no pudo llevarse a cabo sin tensiones ni rupturas tanto del Frente Amplio como a la interna de los distintos grupos integrantes. La visión más categórica de la revisión estratégica fue la presentada en julio de 1991 en un documento paralelo al Congreso que entonces se celebraba[56]. Dicho documento concluía:

“Nuevas confluencias se hacen posibles. Confluencias renovadoras dentro del Frente Amplio. Confluencias del Nuevo Espacio y el Frente, para que todas las izquierdas sumen esfuerzos. Confluencias de las izquierdas con sectores progresistas de los partidos tradicionales, en ruta hacia una coalición para un gobierno alternativo de mayorías.”

A esa altura era más que notorio un “corte transversal” que en algunos casos atravesaba y atraviesa aún organizaciones partidarias. Una falla ideológica comenzó a abrirse incluso dentro de las corrientes marxistas. Nos interesa el análisis de esta grieta y profundizar en una tendencia que toma distancia del paradigma marxista o por lo menos lo diluye. En resumen: a) Frente al conflicto social propone el consenso político. Conceptos como clase y lucha de clases son sustituidos por otros como actores, ciudadanías, cultura política, pactos y concertaciones. b) Renueva cierto igualitarismo en función de un realismo pragmático. Ejes de la crítica marxista como dominación, explotación o clase dominante son descartados en aras de las problemáticas emergentes del sistema político, del gobierno, del marketing, de la gestión, de la gobernanza, etc.  La terminología –por ejemplo el concepto de hegemonía- es vaciada de contenidos sociales. c) No analiza elementos claves del horizonte marxista como la expropiación o la extinción del Estado. Las cuestiones de la crisis sistémica y del cambio revolucionario son mediadas por una impostura ecléctica y utilitaria que enfatiza cuestiones consideradas más inmediatas o tangibles, como las crisis funcionales y la responsabilidad ante el régimen democrático. La partitura post-marxista, en el sentido de Laclau[57], que asumieron Rodrigo Arocena, Enrique Rubio y Marcelo Pereira son excelentes ejemplos de esta transformación[58]. El movimiento vuelve a ser todo según la vieja consigna revisionista.

Acertadamente Lanzaro[59] en su análisis de la evolución del Frente Amplio, caracteriza esta fuerza política como un catch-all party utilizando el instrumental de Kirchheimer. En términos clausewizanos diríamos que sobre la marcha y tras los sucesivos “encuentros”[60] electorales, el Frente Amplio fue modificando paulatinamente su trayectoria estratégica y su propia identidad organizacional. El desplazamiento de las lógicas militantes y el descaecimiento del aparato de base son el mejor indicador de este fenómeno. La coalición debilita paulatinamente el movimiento. La llamada “renovación” de la izquierda, en clave liberal, ha afectado la laxitud de las referencias ideológicas socialistas, aumentado el peso de los liderazgos, debilitado los patrones organizacionales, ampliado la convocatoria electoral y relajado los vínculos con las fuerzas sociales[61]. Estas tendencias se profundizaron con la creación del Encuentro Progresista, una alianza del Frente Amplio más grupos escindidos de los Partidos Tradicionales y del propio Frente Amplio.    

El crecimiento de la izquierda, elección tras elección, provocó una jugada clave de los Partidos Tradicionales. Estos promovieron y lograron una reforma constitucional en 1996, el balotaje, que al menos postergó que la izquierda alcanzara el Gobierno en 1999. En efecto, el objetivo central de la reforma era mejorar las posibilidades electorales de los partidos tradicionales frente a la izquierda[62]. Como vimos, Frente Amplio optó estratégicamente por la moderación y la extracción de la carga de las armas de la crítica emancipadora clásica. La idea del triunfo del Frente Amplio en las próximas elecciones se instaló definitivamente en el imaginario colectivo desde la crisis de 2002. De hecho, esta esperanza refirmada por la propia coalición resultó un factor amortizador y estabilizador. Así como continuó su trayectoria estratégica, continuó su crecimiento electoral. Después de la crisis, se inaugura una nueva alianza, la Nueva Mayoría, que involucra al Encuentro Progresista con nuevos grupos escindidos de los Partidos Tradicionales y también del propio Frente Amplio.

