domingo 26 de junio, 2022

La UE después de Ucrania

Publicado el 22/06/22 a las 7:15 am

Por Wolfgang Streeck

La invasión rusa de Ucrania parece haber respondido a la cuestión del orden europeo restableciendo el modelo de la Guerra Fría que durante mucho tiempo se creyó que había pasado a la historia.

“La guerra de todos es padre, de todos rey.”

Heráclito

Si partimos de la base de que la historia de la Unión Europea comienza con la Comunidad Económica Europea (CEE), que se formó en 1958, aquella existe desde hace ya casi dos tercios de siglo. Nació como una alianza de seis países que administraban conjuntamente dos sectores clave de la economía de posguerra, el carbón y el acero, lo cual eliminaba la necesidad de que Francia repitiera la ocupación de la cuenca del Ruhr, que había contribuido al auge del revanchismo alemán tras la Primera Guerra Mundial. A raíz de los conflictos laborales de finales de la década de 1960, y tras la entrada de otros tres países –Reino Unido, Irlanda y Dinamarca–, la CEE se convirtió en la Comunidad Europea (CE). Dedicada a la política industrial y a las reformas socialdemócratas, la CE debía añadir una “dimensión social” a lo que iba camino de convertirse en un mercado común. Posteriormente, tras la revolución neoliberal y la caída del comunismo, lo que pasó a llamarse Unión Europea (UE) se convirtió tanto en un espacio común para los nuevos Estados-nación independientes del Este, deseosos de unirse al mundo capitalista, como en un motor de la reforma neoliberal, la economía centrada en la oferta y el nuevo laborismo en veintiocho países europeos. También se integró firmemente en el orden mundial unipolar dominado por Estados Unidos tras el “fin de la historia”.

La Unión Europea de las últimas tres décadas ha servido de microcosmos regional de lo que llegó a denominarse hiperglobalización[1], concepto acuñado por Dani Rodrik. De hecho, en gran medida, fue un modelo continental de menor tamaño para el capitalismo mundial integrado, que era el objetivo último de quienes suscribían en aquel momento el Consenso de Washington. La UE ofrecía un mercado interior sin fronteras para los bienes, los servicios, la mano de obra y el capital; la gobernanza económica basada en normas la ratificaba un todopoderoso tribunal internacional, el Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas (TJCE); y un banco central igualmente todopoderoso, el BCE, gestionaba una moneda común, el euro. Este acuerdo se ajustaba perfectamente a la idea hayekiana de una federación internacional diseñada para limitar la política económica discrecional, una aproximación casi perfecta a lo que Hayek llamaba isonomía: leyes liberales de mercado idénticas en todos los Estados incluidos en el sistema[2]. Esta economía despolitizada estaba gobernada por una combinación de tecnocracia políticamente esterilizada –el BCE y el poder pseudoejecutivo de la UE, la Comisión Europea–, y lo que podría llamarse nomocracia –el TJCE– al amparo de una constitución de facto inmutable en la práctica. Esta última consistía en dos tratados[3], indescifrables para el ciudadano normal, acordados entre veintiocho países, cada uno de los cuales tenía derecho a vetar cualquier cambio[4]. Al anclar todo el proyecto dentro del sistema financiero mundial dominado por Estados Unidos, los tratados estipulaban una movilidad de capitales ilimitada, prohibiendo cualquier tipo de control de capitales no sólo dentro de la Unión, sino también más allá de sus fronteras[5].

No pasó desapercibido que esta estructura adolecía de lo que eufemísticamente llegó a llamarse “déficit democrático”. De hecho, en Bruselas, entre los iniciados, se oye a menudo el chiste de que, con su constitución actual, la Unión Europea nunca podría unirse a sí misma. En los últimos años, la Comisión Europea, y en particular el llamado Parlamento Europeo, se han esforzado por llenar el vacío democrático con una política de “valores” que la UE debe imponer a sus Estados miembros. Los derechos humanos, según las interpretaciones occidentales contemporáneas, servirían como sustituto de los debates sobre economía política que habían quedado excluidos del sistema político de la Unión. Sobre todo, esto implicaba intervenciones educativas en los países del antiguo imperio soviético para convertir a los gobiernos, los partidos y los pueblos al liberalismo europeo occidental, económico pero también social, si fuera necesario, reteniendo parte de las ayudas fiscales destinadas a apoyar la transformación de estos países en auténticas economías de mercado además de en democracias capitalistas. Este tipo de programas educativos cada vez más verticalistas, cuyo mandato deriva de interpretaciones cada vez más amplias e incluso intrusivas de las secciones declarativas de los tratados de la UE, culminó en una cruzada contra los llamados antieuropeos, identificados por los especialistas en ciencias sociales y los asesores políticos como “populistas”[6].

Con el tiempo, la centralización y despolitización de facto de la economía política de la Unión ha insertado en ella una dimensión jerárquica centroperiférica. El “Estado de derecho” instituido como norma de un tribunal todopoderoso; la política económica formalmente basada en normas pero en la práctica cada vez más discrecional del Banco Central Europeo, políticamente independiente; y la reeducación en los “valores” europeos apoyada por las sanciones han llevado a la UE a parecerse cada vez más a un imperio liberal, tanto en el sentido económico como en el cultural, este último como legitimación del primero.

Antes de Ucrania: Discrepancias cruciales, fracaso previsible

Los imperios corren un riesgo congénito de sobre-expansión en los ámbitos territorial, económico, político, cultural y en otros. Cuanto más crecen, más cuesta mantenerlos unidos, ya que las fuerzas centrífugas crecen y el centro necesita movilizar cada vez más recursos para contenerlos. Tras la crisis financiera mundial de 2008 y su propagación a Europa después de 2009, la UE y la UEM empezaron a fracturarse en varios aspectos, y su capacidad económica, ideológica y coercitiva de integración se vieron cada vez más sobrecargadas. En el flanco occidental de la UE, el Brexit fue el primer caso de un Estado miembro que abandona una Unión que ideológicamente se considera permanente. Fueron muchos los factores que contribuyeron al resultado del referéndum del Brexit, ampliamente debatido desde hace casi una década. Una de las principales razones (menos espectacular, pero sin duda más fundamental que muchas otras) por las que la pertenencia británica a la UE resultó insostenible fue la acentuada incompatibilidad de la constitución británica de facto, y su absolutismo parlamentario, con el gobierno de jueces y tecnócratas al estilo de Bruselas. Otra razón, por supuesto, fue la incapacidad y, de hecho, la falta de voluntad de Bruselas para hacer algo respecto a la prolongada negligencia de los gobiernos británicos en la desintegración del tejido social del país.

