miércoles 22 de enero, 2020

Neoliberalismo, precariedad y movilización social en Chile

Publicado el 09/01/20 a las 6:52 am

Por Virginia Cardozo

“Chile despertó” está escrito en paredes a lo largo del país. “El milagro chileno no es el modelo económico, es que la gente demorara tanto en explotar”, se escucha decir en los medios chilenos.

Desde fines de 2019, las movilizaciones sociales en Chile siguen siendo hechos importantes para la región, que dejan al descubierto que el país modelo era un fraude. Quiero analizar, basada en experiencia de los días que estuve en Chile, el proceso de movilización popular desde la perspectiva de la precariedad y la performatividad de Judith Butler. Considero importante hacerlo no sólo porque debemos incorporar otros aspectos para aportar a entender lo que está pasando, sino porque en el proceso chileno hay aprendizajes que desde Uruguay no podemos permitirnos el lujo de ignorar en la difícil coyuntura que vamos a enfrentar en los próximos años. El análisis de la situación actual en Chile desde esta perspectiva nos permite hacer visibles aspectos relevantes que pasan desapercibidos en tapas de diarios o desde otros enfoques teóricos.

Dicen que la movilización social “estalló” en Chile por la suba del precio del boleto del transporte público, pero rápidamente nos quedó muy claro que “no son 30 pesos, son 30 años de modelo económico neoliberal”, como indica una de las consignas de los movimientos. Quiero relativizar este inicio supuestamente brusco del proceso de levantamiento social. Este proceso es herencia de las luchas del pueblo mapuche, de la revolución de los pingüinos y las múltiples luchas por la educación pública, de las luchas en defensa del agua y tantas otras experiencias de resistencia que el pueblo chileno viene desarrollando para enfrentar al neoliberalismo feroz en este país. A las generaciones vencidas por el miedo de la dictadura de Augusto Pinochet y las décadas de impunidad les siguieron generaciones que ya no tienen miedo y son las que están sacudiendo al país.

El modelo neoliberal instaurado por la dictadura tiene como resultado uno de los países más desiguales de Latinoamérica. Por lo tanto, la imagen de éxito que se muestra al mundo barre bajo la alfombra a millones de personas en condiciones “no vivibles”. Es por esto que la sola acción performativa de salir a poner sus cuerpos en la calle, de tomar el espacio público, pone sobre la mesa la demanda del derecho de aparición; ellos, ellas también son parte, aunque invisibilizada, de este Chile, son cuerpos que exigen reconocimiento y que afirman que no son desechables. Son cuerpos políticos que se exponen públicamente como cuerpos vulnerados, cuerpos que denuncian con su sola presencia su necesidad de condiciones económicas, sociales y políticas de las que son privados por la precariedad impuesta por el neoliberalismo.

Cuando nos encontramos en la plaza Italia, en la ciudad de Santiago, entre las millones de personas que se conglomeran cada viernes, al circular y ver a las personas que se autoconvocan y ver mujeres, población trans, pobres, trabajadores y trabajadoras, jóvenes, pueblos originarios, etcétera, nos podemos preguntar: ¿qué une a estas personas tan diversas?, ¿qué tienen en común? Butler respondería que los grupos generan esta alianza porque de una forma u otra se los considera desechables, porque viven vidas no vivibles y porque están forzados a una precariedad intolerable.

Quiero aclarar que para esta autora la precariedad marca “una condición impuesta políticamente en la que ciertos grupos de la población sufren la quiebra de las redes sociales y económicas de apoyo mutuo más que otros y en consecuencia están más expuestos a los daños, la violencia y la muerte” (Butler, 2015).

Desde la llegada a Santiago –pero esto se repetía a lo largo de las ciudades que recorrí en Chile–, además del olor a gas lacrimógeno invadía una sensación de irresistibilidad, de que había algo que estaba pasando y de que era irresistible la necesidad de ser parte de este proceso.

En este marco, los derechos ya adquiridos en las décadas de democracia chilena se ven cuestionados por carecer de un marco de lucha más amplio por la justicia social, y se denuncia el uso de esos derechos por el poder político. Un debate que se dio en medio del levantamiento es la denuncia a Isabel Plá Jarufe, ministra de la Mujer y la Equidad de Género, por su inacción ante las denuncias de abusos sexuales y violaciones ejercidos a decenas de mujeres manifestantes que fueron detenidas por las fuerzas públicas. Tener un mecanismo de género con la jerarquía de un ministerio no puede ser usado políticamente para invisibilizar la violencia de género que viven las mujeres en los procesos de protestas y menos aun para negar la desigualdad que se da en la intersección entre género, clase y raza.

