miércoles 11 de diciembre, 2019

Intelectuales y elecciones. Dossier

Publicado el 20/11/19 a las 6:06 pm

Compartimos la «Carta Abierta» del colectivo de «Hemisferio Izquierdo» (ya tiene dos semanas), un comentario de ayer de Sandino Núñez ante las próximas elecciones nacionales y las reflexiones de Ricardo Viscardi desde su blog CONTRAGOBERNAR. Entendemos que la inteligencia uruguaya ha abierto un nuevo empuje comprometido en el pensamiento de nuevos proyectos y el trazado de nuevos horizontes.

Carta abierta a las izquierdas

Cuando la tele cantó los primeros números y se avizoraba una victoria segura del “No a la Reforma”, los otros resultados electorales pusieron paños fríos a la algarabía. Entendimos al instante que lograr resistir ese derechazo militarista, sin desmedro de la importancia de haberlo logrado, no garantizaba nada si el parlamento quedaba conformado por una mayoría de derecha, incluyendo una considerable proporción de extrema derecha.

Somos de izquierda. Algunos/as militamos en el Frente y nos desencantamos, otros/as nunca lo hicimos, algunos/as lo dejamos de votar y otros/as lo seguimos votando a pesar de reconocer los límites del proyecto político progresista. No se trata de enumerar aquí las razones para dicho distanciamiento, las mismas se pueden encontrar en múltiples opiniones, artículos y acciones que quienes aquí firmamos hemos desarrollado en estos años. Si bien los gobiernos del FA mejoraron las condiciones de vida de nuestra población en los últimos quince años, también es indudable que legitimaron a la gestión “humana” de nuestro capitalismo periférico como el mejor de los mundos posibles, volviendo a los viejos antagonistas de la izquierda en socios estratégicos. La prioridad por captar el centro se impuso al objetivo de transformar los valores y la cultura en un sentido pos capitalista, lo cual se tradujo en una práctica política pragmática y posibilista que alejó del horizonte la transformación radical de la sociedad, e incluso, colaboró con el corrimiento hacia la derecha de todo el mapa político nacional registrado en las últimas elecciones.

Pero lo cierto es que también colaboró al corrimiento nuestra incapacidad de generar una alternativa robusta que explique sus límites como parte del propio orden del capital. Luego de tres gobiernos, quienes militamos a nivel social o político fuera del FA no hemos logrado construir una herramienta política que nos permita organizar los anhelos de cambio en una perspectiva socialista. Por el contrario, la primera vuelta de las elecciones nacionales nos mostró que el FA sigue siendo, guste o no, el principal instrumento político-electoral de los sectores subalternos. Por eso sus límites y deficiencias nos duelen como si fueran nuestras, porque somos parte activa del proceso político popular uruguayo.

Eso nos tiene que llamar a la autocrítica, a pensar también nuestra práctica y su eficacia, porque a todas luces no hemos sido capaces de disputar el descontento y malestar de una importante parte de nuestro pueblo. De ese malestar se nutre hoy la derecha, que explota la incertidumbre y el miedo con una promesa de orden conservador, que repite un ciclo de restauración antipopular que ya conocemos en la historia de nuestro país. Pero nuestro pueblo no es en sí mismo de derecha. Allí hay una tarea de sensibilidad y militancia de cercanía. 

Este escenario, que no nos gusta ni elegimos, es el que pauta un enfrentamiento ante el que no podemos ser indiferentes. El llamado bloque “multicolor” no es otra cosa que la conjunción de los sectores oligárquicos con el neoliberalismo de los Chicago boys y una ultraderecha con fuerte arraigo militar, incluyendo componentes fascistas en su interior.

