jueves 22 de febrero, 2024

DOSSIER: la Argentina de Milei.

Publicado el 22/11/23 a las 6:20 am

El fenómeno Milei necesita contextualizarse. Se hace necesario repasar los cambios estructurales del capitalismo periférico, investigar las luchas de clases y fracciones de clases y sobre todo anotar sistemáticamente los errores tácticos y estratégicos de las fuerzas de cambio social. Por eso en este Dossier incluimos una entrevista a Atilio Borón y un artículo de Miguel Mazzeo.

Atilio Boron analiza el triunfo de Milei: “fue una construcción mediática prolijamente planificada”

Como es habitual en materia de análisis político o electoral en América Latina y el Caribe, a pocas horas de conocerse el triunfo de Javier Milei en las presidenciales argentinas acudimos a entrevistar, en exclusiva por Correo del Alba, al reconocido cientista político e intelectual Atilio Boron, con quien reflexionamos acerca del triunfo de la extrema derecha.

Milei es lo que se denomina hoy en el campo político un outsider, ¿qué pasó con su figura tan controversial, que apoyaron los jóvenes en su mayoría hombres, que subió como espuma? ¿La vieja guardia peronista no lo vio venir? ¿Hay responsabilidad de esta en los resultados de este 19 de noviembre?

Vayamos por partes. Primero, Milei era un outsider en el campo político más no así en el mediático. Mariana Moyano, la periodista lamentablemente desaparecida hace pocas semanas, comprobó que aquel fue el economista más consultado por programas de radio y TV en 2018. Según esta fuente, en ese año le hicieron 235 entrevistas y tuvo 193 mil 547 segundos de aire. Ningún personaje de la vida política ni de lejos se acerca a estos guarismos, y lo mismo ocurrió en los años subsiguientes. En otras palabras, fue una construcción mediática prolijamente planificada.

Segundo, el papel de la juventud, víctima principal del proceso de informalización, “desalarización” y precarización laboral. El segmento comprendido entre los 18 y los 29 años de edad, un total de ocho millones 337 mil 914 personas, representan el 24.29% del padrón electoral nacional. A lo anterior es preciso sumar un millón 163 mil 477 jóvenes de entre 16 y 17 años que están habilitados para emitir su voto. A nivel nacional, este segmento etario representa nada un 3.3% del total del padrón, una proporción casi igual a la provincia de Entre Ríos. Por consiguiente, estamos hablando de poco más del 27% del electorado formado por jóvenes que encontraron poco o ningún aliciente para inclinar su voto a favor del candidato oficialista, o que no tenían recuerdos muy vívidos de los acontecimientos del 19 y 20 de noviembre de 2001 y mismo de la época de oro del kirchnerismo. No fueron enamorados por la propuesta oficial, cosa que era evidente hasta para un ciego con solo comparar el fervor juvenil que había en los actos de Milei –cuidadosamente montados, sin duda; pero idóneos para suscitar el entusiasmo de los jóvenes–, con el empaque y el cierto desgano que prevalecía en casi todos los actos que los aparatos del Frente de Todos organizaron para Massa.

Para finalizar con esta pregunta, es obvio que la vieja guardia peronista, ensimismada y atrincherada en la defensa de sus intereses corporativos y sectoriales, hace mucho tiempo que no ve venir lo que se viene, ni demuestra tener la menor comprensión de lo que es y cómo hoy funciona la sociedad contemporánea. No es la única pero, sin duda, la principal responsable de este desastre.   

¿Cuánto de lo prometido por Milei en su campaña es posible de realizar en la Argentina actualmente?

Es difícil hacer un pronóstico. Hay áreas en las cuales la resistencia social, espontánea, desde abajo, será muy fuerte. Pienso en el caso de que se intente avanzar en la privatización de la seguridad social, dado lo catastrófico de la experiencia de las AFJP en todo el mundo.   En otras tal vez no tanto, por ejemplo si el objeto de esa política fuese Aerolíneas Argentinas; pero allí también podría haber sorpresas. Con YPF la cosa será bastante más complicada, porque las provincias son las dueñas de las riquezas del subsuelo, y eso implicaría abrir un debate de difícil pronóstico para el Gobierno dada la composición de ambas cámaras del Congreso. En resumen: habrá que ver caso por caso y medir en cada instancia la correlación de fuerzas prevaleciente.

