martes 15 de junio, 2021

Comuna de París: Nuevas reflexiones en su sesquicentenario

Publicado el 13/05/21 a las 6:48 am

Por Atilio Boron1

Contexto

La Comuna de París fue el primer gobierno obrero de la historia. Sus rasgos definitorios: supresión del Ejército; sufragio universal (no sólo masculino, como en las «democracias burguesas», sino para hombres y mujeres por igual); revocación de los mandatos; funcionariado remunerado con sueldos equivalentes a los de los obreros; separación Iglesia-Estado; educación laica, gratuita, universal; legislación laboral de avanzada; internacionalismo, fraternidad, solidaridad. Una completa revolución que fue no solo social y económica sino también estatal, prefigurando lo que deberá ser el estado en una sociedad postcapitalista. ¡Durante 72 días el poder descansó en manos del pueblo, haciendo verdad aquello de la democracia como gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo! 2

Esta insurrección fue demasiado para la burguesía francesa y los invasores alemanes de Otto von Bismarck, que habían derrotado y humillado a las tropas del Segundo Imperio Francés, con Louis Bonaparte a la cabeza. Éste, y buena parte del estado mayor galo, había sido apresado por la soldadesca enemiga. De la noche a la mañana la burguesía francesa se quedaba sin su héroe, «Napoleón le Petit», como lo denominara Víctor Hugo, y París a merced de sus odiados vecinos. Junto con el emperador también capitulaba la burguesía francesa ante su homóloga alemana. La lucha de clases, la necesidad de borrar de la faz de la tierra el ejemplo heroico de la Comuna pudo más que las centenarias rivalidades nacionales entre franceses y alemanes y los hermanó para aplastar la insolente rebeldía de París. Ambos se acababan de enfrentar en la Guerra Franco-Prusiana, peroante el desafío de la capital francesa unieron fuerzas para reprimir y escarmentar a los insurrectos. Como siempre, la solidaridad de clase prevaleció sobre los ancestrales antagonismos nacionales.

La tremenda derrota sufrida a manos de los prusianos excitó los ánimos de los parisinos. Estos habían luchado durante décadas para acceder a un gobierno autónomo tal como existía en casi toda Francia, pero esa demanda había sido sistemáticamente desoída por la monarquía absoluta al igual que por los varios regímenes que le sucedieron luego de la Revolución Francesa. La larga tradición de lucha y resistencia de parisinas y parisinos hacía que los gobernantes se cuidaran de mantener a esta ciudad bajo su puño. Pero con la derrota a manos de los prusianos las cosas cambiarían: las privaciones durante las hostilidades, la escasez de alimentos, los altos precios de estos y el bombardeo incesante a una capital sitiada y casi indefensa exaltaron los ánimos populares. Luego de cuatro meses de asedio el gobierno provisional instaurado a la caída del imperio procuró firmar un armisticio con Bismarck. Uno de los términos del acuerdo establecía que las tropas alemanas desfilarían triunfalmente en París, lo que agregaba a la humillación de la derrota la ignominia del desfile. Ante la debacle de los ejércitos franceses la Guardia Nacional de París, que había sido disuelta luego del fracaso de la insurrección de 1848, se recompuso rápidamente con el propósito de evitar que las fuerzas prusianas, que sitiaban París, entraran y no sólo desfilaran sino saquearan la ciudad. Debe recordarse que la Guardia Nacional era una suerte de milicia popular, originariamente creada en el fragor de la Gran Revolución de 1789 y mayoritariamente compuesta por sectores medios y pequeños burgueses preocupados más que nada por preservar la ley y el orden en las convulsionadas jornadas de Julio. Era una fuerza militar al margen de los ejércitos regulares de Francia, que fue desarmada una vez que Napoleón puso fin a las turbulencias revolucionarias. En el apogeo de la revolución la participación en la Guardia era obligatoria para todos los ciudadanos mayores de 18 años. Los integrantes conservaban armas y uniformes en sus casas y, más importante todavía, sus oficiales eran electos mediante sufragio universal, algunos de los cuales integrarían el «Comité Central» de la Guardia.  Reaparecida fugazmente en las jornadas revolucionarias de 1848, disuelta nuevamente por Luis Bonaparte, resurgiría con fuerza luego de la derrota francesa, pero con una importante diferencia: su tonalidad pequeñoburguesa de antaño había sido cambiada por otra de carácter mucho más plebeyo, en donde abundaban activistas y dirigentes sociales de extracción obrera y de ideología anarquista y socialista y, además, integraba una importante cuota de extranjeros.