Volviendo al sur, los arraigados métodos nacionales de hacer capitalismo resultaron incompatibles con las prescripciones de la UEM y el mercado interior, lo que llevó a Italia en particular por un camino de declive económico prolongado y, según todos los indicios, irreversible. Los intentos de invertir la tendencia, ya sea mediante “reformas estructurales”, de acuerdo con las prescripciones neoliberales, o a través del BCE y la Comisión Europea, eludiendo las normas antiintervencionistas que rigen la Unión Monetaria toleradas en silencio por los gobiernos francés y alemán, fracasaron estrepitosamente. A estas alturas, ha quedado claro que ni siquiera el Mecanismo de Recuperación y Resiliencia (MRR) de la Unión Europea y las subvenciones que proporcionará a Italia, detendrán el declive italiano[7]. Entre otras cosas, el caso italiano demuestra que una política regional eficaz cuyo objetivo sea la convergencia económica es aún menos factible entre los Estados-nación que dentro de ellos.

Además, en la periferia oriental de la Unión, los países arrastran un legado histórico de tradicionalismo cultural, autoritarismo político y resistencia nacionalista contra la intervención internacional en sus asuntos internos, esta última reforzada por su experiencia bajo el imperio soviético. Los esfuerzos por imponer las costumbres y los gustos europeos occidentales en estas sociedades, especialmente cuando van acompañados de amenazas de sanciones económicas (como en el caso de las políticas de la Unión denominadas “Estado de derecho”), provocaron una oposición “populista” y un resentimiento contra lo que muchos percibieron como un intento de privarles de su recién recuperada soberanía nacional[8]. Los conflictos en el Consejo Europeo sobre cuestiones culturales llegaron a que los jefes de gobierno occidentales instaran de forma más o menos explícita a sus colegas del este, en particular a los de Hungría y Polonia, a salir de la Unión si no estaban dispuestos a compartir sus “valores”[9]. Combinado con la amenaza de sanciones económicas, esto supuso nada menos que un intento de provocar un cambio de régimen en otros Estados miembros.

Por último, en el norte, los esfuerzos de la Unión Europea por preservar un recuerdo de su antigua ambición de desarrollar una “dimensión social”, regularmente encuentran la resistencia de, entre todos los países, los Estados miembros escandinavos, que insisten en su tradición de regular el mercado laboral, incluida la regulación salarial, por medio de la negociación colectiva y no por la ley estatal. Recientemente, algunos sindicatos escandinavos han amenazado con abandonar la Confederación Europea de Sindicatos, de la que se quejan porque no se han respetado suficientemente sus prácticas nacionales establecidas.

En el centro del imperio liberal existen otras discrepancias, tanto antiguas como nuevas, debido a que la Unión Europea no tiene un Estado miembro lo suficientemente poderoso como para ser su único hegemón. En su lugar, hay dos países líderes, Alemania y Francia, ninguno de los cuales puede dominar por sí solo la Unión. A pesar de que se necesitan mutuamente, no son capaces de ponerse de acuerdo sobre las estructuras centrales, los intereses y las políticas de una Europa integrada. Tradicionalmente se considera que las diferencias franco-alemanas derivan de las diferencias entre sus variedades nacionales de capitalismo, donde Francia cultiva una tradición de dirigismo controlado por el Estado y Alemania insiste en su invención de posguerra de una “economía social de mercado”. En consecuencia, Francia y Alemania tienden a estar en desacuerdo en las políticas de la Unión Europea y de la Unión Monetaria Europea, donde Francia, entre otras cosas, favorece una política fiscal y monetaria más expansiva y políticamente discrecional.

Más recientemente, sobre todo después del Brexit, las diferencias en política exterior y de seguridad también han pasado a un primer plano. Aunque ya existían en la década de 1960, se agudizaron, primero por el fin de la bipolaridad mundial después de 1989 y posteriormente por el hecho de que, desde el Brexit, Francia es el único Estado miembro de la Unión Europea con armas nucleares y un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Como Francia no está dispuesta a compartir ninguna de las dos cosas, la dependencia nuclear alemana de Estados Unidos, que mantiene unos cuarenta mil soldados en suelo alemán junto con un incontable número de cabezas nucleares, se interpone efectivamente en el camino de la “soberanía estratégica europea”, como la llaman los franceses, una transferencia de soberanía estratégica a “Europa” que es aceptable para la doctrina de seguridad nacional francesa únicamente bajo el liderazgo de Francia. Es más, mientras Francia tiene fuertes intereses en África y Oriente Medio, los intereses nacionales alemanes, en lo que respecta a Europa, se centran en Europa del Este y los Balcanes. En consecuencia, el desacuerdo, aunque cuidadosamente disimulado, es endémico entre los dos aspirantes a propulsores de lo que eufemísticamente a veces se denomina el tándem europeo franco-alemán.

¿Menos unidad para alcanzar más unidad?

Antes de la guerra de Ucrania había dos proyectos radicalmente diferentes en el aire, o al menos imaginables, sobre cómo evitar la inminente desintegración de la Unión Europea a causa de la sobreexpansión y la sobreintegración. Uno de ellos puede resumirse como una estrategia de menos unidad para alcanzar más unidad o de limitación –si no territorial, sí funcional–, retrotrayendo algunos elementos importantes de la “unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa” de la UE. Fue el sociólogo estadounidense Amitai Etzioni, entre otros, quien durante algún tiempo defendió la limitación como forma de desbloquear la integración europea[10]. En muchos sentidos, su propuesta recordaba a los antiguos conceptos de un sistema estatal europeo occidental integrado como una Europa a la carta, o incluso como la “Europa de las patrias” de De Gaulle[11]. Lo que estas nociones tenían en común era una visión del sistema estatal regional basada más bien en el modelo de una cooperativa que en el de un imperio, como ha esbozado recientemente Hans Joas en un importante libro sobre “Europa como proyecto de paz”[12]. En él, Joas menciona un debate entre Carl Schmitt y el historiador alemán Otto Hintze sobre las posibilidades de alcanzar la paz internacional en las décadas de 1920 y 1930. Schmitt creía que la paz en una región del mundo únicamente la podía asegurar una potencia imperial principal y libre para imponer el orden en su periferia, sus Estados dependientes, esencialmente a su antojo. Su modelo real de orden internacional viable, por cierto, era el hemisferio americano bajo la doctrina Monroe. Argumentando en su contra, Hintze, que había estudiado la tradición alemana de las asociaciones cooperativas (Genossenschaften), insistía en la posibilidad de un orden social basado en la cooperación voluntaria dentro de un marco que obligara a los países participantes a reconocer la independencia, o soberanía, de los demás. En varios aspectos, este modelo se acercaba al de la Paz de Westfalia de 1648, tras la Guerra de los Treinta Años, con la creación de lo que más tarde se denominó “Estado de Westfalia”.