Por otra parte, al interior del Frente Amplio comienzan a multiplicarse los “espacios”, es decir, acuerdos electorales laxos con personalidades y grupos extra frenteamplistas. El mayor de estos espacios lo constituye la lista 609 cuyo centro es el Movimiento de Participación Popular (MPP), expresión de masas del viejo Movimiento de Liberación Nacional (MLN). Aquí se nota claramente el “corte transversal” del que hablábamos más arriba y las maniobras ideológicas por resolverlo. Resulta sintomático el hecho que el Senador Mujica, el líder indiscutido del sector se refiera, por ejemplo, a un nuevo keynesianismo apoyado por el Banco Mundial[63], retome la discusión estratégica en la clave iniciada por el “Documento de los 24”[64] y afirme en una entrevista:

“Yo no le voy a pedir a los burgueses que sean socialistas, pero pará, que sean burgueses como la gente. Yo voy a estar del otro lado peleando con los trabajadores para que se organicen lo mejor posible para pelearles el salario. Algunos dicen “lucha de clases”. Pero si en Uruguay no hay lucha de clases. El tipo que está peleando para poder vivir, ¿de qué lucha de clases me hablás? Está peleando para ver si paga la luz el mes que viene. Eso es apenas sobrevivencia. Yo creo que puede haber gente que le convenga un gobierno de izquierda, pero yo no voy a disimular mi ideología socialista, ni tampoco me chupo el dedo. ¿De qué socialismo me hablás en medio del subdesarrollo y la pobreza? ¿Qué voy a hablar de eso? Tengo que ser un país rico como condición. Entonces tiene que funcionar ese capitalismo, pero un capitalismo como la gente, para que nos podamos agarrar bien de las greñas [se ríe].” [65]

Estas ideas darían para un comentario más extenso sobre el mito de una burguesía y un  capitalismo “como la gente” en la periferia, pero no es nuestra intención aquí un examen exhaustivo de las formas ideológicas que asumen las transformaciones de cada uno de los sectores de la izquierda uruguaya ni la coherencia o la certeza de sus contenidos[66]. Sí queríamos ubicar la dirección y el sentido de su marcha[67] y constatar la convergencia táctica entre el pensamiento post-marxista y el nacionalismo de izquierda[68].

A esta altura de la investigación sí resulta imprescindible establecer el uso convencional, gramatical, del término izquierda. El Frente Amplio y su esquema de alianzas –un verdadero sangaku partidario- tiene como denominador común una ideología política ambigua, de consenso que pretende trascender y asociar positivamente las diferencias entre los grupos integrantes. El radicalismo de su Declaración Constitutiva ha sido abandonado[69] y sustituido ya por el léxico post-marxista, ya por una jerga de cuño nacionalista y populista. Por supuesto, el fondo no es una cuestión de lenguajes sino de estrategia.

Desde nuestra óptica, el término izquierda, aquí y ahora, refiere a una actitud unitaria frente al neoliberalismo y en particular de naturaleza defensiva frente al menoscabo de la soberanía nacional y a la acuciante cuestión social. Las raíces de clase de esta izquierda,  múltiples y confusas, suelen sintetizarse bajo el término “pueblo”. Esta categoría real y contradictoria intenta abarcar la praxis de los múltiples sectores perjudicados por el régimen de acumulación dominante. De los contenidos estratégicos del concepto izquierda, como vimos, se infiere la existencia de al menos dos corrientes, dos modelos políticos, uno de ellos ampliamente mayoritario. Los dilemas tácticos a los que se enfrenta el Frente Amplio y el conglomerado que hemos llamado “izquierda”, luego de ganar en primera vuelta las elecciones de 2004, se refieren sobre todo a la futura praxis ante el programa de cambios.

5. Los dilemas tácticos de la izquierda uruguaya.

El Frente Amplio no sólo recibió un país en ruinas. Recibió también un modelo político-económico en funcionamiento. Existe un largo inventario de preguntas respecto del programa que de un modo u otro serán respondidas con propuestas concretas. Nos referimos a la pobreza, la segregación residencial, la desintegración social, la salud, la educación y la seguridad social; a la generación de fuentes de trabajo, la promoción del sector productivo, el rol del sistema bancario, el cambio del sistema impositivo y la política monetaria; a la deuda externa, la integración regional y las relaciones internacionales; a la transformación del Aparato del Estado, la depuración de las Fuerzas Armadas, la relación con las fuerzas populares y la postura frente a los medios masivos de comunicación. Estos temas suponen tensiones políticas, producto de los antagonismos de base y de  los límites propios de un país periférico, aún con acuerdos regionales, en la actual economía mundial. 

