miércoles 17 de abril, 2024

Dossier: El experimento Milei

Publicado el 21/08/23 a las 11:43 pm

Compartimos los análisis de Rolando Astarita y Claudio Katz sobre el fenómeno Milei. Las PASO han mostrado el sistema de contradicciones sociales en Argentina, las contradicciones políticas a derecha e izquierda y las contradicciones antagónicas apenas disfrazadas por renovados y penetrantes discursos ultraconservadores y reaccionarios.

Milei con Roque Fernández ex-ministro de Economía durante la presidencia de Carlos Menem.

Rolando Astarita: El triunfo electoral de la ultraderecha y la crítica marxista

De acuerdo al enfoque que ha manejado tradicionalmente la izquierda, la crisis económica y el empeoramiento de las condiciones de vida de las masas deberían generar un campo propicio para las ideas socialistas y la organización de los trabajadores y los oprimidos. Condiciones que, en principio, parecen reunirse en la Argentina: la economía está estancada desde hace más de 10 años; la pobreza llega al 45% de la población; la inflación supera el 110%; los ingresos de los trabajadores y jubilados están en caída libre desde hace tiempo; el descontento con los partidos tradicionales es extendido; la izquierda dirige porciones significativas del movimiento de desocupados; y sus candidatos y propuestas son conocidos por el gran público. En suma, todo indicaría que estaban dadas las condiciones para que en estas elecciones se concretara el, tantas veces anunciado, “giro a la izquierda de las masas peronistas”.

Pero no hubo giro. El peronismo-kirchnerismo perdió 5,7 millones de votos en relación a 2019. Juntos por el Cambio perdió 1,3 millones de votos, también en relación a 2019. De manera que entre JxC y UP perdieron unos 7 millones de votos. Pero la izquierda (FIT-U, Política Obrera, Nuevo MAS) obtuvo apenas unos 590.000 votos. 7,1 millones fueron a la ultraderecha, a Milei. Este se impuso en 16 provincias y fue segundo en otras cuatro.

Al avance de Milei se lo explica mayormente por “el voto bronca”. Pero esto no responde a la cuestión central: ¿por qué el descontento fue a parar a la ultraderecha y no a la izquierda? Es lo que se pregunta Mario Wainfeld en Página 12, (16/08): “Con altos índices de pobreza, sueldos que no alcanzan para llegar a fin de mes, presencia lesiva del Fondo Monetario Internacional (FMI)… cuesta captar por qué no crece la izquierda con representación en el Congreso, en los movimientos sociales y en el espacio público. Tiene referentes conocidos, con presencia de años, militantes piqueteros muy activos, dirigentes sindicales”. De nuevo, ¿por qué el voto que rompió con el peronismo kirchnerista y, en menor medida con JxC, no fue a la izquierda? Es la pregunta que se hacen muchos militantes o simpatizantes de la izquierda. No tengo una respuesta acabada, pero presento algunas cuestiones que adelanté en entradas anteriores.

Alta inflación y la demanda de “orden”

En una entrada con fecha 26/07/2022 (aquí), y a propósito de la aceleración de las devaluaciones y la inflación, escribimos: “La crisis cambiaria y monetaria… profundiza la crisis de la acumulación. En el extremo, la continua pérdida de valor de la moneda hace inviable el funcionamiento del mercado, ya que se vuelve imposible comparar productividades y tiempos de trabajo. Las transacciones se interrumpen y se privilegia el atesoramiento. En respuesta, crece el reclamo de ‘poner orden’ y estabilizar la economía. Por eso una situación de crisis aguda no siempre da lugar a una salida de izquierda (como muchas veces parece pensar la izquierda). Puede imponerse un programa económico de derecha. Por caso, la hiperinflación bajo Alfonsín y la primera parte del gobierno menemista legitimó, ante los ojos de la población, la disciplina monetaria de la Convertibilidad”.

Desde entonces, la inflación y la depreciación del peso continuaron a todo vapor, al punto que hoy, pos-Paso, la economía se dirige hacia una altísima inflación (dos dígitos mensuales) y orilla la hiperinflación. Con el agregado de que las soluciones de izquierda, del tipo control de precios “pero en serio”; “aumentar los salarios e indexarlos para bajar la inflación”; “dejar de pagar las Leliq”, y similares, no son creíbles para la opinión pública. Repetimos: en coyunturas de altísima inflación la sociedad busca salidas, a derecha o izquierda, pero salidas. Y en Argentina apuntó hacia la ultraderecha.