La derecha liberal, una vez más, vuelve a hacer alianza con sectores filo-fascistas a la hora de ordenar la casa. Y nuevamente es una alianza subordinada: es indudable que el surgimiento de Cabildo Abierto, y su fuerte expresión parlamentaria, lo posicionan en lugar clave para la gobernabilidad del bloque de la restauración conservadora y el ajuste. Si a esta fuerza parlamentaria, sumada a la fuerza militar que ya tiene, se le agrega la capacidad de conducir sectores claves dentro del Poder Ejecutivo, las perspectivas para 2024 serán aún más desalentadoras. Está fuera de discusión la enorme capacidad destructiva de conquistas populares y derechos que tiene esta coalición, que operará afirmándose en su poder mediático y en una base de punitivismo con arraigo judicial y social. No creemos en el principio del “cuanto peor, mejor”. Lo que vemos en todas partes, y muy cerca, a nuestro lado, es que cuanto peor, peor.

Los partidos no se juegan en la cancha del deseo individual, sino donde la historia manda. Ahí “te largan a la cancha sin preguntarte si queres entrar”, la pelota rueda, y en el campito oriental se dirime el contexto donde viviremos y militaremos los próximos años. En este partido, con la pelota rodando hace rato, compañeros/as de diferentes procedencias, sin estar en el Frente Amplio, llamamos aquí a votar a Daniel Martínez y a Graciela Villar en la segunda vuelta de las elecciones nacionales.

No da lo mismo. La candidatura y el programa de Martínez- Villar no son los nuestros, pero esas son las condiciones históricas que están instaladas. Lo que sí podemos elegir es si vamos a hacernos cargo de la decisión que se avecina. La tarea táctica de la hora es frenar el avance ultraderechista y eso implica posicionarse en el balotaje a favor del candidato del Frente Amplio. Desde nuestras formas de pensar, sumaremos todo nuestro esfuerzo en ese objetivo inmediato.

Es obvio que la transformación de la sociedad no se define ni resuelve solo el día de las elecciones. Se trata de un día en cinco años, e implica, ni más ni menos, una decisión táctica: qué papeleta se pone en la urna. Sin embargo, lo medular del asunto es que ese día sí define las condiciones que regirán en adelante la lucha de los y las trabajadoras. Porque de eso se trata: de las condiciones para la praxis militante permanente y persistente, desde todas las trincheras, los movimientos sociales, el feminismo, los sindicatos, los partidos, los medios alternativos, las cooperativas, etc.

El voto, siempre asunto íntimo, se vuelve social cuando somos parte de una comunidad que lucha y construye. Somos parte de la izquierda social, que apostamos a la fuerza estratégica del movimiento popular fortaleciendo su organización de base. Desde esa comunidad, y con objeto de fortalecerla, invitamos a hacer social esa intimidad del voto, porque las consecuencias lo serán. Sumamos nuestro esfuerzo con humildad y decisión. Derrotemos a la alianza neoliberal-militar-conservadora hoy, para estar más fuertes y unidos para enfrentarla mañana. Porque allí seguirán. ¡Derecha nunca más!

Siguen numerosas firmas.