¿Cómo abordará el Frente Amplio el Estado Neoliberal Excluyente? Según el rumbo que tome el factible gobierno progresista  las tensiones estallarán en tres arenas: contradicciones entre las fuerzas antagónicas, contradicciones en el seno de las fuerzas de las clases dominantes y contradicciones en el interior de los sectores populares. ¿De qué modo coparticiparían los Partidos Tradicionales en el gobierno de izquierdas? ¿Qué tipo de relación tendrá el FA con el área reticular? ¿Adoptará un esquema de contención social? ¿Intentará cooptar y manipular las expresiones populares? ¿Sobre qué bases conformará una alianza política y social que permita cierta gobernabilidad? ¿La izquierda domará el Estado o será domada por éste? La cuestiones centrales de este cúmulo de preguntas pasan por asumir una neta diferenciación de las prácticas del Frente Amplio respecto de los Partidos Tradicionales y en particular, por fundar una nueva relación política-masas.  

El triunfo electoral frenteamplista tal como se esperaba significó una nueva coyuntura, un punto de articulación e indeterminación bajo las condiciones estructurales heredadas pero en una nueva correlación de fuerzas. La trayectoria estratégica del Frente Amplio, su praxis y su programa orbitan según la racionalidad capitalista. La palabra “revolución” tiene un uso esporádico, metafórico y casto, propio de un cuerpo extraño en el discurso de un catch all party. Sin embargo, sus gestos de partida deben mostrarlo distinto a los Partidos Tradicionales.  La enorme esperanza popular puesta en el cambio y el crédito extendido lo exigen. Este cambio se objetivaría en una transición hacia un nuevo formato de representación y un modelo económico de corte neo-desarrollista. No podemos olvidar los acentos productivistas, democratizadores y distribucionistas cuya implementación significarían límites y tensiones graves. De ahí la necesidad de definición respecto de las formas de organización, los medios estratégicos, las fisuras de los oponentes sociales y políticos, y  respecto de los medios de comunicación y los Aparatos Represivos del Estado.

Es en este punto, el empuje del programa de cambios, donde se bifurca el camino y en donde se ponen en juego la credibilidad política y las esperanzas de las masas. O se limitan y congelan las aspiraciones de las grandes mayorías a las necesidades del actual patrón de acumulación o se profundiza el proceso de democratización y transformación de la sociedad[70]. La primera alternativa supone la adaptación, la normalización de la izquierda, su burocratización y su reducción a gestoría y válvula de seguridad de la coyuntura. Dicho de otra manera, significaría el triunfo de los poderes fácticos de los organismos internacionales, las transnacionales y sus socios locales. Esta alternativa conducirá a un amplio espacio de posibilidades que incluyen el desencanto popular, la apatía, la anomia, la indignación, la anti-política del “todos los políticos son iguales”, nuevas fracturas en la izquierda, nuevas crisis de legitimidad y, quizás, la simple rotación en el Gobierno. No pretendemos hacer futurología. No podemos adelantar cómo enfrentarán los sujetos sus márgenes de construcción. Pero esta no es la única alternativa.  

El alcance de los cambios y la instauración de un modelo de acumulación sustantivamente distinto dependerá de la correlación de fuerzas sociales y políticas, con todo lo que ello significa en términos de luchas de clase y de construcción de la hegemonía popular. ¿Se abrirá la posibilidad de pasar a la ofensiva, transformar  la institucionalidad vigente, democratizar el régimen, asumir las tareas de organización, formación y de contacto permanente con las asociaciones y movimientos populares? La “guerra de posiciones” gramsciana es una construcción de largo aliento que tarde o temprano se combina necesariamente con la “guerra de movimientos”.