¿Cómo habría sido una Unión Europea a la carta, si se hubiera hecho realidad? En términos generales, habría previsto una mayor autonomía local, en el sentido de nacional, en lugar de insistir en la uniformidad político-económica entre los Estados miembros, con instituciones menos centralizadas y jerarquizadas y más espacio para la soberanía nacional[13]. La Comisión Europea se habría convertido en algo así como una plataforma de cooperación voluntaria entre los Estados miembros y habría abandonado su aspiración de convertirse en un poder ejecutivo paneuropeo; lo mismo, mutatis mutandis, se habría aplicado al Parlamento de la UE. El papel del Tribunal de Justicia Europeo también tendría que reducirse significativamente: ya no sería un legislador constitucional disfrazado, encargado de todo lo que quiera encargarse y que interviene a su antojo en los Estados nacionales, la legislación nacional y la política nacional. En cierto modo, una Unión Europea de este tipo se habría parecido al Consejo Nórdico formado por los Estados escandinavos en la década de 1950. Sus miembros son Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega, Suecia, las Islas Feroe, Groenlandia y Åland. El bloque no conoce ningún equivalente al Tribunal Europeo, el Parlamento de la UE o la Comisión Europea. Aunque los Estados miembros mantienen las fronteras abiertas entre ellos, siguen teniendo sus propias políticas económicas y sociales[14].

En muchos sentidos, retrotraer la integración para preservarla fue desde el principio un proyecto poco realista, si es que puede llamarse proyecto. Lo más probable es que, para tener alguna posibilidad, hubiera tenido que ir precedido de una desintegración masiva de la Unión Europea, debido a la intensificación de sus discrepancias y, muy probablemente, de una bancarrota estatal de Italia. Nada de esto podría haberse descartado, y menos unidad para alcanzar más unidad podría haber sido realista como proyecto de reconstrucción después de un hundimiento institucional, más que como política de reforma para evitar dicho hundimiento. Según las normas vigentes, habría requerido una amplia revisión de los tratados acordada por los veintisiete Estados miembros posteriores al Brexit, algunos de los cuales necesitarían aprobación por votación popular. La imposibilidad práctica de una revisión significativa de los tratados que rigen puede considerarse una característica esencial de un proyecto de integración europea que pretende ser irreversible (lo que involuntariamente le resta legitimidad democrática).

¿Lograr la integración mediante la militarización?

Un grupo de políticos alemanes retirados, de los dos principales partidos, dirigidos e inspirados por el filósofo Jürgen Habermas, sugirió otra posible salida al malestar por la sobre-expansión. Entre sus miembros se encontraba Friedrich Merz, entonces presidente del consejo de administración de BlackRock Alemania, un viejo rival de Angela Merkel. (Sorprendentemente, Merz resucitó recientemente para convertirse en el sucesor de Merkel como líder del que ahora es el principal partido de la oposición alemana, CDU/CSU). En octubre de 2018, el grupo emitió un llamamiento público titulado “Por una Europa basada en la solidaridad: Tomémonos en serio la voluntad de nuestra Constitución, ¡ya!”[15]. Entre otras cosas, el grupo instaba a la creación de un ejército europeo (“Exigimos un ejército europeo”), puesto que “Trump, Rusia y China” estaban “poniendo a prueba cada vez con más dureza… la unidad de Europa, nuestra voluntad de defender juntos nuestros valores, de defender nuestro modo de vida”. A esto podía haber “una única respuesta: la solidaridad y la lucha contra el nacionalismo y el egoísmo internamente, y la unidad y la soberanía común externamente”. La creación de un ejército europeo debía ser el primer paso hacia una “integración más profunda de la política exterior y de seguridad basada en decisiones mayoritarias” por parte del Consejo Europeo. El grupo argumentaba que un ejército europeo no requería “más dinero” puesto que “los miembros europeos de la OTAN en conjunto gastan unas tres veces más en defensa que Rusia”[16]; todo lo que se necesitaba era acabar con la fragmentación nacional, lo que permitiría tener “mucho más poder defensivo sin dinero adicional”. (No se dio ninguna razón de por qué esto era necesario, puesto que los países en cuestión ya gastaban tres veces más en su ejército que su enemigo señalado). Además, “puesto que las defensas de Europa no se dirigen contra nadie, la creación de un ejército europeo debería estar vinculada a las iniciativas de control de armas y desarme”, un esfuerzo en el que Alemania y Francia, “los Estados fundadores de Europa”, deberían tomar la iniciativa.

Al igual que menos unidad para alcanzar más unidad, la construcción del Estado europeo a través de la militarización, que recuerda en cierto modo al modelo prusiano[17], nunca tuvo posibilidades. Y ello a pesar de que, en apariencia, cuando sus defensores abogaban por una “soberanía común” para Europa, evidentemente atendían al gusto francés, tal y como expresó el Discurso de la Sorbona que pronunció Macron en 2017 un día después de la última reelección de Angela Merkel[18]. Además, al no aclarar quién era el enemigo contra el que había que defender a Europa, no se excluía algo así como la equidistancia europea con Rusia y China, por un lado, y con “Trump” por otro, lo que en principio sería bien recibido en Francia. Además, nunca se mencionó a la OTAN, y menos aún su doctrina revisada, adoptada en 1992, que amplía su misión en todo el mundo para incluir operaciones “exteriores” como, presumiblemente, intervenciones humanitarias en cumplimiento de un supuesto “deber de protección”. Asimismo, al argumentar que el nuevo ejército europeo no necesitaría un mayor gasto en defensa, el llamamiento rechazaba implícitamente la exigencia estadounidense de que los miembros europeos de la OTAN, especialmente Alemania, aumentaran sus gastos militares hasta el 2% del PIB, lo que para Alemania, en 2018, habría supuesto un aumento de nada menos que el 50%[19]. Nótese que la primera vez que la OTAN, tras la presión estadounidense, discutió el objetivo del 2% fue en una cumbre celebrada en Praga en 2002. Fue la misma reunión en la que la alianza inició las conversaciones de adhesión con Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia, y confirmó una política de puertas abiertas para Europa del Este, que incluía a Georgia y Ucrania, en contra de las fuertes objeciones públicas del gobierno ruso.