Tomado de Hemisferio Izquierdo, November 8, 2019

La carta robada

Por Sandino Núñez

1. Me resistí hasta último momento a escribir algo sobre este asunto. Se ha cuestionado mi firma en la “Carta abierta a las izquierdas” escrita por integrantes de Hemisferio Izquierdo. Antes que nada quiero señalar que intelectualmente me inquietan un poco las demandas de coherencia personal, en la que las ideas y los argumentos deben traducirse en votos, actitudes y conductas principistas para salvar ese examen de pureza que devuelva al sujeto como una totalidad canonizada en ideas y en ejemplo. Aunque alguien se escandalice diré: la política no tiene nada que ver con el tema del traidor y del héroe. La teoría, el pensamiento, la idea, el análisis y la crítica no tienen nada que ver con los principios. Están en dos planos distintos: uno es literatura épica, mientras que el otro, precisamente, es político. Los principios son las normas, las prescripciones o los axiomas (éticos, por ejemplo), siempre positivos, a ser respetados por algún juego que tiende a hacerse excesivo o a salirse de andarivel, como la guerra o el comercio o la ganancia o la propia democracia electoral. La teoría, el análisis o la crítica no tienen una sola molécula de positividad: solamente los sostiene el lugar formal de la conciencia y del sujeto, su malestar transformado en inteligencia. Y aunque esto no se entienda del todo, sigo. No le adjudiquemos al voto más importancia que la que el voto tiene. El voto no es una magia que encierra nuestra alma en una urna y nos convierte en aquello que elegimos: si el reproche en cuestión tiene su origen en ese horror sobrenatural, entonces está mostrando cierta debilidad ingenua del pensamiento mismo, encierra una profunda y paradójica creencia adolescente en la sagrada solemnidad del acto de votar, que, por lo general, es atribuido a quien vota. Yo juré la bandera y no soy ni seré territorial, patriota o nacionalista. Entonces, si voy a votar a Martínez, al FA o al progresismo, es sabiendo que eso no me va a contagiar de Martínez ni de progresismo ni en frenteamplismo. Eso quiere decir, en rigor, que el argumento de mi buena amiga y apreciada interlocutora Alma Bolón, cuando dice “el razonamiento es curioso: como no pudimos hacer lo que debimos, haremos lo que no debemos”, me incluye inopinadamente en un “nosotros” del cual no soy parte (está claro que hablo por mí y no por los demás firmantes: antes de firmar la carta me mostré en desacuerdo con muchos pasajes, pero de todos modos entendí necesario firmar). Entonces, se puede criticar al progresismo si se quiere, se puede criticar al FA y se puede criticar a la izquierda, puedo comprometer en eso mi corazón y mi cerebro anticapitalista y lo he hecho desde el comienzo, pero este principismo rencoroso del voto tiene un excedente afectivo desproporcionado que salta como una esquirla y me convierte a mí en cómplice de “no haber hecho lo que debí”. Por otra parte, aunque vote a Martínez no voto a Martínez, ni al progresismo ni al FA. Voto contra la blitzkrieg capitalista neoliberal. Espero equivocarme: será un raid rápido y devastador que no dejará nada en su lugar.