Ya nos referimos a la potencialidades de extensión y movilización de lo que llamamos área reticular en Uruguay y a sus características peculiares. Los nuevos impulsos requieren un compromiso real entre esta área, la fuerza política y el gobierno en base al programa. Sobre esta articulación se construye el sujeto y se potencia su capacidad de re-estructuración de la formación social. La transformación democrática del régimen y del propio estado son parte del proceso[71]. En la segunda parte ya discutimos el concepto teórico de autonomía relativa y su vinculación a la noción de hegemonía. La potencialidad estructuradora, transformadora, de un gobierno de izquierdas respecto de las relaciones Estado-sociedad y política-masas, incluye no sólo el enorme desafío de cambio del modelo económico. Implica también la modificación del campo de acción de múltiples agentes sociales y la modificación de las relaciones de poder. La fuerza política constituye un medio eficaz aunque deban despejarse los intereses contradictorios (y hasta antagónicos) que encierran la ecuación política que más arriba denominamos sangaku.  

No olvidamos las advertencias anti-revisionistas de Rosa Luxemburgo en 1899:

"La reforma legislativa (legislación)  y la revolución no son métodos de desarrollo histórico que puedan elegirse a gusto en el buffet de la historia, como quien elige salchichas frías o salchichas calientes. La reforma legislativa y la revolución son diferentes dimensiones en el desarrollo de la sociedad dividida en clases. Se condicionan y completan mutuamente, y al mismo tiempo se excluyen entre sí, como  el polo norte y el polo sur, como la burguesía y el  proletariado.”[72]

Simplemente intentamos formular los pre-requisitos sociales y políticos de una futura ofensiva contra-hegemónica que implicaría llevar el programa hasta sus últimas consecuencias y cuestionar el poder asentado en la estructura genética. Recién en ese punto podríamos hablar de la constitución real de un príncipe “alternativo” asociado a un príncipe “regional”[73]  y a largo plazo, más allá.

En términos generales, la creación de nuevas condiciones y la construcción de nuevas correlaciones de fuerzas en torno al proyecto de cambio suponen el enfrentamiento entre las fuerzas de transformación y las fuerzas fácticas de reproducción del status quo. En términos clausewitzianos hablaríamos de la confrontación, el reconocimiento del enemigo, la reacción de éste y la posibilidad del encuentro[74]. En los sesentas Ernesto Che Guevara solía utilizar al respecto una analogía química y se refería una y otra vez a agentes y procesos catalizadores. En ese sentido también enfatizaba la necesaria renovación teórica, “hija de la experiencia”[75]. Hoy nos encontramos nuevamente con esos dilemas propios de la toma de conciencia de los problemas sobre la marcha y de la innovación estratégica radical en el largo y conflictivo proceso de acumulación de fuerzas. Nuestra propia experiencia latinoamericana ha demostrado que la profundización de la democracia y la vigencia del Estado de Derecho no dependen sólo del respeto de la izquierda.

Hace poco Bensaïd, nos recordaba que a comienzos de la guerra, en los márgenes de la “Lógica” de Hegel, Lenin apuntaba: “La gradualidad no explica nada sin los saltos. ¡Los saltos! ¡Los saltos! ¡Los saltos!” [76]

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[1] Vilar, 1999, 81

[2] Vilar, 1999, 105

[3] Marx 1974, 39-53

[4] En Marx y Engels 1983.

[5] Gramsci 1972.

[6] “En general, no hay nada más importante en la vida que encontrar en forma exacta el punto de vista desde el cual deben juzgarse y considerarse las cosas y mantenerlo luego, porque sólo podemos comprenderla masa de acontecimientos en su unidad, desde un punto de vista, y sólo manteniendo estrictamente este punto de vista podemos evitar las inconsistencias.”  Clausewitz  1975, 668. 

[7] Bourdieu 1980, 144.

[8] Bourdieu 1988, 28-29 y 57-58.

[9] Dobry 1988, 68, atribuye al marxismo lo que llama “espejismo heroico”: “ciertas representaciones ‘indígenas’, las de los propios actores sociales, tal como aparecen concretamente en forma de ‘recetas’ prácticas en los manuales de estrategia revolucionaria... No es extraño que el tiempo de la crisis sea percibido y racionalizado como el de la especial eficacia política de los ‘factores subjetivos’”. Sin embargo, Dobry expone un enfoque más limitado que no llega a hacerse cargo del código genético de las crisis. Desde nuestro punto de vista, los análisis de Marx tienen la virtud de superar y, a la vez, marcar los extremos de validez de los interesantes aportes de Dobry.

[10] Un buen ejemplo lo constituyó el debate político histórico en torno al ¿Qué Hacer?. Otro ejemplo fue la polémica teórica entorno a Althusser protagonizada particularmente por  Thompson, 1981, y Anderson, 1985, que no podría ser constreñida al ámbito académico.