La elección en febrero de 1871 de una nueva Asamblea Nacional en donde predominaban elementos monárquicos y anti-republicanos galvanizó el sentimiento republicano y nacionalista de los parisinos. El nuevo gobierno provisional estaba en manos de un personaje tan repulsiva como cruel: Adolphe Thiers, pero dada la situación imperante en los meses de la posguerra París demostró ser ingobernable. Enfrente y enfrentado al gobierno de la «Francia oficial» se erguía la Guardia Nacional, conformando así el otro polo de una dualidad de poderes que no podría perdurar mucho tiempo. La gota que derramó el vaso se produjo el 18 de marzo cuando Thiers ordenó a sus fuerzas armadas recuperar los cañones (que habían sido construidos por suscripción pública) en poder de la Guardia especialmente y que se hallaban instalados en la colina de Montmartre. Thiers sufrió una nueva derrota cuando las tropas gubernamentales desertaron, se pusieron del lado de la GN y fusilaron a los principales oficiales al mando de estas, culpables de la derrota a manos del ejército prusiano. Abrumado por el estallido de la insurrección, Thiers ordenó la evacuación de lo que quedaba del ejército, la policía y el funcionariado estatal e instaló al tambaleante gobierno provisional en Versalles. La fuga de Thiers creó un vacío de poder que fue rápidamente llenado por la Guardia Nacional, cuyo Comité Central convocó a elecciones generales, basadas en el sufragio universal para todos los varones y mujeres mayores de 18 años, y sin los odiosos requisitos económicos contemplados en el régime censitaire, a los efectos de instaurar un gobierno municipal. Estas elecciones tuvieron lugar el 26 de Marzo de 1871 y de ellas nació la Comuna de París, gobernada por un Consejo Comunal integrado por 92 miembros, buena parte de los cuales eran trabajadores, artesanos, periodistas y algunos profesionales, la gran mayoría de los cuales ardientes republicanos y un buen número de socialistas y anarquistas vinculados a la Asociación Internacional de Trabajadores (la Primera Internacional) y seguidores de las doctrinas propaladas por Pierre Joseph Proudhon y Louis Auguste Blanqui.3

Implicaciones para la teoría marxista de la política

Impresionado por las noticias que procedían de Francia Marx abrió un paréntesis en la redacción de El Capitalpara escribir un breve pero luminoso texto: La Guerra Civil en Francia, escrito, tal como lo observara Friedrich Engels en su «Introducción» de 1891, «cuando (los acontecimientos históricos) se desarrollan todavía ante nuestros ojos o acaban apenas de producirse».4

En realidad, el tema de un gobierno del proletariado había concitado la atención de Marx y Engels desde sus primeros escritos políticos como el Manifiesto del Partido Comunista. Pero los acontecimientos parisinos permitieron refinar significativamente la teoría marxista del estado y de la política porque, por primera vez en la historia, la clase obrera se convertía en clase gobernante y la experiencia estaba llamada a dejar importantes lecciones.

a) El «aufhebung» del estado

Tanto Marx como Engels habían examinado en detalle las diferentes formas del estado capitalista. La monarquía absoluta, la república democrática y el bonapartismo merecieron enjundiosos estudios de los fundadores de la filosofía de la praxis. Pero a la hora de pensar, de concebir como sería un estado pos-capitalista, o si se quiere no-capitalista, la única arma que tenían a mano era su imaginación, que no era poca. Sabían que el estado era una máquina de opresión y el comité ejecutivo que maneja los asuntos comunes de la clase burguesa, pero no podían imaginar cómo seríala forma política que asumiría una vez que la burguesía fuera desalojada del poder. La dictadura del proletariado asumía ahora su verdadero rostro y dejaba de ser una construcción espectral, más intuida que comprobada en la experiencia histórica.