2. Siempre se dice que Heidegger dice que la verdadera catástrofe es el miedo a la catástrofe, ya que ese miedo nos paraliza en lo que él llama “el olvido del ser”. Me permito glosarlo así: la verdadera catástrofe político-social es el miedo a la catástrofe político-social que nos paraliza en el olvido de lo político-social. Así es que nos gobierna el capital desde hace décadas y siglos. Entiendo que hoy este argumento puede ser utilizado en dos sentidos, y yo voy a elegir uno de ellos (en realidad estoy eligiendo los dos). Vivimos en la parálisis de una especie de terror medieval: la peste, un colapso sanitario, la chusma y las hordas de delincuentes y zombis, la violencia generalizada, la recesión, la inflación, el déficit, la debacle económica: no podemos movernos al margen del riesgo de provocar algo terrible. Quizás esa mecánica se parezca a «si no vota usted a Martínez, si no se queda usted exactamente donde está, se le llenará el culo de granos, lo comerá la peste y lo raptarán extraterrestres reptilianos, que son horribles y tienen mal aliento». Pero en este caso, oh casualidad, las polaridades están invertidas. Y quien no ve esto es teóricamente miope y no entiende bien dónde ni en qué momento está parado. Lo que está en juego no es capitalismo progresista contra regresismo capitalista de derecha: lo que está en juego es la política misma. No se trata de una amenaza fantasmal. Acá el “fantasma” es del orden de la realización inminente de la siguiente faz evolutiva del capitalismo neoliberal (algo que, rigurosamente, ya ocurrió y ya está ocurriendo): salarios, vivienda, sistema de salud, previsión social y fondos de pensión, educación, policía y cárceles, energía, comunicaciones, espacios públicos, etc., son negocios gigantescos que esperan su liberación hacia una gestión empresarial privada y eficaz cuya única verdad es una transferencia directa y simple de enormes montos de dinero de la administración pública a las empresas privadas. Y eso, conceptualmente, es una catástrofe política. No podemos considerarla abstractamente. Mientras el fantasma con el cual atemoriza la oposición es el déficit fiscal (cuya inscripción política es ambigua y oscura aunque se lo haga pasar por la piedra de la locura, objeto hiperrealista y padre de todos los males), o la “radicalización ideológica” de la izquierda en la integración del nuevo parlamento (hay más emepepistas y más comunistas), sin contar las idioteces de siempre en materia de ineficiencia en la gestión de la seguridad pública (por ejemplo), o la terrible y profunda crisis educativa en la que estamos sumergidos (?), o las tonterías de siempre en cuanto a la corrupción, al clientelismo, a las amenazas de totalitarismo y autoritarismo y qué sé yo (estoy escribiendo para alguien a quien esto no tiene por qué ser explicado, espero), la izquierda no ha sabido ni podido ni querido manejar el núcleo real de su miedo (por tener ya más de la mitad de su cuerpo fabricado por el juego electoral): lo que viene, eso que el progresismo todavía amortigua torpe y contradictoriamente, es lo inmediato, lo que rompe los ojos, lo que ya está escrito: es el siguiente paso evolutivo de la máquina neoliberal: allí donde haya recursos y bienes para transferir al capital y a la gestión empresarial eso se hará. No dejó de hacerse durante el progresismo: llamado a inversores y a empresarios internacionales, UPM 1 y 2, robustecimiento del artefacto represivo, etc. Pero lo más importante: ya está escrito: habrá un debilitamiento de lo público, habrá un fortalecimiento del sector exportador, habrá tecnologías de gestión y gerencia en lugar de política, habrá gentrificación de zonas, barrios y ciudades, habrá especulación inmobiliaria carnívora, habrá más pobreza y emergencia social, habrá más conductismo emprendedurista protestante en las zonas devastadas del mapa del capital enseñando el arte de sobrevivir, de adaptarse a la realidad y de ganar, lo que revertirá en más capital y más erizamiento y violencia sociópata. En fin. Y eso no es una amenaza ni es un fantasma, eso no es un clisé ideológico: eso ya está ahí, en el genoma del perfeccionamiento técnico del capital. Y yo prefiero dar esa discusión con un interlocutor estatal al que considero con un oído más apto para escucharme: un interlocutor que en parte enlentece y amortigua esa estocada devastadora del capital.

3. Toda elección es un plebiscito: A o no-A. Y en ese plebiscito hay algo que no comparece y queda oculto: es el lenguaje que nos ha conducido a sintetizar el mundo en términos de A o no-A (la ontología en la que se apoyan y hacen posibles, pensables y razonables a A, a no-A y a su antagonismo). Digamos que sabemos que la población carcelaria puede convertirse en fuerza de trabajo virtualmente gratuita para una empresa privada, y digamos que eso está prohibido por la constitución. Entonces se nos plantea un plebiscito: a. reformar la constitución de manera de habilitar el trabajo recluso, o b. dejar las cosas como están, con una población reclusa improductiva, ociosa, adicta, infantilizada y perfeccionando incesantemente sus técnicas delictivas. ¿Cuál parece la opción más razonable?, ¿qué elegiría usted? El problema es que la respuesta a esa pregunta está contenida en el lenguaje (digamos, inconsciente) de la propia pregunta. Y ese lenguaje no aparece ni se expone. Entonces, me gustaría definir política como la acción paciente, crítica y analítica, de hacer comparecer a ese lenguaje. La política trata siempre de arrancar a las síntesis histórico-sociales de su carácter dado, inmediato y natural, trata de impedir que nuestros pensamientos y nuestras prácticas sigan siendo sordos rehenes de su realidad y de su ontología. Parece simple, pero estamos muy lejos de entender la política de esa manera. El estado de excepción, de urgencia y emergencia en el que el capital nos fuerza a vivir todo el tiempo nos recluye y encoge en el perímetro de la nuda vida y de la sobrevivencia, es decir, habitamos todo el tiempo en el corazón mismo del capital: la lógica económica y pragmática de la vida. Encerrados en ese punto muerto que temía Marcuse, el hiperrealismo de la urgencia y la emergencia que nos sustrae esa libertad necesaria para poder pensar y construir prácticas de liberación. Para poder hacer de nuestro dolor y de nuestro malestar un síntoma, un sujeto, una conciencia, una inteligencia, una negatividad. Por eso, una y otra vez, iremos de plebiscito en plebiscito y de elección en elección, incapaces de política, incapaces de plantear nada acerca del lenguaje en el que esos plebiscitos se apoyan, dada la exacerbación realista del juego, la urgencia y la ansiedad.