[11] Marx, K. y Engels, F. 1983, 181-185.

[12] Nos remitimos al excelente resumen de Sánchez Vazquez, 1999

[13] Por ejemplo, Bagú, 1972, comenta: “Enfrentados a una situación o a un problema histórico, los analizaron siempre con la mayor libertad mental, sin preocuparse por las alteraciones que sus análisis coyunturales podían proyectar sobre sus propios enunciados teóricos generales.”

[14] Boron, 1991, 232 y ss.

[15] Al respecto ver Marx, 1974, 39-53 y Kosik, 1967, 62-63.

[16] Borón, 1991, 28, ¿qué puede ofrecer el marxismo a la filosofía política?  La respuesta debería, a nuestro juicio, orientarse en tres direcciones: (a) una visión de la totalidad; (b) una visión de la complejidad e historicidad de lo social; (c) una perspectiva acerca de la relación entre teoría y praxis.”

[17] Nos referimos a críticas excesivamente ligeras que reducen el pensamiento de Marx y toda su descendencia al catecismo ideológico y mecanicista del Diamat. Llama la atención que algunos de estos críticos proceden del más duro althusserianismo. Borón, Atilio A. y Oscar Cuellar 1983      

[18] Borón , 2000, 211 y ss.

[19] Gold, Clarence y Olin Wright, 1986.

[20] Miliband, 1978, 96..

[21] Está de más aquí explayarnos en la interesantísima polémica metodológica entre Miliband y Poulantzas.

[22] Poulantzas, 1980, 177-178. También dice: “Lo político-estatal (y lo mismo sucede en el caso de la ideología) estuvo siempre, aunque bajo formas diversas, constitutivamente presente en las relaciones de producción y, por consiguiente, en su reproducción.” 1980, 12.

[23] Meiksins Wood 2000, 70.

[24] Therborn, 1987, 300.

[25] Anderson, 1985, 79.

[26] Therborn, 1985, 142-143.

[27] Jessop, 1999, 101. El autor repasa las distintas teorías del Estado e intenta rescatar los aportes de la escuela de la regulación.

[28] No nos referimos aquí al concepto de “formación de clase” que discute Meiksins Wood, 2000, 90 y ss.

[29] Al respecto ver González Casanova 1999, 91; y Matus 1977.

[30] Anderson, 1987.

[31] Meiksins Wood, 2000 (b)

[32] Samir Amin, 2000; Wallerstein, 2003; Altvater 1994.

[33] Miksins Wood, 2000 (b), 117.

[34] Zemelman, 1992

[35] Son múltiples las fuentes estadísticas fidedignas. Recomiendo Filgueira, 2002. El informe académico más completo en cifras y más cercano se encuentra en Mazzei (comp.), 2003. Día tras día el periodismo de la coyuntura, con tonos sensacionalistas, dio muestras elocuentes de la crisis frente a políticos que pretendían disminuir la gravedad.

[36] Olesker 2001 (a).

[37] Sigo fundamentalmente a Olesker, 2001 (b) aunque realizo algunas variaciones. Debo señalar el vacío académico respecto del tema del poder y las clases sociales en las últimas décadas, con algunas viejas excepciones.

[38] Estas son consecuencias directas que surgen de Moreira (1997).

[39] El inventario de fuerzas sociales realizado por Stolovich (1988) se ha multiplicado y diversificado notoriamente. 

[40] Filguiera, Garcé, Ramos y Yaffé 2003.

[41] Real de Azúa , 1984

[42] De Sierra, 1992; Longhi 1989, 1994.

[43] Ver resumen de una conferencia de Guillermo Oliveto en La República, 6/12/02, pag. 34.

[44] Al respecto ver Guerra, 2002 (a) y (b) y sobre todo Falero, 2003.

[45] Comisión de Derechos Humanos y Políticas Sociales, 2002.

[46] Recordamos al respecto el reconocimiento de Marx al valor intrínseco de estas formas de organización y, a la vez, las advertencias acerca de sus límites estructurales. Marx y el marxismo dedicaron referencias a la autogestión y al cooperativismo. Al respecto, véase como ejemplo –aunque incompleto y ya desactualizado- la antología de  Mandel  1974, 15-84.

