miércoles 16 de octubre, 2019

«Si tanto se habla de creatividad e innovación, pues debe llevarse al final y no quedar atrapado por los límites del capital». Entrevista a Alfredo Falero*

Publicado el 13/06/19 a las 3:50 am

Hemisferio Izquierdo (HI) ¿Cuáles son las principales  tensiones que identificas en torno al trabajo en la coyuntura actual?

Alfredo Falero (AF): Es una pregunta difícil de responder primero porque por un lado la idea de “tensiones” en torno al trabajo puede sugerir cosas muy diversas en función de los supuestos elegidos y por el otro porque requiere tener claro de que escala de análisis estamos hablando: global, regional, nacional. Así es que es necesario hacer al comienzo un conjunto de precisiones para recortar un tema gigantesco.

Se elegirán tres condiciones problemáticas de la fuerza de trabajo (se pueden mencionar otras) que se relacionan por un lado con lo que puede denominarse revolución informacional (1) y por otro lado con la generación de mecanismos de dominación. Se entiende por éstos en Sociología, un conjunto de prácticas y estrategias que terminan generando conformidad con un orden social; si se quiere ser un poco más sofisticado, que tienden a reproducir “estabilidad sistémica” en el capitalismo a partir de la aceptación de lo dado como lo único posible. 

Con la escala de análisis se puede advertir lo gigantesco y complejo del tema. Por ejemplo, si se elige la escala global para analizar fuerza de trabajo, deben pensarse elementos como su feminización, la incorporación de la fuerza de trabajo de China a la economía-mundo y en general el proceso de deslocalización de producción industrial al sudeste asiático. A comienzos del siglo XXI, el 90 por ciento de las 500 mayores empresas del mundo habían invertido en China. A Vietnam se lo conoce como el “segundo taller del mundo”. Y naturalmente se podría hablar mucho sobre todo esto. 

Otro elemento de corte global, son los desplazamientos masivos de personas que por intervención externa y guerra civil inducida (Siria, Libia, entre otros) o problemas económico-políticos muchas veces igualmente inducidos desde el exterior (Centroamérica, especialmente Honduras, Venezuela) buena parte de la población se ve forzada a la movilidad geográfica.  Según la ONU, en 2017, el número de migrantes alcanzaba la cifra de 258 millones frente a los 173 millones del cambio de siglo. Si bien no todo migrante es fuerza de trabajo potencial, es una referencia a considerar. Nunca está de más recordar además una clave explicativa del funcionamiento del capitalismo: tendencia a la libre movilidad del capital y fronteras y obstáculos diversos para evitar el libre desplazamiento de la fuerza de trabajo.

Considerar una escala de análisis global es clave cuando se propone visualizar por ejemplo la proporción de trabajadores industriales y de “servicios”, lo cual integra actividades extremadamente diversas, entre ellas las vinculadas más directamente a la revolución informacional (se ha utilizado el nombre de “servicios globales”). Aquí, entonces, sin descuidar esa referencia general, se apunta a la especificidad de América Latina y en particular al caso de Uruguay. 

Con la revolución informacional, el proceso de producción actual requiere cada vez que toda la sociedad se involucre, se subsuma en el proceso productivo, pero el producto, la riqueza generada por el trabajo, se apropia, se concentra en forma privada como siempre ha ocurrido. Es importante saber exactamente quien se apropia de que: empresas transnacionales y sus accionistas, grupos financieros, cuadros gerenciales o CEOs, empresarios de viejo y nuevo tipo. Más allá de la distinción analítica del poder económico actual, debe tenerse presente que éste se configuró como un tejido conectivo que por momentos parece disipar responsabilidades y oscurecer la apropiación individual de riqueza. 

Una primera condición problemática de la fuerza de trabajo contemporánea es su vinculación con el capital a través de formas precarias. La precariedad entendida como contrato a término, parcial, en general definida como el conjunto de modalidades que hacen a lo que suele denominarse “flexibilidad”, suele contraponerse al modelo de contratación fordista del siglo XX, es decir trabajo a tiempo completo de duración indefinida. Pero esa era principalmente una realidad extendida de regiones centrales de acumulación no de regiones periféricas. De modo que las lamentaciones eventuales por lo perdido no se corresponden con la realidad de América Latina (y esto incluye a Uruguay más allá de su especificidad, en ocasiones exagerada como una arcadia perdida en cuanto a la relación educación y trabajo). 