4. El capital está detrás de la catástrofe de la política, detrás de los problemas del poder, detrás de lo que impide el desarrollo y al mismo tiempo insta al desarrollo, detrás del concepto mismo de desarrollo, de evolución y de progreso, detrás del problema ecológico, detrás de la violencia social, detrás del machismo , detrás de la idiotez generalizada de la cultura de masas, detrás de la psicosis y la ansiedad depresiva como patologías psicosociales fabricadas a escala masiva. Quien así lo entiende es un aliado. La máquina técnica del capital es un “enemigo” (por así decirlo). Arrancar esa máquina de la realidad y arrancarnos esa máquina o esa fantasía “de adentro”, todo lo que nuestra subjetividad le debe a esa fantasía, no es una práctica que pueda o deba asociarse con la urgencia, con el no hay tiempo que perder o con “la causa de los pueblos no admite la menor demora”. Los sindicatos luchan por trabajo y salario, y muchas veces terminan por coincidir con el funcionamiento de la máquina desarrollista, de la máquina de crecer (como si ignoraran que si no hubiera habido una fractura política subjetiva no habría contradicción alguna entre trabajo y capital: ambos convergen técnicamente). Pero eso no los convierte en adversarios. Ahí hay lugar a cuestiones teóricas y filosóficas fundamentales que deberán tratarse, ser discutidas, ahí hay cuestiones fundamentales sobre las que habrá que escribir, etc., pero no se puede pensar ni por un segundo que ahí hay un adversario, y mucho menos un “traidor” (por no haber dicho nada sobre UPM o por haberla celebrado discretamente). Eso no solamente no es radical: es de una superficialidad teatral que me da un poco de miedo. No lo mismo pero algo similar ocurre con las clases medias progresistas (que, a decir verdad, me representan mucho menos que los trabajadores organizados): cuando ellas son operadores de capital y de la lógica del capital, activa o pasivamente, uno se enoja y se enfurruña y grita, y esa tormenta afectiva nos distrae del verdadero enemigo. Nos olvidamos que no estamos en una lucha: estamos en la retaguardia de una lucha, o quizás, estamos en una resistencia (remito al artículo con ese nombre aparecido, precisamente, en la web de Hemisferio Izquierdo). No podemos soñar con superar al capital en un plazo histórico razonable, tenemos que aprender a mantener el hilo de la política en tiempos de economía, urgencias y catástrofes. La verdadera política no surgirá jamás de la escena institucional, electoral, la de los votos, los partidos y los poderes, pero eso no quiere decir que en esa contingencia del propio capital no se juegue algo importante para la política misma. Algún día mereceremos vivir sin partidos, sin Estado, sin elecciones, sin país ni nación, pero mientras tanto, deberíamos preferir un aire que nos permitiera pensar mejor. 