Y lo que es más importante, el documento no abordó la cuestión de las armas nucleares, lo cual, cuando menos, induce a pensar que fue para que los Verdes alemanes se unieran a la causa. Sin embargo, si el proyecto se hubiera hecho realidad, para Alemania –que se comprometió a no tener armas nucleares, e incluso se le prohibió tenerlas en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968– un ejército europeo implicaba el riesgo de tener que sustituir la protección nuclear estadounidense por la francesa. Ese riesgo habría parecido tan inaceptable en Alemania como la idea de que Francia compartiera su fuerza nuclear con “Europa”, es decir, que Alemania navegara bajo bandera europea. En el fondo estaba la cuestión fundamental de hasta qué punto un ejército europeo estaría, o tendría que estar integrado en la estructura de mando de la OTAN, es decir, su “interoperabilidad” con el ejército de Estados Unidos. Desde el rearme de Alemania en la década de 1950, la Bundeswehr ha estado plenamente integrada en la OTAN y probablemente Estados Unidos habría insistido en que cualquier ejército europeo, en particular su contingente alemán, estuviera también integrado en la OTAN.

Si el llamamiento de Habermas hubiera tocado la cuestión nuclear, habría quedado claro que, a pesar de las similitudes superficiales, era incompatible con los elementos centrales del proyecto de seguridad europeo francés. Al igual que Estados Unidos, Francia quería (y quiere) que Alemania gaste más en defensa. Sin embargo, en lugar de reforzar el poder estadounidense al otro lado del Atlántico, el gasto adicional de Alemania pretendía cubrir el tradicional vacío del ejército francés causado por los elevados costes de su fuerza nuclear para permitir que “Europa” atendiera mejor las ambiciones francesas en África y Oriente Medio. Para lograr una “soberanía estratégica europea” de este tipo sería útil alguna forma de distensión con Rusia. Sin embargo, un acuerdo euroasiático estaría reñido con la expansión estadounidense en la periferia rusa a través de la OTAN. Para Estados Unidos el objetivo era integrar a los antiguos países comunistas de Europa del Este en un “Occidente” dirigido por Estados Unidos. Hacer que Europa, a través de la OTAN, adoptara una posición de confrontación frente a Rusia garantizaría la dependencia europea de una alianza con Estados Unidos en el mundo dividido en dos polos que surgió del “Nuevo Orden Mundial” de George H. W. Bush. A Francia, por el contrario, le interesaba un ejército europeo precisamente en la medida en que sacaría a Europa de la tenaza a la que le sometía Estados Unidos, entre otras cosas al mantener a la Alemania no nuclear dependiente de la protección nuclear estadounidense.

Después de Ucrania

La guerra es la última fuente estocástica de la historia, y una vez que está en marcha no hay límite a las sorpresas que puede traer. Sin embargo, aunque la guerra en Ucrania parece estar lejos de haber terminado en el momento de escribir este artículo, uno puede sentirse justificado al observar que ha puesto fin, al menos en un futuro previsible, a cualquier idea de un sistema estatal independiente, no imperial y cooperativo en Europa. La guerra también parece haber asestado un golpe mortal al sueño francés de convertir el imperio liberal de la Unión Europea en una fuerza mundial estratégicamente soberana que rivalice de forma creíble tanto con una China en ascenso como con unos Estados Unidos en declive. La invasión rusa de Ucrania parece haber respondido a la cuestión del orden europeo restableciendo el modelo de la Guerra Fría que durante mucho tiempo se creyó que había pasado a la historia: una Europa unida bajo el liderazgo estadounidense como cabeza de puente transatlántico para Estados Unidos en una alianza contra un enemigo común, entonces la Unión Soviética y ahora Rusia. La inclusión y la subordinación a un “Occidente” resucitado y remilitarizado como subdepartamento europeo de la OTAN parece haber salvado, por el momento, a la Unión Europea de sus fuerzas centrífugas destructivas, sin por ello eliminarlas. Al restaurar a Occidente, la guerra ha neutralizado las diversas discrepancias por las que se estaba desmoronando la UE, algunas más que otras, al tiempo que ha catapultado a Estados Unidos a una posición de renovada hegemonía sobre Europa occidental, incluida su organización regional, la Unión Europea.

Sobre todo, la reintegración de Occidente bajo el liderazgo estadounidense ha zanjado el viejo asunto de la relación entre la OTAN y la UE en favor de una división del trabajo que establecía la primacía de la primera sobre la segunda. Es interesante que esto parece haber puesto fin a la fractura que se había abierto entre la Europa continental y el Reino Unido durante el Brexit. Al igual que la OTAN ha alcanzado la supremacía, el hecho de que incluya al Reino Unido junto con los principales Estados miembros de la UE restituye un papel europeo destacado de Gran Bretaña a través de su relación especial con Estados Unidos. El modo en que esto afecta al estatus internacional de un país como Francia quedó recientemente ilustrado por un acuerdo estratégico –el llamado pacto AUKUS– entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia. En virtud de este pacto, Australia cancelaba un acuerdo de 2016 con Francia sobre submarinos franceses de propulsión diésel y en su lugar se comprometía a desarrollar submarinos de propulsión nuclear junto con Estados Unidos y el Reino Unido, un hecho que mostró a Francia los límites de una potencia mundial como la UE liderada por Francia.

