martes 15 de junio, 2021

Ojos presentes

Publicado el 24/05/21 a las 1:50 am

Sandro Soba lleva grabadas en la memoria las imágenes de Orletti donde, con tan solo ocho años, vio por última vez a su papá

Por Agustina Tubino

Le costó dormirse durante varios meses. Daba vueltas en la cama y no lograba cerrar los ojos, que se le apagaban al día siguiente, en clase. Poco a poco, el cansancio le fue ganando y lo llevó a perder su cuarto año de escuela. La maestra quiso evitarlo, así que llamó preocupada a su madre porque algo estaba pasando. Aunque María Elena Laguna sabía qué le ocurría, no se lo contó. En 1977 algunas historias no se podían contar. 

El insomnio de Sandro llevaba la cara de su padre, al que vio por última vez en la primavera del año anterior. Adalberto Soba tenía 32 años y hacía cinco que junto a su familia había dejado Montevideo para instalarse en Buenos Aires. La razón era la misma que la de otros tantos: era buscado por las Fuerzas Conjuntas. Primero en la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) y su Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR 33), y luego en el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP), Adalberto militó hasta el día en que lo secuestraron, el 27 de setiembre de 1976. 

Había salido a encontrarse con Alberto Mechoso, su amigo dirigente del PVP. A las horas volvió adentro de una camioneta, desnudo y torturado, sin siquiera poder hablar. La primera en verlo fue su esposa María Elena, a la que los militares le dijeron que le habían traído algo. Tras los gritos de su madre llegó Sandro, que aún no borra de su cabeza las imágenes de su padre. “Siempre lo digo, esas son las fotos que me quedaron en el recuerdo”, cuenta en diálogo con Sala de Redacción. Del llanto de sus hermanos Leonardo y Tania, que tenían tan sólo 6 y 3 años, y de lo que vio más tarde en el piso superior de Automotores Orletti, tampoco se olvida. Todo quedó grabado en su retina hasta hoy.  

Además de su familia, ese día estaban en la imprenta clandestina del PVP, que se encontraba en el fondo de su casa, Juan Pablo Errandonea y Raúl Tejera. Después de golpearlos, José Nino Gavazzo, junto a otros militares, los llevaron a todos, a los adultos con los ojos vendados, a los niños no. “En cada parada que hacía el auto, yo miraba”, relata Sandro, que gracias a la atención que puso a los 8 años, más tarde reconoció sin dificultades aquel lugar que tanto lo marcó. La primera vez fue por televisión. Ni bien vio la imagen de Orletti, le dijo a su madre: “ese es el lugar”. Después lo recorrió en persona y comprobó lo que sospechaba, no se había olvidado de nada.  “La escalera, el fondo, el cuadrado de autos, la parte de arriba”, de cada parte se acordaba. 

No sabe cuántos días pasó ahí, pero sí cómo. Al principio lo dejaron en la planta baja, junto a María Elena, Tania y Leonardo. Su hermano lloraba y gritaba, se movía de arriba a abajo. Mientras tanto, él observaba y escuchaba quieto, hasta que no aguantó más y se coló por la escalera que llevaba al piso superior. Ahí los vio. “Pila de compañeras y compañeros, recostados contra la pared totalmente torturados”, como Adalberto, al que más tarde escuchó por última vez. 

Fue gracias a su madre. Gavazzo le dijo a María Elena que se los llevaban a los tres para Montevideo y ella se negó. Hasta no ver a su marido no se movían, les anunció. Insistió un buen rato. Sandro conserva las horas que siguieron, en las que finalmente pudo despedirse de su padre. No podía ni hablar ni mirar: tenía los ojos llenos de pus por los maltratos. Empapado, repetía que quería agua y a pesar de todo, algo decía: “que ayudara a mis hermanos, que las consecuencias iban a ser jodidas. Que estudiara y que tratara de sacar adelante a mi vieja”. Además de eso, Adalberto les pedía que volvieran a Uruguay, que era algo que “él había tratado de negociar”.  

