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La objetividad en la información y el semanario Búsqueda

Escribe: Roque Faraone

 

En año 2000, la editorial Cal y Canto editó un interesante estudio (con el título que lleva esta nota) sobre la objetividad en el semanario Búsqueda. Transcribimos las Conclusiones de la investigación realizada a raíz de un seminario realizado en 1998. Subrayamos las fechas porque marcan el contexto político, diferente del actual, en que fueron escritas estas conclusiones. Con esta simple advertencia vale la pena releer el libro.

Diversas conclusiones, de distinta naturaleza, surgen nítidamente del conjunto de análisis efectuados.

Primera: el semanario Búsqueda, como la mayoría de los periódicos, es un actor político, como dice Héctor Borrat.

En este caso un actor político comprometido con la defensa del statu quo socio-político y en menor medida con el establishment constituido por los gobiernos y los dirigentes políticos eventualmente reemplazantes. Suele ser vocero anticipado de decisiones o sugerencias del gobierno.

Segunda: en un país de fuerte tradición de periodismo de partido, pudo construir un prestigio de objetividad, sobre todo por haber sido especialmente cuidadoso en el tratamiento de la información relativa al Partido Nacional y al Partido Colorado, hasta ahora los principales actores del establishment político.

Tercera: aparentemente, la objetividad cultivada es dependiente de las premisas anteriores y por lo tanto padece tanto más cuanto menos interesa al statu quo o al establishment el tema o la institución de la que se informa.

Cuarta: es probable que la norma de citar a todas las personas por nombres y apellidos completos haya contribuido a forjar la imagen de seriedad y profesionalismo que ostenta.

Quinta: la técnica sistemática de buscar “las dos campanas" ayuda también a imaginar objetividad, aunque la construcción de la información no sea siempre objetiva.

Sexta: en los diversos casos de apartamiento flagrante de la verdad el semanario debió afrontar debido a algunas de sus publicaciones, las rectificaciones reclamadas por personalidades e instituciones muy respetables no tuvieron una aceptación franca y humilde del error. Por el contrario. merecieron justificaciones que pretendían legitimar el hecho de haber publicado la falsedad impugnada.

Séptima: en varias ocasiones rectificaciones que tenían trascendencia y repercusión institucional no fueron publicadas en el mismo lugar de la nota que las motivó, como establece la ley para el caso de reclamaciones judiciales. No fue violada una norma jurídica (porque los aludidos no aplicaron el procedimiento judicial previsto), pero sí fueron ignorados principios éticos que lesionan indirectamente la objetividad.

Octava: aparentemente la cuota de poder que el propio medio representa desarrolla y legitima en su personal una conciencia de superioridad que se refleja en diversas situaciones límite, como por ejemplo la subvaloración de la Declaración de la Asociación de la Prensa Uruguaya sobre presiones.

Novena: como la casi totalidad de los periódicos que se publican actualmente, este semanario postula principios de objetividad en la información que proporciona, que no coinciden siempre con su conducta editorial. Sin duda, esta postulación aparece como un valor en la sociedad, primera razón por la que tales principios son invocados. Probablemente son también compartidos por los profesionales periodistas que trabajan en ese medio, más la contradicción entre teoría y praxis es absorbida sin conflicto aparente.

Ninguna de estas comprobaciones conduce a renunciar a la aspiración y a la pretensión de objetividad en materia de información periodística, pero sí contribuyen a sostener la idea de que las condiciones materiales en que se desarrolla la información de mercado, en una sociedad estratificada, limitan fuertemente la posibilidad de su existencia plena.

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