Respecto a la UE, el ascenso de la OTAN supuso su declive hasta convertirla en una asistente civil de la OTAN supeditada a los objetivos estratégicos estadounidenses, sobre todo, aunque no exclusivamente, en Europa. Estados Unidos había considerado durante mucho tiempo a la UE algo así como una antesala o una escuela para futuros miembros de la OTAN, especialmente los vecinos de Rusia, como Georgia y Ucrania, pero también los Balcanes occidentales[20]. La UE, por su parte, había insistido en sus propios procedimientos de admisión que incluían largas negociaciones sobre las condiciones institucionales y económicas nacionales que debían cumplirse antes de la adhesión formal. Con ello se pretendía reducir la carga que los nuevos países supondrían para el presupuesto de la UE y garantizar que sus élites políticas fueran lo suficientemente “proeuropeas” como para no agitar las aguas comunes. Para Estados Unidos, con sus objetivos geoestratégicos, esto solía parecerle excesivamente puntilloso, si no obstruccionista. De hecho, Francia en particular se había resistido, y se sigue resistiendo, a una “ampliación” excesiva de la Unión por temor a que se interponga en su “profundización”. Desde la perspectiva estadounidense, el reparto de la carga con los países europeos significaba que estos se responsabilizaran de proporcionar incentivos económicos a los nuevos Estados para que se unieran a Occidente y de ayudarles a construir la base económica de la occidentalización, por ejemplo, mediante subvenciones financieras que ayudaran a los Estados aspirantes a lograr la estabilidad social en un sentido occidental, liberal y democrático.

Con la guerra de Ucrania, la idea estadounidense de la UE como hogar temporal para los futuros miembros de la OTAN se está haciendo realidad con rapidez. Cualquier solución negociada de la guerra probablemente impedirá la adhesión de Ucrania a la OTAN en un futuro próximo y no tan próximo. Se podría ofrecer el ingreso en la Unión Europea por la vía rápida como compensación, entre otras cosas porque aseguraría fondos para reparar los daños causados por la guerra[21]. También parece probable que no se permita a Francia bloquear la adhesión de países como Albania, Bosnia-Herzegovina (un país), Macedonia del Norte, Montenegro, Kosovo y Serbia (siempre que las subvenciones europeas logren que su élite política cambie de opinión y se vuelva “proeuropea”). Dependiendo de cómo se desarrolle la guerra, puede que para Georgia y Armenia incluso haya algún tipo de afiliación similar a la de los actuales miembros, todo lo cual es probable que suponga importantes demandas en el presupuesto de la UE sin que facilite su gobierno.

Además, durante la guerra, la Comisión Europea estuvo y sigue estando muy solicitada como organismo para planificar, coordinar y supervisar las sanciones económicas europeas contra Rusia y, previsiblemente, contra China. En última instancia, las sanciones implican una profunda reorganización de las extensas cadenas de suministro de la era neoliberal y del Nuevo Orden Mundial, en respuesta al mundo multipolar que está a punto de surgir, con su renovado énfasis en la seguridad económica y la autonomía. Lo que durante algún tiempo ha sido un organismo promotor de la globalización se convertirá, en aspectos importantes, en un organismo dedicado a la desglobalización, que hasta hace unas semanas se consideraba un mero despropósito de izquierdas (o tal vez del populismo). Reducir las cadenas de suministro es una función que depende menos del gobierno que de la pericia tecnocrática, bastante difícil dado el alto nivel de interdependencia económica heredado de la hiperglobalización. Desde el punto de vista político, las sanciones que se impongan y las cadenas de suministro internacionales que se sigan considerando seguras quedan a cargo de los gobiernos nacionales; o más precisamente, a cargo de su ahora principal organización, la OTAN, controlada por su Estado-nación más fuerte, Estados Unidos. Un ejemplo es la disputa sobre las compras alemanas de gas natural ruso y su sustitución por gas natural licuado estadounidense. Puesto que la OTAN no tiene la experiencia necesaria en materia económica para evaluar los efectos de las sanciones sobre Rusia, por un lado, y sobre Europa Occidental por otro, la UE seguirá siendo necesaria como proveedor de servicios administrativos en la gestión de una economía europea recientemente politizada.

Por último, y no debe subestimarse, es probable que la UE desempeñe un papel importante en la generación de dinero público para la reconstrucción de Ucrania una vez que la guerra haya terminado. Lo mismo ocurre con la provisión de ayuda financiera a otros países de la periferia europea que serán candidatos para ingresar en la Unión Europea y, en última instancia, en la OTAN. Es probable que la capacidad de la UE para servir de receptáculo de la deuda pública que es políticamente menos perceptible –como en el caso del Fondo de Recuperación y Resiliencia de Corona, la primera manifestación de la UE de Nueva Generación (NGEU) de la Comisión– se utilice de forma permanente y amplia para movilizar las contribuciones europeas a los costes no militares y a largo plazo de la guerra, que incluye, por ejemplo, el reasentamiento de los refugiados ucranianos[22]. (La experiencia sugiere que la contribución estadounidense se limitará y terminará con las hostilidades militares)[23]. Para ello, también serán necesarios los servicios especiales del BCE, como lo fueron en la lucha contra el “estancamiento secular” y, posteriormente, la pandemia. La deuda del BNG no aparece en los presupuestos nacionales, y por esta razón es menos controvertida políticamente. Es similar a la compra de deuda pública por parte del BCE como forma de financiación estatal indirecta en el contexto de la flexibilización cuantitativa, que elude las disposiciones de los tratados europeos.

Nuevas y viejas responsabilidades

Las nuevas funciones que ha asumido la UE como consecuencia de la guerra de Ucrania, y en particular durante su supeditación a la OTAN, están lejos de resolver sus viejos problemas; de hecho, a largo plazo pueden verse aumentados y agravados. En el flanco occidental de la UE, el Reino Unido, a través de su estrecha alianza con Estados Unidos en el marco de la OTAN, ha vuelto al rebaño europeo con fuerza, aunque más como teniente que como un soldado raso más. En el sur no hay ninguna razón para creer que la supremacía de la OTAN ayude a mejorar la evolución económica de Italia; al contrario, es probable que las sanciones y la reducción de las cadenas de suministro impongan costes adicionales a las economías mediterráneas. Estas seguramente exigirán una compensación, no de Estados Unidos sino de la UE. Sin embargo, sus Estados miembros ricos estarán preocupados por aumentar su gasto en defensa para satisfacer las exigencias de la OTAN, por no hablar de la financiación de la adhesión de más Estados miembros de la UE en su camino hacia la OTAN. La competencia por las subvenciones de la UE, en particular por el “Fondo de Cohesión” de la UE[24], aumentará aún más debido a las nuevas necesidades relacionadas con la guerra de los Estados miembros del este, por ejemplo la acogida de refugiados ucranianos y, si las sanciones occidentales empiezan a hacer mella, rusos. Los planes del Parlamento de la UE y de la Comisión de recortar la ayuda financiera a países como Polonia o Hungría por deficiencias en el “Estado de derecho” se irán quedando cada vez más obsoletos, ya que los conflictos culturales entre la democracia “liberal” y la “antiliberal” se verán eclipsados por los objetivos geoestratégicos de la OTAN y de Estados Unidos[25].