Son muchos los factores que inciden en esta disparidad de reacciones. Uno, el hecho de que buena parte de las organizaciones sociales y fuerzas partidarias están muy debilitadas y deslegitimadas. Dos, la descomposición del universo popular, fragmentado en una miríada de situaciones laborales signadas por la absoluta precariedad, la falta de representación sindical y la total ausencia de la legislación protectora que beneficia a un sector cada vez más minoritario de la población económicamente activa. Tres, la puja al interior del heterogéneo bloque dominante en donde las fracciones vinculadas a la especulación financiera tienen una gravitación mayor que aquellas ancladas en la producción industrial e inclusive en el agronegocio. Los variables resultados de esta disputa entre fracciones de las clases dominantes serán muy importantes a la hora de facilitar o dificultar el cumplimiento de las promesas de campaña del nuevo presidente.

¿Es Milei un cambio de paradigma que representa más a la juventud que se ha venido formando acompañada de las redes sociales que circunscriben la realidad a sus intereses nada más?

Es un emergente de esa situación de extrema vulnerabilidad de una juventud brutalmente golpeada por la pandemia y la cuarentena y, más encima, por una política económica que profundizó la exclusión económica y social y aumentó la pobreza hasta niveles inéditos, salvo en los breves episodios hiperinflacionarios de mayo-julio de 1989 y enero-marzo de 1990. Para esa categoría social la experiencia del gobierno de Alberto Fernández y de su ministro de Economía, Sergio Massa, fue un desastre sin atenuantes. No hubo para esa juventud ni políticas económicas de recomposición del salario (salvo para una minoría, y así todo insuficiente), ni una épica que les permitiera concebirse como militantes de una causa nacional, y mucho menos un aparato comunicacional que potenciara sus reclamos a la vez que hiciera oír la voz de los gobernantes. El resultado: una corrida casi masiva hacia alguien que, astutamente, fue presentado por los poderes dominantes como lo fresco, juvenil, novedoso, pese a tratarse de un señor de 53 años. ¿Sorprendente? No para quienes estudiamos el papel de las redes sociales, los algoritmos y las nuevas técnicas del neuromarketing político. O para quienes, como yo, hemos estado predicando en el desierto la necesidad de librar la batalla de ideas a la que habíamos sido convocado por Fidel desde finales del siglo pasado y que la izquierda en general tanto como el movimiento nacional-popular subestimó irresponsablemente. Resultado: triunfo de la “antipolítica”; identificación de la “casta” y el Estado como agentes predatorios, ocultando el papel de la burguesía y las clases dominantes como agentes de la explotación colectiva; exaltación del hiper-individualismo y su correlato, abandono cuando no repudio de las estrategias de acción colectiva y de las organizaciones de clase, territoriales o laborales, confiando en la “salvación” individual y condenando a quienes participaban de protestas colectivas, todo en beneficio de la irracional exaltación de un hábil demagogo patrocinado por los capitales más concentrados.

Ante esta configuración cultural era casi imposible, máxime con una inflación rondado el 13% o 15% por mes, que un Ministro de Economía responsable de esa situación pudiera ganar en las elecciones. Habida cuenta de estos antecedentes la votación lograda por Massa es realmente asombrosa.

¿Podrá terminar en los años de gobierno con el Estado de Bienestar que ha caracterizado a la Argentina desde mediados del siglo pasado con Perón y Evita?

En parte está contestado en la primera pregunta. Pero debemos añadir a la Argentina de Perón y Evita los importantes avances económicos y sociales durante los años del kirchnerismo, aunque es evidente que por elogiables que estos hayan sido fueron insuficientes para enfrentar con éxito los estragos que la acumulación capitalista produce en todo el mundo y muy especialmente en un país con un Estado tan débil e ineficiente como la Argentina.