La práctica de los parisinos demostró asimismo que la destrucción y superación del estado era un proceso único signado por una auténtica aufhebung hegeliana, es decir la simultánea abolición y sublimación de una forma política. Contrariamente a sus formulaciones juveniles, en donde la destrucción/ extinción del estado burgués era la estación final de un largo proceso revolucionario,la Comuna demostró en la práctica que la destrucción del estado capitalista es una tarea inmediata del poder popular que no puede ser postergada ni un minuto. Se destruye lo viejo, pero en un proceso simultáneo de refundación de un nuevo orden estatal.

Así lo reconoció Engels en su ya referida «Introducción» al escribir que «(L)a Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al Poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.»5

Las visiones instrumentalistas del estado se equivocan cuando confían en que si una fuerza de izquierda asume el control del estado podrá utilizar todo el conjunto de sus aparatos e instituciones para fines antagónicos a aquellos para los que fueron creados. La historia ha venido refutando una y otra vez esa errónea creencia. Se puede ganar una elección, llegar al gobierno, pero aun así las nuevas fuerzas que irrumpen en las alturas de los aparatos estatales tienen pocas chances de gobernarlos. La Unidad Popular en Chile (1970-1973) trató de utilizar el aparato y el funcionariado del viejo estado burgués para lanzar un ambicioso programa de transición hacia el socialismo. Pero tal como lo reconocería el propio presidente Salvador Allende, ni los mecanismos institucionales del estado, ni la burocracia, ni su superestructura normativa (toda la parafernalia de leyes, códigos, reglamentos, disposiciones, etcétera) o su ethos estatal respondía aceitadamente a las órdenes emitidas desde el Palacio de la Monedapor su inesperado ocupante. Es que, como producto social, el estado capitalista no había sido diseñado para anular ese modo de producción sino para reproducirlo ad infinitum.

Aún gestionado por la izquierda el estado sostendrá el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo y procurará mercantilizar todas las relaciones sociales, con lo cual el capitalismo se reproduciría indefinidamente. Inclusive en los casos de acrecentamiento de su autonomía relativa -como lo demuestran sobradamente el fascismo, el populismo y el bonapartismo- el estado capitalista siempre reproduce la dominación del capital y el carácter de mercancía de la fuerza de trabajo. Es decir que la lógica de funcionamiento de una burocracia -siempre conservadora, como lo recordara Max Weber- lo es aún más al hablar del estado, que por lo tanto siempre «tenderá hacia la derecha» aun cuando esté encabezado por gobiernos de izquierda. Éstos sólo podrán neutralizar esta tendencia conservadora si cuentan a su favor con una poderosa movilización y organización popular que «desde abajo», desde la calle, impulse al inmenso complejo de los aparatos estatales a caminar en una dirección contraria.

En la Argentina los sucesivos gobiernos kirchneristas, aun cuando contaban con una amplia mayoría en ambas cámaras del Congreso (que no es el caso del actual gobierno de Alberto Fernández) apenas si pudieron alterar las relaciones de poder pre-existentes. La riqueza siguió cada vez más concentrada en pocas manos; la pobreza aumentó pese al despliegue de una amplia batería de políticas sociales; el Poder Judicial ratificó su sesgo a favor de las clases dominantes y sus representantes y las flagrantes asimetrías en el espacio mass-mediático, que se procuró corregir con la «Ley de Medios», apenas fueron alcanzadas y su duración fue efímera.

Estas dos experiencias, si bien distintas, podrían multiplicarse si se considerasen otros casos, cosa que no es el objetivo de este trabajo. Pero la conclusión es clara, y ratifica los análisis de Marx y Engels sobre la Comuna: para poner en marcha una política reformista, aunque sea muy moderada como en el caso del kirchnerismo, es preciso no sólo llegar al gobierno sino refundar al estado, esto es, al complejo sistema de aparatos, instituciones y normas que lo constituyen, sobre nuevas bases que permitan convertirlo en un agente eficaz del proceso de creación de un nuevo tipo histórico de sociedad.