A medida que aumentan los costes de la “cohesión”, puede que se produzca un cambio inminente en el poder político dentro de la UE a favor de los Estados del frente oriental de la Unión, lo que se traduce en mayores obligaciones financieras para los países del rico noroeste. Al tiempo que las actividades de educación cultural de Europa occidental han empezado a parecer nimias ante la llegada de millones de refugiados ucranianos a un país como Polonia, Estados Unidos tiene pocas razones para obligar a sus aliados del este a satisfacer las sensibilidades liberales alemanas u holandesas. Los esfuerzos por condicionar el apoyo financiero a los países poscomunistas a su adhesión a los “valores democráticos” no servirán de nada mientras Estados Unidos esté satisfecho con su adhesión a la OTAN y su voluntad de librar la buena batalla prooccidental. Puesto que Estados Unidos, en palabras de su propia administración en el momento de escribir estas líneas, se está preparando para una guerra que durará varios años –lo cual es lógico si el objetivo es el cambio de régimen en Rusia–, la disposición de un país a acoger tropas, aviones y misiles estadounidenses debe tener prioridad sobre la letra pequeña de los tratados de la UE (o del TJCE) en cuanto a las condiciones democráticas. Con la Unión Europea enfrentándose a una guerra que durará un número incierto de años es probable que sus Estados del frente oriental dominen la agenda política común. En esto contarán con el apoyo de Estados Unidos y su interés geoestratégico en mantener a Rusia controlada política, económica y militarmente. En última instancia, esto puede dar lugar a que Estados Unidos, actuando a través de sus aliados de Europa del Este y de la OTAN, ocupe el lugar del doble liderazgo de la UE, el demasiado a menudo dividido tándem franco-alemán.

Los sueños americanos

Uno de los muchos acontecimientos notables en torno a la guerra de Ucrania es el modo en que el funesto historial de las recientes intervenciones militares estadounidenses ha desaparecido casi por completo de la memoria pública europea. Hasta hace solo unos meses, el desastroso final de la construcción de la nación estadounidense en Afganistán era un tema frecuente entre los comentaristas europeos. También estaban presentes, aunque más en un segundo plano, Siria, con las “líneas rojas” de Obama primero marcadas y luego olvidadas; Libia, que fue abandonada tras convertirse en un infierno; e Irak, donde los cálculos a la baja hablan de doscientos mil civiles muertos desde la invasión estadounidense. Nada de esto se menciona estos días en la bondadosa sociedad europea, y si se menciona fuera de ella, se tacha inmediatamente de distracción antiamericana para obviar las maldades cometidas por Putin y su ejército.

A medida que aumentaban las tensiones en torno a Ucrania, visibles en la concentración de tropas rusas en las fronteras ucranianas, los países europeos occidentales entregaron a Estados Unidos, aparentemente como algo natural, un poder notarial que le permitía, a través de la OTAN, actuar en su nombre y representación. Ahora, con la guerra que se prolonga, Europa, organizada en una Unión Europea supeditada a la OTAN, se verá sometida a las bizarrías de la política interna de Estados Unidos, una gran potencia en declive que se prepara para un conflicto global con una gran potencia en ascenso, China. Irak, Libia, Siria y Afganistán deberían haber documentado ampliamente la tendencia estadounidense a marcharse si sus esfuerzos en otras partes del mundo, siempre y por definición bien intencionados, fracasan por cualquier razón, dejando tras de sí un caos letal que otros deberán limpiar si necesitan un mínimo de orden internacional a sus puertas. Sorprendentemente, en ningún lugar de Europa occidental se plantea la cuestión de qué ocurrirá si, en 2024, Trump es reelegido –lo que no parece en absoluto imposible– o algún sucedáneo de Trump es elegido en su lugar. Pero incluso con Biden o algún republicano moderado, el manifiesto déficit de atención de la política imperial estadounidense debería, aunque no lo parece, entrar en los cálculos estratégicos, si es que los hay, de los gobiernos europeos.

Una explicación que rara vez se aduce para explicar la imprudencia con la que Estados Unidos entra y sale con demasiada frecuencia de aventuras militares remotas es su ubicación en una isla del tamaño de un continente, lejos de aquellos lugares en los que podría sentir la necesidad de proporcionar lo que considera estabilidad política. Lo que haga o deje de hacer Estados Unidos en el extranjero tiene pocas o ninguna consecuencia para sus ciudadanos en casa. (Las tropas iraquíes nunca marcharán hacia Washington, D.C. ni arrestarán a George Bush para entregarlo al Tribunal Penal Internacional de La Haya). Cuando las cosas van mal, los estadounidenses pueden retirarse al lugar del cual vinieron, donde nadie puede seguirlos. Existe, aunque sólo sea por esta razón, una tentación permanente en la política exterior estadounidense de guiarse por ilusiones, una inteligencia deficiente, una planificación chapucera y una adaptación voluble de las políticas internacionales al sentimiento público nacional. Por eso resulta aún más sorprendente que los países europeos, aparentemente sin debate, hayan dejado la gestión de Ucrania en manos de Estados Unidos. En efecto, esto representa que un director entrega la gestión de sus intereses vitales a un representante con un reciente historial público de incompetencia e irresponsabilidad.

