jueves 3 de diciembre, 2020

Feminismo “embarrado”

Publicado el 27/10/20 a las 6:21 am

Por Virginia Cardozo

Los feminismos en su diversidad son parte
del horizonte de luchas de los tiempos que nos
tocan.

¿Desde dónde escribo? Parto de la definición
de feminismo de bell hooks como movimiento
que lucha contra el sexismo, la opresión
sexista y la opresión. Esto implica, entre muchas
cosas, pensar al feminismo en un vínculo irrenunciable
entre teoría y praxis, entender que
hay conocimiento que no sale solamente de la
academia sino que surge de la lucha política y
que esto en sí mismo es un campo de batalla.
Considero que no debemos pensar la teorización
aislada de la práctica y vacía de compromiso
político encarnado en la realidad actual. Necesitamos
decolonizar el conocimiento apostando a
pensar en contextos concretos y desde la riqueza
del proceso histórico actual.
Estamos ante una nueva ola del feminismo
que tiene algunas particularidades interesantes:
la masividad, las características de su internacionalismo,
la cibermilitancia, la intergeneracionalidad
son solo algunas. Existen características de
esta ola que estamos viviendo que creo importante
analizar en este artículo.

¿Quién es el sujetx del feminismo? En
las últimas décadas ha crecido el debate sobre
quién es el ‘sujeto’ del feminismo complejizando
la conceptualización del término mujer como
categoría homogénea, universal con intereses y
deseos idénticos, sin importar clase, raza-etnia,
geografía que puede explicar una situación de
“igual” opresión en todo el mundo para los cuerpos
feminizados. Las afro feministas comienzan
en la segunda ola del feminismo a cuestionar
esta mirada, continuaron el camino las lesbianas
y desde entonces no ha parado de crecer
este debate al que se sumaron las mujeres del
continente asiático desde la perspectiva poscolonial,
las lecturas desde los pueblos originarios,
el transfeminismo, la teoría queer entre tantas
otras miradas críticas. Miran de forma crítica
al feminismo hegemónico o eurocentrado que
produce un universalismo de género que se proyecta
a toda la humanidad, cuando en realidad
refleja la experiencia histórica y contextual de
las mujeres blancas de occidente. Denuncian un
discurso blanco burgués feminista que niega las
diferencias entre “las mujeres”. Las lógicas de
colonización tienden a eliminar la heterogeneidad.
Si decimos que el sujeto del feminismo son
las mujeres estamos dejando que el movimiento
sea una herramienta de normalización en la
sociedad capitalista. El término ‘mujer’ a secas,
carece de sentido o ha cobrado sentidos racistas
y clasistas.
Por eso se hace fundamental otra de las
características de esta ola que es la interseccionalidad,
que no hace referencia a la diversidad
o a la multiculturalidad o a las diferencias de
identidades sino que hace referencia a cómo las
diferentes opresiones se viven en el cuerpo. No
es justo tener que elegir si soy oprimida como
mujer, como afrodescendiente, como clase trabajadora,
etc. Las categorías (raza, género, clase,
etc.) no son homogéneas. La interseccionalidad
nos muestra un vacío, la necesidad de evitar la
separabilidad de las categorías y la necesidad de
entenderlas como entramados o fusionados indisolublemente
así podemos llegar a ver realmente
al otrx.
Estamos en una etapa del feminismo que es
anticapitalista y donde han tenido fuertes criticas las líneas de feminismo liberal, o feminismo del poder, o feminismo de lo posible o feminismo
institucionalizado. Encontramos un feminismo
marxista que ha tomado cada vez más fuerza,
que hace énfasis en la división sexual del trabajo
y en el trabajo no asalariado de las mujeres en
el hogar. El histórico reclamo de 8 horas para el
trabajo, 8 horas para el ocio y 8 horas para descanso
no refleja que para las mujeres las horas
del ocio eran reemplazadas por horas de trabajo
reproductivo no pago en el hogar (cocinar, mantener
la higiene del hogar, cuidar a la niñez y
personas enfermas, etc.).