Nótese que, tal como la asegura un informe de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), entre 2016 y 2022 la transferencia de ingresos del trabajo al capital ascendió a los 87 mil millones de dólares, de los cuales 48 mil millones de dólares se trasladaron en 2021 y 2022, años en que gobernó una coalición “nacional y popular”. El resultado: gravísimo deterioro del salario que, incluso, llega a estar en la economía formal por debajo de la línea de la pobreza. ¿Podía esperarse otra cosa que la frustración y el enojo de amplias franjas del electorado ante esta dolorosa realidad económica? ¿Qué anticuerpos tenían como para haber evitado caer seducidos por un discurso disparatado, plagado de mitos absurdos (¡como por ejemplo, que la Argentina de inicios del siglo XX era el país más rico del mundo, entre tantos otros dislates!), pero que vociferaba la necesidad poner término a una situación intolerable dejando de lado todo lo viejo y execrando a una supuesta “casta” que, mirando su propio beneficio, los había condenado a la pobreza y la indigencia?

¿Cómo visualiza la oposición a Milei, habrá un movimiento que vigile su programa?

Dependerá de la reorganización y rearticulación del campo popular, de sus propuestas concretas de lucha, del carácter de su estrategia defensiva ante los previsibles ataques de un gobierno obsesionado por recortar derechos laborales y sociales y provocar un maxi-ajuste de la economía. También de la emergencia de liderazgos creíbles y dotados de un gran poder de convocatoria, capaces de atraer a los millones de persona hundidas en la miseria y la inseguridad por la ilimitada voracidad del capital.

El sistema de partidos ha saltado por los aires y, peor aún, las fuerzas políticas y las identidades que marcaron gran parte de la vida política argentina desde mediados del siglo pasado y hasta hace unos pocos años –el radicalismo y el peronismo– han entrado en una crisis de inéditas proporciones. Probablemente reaparezcan, en clave neoliberal y bajo formas mutantes y, probablemente, aberrantes que poco o nada tendrán que ver con el ADN que los constituyó.

El radicalismo orgánico se desvaneció y sus votantes se lanzaron con todas sus fuerzas a votar a quien había insultado groseramente a los dos más importantes líderes de esa fuerza política: Yrigoyen y Alfonsín. Y el aparato del peronismo, y los votantes de esa corriente, solo en una minoría apoyaron la candidatura de Massa. Basta ver lo ocurrido con provincias usualmente baluartes de la votación peronista (La Rioja, Salta, Tucumán, Chaco, Catamarca, Santa Cruz y en menor medida otras) para comprobar lo que ese electorado ya está disponible para cualquier demagogo o cualquier arreglo cupular que decidan los grupos que en cada provincia se apoderaron de ese sello. Ni los radicales ni los peronistas son hoy por hoy fuerzas políticas con una organización, liderazgo y estrategias de lucha política de alcance nacional. Se han fragmentado en 24 partes, una por cada provincia, y dispuestas a negociar su voto según las circunstancias.

¿Cómo es y cómo será la relación de Milei con las Fuerzas Armadas?

Creo que será muy buena. La vicepresidenta Victoria Villarruel es una desembozada apologista de la dictadura genocida, admiradora del dictador Jorge Rafael Videla y sus compinches en la violación de los Derechos Humanos; será ministra de Defensa y Seguridad.

La socialización política reaccionaria de las Fuerzas Armadas, tarea para la cual el Comando Sur y los diversos tratados de colaboración militar entre los Estados Unidos y la Argentina juegan un papel muy importante, seguramente les abrirá el camino para encargarse de la represión que necesariamente exigirán las políticas ultraneoliberales de Milei.

En línea con lo que dijera e hiciera Patricia Bullrich como ministra de Seguridad del gobierno de Macri, Milei le otorgará luz verde a las Fuerzas Armadas y las policías para descargar su potencial represivo contra el “enemigo interior” con total impunidad. La “Doctrina Chocobar”, era un protocolo que habilitaba a las fuerzas federales a disparar sin dar la voz de alta contra cualquier sospechoso, lo que implica un gravísimo retroceso en materia de respeto de las garantías individuales y la vigencia del Estado de Derecho. Fue dejada sin efecto por una de las primeras iniciativas del gobierno de Alberto Fernández, pero  desgraciadamente parecería ser que dicha doctrina estará de regreso con el nuevo gobierno.