¿Cuáles serán los objetivos bélicos de Estados Unidos al actuar para Europa y junto a ella a través de la OTAN? Al dejar que Biden decida en su nombre, el destino de Europa dependerá del destino de Biden, es decir, de las decisiones, o indecisiones, del gobierno de Estados Unidos. A falta de lo que los alemanes de la Primera Guerra Mundial llamaban Siegfrieden –una paz victoriosa impuesta a un enemigo derrotado, como probablemente sueñan en Estados Unidos tanto los neoconservadores como los imperialistas liberales de la escuela de Hillary Clinton– Biden puede apostar, o incluso preferir, un prolongado estancamiento, una guerra de desgaste que mantenga enfrentados tanto a Rusia como a Europa occidental, en particular a Alemania. Un enfrentamiento duradero entre los ejércitos ruso y ucraniano, u “occidental”, en suelo ucraniano uniría a Europa bajo el mando de la OTAN y obligaría convenientemente a los países europeos a mantener altos niveles de gasto militar. También obligaría a Europa a continuar con sanciones económicas de amplio alcance, incluso paralizantes, contra Rusia, cuyo efecto secundario sería una intensificación de la posición de Estados Unidos como proveedor a Europa de energía y materias primas de diversa índole. Además, una guerra, o casi guerra, impediría que Europa desarrollara una estructura de seguridad euroasiática propia que incluyera a Rusia. Consolidaría el control estadounidense sobre Europa occidental y descartaría las ideas francesas de “soberanía estratégica europea”, así como las esperanzas alemanas de distensión, dos conceptos que presuponen algún tipo de acuerdo con Rusia. Y no menos importante, Rusia estaría ocupada con los preparativos para las intervenciones militares occidentales, por debajo del umbral nuclear, en su extensa periferia.

Muy probablemente, un enfrentamiento prolongado con Ucrania obligaría a Rusia a establecer una estrecha relación de dependencia con China, lo que aseguraría a esta un aliado euroasiático cautivo y le proporcionaría un acceso seguro a los recursos rusos a precios de ganga, ya que Occidente ya no competiría por ellos. Rusia, a su vez, podría beneficiarse de la tecnología china en la medida en que estuviera disponible. A primera vista, una alianza como esta podría parecer contraria a los intereses de Estados Unidos. Sin embargo, vendría acompañada de una alianza igualmente estrecha, e igualmente asimétrica, entre Estados Unidos y Europa occidental, en la que lo que Europa puede ofrecer a Estados Unidos superaría claramente lo que Rusia puede ofrecer a China. Algo así como una falsa guerra estancada en Ucrania podría ser del interés de un Estados Unidos que busca construir alianzas globales para una inminente batalla con China por el próximo Nuevo Orden Mundial, monopolar o bipolar a la nueva o vieja usanza, que se libraría en los próximos años, después del fin del fin de la historia.


Traducción: Paloma Farré.

Este artículo apareció originalmente en AMERICAN AFFAIRS, Volumen VI, Número 2 (Verano de 2022): 107-24.

TOMADO DE «ctxt contexto y acción», JUNIO/2022.


Notas

[1] Este concepto procede de Dani Rodrik, The Globalization Paradox (Nueva York: W. W. Norton, 2011).

[2] F. A. Hayek, The Constitution of Liberty (Chicago, University of Chicago Press, 1960)

[3] Los dos tratados son el Tratado de la Unión Europea (TUE) y el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE), el primero también llamado Tratado de Maastricht, en vigor desde 1993, y el segundo es el Tratado de Roma, en vigor desde 1958, ambos modificados muchas veces, por ejemplo, por el Tratado de Lisboa de 2009. Además, según Wikipedia, «hay 37 protocolos, 2 anexos y 65 declaraciones que se adjuntan a los tratados para perfilar detalles, a menudo en relación con un solo país, que no están en el texto legal completo».

[4] En mayo de 2005, una propuesta de “Constitución de la Unión Europea” fracasó en un referéndum francés después de que el 55% de los votantes la rechazaran. La participación fue del 69%. El rechazo se atribuyó en parte a que el gobierno francés cometió el error de distribuir a todos los hogares franceses un ejemplar del proyecto de Constitución de cientos de páginas e imposible de entender para los no especialistas.

[5] Según el artículo 63 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE), «quedan prohibidas todas las restricciones a los movimientos de capitales entre los Estados miembros y entre estos y terceros países», y lo mismo se aplica a «todas las restricciones a los pagos», de nuevo «entre Estados miembros y terceros países».

[6] El artículo 4, sección 1, del TUE establece que «De conformidad con el artículo 5, las competencias no atribuidas a la Unión en los Tratados corresponden a los Estados miembros». Según la sección 1 del artículo 5, «los límites de las competencias de la Unión se rigen por el principio de atribución. El uso de las competencias de la Unión se rige por los principios de subsidiariedad y proporcionalidad». La Comisión Europea y el TJCE llevan tiempo intentando sortear este tipo de restricciones del Tratado derivando competencias específicas para ellos de cláusulas generales como, por ejemplo, el artículo 2 del TUE: «La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas que pertenecen a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad en la que prevalecen el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres».

[7] El MRR se creó en julio de 2020 para conceder 750.000 millones de euros a los países miembros en proporción a las pérdidas que, según la Comisión Europea, han sufrido por la pandemia del coronavirus. Italia es el principal beneficiario, con 192.000 millones de euros (69.000 millones en subvenciones, el resto en préstamos). Con el MRR es la primera vez que los Estados miembros autorizan a la UE a endeudarse; el fondo se financia totalmente con deuda. Para hacerse una idea de su magnitud efectiva, obsérvese que Alemania, en respuesta a las quejas de Estados Unidos por no haber gastado lo suficiente en defensa, reservó a principios de 2022, en cuestión de pocos días, un fondo financiado con deuda de 100.000 millones de euros para mejorar su ejército, que se gastará inmediatamente. Esto es más de la mitad de lo que la Unión Europea asignó a todo el país de Italia para que se gastara hasta 2023 (lo que resultó ser técnicamente imposible).

[8] Sobre la política de la controversia acerca del “Estado de derecho”, véase Wolfgang Streeck, “Ultra Vires”, New Left Review Sidecar, 7 de enero de 2022; Wolfgang Streeck, “Rusty Charley”, New Left Review Sidecar, 2 de noviembre de 2021.

[9] En una cumbre de la UE celebrada en junio de 2021, el primer ministro holandés, Mark Rutte, presionado en su país por un escándalo sobre las medidas punitivas ilegales adoptadas por su gobierno contra los beneficiarios de la asistencia social, dijo a su homólogo húngaro, Viktor Orbán, que Hungría tenía que abandonar la UE a menos que su gobierno retirara una ley que prohíbe a las escuelas el uso de materiales considerados como promotores de la homosexualidad. De un informe de Reuters:

Varios participantes en la cumbre de la UE hablaron del enfrentamiento personal más intenso que se había producido entre los líderes del bloque en años. . . . “Fue algo verdaderamente contundente, un profundo sentimiento de que no se podía permitir. Se trataba de nuestros valores; esto es lo que defendemos”, dijo Rutte a los periodistas el viernes. “Dije: ‘Hay que parar esto, deben retirar la ley y, si no les gusta y realmente sostienen que los valores europeos no son sus valores, entonces deben pensar si quieren permanecer en la Unión Europea’”.