Estatismo keynesiano (bastardo) y “socialismo”

En la nota citada también hicimos referencia a las limitaciones del keynesianismo bastardo, defendido por el kirchnerismo y las diversas variantes del populismo nacionalista. Una cuestión central, ya que el fracaso de los experimentos progre-estatistas-populistas suele tener consecuencias graves y duraderas.

Por eso hace un año escribíamos que “las consecuencias del fracaso de políticas keynesianas populistas finalmente allanan el camino a políticas de ajuste”. Para dar un ejemplo sencillo: es imposible sostener la demanda en base a gasto del Estado financiado con emisión monetaria crónica. Semejante engendro desemboca, inevitablemente, en una crisis. En este respecto, autores poskeynesianos dicen, con razón, que este tipo de populismo económico “comúnmente ha sido legitimado por un cierto tipo de ‘keynesianismo’ que da énfasis exclusivo a la demanda efectiva… y recomienda el uso indiscriminado de política fiscal y déficit fiscal como medios de estabilización cíclica”. Se lo conoce como keynesianismo bastardo porque, de hecho, ni siquiera Keynes abogó por tales políticas. Mucho menos se puede decir que las mismas tengan algo que ver con lo que propone el marxismo (de Marx).

Sin embargo, desde la izquierda que se reivindica marxista con frecuencia se piden mayores dosis del remedio estatista-populista (por ejemplo, alguno acusa al gobierno de Alberto Fernández de haber aplicado un “estatalismo blando”). Para colmo, este discurso se combina con la manía de proponer todo tipo de curanderismo social para acabar con los padecimientos de las masas trabajadoras. Por ejemplo, acabar con el desempleo prohibiendo los despidos; o repartiendo horas de trabajo en un mar de trabajadores precarizados y en negro. Y así podríamos seguir. Es difícil, con semejantes enfoques, responder a las críticas de los economistas burgueses (incluidos los de la ultraderecha).

La crítica a la burocracia y el Estado  

Una cuestión que no debería ser descuidada por la izquierda es la crítica a toda forma de control estatal-bonapartista sobre la clase obrera. En relación a este tema, hace ya tiempo recordamos la crítica de Marx y Engels a los intentos de debilitar al movimiento obrero con el control del Estado de las cooperativas de trabajo (aquí). En esa nota escribimos:

“La crítica a toda forma de control del movimiento obrero por el Estado está en la esencia de la tradición revolucionaria del marxismo. El estatismo burgués puesto al servicio de la división, cooptación y corrupción de los trabajadores no tiene un ápice de progresivo. Pero estas prácticas hoy están naturalizadas y son justificadas por gran parte del progresismo bienpensante izquierdista, y un amplio abanico de la izquierda “nacional, antiimperialista y popular”.

“Lo grave es cuando esta corrupción organizada penetra en las filas del movimiento obrero, divide, envenena las relaciones, amedrenta y corrompe. Y desde la izquierda marxista tenemos que admitir que amplios sectores de la clase obrera argentina toleran, por lo menos, esta injerencia sistemática del estatismo burgués burocrático. Para decirlo en las palabras de Marx, aceptar estas prácticas equivale a abandonar el punto de vista de clase”.

Esto se complementa con la crítica marxiana al Estado y a la burocracia estatal. Por caso, Marx en referencia al Estado francés: “Los impuestos son la fuente de vida de la burocracia, del ejército, de los curas y de la corte; en una palabra, de todo el aparato del poder ejecutivo. Un gobierno fuerte e impuestos elevados son cosas idénticas”. Y en otro pasaje:

“Se comprende inmediatamente que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y tiene por tanto constantemente bajo su dependencia más incondicional a una masa inmensa de intereses y existencias, donde el Estado tiene atada, fiscalizada, regulada, vigilada y tutelada a la sociedad civil, desde sus manifestaciones más amplias de vida hasta sus vibraciones más insignificantes, desde sus modalidades más generales de existencia hasta la existencia privada de los individuos, donde este cuerpo parasitario adquiere, por medio de una centralización extraordinaria, una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad acelerada de movimientos …” (aquí).