En los días de participación activa en distintas actividades en el marco de la movilización y de largos debates en este contexto, muchas veces quedaba la sensación de no tener muy claro cuáles eran las demandas concretas. Eran muy diversas: el sistema de jubilaciones, la educación pública, la defensa del agua, el derecho a la autodeterminación del pueblo mapuche, una salud pública de calidad eran algunos de los reclamos que más se repetían. Pero lo que sí quedaba claro era la unanimidad en la pérdida de legitimidad de un régimen que impone la precariedad y en la presencia de cuerpos en alianza que exigen un futuro distinto. Cuerpos en alianza que se hicieron virales en las redes, pero que por las calles de Chile se explicitan por medio de carteles en los que se leía, respondiendo al presidente Sebastián Piñera: “No estamos en guerra, estamos unidos”.

Pero las demandas no se detienen ahí. En forma constante, se afirma la necesidad de romper la desesperanza aprendida, de deconstruir el país para hacerlo de nuevo, de refundar Chile, la necesidad de cuestionar al sistema neoliberal y cuestionar la normalidad, interpelarse como una sociedad individualista, “dejar de mascar rabia solos en nuestra vida diaria”, el deber de iniciar una nueva era, la necesidad de cuestionar los valores en los que se sostiene la vida social. Muchos de estos planteos no son meros cuestionamientos al Estado sino que llevan implícita o explícitamente una interpelación personal a cada uno/a. Para este nuevo Chile que soñamos, ¿qué valores precisamos?, ¿qué hombres y mujeres nuevos se precisan?, ¿cómo debemos relacionarnos? Podemos considerar relevante intentar descifrar cuáles son las reivindicaciones comunes, pero se traducen en tres palabras: “Asamblea Constituyente ya”.

A lo largo de todo el país se están llevando a cabo cabildos ciudadanos en los que las personas por territorio o temática se reúnen a debatir sobre qué pretenden de una nueva Constitución, cómo conseguir el nuevo Chile, y qué deben cambiar como personas y sociedad para ser la ciudadanía de ese nuevo Chile. Participamos en algunos cabildos vinculados al tema salud, en los que era unánime el rechazo a la desigualdad y a la precariedad de las vidas y en los que me animo a decir que el proceso mismo generaba democracia, el mismo proceso transformaba a quienes participaban. Más allá de cómo evolucione la situación, me quedó claro que algo cambió en Chile y que no va a volver a ser el mismo país. Pero nos recordaría Butler que, más allá de lo discursivo, el mero hecho de reunirse representa una voluntad popular. El acto performativo de reunirse en todo el país, más allá de las palabras, manifiesta un “nosotros” plural que pone en escena sus proclamas.

Estas alianzas ponen en juego nuevas representaciones del orden social y nuevas formas de relacionamiento. Un ejemplo claro de esto que quiero transmitir son las ollas populares. A lo largo de Chile hay grupos organizándose para sostener espacios en donde comer en conjunto sea un acto subversivo y una estrategia para afrontar la precariedad. Cuando en la ex cárcel de Valparaíso nos invitaron a sumarnos a pelar papas, no imaginamos todo lo que íbamos a vivenciar desde ahí. Ese día le tocaba al grupo de poetas locales organizar la olla popular. Hombres y mujeres en una cocina picando vegetales, cantando, conversando, poniendo la mesa para recibir a personas desconocidas. Una cocina en donde las tareas reproductivas como preparar la comida se mostraron claramente como actos políticos y públicos, donde no existía división sexual de las tareas. De una mesa compartida entre personas diversas que no necesariamente se conocían, poetas, familias tradicionales, jóvenes, personas en situación de calle, personas trans, con un micrófono abierto en los que se intercalaban poemas, canciones, discursos políticos y lavados colectivos de platos y cubiertos. La división convencional entre lo público y lo privado no parecía existir. Se asume así, colectivamente, el cuidado de cuerpos vulnerables que precisan alimento, afecto y reconocimiento, y en este mismo acto se denuncia la precariedad de estos cuerpos. Nos encontrábamos ahí, conversando, compartiendo la mesa y el pan, conversando sobre nuestros sentimientos, sin que nadie nos preguntara de qué trabajábamos, cómo llegamos hasta ahí, sin que a nadie le extrañara nuestra presencia; un lugar donde todos, todas, todes éramos bienvenidos y nadie estaba fuera de lugar. En una sociedad neoliberal que deja afuera a millones de personas, podríamos decir que existen formas de resistencia que adoptan principios que exigen realizarse en forma más amplia. No pretendo con esto idealizar el proceso de movilización chilena, sino hacer visibles algunos aspectos políticamente relevantes que no se hacen visibles fácilmente y que no necesariamente son generalizables, pero no por eso pierden su potencial subversivo.