Sin esa «reforma del estado», que no es la que propicia el neoliberalismo sino la que tiene como su fuente de inspiración la Comuna, difícilmente podrán concretarse los cambios profundos y duraderos que exige la actual crisis del capitalismo, agudizada por los devastadores efectos de la pandemia.

b) Empoderamiento de la sociedad civil y lucha de clases

Al referirse a la gestión cotidiana de gobierno de la Comuna señalaba que ésta concretaba una reapropiación social de las funciones expropiadas y monopolizadas por el estado, dando nacimiento a «un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.»6 Contrariamente a lo que señalan algunos críticos del marxismo al denunciar la ingenuidad latente en la pretensión de gestionar los asuntos comunes de una sociedad tan sin estado, las enseñanzas de la Comuna demuestran que la organización política de la sociedad puede construirse siguiendo lineamientos distintos y alternativos los que caracterizan al estado como institución. Así, las legítimas funciones que hoy cumple la institución estatal deberán ser mantenidas y expandidas, para que sus prestaciones lleguen a todas las clases y capas sociales: provisión de insumos básicos en materia de alimentación, de salud, educación, vivienda, orden público, seguridad social, defensa ante las agresiones externas, etcétera) pero combinado con la amputación de sus ilegítimas funciones represivas.7

No obstante, es imprescindible recordar que el estado, todo estado, mientras exista es una dictadura de una clase o una alianza de clases, dictadura ejercida para realizar la necesaria tarea de expropiar a los expropiadores, doblegar la contraofensiva reaccionaria que ineludiblemente desencadenan ante las iniciativas revolucionarias, y acabar con la dictadura del capital. Por ello, la existencia de las clases sociales -en permanente confrontación, abierta o velada, sobre todo durante los procesos revolucionarios- es impensable al margen del poder represivo condensado en el estado. Que esta dictadura, entendida como el predominio sistemático (y, en ciertas ocasiones, excluyente) de los intereses y preferencias de las clases dominantes sobre las de los demás pueda a veces apelar a métodos «democráticos» de gestión, o a fórmulas aparentemente pacíficas y no violentas de manejo del proceso político no quita que sea una dictadura en el sentido arriba mencionado y que los intereses de las clases dominantes prevalezcan invariablemente sobre los del resto de la sociedad. Fue en virtud de esto que la experiencia histórica de la Comuna le permitió a Engels exclamar, en el cierre de su «Introducción» escrita veinte años después del opúsculo de Marx, que esa «forma política al fin descubierta» no era otra cosa que la dictadura del proletariado. En el último párrafo de ese brillante texto el amigo de Marx dice: «Pues bien, caballeros, ¿quieren saber que faz presenta esta dictadura? Miren a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!» 8

Hay que decir que, sin embargo, Marx fue más cauteloso en el empleo de esa expresión y nunca la utilizó para referirse a la Comuna. En su correspondencia, diez años después, señalaría que el heroico levantamiento de la clase obrera parisina mal podía llegar a instaurar una dictadura del proletariado. Para eso hacía falta que la insurrección obrera hubiese ocurrido a escala nacional y contado con una dirección socialista capaz de atacar los fundamentos económicos del orden vigente, cosa que la Comuna no hizo y casi con seguridad no podría haber hecho. En un párrafo de La Guerra Civil Marx señala que «(L)as medidas financieras de la Comuna, notables por su sagacidad y moderación, hubieron de limitarse necesariamente a lo que era compatible con la situación de una ciudad sitiada.» 9

Marx también observa que esta debilidad de la Comuna, unida a las de su dirección, compartida por los «blanquistas» y los anarquistas adeptos a Proudhon (que descreía de los sindicatos, las organizaciones obreras y la revolución) con la cooperación de unos pocos socialistas marxistas (es decir, comunistas)fue responsable de uno de los más significativos errores de toda la experiencia popular: «el santo temor con que aquellos hombres» –dice Engels-»se detuvieron respetuosamente en los umbrales del Banco de Francia … (que) en manos de la Comuna hubiera valido más que diez mil rehenes.»10