La burocracia estatal, con sus privilegios y las múltiples formas de control clientelar de las masas oprimidas desde el aparato del Estado, es una de las fuentes de mayor bronca e irritación popular. Pero estas no encontraron, al menos en alguna medida significativa, un canal de expresión en la izquierda.  

La quiebra del ideario socialista

Lo anterior se combina con una dificultad más estructural, que enfrenta la izquierda: la crisis y/o derrumbes de los muchos “socialismos” que hubo a lo largo del siglo XX y hasta el presente (hoy Cuba, Corea del Norte, Venezuela). En una nota de agosto de 2015, y a raíz de los resultados electorales de entonces (los partidos burgueses obtenían el 90% de los votos), escribimos:

“… uno de los problemas graves que enfrentamos los marxistas es que el ideario socialista hoy está quebrado en la conciencia de las masas trabajadoras. (…) Los fracasos de los ‘socialismos reales’, o el actual desastre del ‘socialismo siglo XXI’, no son cuestiones menores. La izquierda no puede desconocerlos. En 1927, o sea, apenas una década después del triunfo de la revolución, Trotsky pronosticó que una vuelta de la URSS al capitalismo provocaría un retroceso “infinito” en la conciencia socialista de la clase obrera mundial. En 2015, … aquel pronóstico de Trotsky tiene validez multiplicada. Por eso, la pregunta que hacían hace poco unos periodistas a representantes de la izquierda en un programa de TV, “¿en qué país se aplicó con éxito lo que ustedes defienden para Argentina?”, es crucial e ineludible.

Sin embargo, las respuestas no terminan de convencer, o barren los problemas debajo de la alfombra. Para ponerlo en términos de preguntas: ¿se puede seguir mirando para otro lado ante lo que sucede en Venezuela o Cuba? ¿Se puede argumentar seriamente que todos los problemas se deben a “la derecha y el imperialismo”.

Mirar de frente las dificultades

Terminábamos la nota de 2015: “El problema hay que ponerlo en la agenda de discusión de la izquierda. Y para eso, el primer paso, es volver al criterio de Engels: mirar las dificultades de frente, sin empañarlas con frases consoladoras”.

Pero esto es lo que no se hace. Se sigue eludiendo el problema. “Ganamos la interna de la izquierda”; “se profundiza la crisis de la burguesía”; “la verdadera correlación de fuerzas la establecemos en las calles” y similares. O el llamado a hacer asambleas, “impulsar la deliberación política”, romper con la burocracia sindical y el peronismo, salir a luchar. Pero esto es lo que no ocurrió hasta ahora, a pesar del agravamiento de la crisis y la pérdida de los salarios y las jubilaciones. Peor todavía, millones votaron a la ultraderecha. La ola derechista no se revierte convocando simplemente a luchar, o a cortar calles. De nuevo, hay que mirar de frente las dificultades.

Individualismo, libertad, ataque ideológico al socialismo

Lo planteado en el apartado anterior apunta a que no hay que minusvalorar el peso ideológico y político del discurso de la ultraderecha. En particular, su exaltación del individualismo, que apunta a quebrar todo sentimiento de solidaridad, de hermandad de clase de los explotados. Este mensaje encuentra oídos receptivos en coyunturas de crisis y en ausencia de programas y perspectivas superadoras por la izquierda. De ahí que la derecha busque exacerbar la competencia entre los mismos trabajadores, o entre los que tienen trabajo y los que están desocupados. El comportamiento egoísta es fomentado de todas las formas posibles. Es la esencia de la “batalla cultural” de los Milei y Benegas Lynch.

Esa exaltación del individualismo enlaza con la concepción de libertad de los utilitaristas y de los liberales. Es la libertad del hombre considerado como una mónada, aislado, replegado sobre sí mismo, sumergido en relaciones sociales que no domina (tomamos palabras de Marx). Pero en ese marco no hay verdadera libertad. O, más precisamente, es una libertad condicionada por las relaciones sociales a las que está subordinado el individuo.

Pero esto es pasado alegremente por alto por los liberales. Por eso Milei dice que el obrero, desprovisto de medios de producción, ejerce sin embargo su libertad al optar entre ser explotado o morirse de hambre (véase aquí). Es la libertad convertida en cínica abstracción del sometimiento social que padecen los que solo disponen de su fuerza de trabajo. Es lo opuesto a la concepción de que el desarrollo personal y la libertad solo se pueden realizar en comunidad: “Solamente dentro de la comunidad, con otros, tiene todo individuo los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible por lo tanto la libertad personal” (Marx y Engels, La ideología alemana; énfasis agregado).