Y volvieron. En un vuelo de línea, con Gavazzo y el también militar procesado por delitos de lesa humanidad Ricardo Arab. Las primeras noches en Montevideo las pasaron en un lugar que hoy supone es la casona de Bulevar. Luego los dejaron a él y a Tania en la casa de su bisabuela. A Leonardo, que debería haber ido con ellos, no lograron separarlo de los brazos de su mamá. “Doy gracias a mi hermano”, afirma, porque quizás es por él que a María Elena no se la llevaron y ambos quedaron libres la noche siguiente. 

“Lo que pasó a partir de ahí, es demasiado complicado como para ponerlo en palabras”, dice Sandro, que estuvo tiempo sin hablar del tema, incluso en su casa en donde lo único que se decía era que su padre estaba preso en Argentina. Leonardo pasó años corriendo cada vez que escuchaba una sirena. Sólo cuando entendió que no la venían a buscar a su madre, paró. Recién con la vuelta de la democracia supieron que a su madre la perseguían. Al principio la paraban cada dos o tres meses. La llevaban a la comisaría y le hacían saber que la controlaban. Con los años, los períodos entre uno y otro encuentro fueron prolongándose, hasta que un buen día no la buscaron más. 

Ahora que puede, Sandro habla. Cuenta su historia, una, dos, tres veces. “Aunque te remueva todo y te cueste un montón, seguir hablando es fundamental para visualizar lo que pasó y que las próximas generaciones no lo repitan”, plantea. Tanto en medios de prensa como en cadenas de Whatsapp, hay gente que sigue sosteniendo que “si desapareciste, algo hiciste”. El poco respaldo institucional y un trabajo sobre la memoria que es insuficiente, colaboran con aquellos que “continuamente tratan de cerrar la página” y “hacerte creer que esto te pasó solo a vos”. 

Hace tiempo que sabe que su vivencia fue similar a la de muchos, pero al principio no fue fácil darse cuenta. Del 14 de marzo de 1985 -día en que fueron puestos en libertad los presos políticos por la dictadura- cuando la felicidad de todos se convirtió en su tristeza y se le cayó el mundo abajo de tantas preguntas, todavía le cuesta hablar. “Se me corta la voz porque estuve todo el día en Luis Batlle Berres, con una alegría bárbara”. Vio pasar los autos, la gente, los ómnibus que venían de Libertad, y de su padre no supo nada. Se quedó sentado en el cordón de la vereda hasta que cayó la noche y despidió a la última de todas las caravanas. Y siguió sin saber nada. “Ahí es cuando uno pasa de la alegría tremenda a la tristeza y empieza a entender que su viejo está desaparecido”, relata. 

Los años siguientes no fueron fáciles porque comenzar a buscar también significó despertar sus recuerdos. Al principio se acercaba los viernes a la Plaza Libertad, en donde algunas madres se reunían con fotos “tratando de descifrar lo que había pasado”. Él iba pero mantenía distancia “por esos temores que habían quedado”, hasta que Sara Méndez, que lo había conocido de niño en Buenos Aires, se le acercó. Le dijo que tratara de reunirse con un grupo de jóvenes para no aburrirse ni quedarse tan solo, y así empezó. Llegaron los juicios, las excavaciones, los escraches, pero también la comprensión de que a “montones de hijos e hijas les había pasado lo mismo”.

Sandro insiste en que el terrorismo de Estado afectó a “muchas personas más, que no están visualizadas”. Los que nacieron y sufrieron en el exilio, los que perdieron sus trabajos, los luchadores sociales de los barrios que fueron asesinados y torturados y de los que no hay registro. “El daño fue a toda la sociedad, a todos los que estuvimos de una forma u otra”, sostiene. Por eso es necesaria la búsqueda de la verdad, porque “podés construir algo mejor cuando las personas saben mínimamente lo que ha pasado la otra”. 

Actualmente Sandro también integra el PVP y apuesta por la militancia en su barrio, Tres Ombúes. Allí participa de una olla popular que coordina en su propia casa, a la que su madre compró sin saber que en 1975 fue sede del asesinato de dos tupamaros: Raúl Melogno Lugo y María Luisa Karaián. En las marchas de los 20 de mayo nunca cargó con la foto de Adalberto porque su viejo no es suyo, “es de todos”. 

TOMADO DE SALA DE REDACCIÓN

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