No obstante,  habrá que ver cómo reaccionan las fuerzas de seguridad en el momento en que deban toparse con millares de jóvenes, mujeres y niños reclamando justicia más allá de que las enseñanzas de la historia contemporánea de América Latina demuestran que la confusión entre seguridad interior y defensa exterior suele ser la madre de gravísimas violaciones a los Derechos Humanos, como ocurriera en México en los años anteriores al gobierno de Andrés Manuel López Obrador. En los Estados Unidos o en los países europeos ambas funciones están claramente delimitadas. El nuevo gobierno argentino parece dispuesto a hacer una apuesta de más que obvias funestas consecuencias. Pero, en este como en otros temas, como las políticas de recortes o anulación de derechos, sería un error subestimar la reacción de la sociedad argentina, que en varias ocasiones ha dado muestras de oponerse a feroces dictaduras o salvajes planes de ajuste económico. La historia argentina ofrece numerosos ejemplos de resistencia y si bien la sociedad ha cambiado mucho en los últimos tiempos no sería extraño que esa rebeldía reapareciera una vez más con fuerza volcánica, aún en ausencia de apropiadas estructuras organizativas. El “Cordobazo” de 1969 y la insurgencia popular del 19 y 20 de diciembre de 2001 son espectros que sin duda perturbarán el sueño de quienes pretendan destruir las conquistas económicas, sociales y culturales que el pueblo argentino obtuvo mediante grandes luchas.

El triunfo de Milei, geopolíticamente hablando, ¿cómo podría afectar a la Región?

Perjudica en primer lugar a la Argentina, porque en consonancia con lo que pide Washington convertirá a este país en un ariete para reducir la presencia de China en la Región, aún a costa de perjudicar los intereses nacionales de la Argentina, de sus sectores exportadores y de la mano de obra a estos vinculada. La de Milei es, probablemente, una victoria “soñada” por el establishment norteamericano. porque encuentra en el sur del continente a un fanático dispuesto a ejecutar sin chistar las menores sugerencias provenientes de Washington: cerrilmente anticomunista (en una definición de tal vaguedad  que va desde Lula hasta el Papa Francisco, pasando por China, Cuba, Venezuela y Nicaragua); alineado incondicionalmente con el Imperio, justificador del genocidio en curso en Gaza, admirador del Estado terrorista israelí y de la sociedad norteamericana, Milei desde la Casa Rosada alentará con su ejemplo similares comportamientos entre los líderes de la derecha de países vecinos.

Tal vez, y otra vez hay que tener en cuenta los clivajes al interior del bloque dominante, podría llegar tan lejos como para no solo excluir a la Argentina de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), sino inclusive rechazar o postponer sine die la decisiva incorporación de nuestro país al BRICS plus, que debería concretarse el 1 de enero del próximo año.

En pocas palabras, la cruzada en contra del “enemigo chino”, según los documentos del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, ha encontrado su profeta en estas lejanas y turbulentas tierras del Sur.  Y, desde el punto de vista geopolítico, con Milei en la presidencia de la Argentina se resiente la gravitación en el tablero internacional de Latinoamérica y el Caribe.

Tomado de CORREO DEL ALBA, 20/11/23

El huevo y la serpiente. La pesadilla oficializada.

Notas urgentes sobre las elecciones en Argentina y el triunfo de la ultraderecha

Por Miguel Mazzeo

«Todo mi pueblo está enfermo y no existe el arma de la reflexión con la que uno se pueda defender (…) Y uno tras otro, cual rápido pájaro, puedes ver que se precipitan, con más fuerza que el fuego irresistible, hacia la costa del dios de las sombras…»

Sófocles, Edipo rey. (Coro: Estrofa segunda).

La ultraderecha, representada por el binomio de La libertad Avanza integrado por Javier Milei y Victoria Villarruel, acaba de ganar las elecciones presidenciales en la Argentina. La fórmula de la fuerza oficialista, Unión por la Patria, encabeza por Sergio Massa y Agustín Rossi ha sido derrotada. El gobierno nacional quedará en manos de un ultraliberal sociópata, dogmático y emocionalmente deshecho y de una defensora de genocidas y apologista de la crueldad. ¿La pesadilla se hizo realidad? En sentido estricto, buena parte de esta sociedad ya habitaba una zona de zozobra, desasosiego, alucinación y descomposición del lenguaje. Pero la pesadilla se formalizó y se hizo efectiva para la gran mayoría. Se oficializó. Lo absurdo avanza. El desquicio avanza… ¿Hasta dónde llegará? No lo sabemos. Pero imaginamos lo peor.