Un feminismo de alianzas con otras
luchas.
¿Podemos pensar una lucha hacia el
socialismo que no nos fuerce a elegir entre opresiones?
La jerarquización de los sujetos es una
mirada eurocentrada, androcéntrica y colonial
que atraviesa también a las teorías críticas revolucionarias.
¿Podemos pensar un proceso de
transformación social superando nuestros dogmatismos?
Desde todos estos cuestionamientos, a partir
de los años 90, crece la mirada de un feminismo
decolonial que tiene una perspectiva revisionista
de la teoría y la propuesta política del feminismo
desde lo que considera su sesgo occidental,
blanco y burgués. Cuestiona así al feminismo
hegemónico y hace visibles las conexiones entre
modernidad, capitalismo, patriarcado, racismo y
democracia liberal.
La invitación entonces desde el feminismo
decolonial es a pensar de forma situada, desde
una geografía, una historia, un contexto, una
cultura, respetando las heterogeneidades y construir
conocimiento desde ahí.

El Montevideo alejado de los seminarios
feministas.
Situándonos en los barrios
de la periferia montevideana de hoy surgen las
siguientes preguntas: ¿Qué pasa con las mujeres
más vulneradas, más golpeadas, las más pobres?
No queremos un feminismo de vanguardia de
unas pocas académicas, queremos un feminismo
que no deje a estas mujeres afuera. ¿Cómo dialogamos?
¿Cómo traducimos? ¿Cómo generamos
posibilidades de diálogo? ¿Cómo disputamos
ese territorio? Ese territorio lo han ganado las lógicas
conservadoras como las iglesias neopentecostales.
El feminismo que se centra en reclamos
al Estado, por leyes y por protocolos, algo que
debe hacerse por supuesto, si no agrega la lucha
por los territorios, por generar colectividades y
subjetividades, estamos entregando gran parte
del partido y gran parte de la potencia del feminismo.
Tenemos que disputarle al capitalismo
patriarcal las subjetividades, los deseos, la capacidad
creativa, la micropolítica que es capital
capturado por el sistema para concentrar poder
y para el consumo. Cómo poner a funcionar esta
energía en pos de un proyecto transformador y
no como parte de la máquina productiva.
Para generar diálogo ¿cuál es el lenguaje que
nos permite dialogar con estas mujeres desde el
feminismo? Históricamente y hasta el día de hoy
muchas mujeres organizadas de los grupos subalternos
no se sienten atraídas ni convocadas por
la lucha feminista, que muchas veces hace planteos
que parecen alejados de su realidad. A esto
podemos sumar la resistencia de sus compañeros
varones de sus grupos de pertenencia y la estigmatización
del feminismo. Esto ocurre aún cuando
hay cierta conciencia de opresión de género.
Muchas de las mujeres en los barrios periféricos
participan de ámbitos religiosos, ¿cómo
dialogo con mujeres que están en las iglesias
neopentecostales que demonizan al feminismo? Se
interpreta en muchos análisis a la religión como la
causa central de la desigualdad de género en estas
mujeres, privándoles así de una auto-presencia, de
potencia propia. Al participar en una ámbito religioso
conservador se las piensa como por fuera de
su tiempo, de la historia y excluidas de los procesos
de cambio. Esta mirada que las infantiliza y las
coloca en un lugar de ‘no poder’ nos aleja de poder
pensar estrategias que combatan la opresión.
Para salir de este lugar de enunciación tenemos
que poder pensar por fuera de la generalización
fácil de “mujer de la iglesia” y pensarlas de forma
local y política. Para eso tenemos que entender las
contradicciones inherentes al lugar de estas mujeres
en el barrio y en la iglesia para pensar políticas
efectivas. Una vecina de Casavalle, esposa
del pastor de la iglesia neopentecostal del barrio,
su casa es el templo donde vive con su familia,
con una estructura muy rígida, con divisiones tradicionales
de tareas y roles. Cuando su esposo se
enferma ella expresa la esperanza de que “vuelva
renovado” haciendo referencia a su deseo de una
forma de relacionamiento familiar menos vertical
y con mayor libertad emocional. ¿Cómo trabajo
esas contradicciones inherentes de una mujer que
vive en una iglesia neopentecostal, en medio de
un tiempo de una ola feminista caracterizado por
su masividad y comunicabilidad gracias a las redes
sociales?
Si quiero dialogar con ellas ¿cómo me paro ante
la religión? Desde el grito de “iglesia, basura, vos sos
la dictadura” seguro que no tengo diálogo posible.
Mi lucha feminista abierta contra la religión en este
contexto solo hace más difícil el crecimiento de una
conciencia de género. Si quiero dialogar con ellas, me
pregunto cómo hago la articulación entre mi crítica
al mandato de maternidad con sus creencias que