Nos hacemos cargo que al hablar de la dictadura se activan todas las alarmas de la hipocresía seudodemocrática y que algún crítico malintencionado nos acuse de ser apologistas de la dictadura. Pero ocurre que en los análisis convencionales de la ciencia política, dominados por el consenso imperante en la academia estadounidense y sus voceros en la región, el análisis sobre la dictadura se realiza tan sólo en el plano del «método de gobierno» (evidenciada por la clara primacía de los aparatos represivos, la sofocación de los derechos individuales y las libertades públicas y la supresión de los mecanismos electorales) ignorando que aquella, la dictadura, se materializa no sólo en el nivel del «método de gobierno» sino también en otro de carácter estructural: el carácter de clase del estado. Con esto aludimos al sistemático privilegio de las políticas que favorecen los intereses de los capitalistas y perpetúan, cuando no profundizan, la explotación de los trabajadores. Esto es algo que salta a la vista y que no requiere abundar en mayores detalles. Pondré un solo ejemplo: dos investigadores de Estados Unidos analizaron 1779 decisiones que la Casa Blanca y el Congreso tomaron en sus manos entre 1981 y 2002, y examinaron la correspondencia entre las preferencias del 10 % más rico del país, el ciudadano medio y los lobbies corporativos y las finalmente adoptadas.  La conclusión del estudio es que la coincidencia entre las preferencias del ciudadano o la ciudadana común y corriente con las políticas aprobadas es casi cero, lo cual grafica con grosera elocuencia la «dictadura estructural» que se oculta tras la fachada de un régimen democrático. Prácticamente todas, en cambio, coincidían con los intereses de los grupos dominantes.11 Este es tan sólo un dato que refleja una tendencia que no ha cesado de acentuarse en los últimos años y que va de la mano de la creciente literatura existente sobre la «plutocracia» en Estados Unidos.

La Comuna y sus legados

La previsible derrota militar de la Comuna fue el preámbulo de una masacre de proporciones aterradoras: se desató una feroz cacería que culminó Según los más minuciosos registros históricos unos 38.000 comuneros fueron sumariamente ejecutados; casi 40.000 fueron hechos prisioneros y 7.000 fueron deportados, todo esto sin mediar proceso judicial alguno y enviando a la muerte a quien fuera: hombres y  mujeres de edad adulta tanto como adolescentes, capturados como si fueran fieras salvajes, en especial en los barrios populares donde la rebelión tuvo su morada.12

Y así se restauró «el orden», es decir, la dictadura burguesa disimulada bajo una farsa republicana. La Comuna fue ahogada en un río de sangre, pero eso no apaciguó el odio de las clases dominantes. Para expiar los «crímenes» y «pecados» de los parisinos en 1873 la Asamblea Nacional de Francia decidió construir la Basílica del Sagrado Corazón en la colina más elevada de París y, no por casualidad, el sitio donde había estallado y hecho fuerte la insurrección popular. Ese templo edificado sobre la sangre y los huesos de miles de comuneros fue concebido como una lóbrega advertencia para quienes albergaran en sus corazones la voluntad de volver a desafiar a los poderes establecidos. La basílica usurpa el lugar donde debería haberse erigido un monumento conmemorativo del heroísmo de los insurrectos y no ese emblema de la clerigalla más reaccionaria del catolicismo francés. Pero la Asamblea Nacional cometió un error, que reivindicaría para siempre a la Comuna: resolvió que el templo sería construido con los fondos aportados por una suscripción popular en toda Francia. Para eterno honor de los parisinos, sólo una ínfima parte de lo recaudado provino de la ciudad martirizada por la reacción. París fue derrotada, pero las parisinas y los parisinos no fueron puestos de rodillas y su honor resplandece cada día con más fuerza, potenciado por la tenebrosidad de sus verdugos.

Otra lección para jamás olvidar: la derecha será implacable contra cualquier gobierno que intente alterar el orden social y las relaciones de poder existentes por más que lo intente gradual y moderadamente, jugando dentro de las instituciones de la «democracia capitalista» y sus fraudulentas «reglas del juego». Eso ocurrió ayer con la Comuna, después en Chile y continúa ocurriendo hoy; y lo mismo será el día de mañana. Me atrevería a decir que es una ley histórica. No sólo en Francia, sino en cualquier lugar del mundo. Y especialmente en Latinoamérica donde, como es bien sabido (o debería ser bien sabido), el carácter brutal y sanguinario de la derecha, potenciada por los nefastos influjos del imperialismo norteamericano, es una constante histórica en todos nuestros países y persiste en la actualidad. En estas tierras aún los más mesurados conatos de una reforma desatan el terror de la contrarrevolución.  Para los escépticos o desmemoriados basta con recordar las recientes atrocidades cometidas durante el golpe de estado que, con la bendición de la OEA, anuló la legal y legítima victoria de Evo Morales en las elecciones presidenciales del 2019. No hay un sólo país de Nuestra América cuya historia demuestra que estuvo a salvo de la barbarie represiva de la derecha. ¡Ni uno! Parafraseando la advertencia del Che sobre el imperialismo norteamericano: «¡a la derecha no se le puede creer ni un tantito así, nada!»