La propuesta política que pretende sintetizar los proyectos de la dictadura militar (1976–1983) y el menemismo (1989–1999) ha concitado la adhesión de una porción significativa de la sociedad argentina. Por lo menos eso es lo que trasuntan los guarismos electorales. Habrá que esperar un tiempo — breve, seguramente — para saber si tendrá apoyos sociales y políticos de cierta intensidad.

Se trata del problema de la vida precaria como suelo propicio para la pérdida del sentido de lo público y lo común; en fin, como tierra fértil para la ultraderecha. El círculo más vicioso, el más infame, es aquel que permite la retroalimentación entre la vida precaria y el fascismo. La vida precaria y la Polis son incompatibles.

Finalmente, la ultraderecha capitalizó, no solo la impiedad de una parte de la sociedad argentina sino también la desesperación y la angustia generada por las vivencias cotidianas de destinos inciertos y precarios. Queda demostrado, una vez más, que esas vivencias pueden borrar las razones históricas y todas las razones. La sinrazón ha sido el caldo de cultivo de la ultraderecha que cosechó los frutos de varios círculos viciosos.

No corresponde «inocentizar» o «victimizar» a todo el electorado de la ultraderecha, allí habitan núcleos ultramontanos, la reacción patriarcal, el fascismo social promedio y el fascismo doctrinario de Villarruel y sus patrullas, la voracidad del capital financiero que se relame con la dolarización anunciada, el gorilismo en su versión más radical, los sectores fieles a Mauricio Macri — sus empleados más indignos y serviles y sus aliados corporativos — . Pero todo eso no le hubiera alcanzado a la ultraderecha para ganar una elección presidencial.

De seguro la ultraderecha intentará canalizar esos estados y sentimientos en función de la destrucción de los restos de la cultura nacional-popular, de izquierda, e incluso «liberal progresista». Ya conocemos los pormenores del relato indigno, su proyecto disciplinador tendiente a suprimir las otras conciencias; vislumbramos el revanchismo que porta un Macri sin máscaras en esta nueva posibilidad de poder que la historia le regala, pero… ¿a qué prácticas concretas apelará la ultraderecha para lograr tales fines? Una fría memoria de prohibiciones, persecuciones y exilios, de genocidios y masacres, cala nuestros huesos.

En contra de la suposición generalizada, la ultraderecha no debió apelar a ninguna destreza política original para convertirse en la principal fuerza electoral, ni siquiera a astutos ardides comunicacionales y propagandísticos. Para introducir nuevos sujetos y nuevos objetos políticos, y para sintonizar con el deseo de destrucción (legítimo) de un orden intolerable y con los sentimientos autodestructivos de una parte importante de la sociedad argentina le bastaron sus características inherentes, las más distintivas: una visión de la naturaleza humana como egoísta y violenta, la vocación de sojuzgar y explotar, su concepción reaccionaria del mundo, el cipayismo extremo, el delirio de odio, la inmensa crueldad, la argumentación contra la diferencia y la vida, etcétera.

Impactan los datos recogidos por una encuesta realizada a los votantes de Javier Milei poco después de las elecciones primarias. Ante la pregunta: ¿a qué candidato le tiene más miedo?, un alto porcentaje respondió: a Milei.

Los enemigos de la dignidad humana solo tienen que mostrar su verdadera faz para seducir a los seres devastados que solo conciben un futuro a partir de la idea del sabotaje y de la aceleración del fin del mundo. Por eso ganó las elecciones un sujeto con evidentes trastornos antisociales de la personalidad que posa de Alexander De Large (La naranja mecánica), de Leatherface (El loco de la motosierra), de Jack Torrance (El resplandor) y de Patrick Bateman (American Psycho). Lamentablemente, este no es un ejercicio de ficcionalización de la política.