Enfatizamos: es esta idea la que los ultraderechistas quieren destruir centralmente, por encima o por debajo de tal o cual medida puntual. Dividir, atomizar, inficionar los espíritus del ideal “me ocupo de lo mío y el resto me importa nada”, como arma de sometimiento y corrosión de la solidaridad entre los explotados. Es la lucha ideológica y política en su forma más descarnada y cínica, apenas disimulada detrás del slogan “la libertad avanza”.   

La campaña contra la izquierda y el pensamiento crítico

Milei y los suyos buscan destruir el ideario, crítico y emancipador, de realización de la libertad en una comunidad solidaria. De ahí el desaforado grito de “Zurdos, hijos de puta, tiemblen”, apoyado en las redes por cientos de “libertarios”. Es la convocatoria a instalar un clima de caza de brujas, para eventualmente avanzar en purgas políticas (en universidades; contra partidos de izquierda; contra sindicatos obreros o centros de estudiantes opositores). El reciente ataque de Milei a la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA debe ubicarse en este contexto. Enlacemos esto con un consenso represivo más general: como botón de muestra, citamos el llamado de Espert (alineado con el «moderado» Rodríguez Larreta), a meterle bala a los piqueteros (aquí).

En el mismo sentido va la afirmación de Milei de que el calentamiento global “es otra de las mentiras del socialismo”. En una entrada anterior, referida a esto, escribimos: “…estamos ante la barbarie discursiva, mantenida a toda costa por encima de los hechos comprobados. Es el oscurantismo propio de regímenes fascistas y totalitarios. Es la anti-ciencia del fanático, al que le basta con vociferar sus teorías paranoico-conspirativas para querer llevarse todo por delante. Es el “asalto a la razón” en toda regla” (aquí,). Pero esto también es ofensiva ideológica y política reaccionaria. ¿Cómo Milei no va a querer destruir el Conicet después de algo así?

La perspectiva en lo inmediato

Al margen de vaivenes coyunturales, todo indica que en los próximos meses se mantendrá el deslizamiento electoral hacia la derecha. Y al empeoramiento continuado de las condiciones de vida de las masas, se le sumarán medidas que buscan barrer toda capacidad de resistencia de los oprimidos y explotados. Se trata de fenómenos sociales que abarcan a millones de personas. Por eso, dada la correlación de fuerzas existente la izquierda hoy no tiene posibilidades de dar vuelta la situación. Pero sí valdría la pena reexaminar muy seriamente las orientaciones y programas políticos que se han defendido. Parece imprescindible frente a esta ola reaccionaria en ascenso.

Tomado de rolandoastarita.blog

Javier Milei y Santiago Abascal, dirigente del ultraderechista VOX.

Claudio Katz: “La derecha deberá lidiar con la resistencia social”

¿Cómo se explica lo ocurrido con Milei?

Canalizó con mensajes ultraderechistas, el hartazgo y la frustración con el desastre que afronta el país. La misma tendencia se verifica en numerosos países, pero Milei es más impredecible. Fue fabricado por los medios de comunicación y llegó a la política sin ninguna trayectoria. No se asienta en un partido tradicional como Trump, ni en la base ideológico-social de Kast o el sostén evangélico-militar de Bolsonaro. Esa singularidad puede erosionarlo o catapultarlo. Aún no lo sabemos.
Tiene un discurso ultra reaccionario, pero capturó seguidores con poses y exabruptos.
Muchos de sus propios votantes respondieron encuestas aprobando la educación pública y
rechazando la privatización de Aerolíneas. Ha creado la ilusión de cobrar altos sueldos con la
aventura de dolarización. Es un personaje potencialmente más frágil o más peligroso que sus
pares de otras latitudes. Son interrogantes abiertos.

Ya circulan muchas explicaciones sobre lo que representa Milei…

SÍ. Es cierto. Algunas interpretaciones subrayan su anclaje en grandes cambios de la subjetividad, la comunicación o la conducta juvenil. Son consideraciones interesantes, si no olvidamos que principalmente emerge por el monumental deterioro del nivel de vida. El gobierno es el responsable porque consolidó la caída de los salarios, la precarización laboral y la expansión de desigualdad. Milei canaliza el malestar generado por esa degradación.