En esos mismos días, un hecho que tomó relevancia pública en los medios masivos fue el incendio de la Universidad de Chile, en Santiago. Intentaré salirme del debate de si fue un incendio provocado por algunos manifestantes aislados o si son hechos generados por agentes del Estado para justificar la represión, para poder entrar en el aspecto simbólico de esta noticia. En un momento en que en el centro del debate está el derecho a la educación pública, la injusta mercantilización de la educación, los inmorales endeudamientos de los que el Estado es garantía para poder acceder a estudios universitarios y la enorme cantidad de chilenos que no acceden a estos, es simbólicamente importante este incendio. Se nos dice que era un edificio patrimonial, que era de toda la población, sin embargo es a la misma población a la que se la priva de acceder a él. Podríamos decir, más allá de los debates de fondo sobre cómo se generó el incendio, que simbólicamente es una fuerte denuncia al valor de la propiedad privada y del mercado por sobre la vida de las personas. La tarea política de satisfacer el derecho a la educación es fallida, por lo tanto el edificio carece de sentido popular.

En las marchas y concentraciones públicas, los cantos “de norte a sur, de este a oeste, daremos la pelea cueste lo que cueste”, “el que no salta es paco [en Chile llaman así a los carabineros]”, “paco culiao, cafiche del Estado”, “Piñera, escucha, andate a la xuxa”, los caceroleos, los bailes son parte de esta acción performativa de las manifestaciones. En estas manifestaciones lo performativo toma un lugar central: las barricadas, las ceremonias mapuches, las banderas mapuches, las imágenes del comunero mapuche asesinado Camilo Catrillanca, la fila de jóvenes parados frente a los carabineros expresa sin necesidad de palabras.

En estas instancias, exponer el cuerpo implica someterse a posibles daños como parte de la resistencia política, un aspecto que en Uruguay no tenemos incorporado como parte intrínseca de la manifestación pública. La violencia estatal es parte de las manifestaciones: los gases lacrimógenos, los perdigones, los balines de acero, las bombas de ruido, el carro lanza agua (guanaco) y finalmente la confrontación física directa y los golpes, y como consecuencia decenas de muertos y 300 personas que perdieron los globos oculares. El gobierno es el que debería proteger la libertad de reunión; sin embargo, es del que hay que protegerse. Esto ha sido denunciado por múltiples organismos de derechos humanos. No debería sorprendernos, sin embargo, que se disperse a golpes y con gases lacrimógenos a quienes manifiestan en contra de la privatización de sus vidas, ya que es un Estado que está vendiendo todo el espacio público a empresas privadas. Por lo tanto, esta es una expresión más de la privación de lo público a la ciudadanía. Los chilenos y chilenas rechazan la máxima neoliberal de que las personas son responsables de su propia situación, pero tampoco se ponen como víctimas pasivas, sino que son agentes activos de la construcción, a su vez que demandan la responsabilidad del Estado.

En un sistema constitucional que prácticamente no deja abiertas puertas para mecanismos de democracia directa, esta es la forma de ejercicio de soberanía popular; claramente, esta no se acaba en el acto de votar y es intransferible aun en un sistema representativo legítimamente electo. Es más, hoy todo el sistema representativo está cuestionado, no escapa nadie, y partidos que surgieron recientemente como alternativa de izquierda cayeron al votar junto con el oficialismo el aumento de penas a las manifestaciones. Hoy quienes se manifiestan no confían en nadie más que en “el pueblo”, entendido de forma abstracta, y no se van a conformar con una reforma constitucional que sea desarrollada por los parlamentarios, porque se les retiró la legitimidad. El poder del pueblo sigue separado del poder de sus representantes, aunque los haya votado. Es un poder extraparlamentario imprescindible para la democracia y que tiene la potestad, como lo está haciendo en Chile, de retirar la legitimidad a sus representantes y de pedirles que se vayan. Alrededor de 80% de la población de Chile desaprueba la conducción de Piñera, según los datos de diciembre de Pulso Ciudadano. Este es un “momento constituyente”.

Los cuerpos en el espacio público por todo Chile, en sus actuaciones performativas, denuncian la precariedad. Denuncian que ante la privatización del neoliberalismo, los cuerpos necesitan abrigo, alimento, protección frente a la violencia, servicios de salud de calidad, educación pública, trabajos, jubilaciones dignas, cuidado ambiental y a otros cuerpos en interdependencia para poder vivir una vida que sea vivible. Nos dice Butler: “Resistir es dar lugar a un nuevo modo de vida”, y creo que esto es algo de lo que está pasando en las movilizaciones sociales en Chile.

Muchos critican estas formas de levantamiento por ser coyunturales o no estar organizadas en las formas clásicas, por carecer de liderazgos unipersonales, pero puede que ahí mismo esté su potencial: tienen el poder de generar miedo, ya que no pueden controlarse y pueden aparecer en cualquier momento.

Virginia Cardozo es doctora en Medicina, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y diplomada en Género y Políticas de Igualdad. Integra el Secretariado Ejecutivo del Partido por la Victoria del Pueblo, Frente Amplio.

Tomado de LA DIARIA, 7/1/19.

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