El recurso a una felicidad ilusoria del pueblo, siempre tan eficaz para ejercer la dominación, no hizo falta esta vez. A Sergio Massa y a Unión por la Patria no les sirvió. Esa ilusión ha dejado de ser creíble, en especial para las generaciones del siglo XXI. Como ha dejado de ser creíble la promesa de la movilidad social ascendente por la vía del trabajo y/o el estudio. La idea de la «realización individual» también ha colapsado, aunque sea uno de los leiv motivs preferidos de la ultraderecha. El capitalismo neoliberal se ha encargado de menoscabar las ilusiones y las promesas de antaño. Los viejos mitos de la era fordista están agotados, definitivamente. Unión por la Patria apeló al último suspiro de estos mitos, pero no alcanzó. Los votos y la influencia social de las últimas generaciones moldeados por ellos fueron insuficientes. También ha perdido credibilidad el recurso al «mal menor». Las generaciones del siglo XXI patearon el tablero: votaron masivamente al «mal peor». La figura de Victoria Villarruel, la vicepresidenta electa, es clave para definir el carácter de esa opción.

A las generaciones del siglo XXI se les presentó la oportunidad de vengarse de las generaciones remanentes del siglo XX, en buena medida responsables de esta crisis, y no la desaprovecharon. No se vengaron de los multimillonarios, sino de los sectores que apenas ocupan algún corte o escala superior. La potente narrativa «anti-casta» de la ultraderecha responsabilizó de todos los males a la dirigencia política y ofreció un cauce para vengarse también de ella. Poco importa la inconsistencia de esta narrativa. Poco importa que la misma oculte a los verdaderos opresores y cargue las tintas en las mediaciones políticas. Poco importa la insignificancia del gasto político en el gasto público total. Poco importa el baño de casta aportado por Macri y su coro patético. La «clase política», en última instancia, no deja de remitir a unos planos secundarios. Pero las generaciones del siglo XXI solo pueden ver la desigualdad más a mano.

La otra desigualdad, la desigualdad «estructural», se ha tornado tan abismal y ha sido tan naturalizada que resulta prácticamente imperceptible. Ahora casi toda la sociedad está incluida en la vorágine de la degradación.

Una significativa porción de las y los votantes de Milei-Villarruel nos están diciendo: se acabarán los «privilegios» que tienen otras y otros, tales como trabajar o vivir del trabajo, comer más o menos bien, estudiar, jubilarse, ocasionalmente vacacionar, gozar de bienes y servicios básicos, acceder a los espacios públicos, etcétera. Se terminaron los objetivos colectivos como simulación y fachada que esmerilaron la confianza en los objetivos colectivos. Ahora nos toca a las hijas e hijos de la deshumanización imponer un solo objetivo colectivo: nos hundimos todos y todas. ¡Disolución social para todos y todas! ¡Patria para nadie!

El repudio y el espanto justificado por lo que se avecina no debería desdibujarnos el rostro auténtico de quienes generaron esos sentimientos, de quienes contribuyeron a este envilecimiento e hicieron posible esta terrible configuración sociocultural de Argentina, sobre todo en sus estratos subalternos y oprimidos.

Existen responsables directos y cómplices del proceso de deshumanización que creó a un payaso siniestro como Milei y que encumbró a un personaje marginal y defensor de genocidas como Villarruel y a una corte de personajes perversos y/o bufos.

Existen responsables directos y cómplices de la invisibilización de la lucha de clases y del deterioro de las subjetividades plebeyas-populares, del avance de la cultura represora y la política borderline, del desarme de la democracia, del cierre de toda salida rebelde — o, por lo menos, más o menos sensata sensible — a la crisis.

Claro está, también hizo su trabajo de zapa la indiferencia de millones. La indiferencia de la ciudadanía «honesta» y «bienpensante», políticamente correcta, ideológicamente ecléctica. La indiferencia de quienes naturalizan las situaciones más aberrantes. La indiferencia de esas personas que no se percatan de que, en esta jungla, tener las necesidades básicas satisfechas las convierte en privilegiadas. La indiferencia de la militancia política estatal, gestionaria y asistencial. La indiferencia de la militancia ilustrada y prescriptiva que prioriza la fidelidad al dogma antes que a los sujetos concretos. La indiferencia de la militancia blindada que apela al análisis de clase solo para justificar su desapego al gris de las coyunturas y para ocultar — sin éxito — su incapacidad de trascender la democracia burguesa ocupando y tensionando los espacios que esta ofrece. La indiferencia de la militancia que se refugia en la legitimidad de las causas «identitarias» para escaparle a las responsabilidades políticas. La indiferencia de la militancia que se siente cómoda en las coordenadas del «todo o nada» propias del pensamiento bifásico.