¿Y qué sucede con la derecha tradicional?

El triunfo de Bullrich confirma la derechización de su coalición. Sustituyó las falsas promesas de felicidad que hacia Macri por una épica del ajuste. El fracaso de Larreta demuestra que la centroderecha corriente ha perdido gravitación. Es la misma erosión que sufrió el partido de F. H. Cardoso en el clima introducido por Bolsonaro.
El aluvión de Milei ha creado un escenario más contradictorio para el establishment. Por un lado, los poderosos celebran el aumento de los legisladores que conseguirían, para introducir la agenda que tienen en carpeta. Por otra parte, el rumbo actual conduce a riesgosos choques, que preferían eludir con el gobierno de ajuste consensuado que propiciaba el virrey Stanley. También están incomodos con la disputa entre Bullrich y Milei por la misma clientela conservadora.

¿Qué ha pasado con el peronismo?

Sufrió un mayor desplome a lo esperado, quedó tercero, en el piso más bajo de su historia y resignó hasta la simbólica gobernación de Santa Cruz. Se abren dos posibilidades para los próximos meses. Si Massa continúa con el ajuste redoblado que exige el FMI, cavará su propia fosa como candidato del oficialismo. Ya comenzó esa sepultura con la devaluación que prometió soslayar y terminó aceptando. Convalidó el chantaje de Washington, para obtener el crédito que el Fondo utiliza para pagarse a sí mismo. Argentina está sometida a un calvario sin fin por haber legitimado el fraude de la deuda.
La imagen de Massa como negociador astuto tiende a desvanecerse, con una inflación que se dispara y que en agosto cruzaría el umbral de los dos dígitos. El gobierno perdió autoridad para negociar con las empresas algún freno a la remarcación, mientras la cotización del dólar no tiene techo. Entre la espada y la pared, Massa recurre al denominado ¨ajuste sin plan¨. Devalúa sin reservas, mientras improvisa medidas que agravan la crisis económica y la consiguiente parálisis del gobierno.

¿Un deterioro semejante puede conducir al escenario de salida precipitada que
afrontó Alfonsín?

Asistimos a una doble tensión. Hay sectores que han promovido una debacle de este tipo.
Pero al mismo tiempo, gran parte del poder económico quieren resguardar los grandes negocios con el gas, el litio y los alimentos que avizoran para los próximos años. Por eso promovían el ajuste previsible de Larreta y Massa.
Esta contradicción ha aflorado después de las PASO. La derechización electoral que debería alegrar a los capitalistas generó el efecto opuesto de un gran derrumbe de los bonos. Hay un clima de extrema tensión y si en las próximas semanas se extiende el rebrote superinflacionario, el desenlace de octubre será más incierto.

¿El oficialismo puede repuntar antes de octubre?

Dependerá ante todo de la capacidad que mantenga para contener el descarrilamiento de la economía. Es la condición para intentar una reacción que dé vuelta los resultados de las PASO.
Necesitaría recuperar a los votantes que se ausentaron y captar el voto que teme a Milei o Bullrich. Además, debería irrumpir una resistencia defensiva al peligro reaccionario que se avecina. Esa reacción se produjo hace poco en España, cuando la llegada de Vox fue contenida en las urnas.

La respetable elección de Kicillof ya introduce un freno a la oleada de Milei…

Sí, pero fue la única excepción significativa a la marea violeta. Indica que, a diferencia del 2015, un presidente derechista deberá pulsear con un bastión opositor en la provincia de Buenos Aires. También ese resultado retrata la paradójica adversidad que introdujo Milei, al tradicional proyecto conservador. No podrían repetir la gobernación de Vidal porque Piparo divide el frente derechista.

En cualquier caso, Argentina afronta una mutación inédita.