[10] Véase Amitiai Etzioni, Reclaiming Patriotism (Charlottesville: University of Virginia Press, 2019)

[11] También se encuentra en esta categoría la idea de la “Europa de las diferentes velocidades”, a la que se opusieron intensa y exitosamente los países de Europa del Este que pertenecían a la UE.

[12] Hans Joas, Friedensprojekt Europa (München: Kösel, 2020). He sacado gran provecho de  Joas; véase Wolfgang Streeck, Zwischen Globalismus und Demokratie: Politische Ökonomie im ausgehenden Neoliberalismus (Berlín: Suhrkamp, 2020). Se publicará una traducción al inglés en Verso. 

[13] Véase Streeck, Zwischen Globalismus und Demokratie.

[14] Según su página web, “el Consejo Nórdico de Ministros es el órgano oficial de cooperación intergubernamental en la región nórdica. Busca soluciones nórdicas siempre y cuando los países puedan beneficiarse más unidos que trabajando por su cuenta”.

[15] Hans Eichel y otros, «Für ein solidarisches Europa-Machen wir Ernst mit dem Willen unseres Grundgesetzes, jetzt!», Handelsblatt, 21 de octubre de 2018.

[16]Sipri, el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo, informa de que el gasto militar ruso en 2018 fue de 62.400 millones de dólares. El Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, los cuatro mayores miembros europeos de la OTAN, gastaron juntos 175.200 millones de dólares en 2018, 2,8 veces más que Rusia.

[17] Como supuestamente dijo el estadista francés Conde Mirabeau en 1786, el año en que murió Federico II de Prusia: «Otros Estados poseen un ejército; Prusia es un ejército que posee un Estado».

[18] «En Europa estamos asistiendo a un doble movimiento: la retirada gradual e inevitable de Estados Unidos y una amenaza terrorista a largo plazo con el objetivo declarado de dividir nuestras sociedades libres… En el ámbito de la defensa, nuestro objetivo debe ser garantizar las capacidades operativas autónomas de Europa de forma complementaria a la OTAN». Emmanuel Macron, «Discurso de la Sorbona», 26 de septiembre de 2017.

[19] Según Statista, en 2018 Alemania gastó en su ejército el 1,2 % de su PIB, lo que supone 44.700 millones de dólares. Apuntar al 2 %, como pedía la OTAN, habría sido equivalente a 74.500 millones de dólares, es decir, 12.100 millones más que Rusia.

[20] Tras la adhesión de Croacia en 2013 y de Montenegro en 2017, Serbia, Macedonia del Norte y Albania son actualmente candidatos oficiales a su ingreso. Bosnia y Herzegovina y Kosovo están a la espera.

[21] En el pasado, las solicitudes de admisión de Ucrania no condujeron a nada, ya que Bruselas consideró claramente que el país no era apto para la adhesión. Se expresaron serias dudas sobre la calidad democrática del Estado ucraniano, el papel de sus oligarcas y su poder político, y el trato hacia las minorías, incluida la de habla rusa en las provincias del este; también existía la impresión de que había una corrupción desenfrenada. Sin embargo, quizás en parte se tratara de una excusa, y la verdadera razón del rechazo puede haber sido la pobreza del país, que habría impuesto una enorme carga adicional a las finanzas internas de la UE, en particular a sus diversos fondos de ayuda. Puede que la guerra esté por encima de dichas preocupaciones y las haga menos presentables públicamente.

[22] Las previsiones del gobierno ucraniano sobre los costes de reparación de los daños causados por la guerra alcanzan los 2.000 millones de dólares.

[23] Por ejemplo, en febrero de 2022, el gobierno de Biden confiscó la mitad de los activos congelados del banco central de Afganistán, depositados en la sucursal de Nueva York de la Reserva Federal, para destinarlos a los supervivientes del 11-S y sus abogados. Los fondos incautados ascendían a 3.500 millones de dólares. Unas semanas más tarde, una conferencia internacional de donantes organizada por las Naciones Unidas junto con Alemania, el Reino Unido y Qatar, trató de recaudar 4.400 millones de dólares para ayudar a poner fin a la hambruna masiva en Afganistán, donde los talibanes habían vuelto al poder tras la marcha de Estados Unidos. Las cuarenta y una naciones que asistieron (virtualmente) solo aportaron 2.440 millones de dólares.

[24] El «Fondo de Cohesión» de la UE apoya a los Estados miembros con un PIB per cápita inferior al 90% de la media de la UE «para reforzar la cohesión económica, social y territorial de la UE».

[25] La política del “Estado de derecho” europeo es complicada. Desde el comienzo de la guerra, la Comisión parece haber pospuesto, si no cancelado silenciosamente, los procedimientos legales contra Polonia por su politizado sistema judicial y el gasto corrupto del dinero de la UE. Esto fue diferente con Hungría, cuyo líder semidictatorial, Viktor Orbán, fue reelegido por tercera vez el 3 de abril de este año, con una mayoría popular del 53 %, superior a cualquiera de sus elecciones anteriores. A diferencia de Polonia, la Hungría de Orbán ha mantenido las conversaciones con el presidente ruso, Vladimir Putin, quizás también por la discriminación en Ucrania de una considerable minoría prorrusa de habla húngara. Inmediatamente después de la victoria electoral de Orbán, la Comisión inició un procedimiento contra Hungría, aunque sólo por la menos grave de las dos supuestas infracciones, básicamente acusaciones de corrupción oficial. El carácter politizado del asunto es flagrante, ya que la Comisión y el Parlamento de la UE no están especialmente preocupados por la corrupción en Estados miembros como Malta, Chipre, Bulgaria, Rumanía, Eslovenia y Eslovaquia, que no se diferencian de Hungría y Polonia por sus prácticas legales, o ilegales, sino en que sus gobiernos siempre votan “proeuropeo” en Bruselas, como determina la Comisión. A propósito, en comparación con el probable próximo miembro, Ucrania, un país como Hungría puede estar tan limpio como, por ejemplo, Suecia o Dinamarca.

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