«¿Podemos pensar
una lucha hacia el
socialismo que no nos
fuerce a elegir entre
opresiones?»

tienden a valorar a la mujer en cuanto madre, en un
contexto social donde la maternidad es valorada por
muchas mujeres como el único proyecto personal posible.
Una teóloga feminista Ivone Gebara ante el
aumento de los adeptos a las iglesias en los barrios
populares de América Latina, en donde estas
iglesias aparecen como un nuevo poder masculino
sobre las vidas de las personas, nos invita a poner
en paréntesis brevemente el poder político de las
religiones para comprender la compleja vivencia humana.
¿A qué necesidades humanas responde esta
presencia? Nombra 7 poderes de la religión para aliviar
los males de las personas: el poder de sentido,
el poder del límite, el poder de la seguridad, el poder
organizador de la vida, el poder del consuelo y del
perdón, el poder de la celebración simbólica de la
vida, el poder de incidir en los rumbos de la historia.
Desde estos poderes para las mujeres de sectores
populares la religión es esa cuerda de la que nos
sostenemos para evitar caer en el precipicio del vacío.
A muchas mujeres limitadas a lo doméstico por
el poder patriarcal les da identidad y un poder más
vivible que el de mujer pobre de un barrio de la periferia
montevideana. Entender esto nos permite acercarnos
de forma más acertada y desde lugares que
nos habiliten el diálogo. Tenemos la responsabilidad
emancipatoria de ser creadorxs de sentidos que nos
habitan de forma recíproca e interdependiente. Esto
no se hace solo desde la conciencia racional sino
también desde las emociones, amistades, relaciones,
sueños y compromisos. Tenemos que sacarle la cara
masculina a la fe y transformarla en urgencia para
dividir y repartir el pan para que no haya hambre.
Renunciar a nacer de la costilla de Adán para pasar
a crear el parto de nosotras mismas.
Si me pienso parada desde este territorio me
pregunto cómo captar el deseo y la creatividad volcada
hacia la institución religiosa para ponerlo al
servicio de la posibilidad de procesos personales y
colectivos transformadores. Cómo retirar ese deseo
de ser mercancía en el mercado de las religiones
para que se transforme en religión como ética que
invita a salir al camino al encuentro con lxs caidxs.
En la vida de un barrio no estamos en general
en el terreno de la especulación teórica, sino en el
de los sucesos cotidianos donde alguien perdió el
empleo, alguien nació, otra persona lleva a su hijx
al jardín. Es en lo cotidiano donde aprendo de solidaridad
y a luchar por derechos, porque la falta de
saneamiento no es un número porcentual de una
tabla, es un niño con parásitos, es la presencia de
ratas que transmiten enfermedad a mi vecinx, etc.
Pero la cotidianeidad no está por fuera de la historia
y capaz que está en su centro. Para el feminismo lo
cotidiano es político y eso es una fortaleza que nos
permite un ámbito de encuentro y diálogo.

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