Me parece notar que hay dos lecturas de lo que está ocurriendo. En la primera de ellas se trataría de un vaivén político. Hubo una votación de tres tercios en las PASO, precedida de varias elecciones provinciales y se vio que muchos sufragantes modificaron sus preferencias a lo largo de esos comicios. Desde esa perspectiva, el voto por la ultraderecha fue tan sólo una advertencia que podría todavía atenuarse en octubre.
La segunda mirada sugiere que comenzó el fin del ciclo político de las últimas dos décadas, con el consiguiente agotamiento de sus dos protagonistas: el kirchnerismo y el macrismo. El declive del binomio de la grieta detonado por la ultraderecha inauguraría una profunda crisis, tanto en el peronismo como en sus tradicionales antagonistas.
Esta mirada estaría abonada con el súbito resurgimiento invertido del grito que inauguró el periodo actual. Milei ha reconvertido la consigna “que se vayan todos”, en una furiosa impugnación de la «casta». Ha transformado el lema revulsivo y esperanzador del 2001 en un bandera totalmente regresiva.

¿Alcanza con el triunfo electoral de la derecha para imponer el ajuste que ambiciona el poder económico?

No; es tan sólo el primer paso. Comenzará una batalla que se dirimirá en la dinámica de las resistencias. El resultado sobrevendrá de la confrontación entre ajustadores y ajustados. La reacción popular contra los atropellos es una gran preocupación de la derecha. Discuten desde hace mucho tiempo cómo doblegar los piquetes, frenar las huelgas e impedir las movilizaciones.
Están obsesionados por la tradicional capacidad de resistencia de nuestro pueblo.
Argentina cuenta con el principal movimiento de trabajadores del continente y con la sindicalización más alta. Se ha creado el mayor agrupamiento organizado de desocupados y la fuerza democrática del país ha mantenido a los genocidas en prisión. La derecha deberá lidiar con esa resistencia social. Esta vez van por todo e intentarán liquidar los convenios colectivos, las indemnizaciones, con indultos a los militares y anulación del aborto. Ya ensayaron en Jujuy la criminalización de la protesta.
Es evidente que bajo el gobierno de Fernández predominó una reacción popular muy inferior a la usual. Pero a diferencia de Brasil, los derechistas no llegarían aquí al gobierno en un estado de reflujo o desarticulación popular. Además, por ahora Milei y Bullrich tienen un gran sostén electoral, pero no callejero. No está acompañados por los cacerolazos de la pandemia o por las marchas de la era Nisman.

¿Cómo ves la situación en la izquierda?

El FIT obtuvo un porcentaje muy semejante a los últimos comicios del mismo tipo. Su guarismo fue bajo, pero quedó entre las cinco listas en carrera para octubre. Otros agrupamientos no pasaron el filtro. Con una base minoritaria, pero sólida resistieron el adverso vendaval electoral. Afrontan la dificultad objetiva que genera la canalización del voto-bronca por la ultraderecha. Además, el descontento dentro del peronismo fue contenido por la lista alternativa a Massa y la inoportuna interna dentro del FIT resultó incomprensible para sus propios seguidores.

¿Qué opinas de las opciones inmediatas para la militancia?

Para el espacio del peronismo crítico, la izquierda y los progresistas hay varios problemas en juego. El primero es la definición de la concurrencia a las urnas. Algunas corrientes propician el voto en blanco, sin considerar el significado cambiante de esa opción. Mientras que en el 2001 formaba parte de la rebeldía popular, ahora expresa la apatía y la despolitización. Es una respuesta pasiva al ajuste que no prepara la resistencia. Al contrario, refuerza la desesperanza y favorece el tramposo mensaje de que ¨los políticos son todos iguales¨.
El segundo tema son los diputados en juego. Yo pienso que una ampliación del número de legisladores de la izquierda sería muy positiva. Como se viene el ajuste y habrá que resistirlo, ese sostén legislativo sería muy provechoso. No se puede decir lo mismo de la lista que ofrece el peronismo, con incontables figuras conservadores y dudoso comportamiento frente a la movilización social. Los problemas estratégicos del FIT seguirán pendientes, pero tendrá más fuerza el soporte para la dura lucha que se avecina.
Finalmente, la campaña para votar a Massa cumpliendo con el compromiso que adoptó Grabois al presentar su propia lista, es un sapo de difícil digestión. Al día siguiente de presentarle a su candidato una propuesta para cancelar el acuerdo con el FMI, el ministro devaluó a pedido del Fondo. Grabois tendrá que decidir si silencia o denuncia semejante tropelía.
La forma de contener a la derecha en el plano electoral es un debate abierto con muchos matices, especialmente frente a un ballotage. Pero la necesidad de diputados de la izquierda es una contundente prioridad.

TOMADO DE Resumen Latinoamericano, 17/8/2023

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