¿Qué comportamientos políticos se pueden esperar de una sociedad financiarizada, fragmentada, endeudada y precarizada? Incluso las instituciones públicas — las más «autónomas» y «democráticas» — no han sido ajenas a este proceso. Ellas también, a su manera, se dedicaron a darle rostro al engendro ultraderechista. Lo fueron anticipando, «democráticamente», sin motosierra. Erigieron una maquinaria política dedicada a metabolizar las frustraciones sociales, no a erradicarlas. Ahora se topan cara a cara con la criatura que engendraron y los invade un sentimiento de consternación.

Muchas de estas instituciones han estado comprometidas con prácticas y narrativas como el extractivismo, el emprendedurismo, los modelos gerenciales de la política, la «ciencia empresarial», las micropolíticas neoliberales, la expansión de lo privado en desmedro de lo público y lo común, una concepción del espacio público como «excedente improductivo», la violencia institucional, etcétera.

El Estado, descaradamente clasista, violento hacia abajo, le simplificó «los trámites» a las clases dominantes y a los poderes fácticos y se los complicó demasiado a las clases subalternas y oprimidas. Tanto se los complicó que les distorsionó la mirada y ahora estas no son capaces de reconocer las porciones del Estado que les son indispensables, favorables e incluso propias.

En líneas generales, la mayoría de las instituciones argentinas no dio respuestas rotundas a los problemas de fondo: la soberanía nacional, la desigualdad social, la concentración de la propiedad y la renta, el hambre, la inflación, la participación popular, en fin, la matriz económico-social y política. Por el contrario, se programó institucionalmente el sufrimiento, administrándolo; se planificó institucionalmente el hambre, dosificándola. Y ahora, una parte importante de la sociedad — en especial de la sociedad civil popular — votó por quienes, directamente, proponen arrasar con esas instituciones, desregulando el sufrimiento y multiplicando el hambre. Votó asumiendo el riesgo — o incluso con certeza — de sacrificar lo poco que tiene para perder.

Las limitaciones y los errores del kirchnerismo afectaron las posibilidades del peronismo para recomponer sus vínculos — cada vez más endebles — con los imaginarios igualitarios. Además, no podemos olvidar que, poco tiempo atrás, la candidatura del candidato derrotado había sido calificada por estos sectores como una claudicación terrible.

Para comenzar a salir de este atolladero, de esta ciénaga, es necesario reconocer que el voto a la ultraderecha no deja de contener un «momento de crítica», una protesta contra un conjunto de «miserias reales», la representación de una justa rabia. No todo es servilismo voluntario o servidumbre automática. No todo es crueldad. No todo es alienación. Que esta crítica y esta protesta se hayan expresado en el apoyo electoral a una política que quiere profundizar esas mismas miserias y expandirlas al máximo, que la mitad del país no perciba esta circunstancia como trágica, es efecto del estado de ánimo de un mundo sin corazón. Por lo tanto, habrá que ingeniárselas para restituirle corazón al mundo.

De lo señalado se deduce que los pilares sobre los que se sostiene la ultraderecha no dejan de ser muy endebles. Carece de poder político y todo indica que no dispone de recursos ideológicos y simbólicos — ni de mucho tiempo — para construirlo. No posee ningún ejecutivo provincial y municipal propio y no parece tener muchas chances de sumar aliados de fuste por fuera de las sectas ultramontanas y los empresarios del saqueo. ¿Existen condiciones para componer un partido militar o un partido policial tal como anhela la vicepresidenta electa? Parece más factible un experimento paramilitar; lo que, por supuesto, también augura tiempos difíciles. ¿Un proyecto de dominación sin hegemonía? ¿Podrá la otra derecha, la derecha tradicional y «normal», derrotada y deslegitimada, constituirse en un apoyo eficaz? ¿Cuánto podrá aportar un sujeto políticamente perverso como Macri?