5. Una cosa parece ser cierta. Como dice mi amigo Gómez Hill en la entrada anterior de este blog, gane quien gane el balotaje, la era del pacto social progresista se terminó. El progresismo no perdió una elección: terminó su ciclo. Espero que para algunos no sea cosa de “la campaña fue mala” o “el candidato era débil”, porque entre eso y llamar a Durán Barba no hay distancia alguna. Vivimos en un mundo en el que los medios indican la agenda política y ganan elecciones. Elecciones, votos, ganar, perder, son palabras que deberían dejar de tener el lugar central que tienen en el lenguaje de la política hasta desaparecer completamente, algún día. Ahora debería darse lugar a una profunda teorización y a una creación de conceptos y de prácticas políticos, conceptos como democracia, elecciones o partidos, deberían ser planteados nuevamente.

Tomado de «txt escritura militante» , 19 de noviembre de 2019

Voto volátil, de vuelo gallináceo en la globalización

Por Ricardo Viscardi

El desapego ideológico del votante

Convencido de participar de comicios republicanos que expresan y refuerzan el estado de agregación de los vínculos sociales, el electorado uruguayo se movilizó masiva y entusiastamente con oportunidad de las elecciones nacionales del 27 de octubre pasado. Sin embargo el resultado electoral de esa actividad comicial va en contra de la convicción que lo nutre mayoritariamente, en cuanto refleja, ante todo, la volatilidad del voto, es decir, su desapego ideológico.
La ideología es el elemento articulador de la representación pública: nadie confiaría en delegar un lugar que represente su propia condición social, si tal delegación no expresara el mandato de un designio compartido. La significación de “ideología” supone, desde esa perspectiva representativa, que determinado orden social puede ser sostenido a través de un conjunto coherente y ordenado de significados, que se promueven programáticamente y se proyectan en un modelo de organización pública, es decir, una “visión del mundo”.
En el caso uruguayo, la ya proverbial representación de tres fuerzas (Partido Colorado, Partido Nacional, Frente Amplio) debe ahora reconocer la existencia de una cuarta fuerza (Cabildo Abierto), que casi iguala en caudal electoral al Partido Colorado, pero que sobre todo, se configura como adversario de fuste en el breve plazo de un semestre (de abril a noviembre de 2019). Cabildo Abierto parece además incorporar buena parte del electorado del “Partido de la Gente”, que en sus inicios reagrupaba a un 8% de la opinión, para descender luego vertiginosamente hasta las elecciones, donde logró un poco más del 1%.
La alteración súbita de la adhesión afecta también, asimismo, transversalmente al conjunto de los partidos, en cuanto el crecimiento de Cabildo Abierto no puede explicarse mayoritariamente por la caída del Frente Amplio, más allá de los votos que le aportó, incluso según los datos disponibles, el sector de Mujica.1 Este paso desde el Frente Amplio a los partidos “históricos”, ya sensible en Montevideo en 2014, se vuelve ahora notorio en el interior del país, pero también se acompaña de turbulencias en el potencial electorado de las fuerzas tradicionales (Partido Nacional y Partido Colorado).
Tras las elecciones internas de los partidos (que tuvieron lugar en el mes de julio), el candidato vencedor en las “internas” del Partido Colorado reagrupaba, según las compulsas de opinión pública, un 20% del electorado. Incluso se llegó a suponer tras ese vertiginoso crecimiento (del 12/14 al 20%), que Ernesto Talvi podría amenazar la posición de Luis Lacalle, candidato del Partido Nacional, que por momentos no lo aventajaba sino por 4% del electorado. Sin embargo, en la primera vuelta de las elecciones nacionales, Talvi con 12% y fracción apenas superó por alrededor de 2% al candidato de Cabildo Abierto, mientras Lacalle sumó alrededor de un 29% del electorado.
La misma volatilidad afecta a las tendencias sostenidas en plazos mayores, consideradas comparativamente con la anterior elección nacional. Al otro día de las elecciones nacionales de 2014 Lucía Topolanski se ufanaba, ante cámaras, del crecimiento del Frente Amplio en el interior del país, explicándolo ante todo por la instalación, determinada por el presupuesto nacional, de la Universidad de la República en el conjunto del país. Desde el punto de vista de Topolanski ese crecimiento sería entonces, efecto de un “proyecto nacional” (sobre todo por el emblema “universitario” con que lo presentaba).
Esa tendencia favorable al Frente Amplio afectaba al interior urbano (sobre todo las capitales departamentales) desde varias elecciones atrás, pero se propagaba además en 2014 a las poblaciones de menos de 5.000 personas, permitiéndole a la coalición frenteamplista compensar una ligera pérdida que lo afectó, en esos mismos comicios, en Montevideo. Cinco años después el Frente Amplio cae en el interior del país, en promedio, un 11%, incluso si se contabilizan Canelones, San José, Colonia y Florida, donde tuvo menor merma.2 No parece que mientras tanto el caudal de universitarios ni de centros universitarios haya disminuido en el interior del país, incluso ha sido incrementado por la Universidad Tecnológica, supuestamente dedicada a la tecnificación agraria, según el designio de Mujica.
Pero también caen electoralmente, dentro de los partidos mayoritarios y como expresiones partidarias singulares, las tendencias que conviene considerar como “efectos de sociedad” y que debieran por lo tanto contar, en la perspectiva representativa, con carga ideológica singular. Tal es el caso de los sectores que expresan un proyecto “técnico” (es decir de instrumentalidad diferenciada), ya sea en función los “principios democráticos” o la “eficacia de la gestión pública”. El Partido Independiente y el sector “Plataforma” del Frente Amplio, de García y Lustemberg caen muy debajo de las expectativas.
También se ven drásticamente reducidos los sectores que representaban “la agenda de derechos” y por lo tanto podían indentificarse como portadores de “tendencia social”. En particular se destaca la insuficiente votación que alcanza “Casa Grande”, en cuanto pierde su banca en el Senado Constanza Moreira. Otro tanto puede decirse de cierto radicalismo tradicional dentro de la izquierda, pero situado fuera del Frente Amplio desde 2009. La Unidad Popular pierde incluso su única banca en diputados, aunque debiera haberlo beneficiado la oposición frontal, que hizo suya, a la instalación de la transnacional UPM en el país, que generó desde 2017 un importante movimiento de opinión en su contra.
Una descripción general de la volatilidad electoral señalaría lo siguiente: a) se manifiesta en la aparición al cabo de un semestre, de una fuerza que le pisa los talones a un partido histórico (el Partido Colorado) y se convierte en el fiel de la balanza en lo que hace a las mayorías de un parlamento fraccionado b) en el corrimiento vertiginoso de importantes franjas de votantes en el contexto de los cuatro partidos electoralmente mayoritarios, pero que también reciben ocasionalmente caudal ajeno emigrado en ese mismo contexto c) en la desaparición de todo indicador, sea histórico o social, de tendencias de opinión firmes en el electorado, ante la regresión que sufre el Frente Amplio en el interior del país (así como en Montevideo, donde pierde un 8% de su electorado), pero asimismo en razón de la laminación de sectores que parecían expresar tendencias firmes del electorado, ya sea vigentes en la actualidad o revigorizadas por la coyuntura.