Notas

(1) Politólogo, Coordinador del CCC de Historia de la UNDAV, Director del PLED, Integrante del Comité Central del PartidoComunista de la Argentina.

(2) Este artículo reelabora y amplía una nota anterior publicada en Cuadernos Marxistas Nº2, abril de 2011.

(3) Una reseña muy completa sobre la historia de la Comuna de París, con muchos documentos oficiales emitidos por la misma, se encuentra en http://www.marxists.org/history/france/paris-commune/index.html. Ver asimismo Prosper-Olivier Lissagaray, La historia de la Comuna de París de 1871 (Capitán Swing Ediciones, 2021) y Louise Michjel, La Comuna de París: historia y recuerdos (Ediciones LaMalatesta, 2019).

(4) De hecho, Marx pone punto final a su texto el 30 de mayo de 1871, es decir, dos días después de la caída de la Comuna. Ver su texto La guerra civil en Francia y también el prólogo de F. Engels de 1891, en múltiples ediciones. Disponible en Obras Escogidas en Dos Tomos (Moscú: Editorial Progreso, 1966).

(5) Friedrich Engels, «Introducción» (1891), op. cit., Tomo I, p. 470.

(6) Karl Marx, La Guerra Civil en Francia, en K. Marx y F. Engels, op. cit., pp. 509 y 511.

(7) Aquí Marx se está refiriendo a la «etapa superior» del proceso revolucionario, marcado por el fin del período de transición caracterizado por la «dictadura del proletariado» y en el cual, como máxima expansión de la democracia, todavía será necesario someter por la fuerza a las viejas clases dominantes y los sectores nostálgicos del viejo orden en perpetua conspiración para lograr su violenta restauración.

(8) Op. cit., p. 472.

(9) Marx, Op. cit., p. 516.

(10) Engels, «Introducción», op. cit., pp. 468-69. Los «blanquistas» eran los seguidores de Louis-Auguste Blanqui, heroico militante del socialismo utópico pero tributario de una concepción política que, al decir de Engels, confiaba en «los ataques por sorpresa» contra la ciudadela del orden burgués, o en «las revoluciones hechas por pequeñas minorías conscientes a la cabeza de las masas inconscientes.» Y, como bien observa Engels, la época en que esa táctica podía ser efectiva ha quedado relegada por los avances en la técnica militar de que dispone la burguesía. Por eso, concluye, «Allí donde se trate de una transformación completa de la organización social, tienen que intervenir directamente las masas, tienen que haber comprendido ya por sí mismas de que se trata, por qué dan su sangre y su vida.» Cf. Friedrich Engels, «Introducción» a Karl Marx, Las luchas de clase en Francia de 1848 a 1950 , en Karl Marx y Friedrich Engels, Obras Escogidas, op. cit., Tomo I, p. 120. La conducción de la Comuna, además, recaía sobre todo en sus sectores pequeño burgueses y unos pocos obreros, buena parte de los cuales no eran franceses sino procedentes de otros países europeos.

(11) Ver el informe en: https://www.huffpost.com/entry/government-wealthy-study_n_5154879.

(12) Ver información relativa a estas cifras en http://www.marxists.org/history/france/paris-commune/index.html. Este baño de sangre precipitó el desplazamiento del centro de gravedad de las luchas socialistas y comunistas del movimiento obrero europeo desde lo que hasta entonces fuera su locus clásico, Francia, hacia Alemania.

Tomado de Cuadernos Marxistas, mayo/2021, Buenos Aires

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