Por otra parte, no se ha desarrollado una conciencia de masas reaccionaria. ¿Cuán importante es la porción de la sociedad argentina que se identifica realmente con los gritos a favor de la propiedad privada, la familia, la religión, el patriarcado; con la radicalización de los juicios y los patrones clasistas de las clases dominantes; con sus representaciones aberrantes del pasado? ¿Cuántas personas están consustanciadas con las posiciones que sugieren que el estado natural de la sociedad es la jerarquía y que el capital es un valor absoluto? No se ha desarrollado una conciencia de masas reaccionaria, pero algo espantoso ha ocupado el lugar de la conciencia.

Aunque en los próximos días (¿meses?, ¿años?) algunos personajes oscuros y algunas agrupaciones que promueven procedimientos inquisitoriales obtengan una visibilidad inusual, no dejarán de ser expresiones minoritarias.

La ultraderecha solo ha capitalizado el deseo de destrucción y los sentimientos autodestructivos de la sociedad argentina. Sin embargo, sigue siendo una fuerza diferente y ajena a esta última. No comprende las verdaderas causas de este deseo y estos sentimientos, ni podrá responder a ellas. Tiene poco que ver con el país. La ultraderecha no puede evitar la autoexclusión. Incluso carece de arraigo en el «país burgués», salvo en sus núcleos financieros, rentísticos, abiertamente lanzados al saqueo y al terrorismo de la iniciativa privada. También está Macri, claro. No hace falta demasiada lucidez histórica para entender que todo lo que roce a Milei quedará indefectiblemente enmierdado.

Luego, si el encumbramiento de la ultraderecha constituye una reacción a los procesos de disolución del capital… ¿cómo hará entonces para construir un poder sólido con políticas que, precisamente, se plantean acelerar esos procesos, profundizando cada una de las aberraciones del sistema? Estas inconsistencias no atenuarán el daño que puede llegar a causar la ultraderecha con los resortes del gobierno y con algún poder; es más, probablemente lo incrementen, pero, sin lugar a dudas, exponen sus enormes fisuras.

La posibilidad de una salida represiva y autoritaria responde, pues, a factores estructurales, no solo al perfil dirigencial de la ultraderecha, a sus figuras vinculadas a los sótanos más oscuros de la política argentina, apologistas de genocidios y torturas. La única respuesta de la ultraderecha frente a la complejidad social fue y será el odio. Un odio que, además, expresa su miedo atávico a las consecuencias de reconocer la cooperación sobre la que descansa la vida social. Para la ultraderecha el odio es, básicamente, el medio para superar la legalidad.

¿Cuánto tiempo tardarán en masificarse las consignas: ¡fuera Milei!, ¡fuera Villarruel!, ¡fuera Macri!? Más temprano que tarde comenzarán a retumbar por los barrios y por las calles. Además de la ineludible e irreductible lucha popular, no podemos obviar las aspiraciones apocalípticas de una parte importante del voto a la ultraderecha. ¿Cómo administrar esas aspiraciones sin generar una catástrofe? No es necesario tener patente de augur para afirmar que este experimento terminará mal. Muy mal.

Nosotras, nosotros, nosotres debemos elaborar una lúcida hipótesis de resistencia, poner en pie múltiples sistemas de autocuidado y, al mismo tiempo, construir la autodeterminación popular. Ya es tiempo de darle una salida popular (anticapitalista, anticolonialista, antimperialista, antipatriarcal, democrática) a la crisis profunda que atravesamos. Para eso, las organizaciones populares y los movimientos sociales, todas las fuerzas políticas que aspiran al cambio social, tendrán que dejar de ser gestionarias o testimoniales, banales o inofensivas.

Debemos trocar los sentimientos autodestructivos de las y los de abajo en autoestima y en poder popular y recomponer los imaginarios igualitarios, evitando que sean apropiados por las burocracias tradicionales y que sean subsumidos en frentes nacionales conducidos por sectores de las clases dominantes.

Debemos militar para desmitificar el poder de los dominadores, de los mercenarios, de los perpetradores de distopías, de las y los que ahora vienen a destruir lo que nos queda de Nación, a quitarnos la soberanía residual, a liberar genocidas.

Lanús Oeste, 19 de noviembre de 2023.

Tomado de MEDIUM, 20/11/23

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