Sin ideología no hay delegación representativa que vuele alto

En el cuestionamiento de la noción de ideología, Foucault3 establece tres objeciones a) se opone a ciencia b) supone un sujeto c) se superpone a la actuación social efectiva. Estas tres objeciones pueden resumirse en un postulado: el discurso político no se sostiene en una substancia. No es posible por lo tanto entenderlo como consistencia objetiva (la “ciencia social”), no proviene de un principio soberano (el sujeto popular), ni es el efecto de una “base” (la clase social). Pero Foucault tampoco dice que la función ideológica de la representación substancialista no haya existido nunca, ni que se trate de una especie extinguida, incluso admite (en el mismo pasaje), que “ideología” es un término a manejar “con precaución”.
La prudencia de Foucault en el tratamiento de la ideología quizás obedece a la transición que relata, pocas páginas después, desde el “intelectual universal” al “experto con poder sobre la vida y la muerte”. Describe esa transición como un paso, desde la verdad como representación de la existencia pública, a la verdad como efecto del saber en el discurso. De ahí que Foucault entienda la verdad como efecto propio de la posición específica de los intelectuales respecto al poder y no como una toma de posición (“comprometida”) subordinada a las corporaciones partidarias o sindicales. Esto supone que la sociedad deja de existir como un orden natural y (naturalmente) previo al saber, en cuanto el saber protagoniza discursos y por consiguiente accede per se al vínculo social (y por lo tanto, a la significación política).