[47] Omitimos el análisis de Lenin sobre las situaciones revolucionarias de 1905 y 1917. Sobre todo El marxismo y la insurrección y Contra la corriente.

[48] Al respecto ver los Mensajes del Poder Ejecutivo a la Asamblea General (Memorias anuales de los Ejercicios 2002 y 2003) en   http://www.presidencia.gub.uy/mem2002/mensaje.pdf

[49] Ibídem.

[50] Al respecto, son útiles la encuestas de Factum, en diciembre de 2002, el desempecho del Presidente era apoyado por 1 de cada 7 uruguayos.

[51] Olesker, 2004.

[52] Nos referimos al Dr. Larrañaga del Partido Nacional y al Esc. Stirling en el Colorado.

[53] Nos referimos a los procesos de atomización de los individuos y  su integración al sistema, Sartre, 1987.

[54] El concepto de “legitimación recíproca” refiere a “la mutua admisión como agentes legales y, aún más, socialmente constructivos”,  Pérez, 1984.

[55] Para una historia detallada del Frente Amplio ver Aguirre Bayley, 2000.

[56] “Más allá del desaliento hay un país que nace”, folleto también llamado  “Documento de los 24”.

[57] Nos referimos a la ideología de Laclau (1987) y otros que afirman ir “más allá de Marx” en clave democrático liberal, cosa que significa desde nuestro punto de vista, el abandono del marxismo explícita o implícitamente.

[58] Arocena, 1991; Rubio y Pereira, 1994; Rubio, 1999

[59] Lanzaro, 2001

[60] La analogía bélica es altamente ilustrativa. Ver Clausewitz (1975) 201-260.

[61] Yaffe, 2002

[62] Bottinelli et al (2000)

[63] Mazzeo, 2002, 85.

[64] Mujica y Arocena, 2003, 11

[65] “El sueño ‘capitalista’ de un guerrillero”, entrevista de Alberto Grille y Víctor Carrato, Revista Caras y Caretas, N° 125, 2/1/2004.

[66] Recientemente Alejandro Vegh Villegas, un típico tecnócrata neoliberal, ex-Ministro de Economía y ex Consejero de estado durante la dictadura militar, ha coincidido explícitamente con aquellas declaraciones (en la revista Caras y Caretas 18/2/2005).

[67] Hemos omitido un análisis más amplio de otras corrientes. Digamos simplemente que existe gran diversidad de expresiones que insisten en la positividad ética y sociológica del concepto de revolución, reivindican el tronco histórico de los movimientos obreros y populares, y asumen el marxismo en distintas variantes. En resumen, conciben la emancipación como una cuestión revulsiva que supera el horizonte marcado por la actual estructura de clases. Esta tendencia atraviesa Partidos y Movimientos. También se instala en grupos sectarios de retórica explosiva, sin mayor impacto popular.   

[68] Destaco con esta denominación los parecidos de familia con el ecléctico repertorio de ideas de la corte nacionalista y populista de algunas agrupaciones de izquierda de los años 60s.  No descarto el papel que pueda tener el sentimiento nacional frente al imperialismo y la mundialización. Además, en el caso de Mujica se trata de un ex-guerrillero que ya tiene ganado un lugar en la historia y nos sirve de “prueba del nueve” de ese proceso que incluye juegos mediáticos, ampliación del auditorio y crecimiento electoral en situación de crisis. No podemos dejar de constatar que estos han sido tiempos de desarme de la teoría crítica y de deterioro del discurso político de la izquierda en general. 

[69] Los documentos fundacionales pueden encontrarse en Aguirre Bayley, 1985,

[70]  Al respecto ver Falero, Alfredo y Vera, Angel  2004. Allí realizamos un análisis centrado en la estructuración sistémica global y la respuesta de los movimientos sociales uruguayos.

[71] Reconocemos el tipo de estado capitalista y en particular el Estado Neoliberal Excluyente.  Pero lejos del pensamiento “autónomo”, neoanarquista, etc., entendemos que hay una lucha aquí y ahora, que puede y debe plantearse en ese ámbito.    

[72] Luxemburgo, Rosa 1978, 70.

[73] Los comienzos del siglo XXI nos han deparado un rencuentro con el ideario de la primera independencia latinoamericana.   

[74] Clausewitz, 1975, particularmente el capítulo III.

[75] Guevara 1988: 45

[76] Tomado de Bensaïd (2003)

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