La mediación de los medios propios

El escenario que plantea Foucault a mediados de los años 70′, ya supone por entonces que cada estamento de la sociedad configurará un poder sostenido de forma directa en el saber. Esta perspectiva ha cristalizado estratégicamente, en cuanto la articulación de los procesos de producción, intercambio y difusión, llega a ser provista por las tecnologías de la información y la comunicación. La actividad pública y la función ideológica propia a cada sector pasan a inscribirse, por consiguiente, en ese anclaje mediático de las perspectivas públicas que Nicole D’Almeyda ha denominado “Sociedad del enjuiciamiento”.4 Tal enjuiciamiento proviene de que todo organismo, empresarial, cultural o político, etc. puede establecer su propio procedimiento de diferenciación, a través de un perfil singular, propositivo y crítico. Esta situación da lugar a la “comunicación organizacional” y habilita las actuaciones de “community manager”, que suscitan posicionamientos, relacionamientos, estrategias y alianzas, que cunden en la propia red de la sociedad, o si se quiere, en la incorporación del affectio societatis a la red.
En un contexto donde cada empresa económica, organismo social, asociación cultural, etc, establece su propia “misión”, “identidad colectiva”, “historia institucional”, etc. la ideología deja de ofrecer una “visión del mundo” supra-sectorial y pasa a significar una “estrategia discursiva” corporativa, que cunde incluso (y sobre todo en el Estado) como “privatización de lo público”. En cuanto el Uruguay sigue fuertemente apegado a formas de reproducción política gobernadas por la articulación ideológica de las instituciones representativas, es decir, el Estado y las estructuras partidarias, tiende a cierta esquizofrenia entre la convicción mayoritaria -acerca de la determinación supérstite del devenir público- y la efectiva canalización de la actividad pública en la sociedad-red.
La volatilidad del voto hoy, como la creciente distancia entre la participación y las “identidades colectivas” ayer, son síntomas de un devenir que mañana, ante la obsolescencia de una alternancia reducida a la entidad ideológica de la representación estatal,5 puede reencontrarse con el presente de la participación: incorporarse a la escena pública sin otra mediación que la de los medios propios.

Notas

1 «Manini Ríos: la gente está desesperada, votaron a Mujica y ahora a mí” Uy.press (20/09/2019)https://www.uypress.net/auc.aspx?98870

2 Botinelli E. entrevistado por Tejeiro P. y Rodríguez M. Factum (30/10/2019) https://portal.factum.uy/analisis/2019/ana191030b.php

3 Foucault, M. (1977) Microfísica del poder, Ed. de la Piqueta, Valencia, pp.181-182. Ed. Digital https://eva.fcs.edu.uy/pluginfile.php/116669/mod_resource/content/0/Mod2%20obligatorio1%20Foucault%201978%20Nietzsche%2C%20la%20genealog%C3%ADa%2C%20la%20historia%20MICROF%C3%8DSICA%20DEL%20PODER%20%281-14%29.pdf

4 D’Almeyda, N. (2007) La société du jugement, Colin, Paris.

5 Ver en este blog “Chile: alternancia fallida, alternativa de contragobierno” https://ricardoviscardi.blogspot.com/2019/10/alternativaa-la-alternancia.html

CONTRABOBERNAR 1a. quincena, noviembre de 2019

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