La revolución informacional trajo las empresas de plataformas cuyo modelo de negocios implica la precariedad muchas veces disfrazada de trabajador “independiente”, emprendedurismo o de flexibilidad en el uso del tiempo libre. El caso más notorio en los últimos tiempos ha sido el de los repartidores. Por ejemplo, Natalia Zuazo lo ha explicado muy bien teniendo presente Argentina pero no solamente (2). En Brasil se ha hablado de un “precariado” que no necesariamente es el de baja calificación, sino de individuos altamente escolarizados vinculados al comercio o “servicios” (los call centers es un ejemplo por excelencia y no solo en Brasil, naturalmente). De hecho, puede existir precariedad en la contratación de profesores universitarios, es decir que la gama de casos es vastísima. 

Una segunda condición problemática de conexión entre capital y fuerza de trabajo es el de informalidad. Un tema crónico en América Latina, con casos en que la mitad de la población económicamente activa está crónicamente en situación informal (en México casi un 60 % de los trabajadores, por ejemplo). En el caso uruguayo se puede decir que un cuarto está en esa situación. Contrariamente a lo sostenido por los programas enfocados a ellos en la década del ochenta y noventa (abogar por la eliminación de controles estatales), las actividades informales están estrechamente relacionadas con las actividades formales. Además alguien puede alternar cotidianamente entre una y otra. Por ejemplo, un(a) empleado(a) de mantenimiento o limpieza de un shopping que a su vez mantiene un puesto de venta en ferias de la ciudad y que alterna ambas con actividades de reproducción del grupo familiar. 

La economía de las “plataformas” ya mencionada y del cambio digital en general, muestra que puede generar una expansión de la informalidad aún mayor. Sabido es que las trasnacionales asociadas a este modelo de negocios, tienden a evadir legislaciones impositivas y laborales. La nueva visión que se procura imponer en este contexto –que supone que la gente se sienta más “protagonista”- se la califica de tecnoliberalismo. 

Una tercera condición problemática en relación al trabajo viene dada por la desaparición de oficios y empleos a partir de la automatización, el llamado desempleo tecnológico. Este es un terreno donde abundan los ejercicios de futurología, pero todavía no está claro que no se repita lo ocurrido durante revoluciones tecnológicas pasadas: a la larga y en forma indirecta se crean más puestos de los que se destruyen. 

Un problema es que si bien algunos trabajos ya tienden a visualizarse como en proceso de extinción (la introducción de formas automatizadas en el transporte público, por ejemplo) otras resultan insospechadas y esto genera gran incertidumbre. La frase “a todos nos llega nuestro uber” (esbozada por el publicista Alvaro Moré), no puede suponer tranquilidad precisamente. En Uruguay, un informe de la OPP (del 2018) estimaba los “riesgos de automatización” y como se perderá empleo en los próximos veinte años. Está en línea con los informes de proyecciones lineales de futuro que colocan el desafío de la educación en una suerte de sociedad ideal, abstracta.

Toda la discusión sobre inteligencia artificial y robotización y sus posibilidades, las investigaciones que se realizan en las regiones centrales de acumulación, sugieren por un lado transferencia de riqueza hacia algunas empresas (ya se utiliza la sigla GAFA en ese sentido aunque prescindiendo de China: Google, Apple, Facebook, Amazon) y por otro lado, desempleo vertiginoso en áreas enteras. Este esquema en parte cierto, omite sin embargo elementos importantes que no tienen nada de nuevo. Por ejemplo, ¿qué ocurrirá con la baja pronunciada de bienes y servicios si se produce fuerza de trabajo prescindible en forma masiva?. Una de las tantas interrogantes que se abren.

HI: ¿Qué desafíos se les plantean a los trabajadores organizados y a la izquierda frente a este panorama?

AF: Un primer desafío es analítico y de requerimiento de recuperar una perspectiva crítica para tratar estos temas. Las tres condiciones problemáticas planteadas en la pregunta anterior –precariedad, informalidad y desempleo tecnológico- sugieren trayectorias laborales impredecibles, de cambios constantes, volatilidad de tareas, inestabilidad permanente, pérdida de cohesión social y narrativas, segmentación de la fuerza de trabajo, todo lo cual se configura como mecanismos de dominación por su poder disciplinante ante la incertidumbre. Aquí es donde se abren un conjunto de desafíos pues es la capacidad de cooperación y construcción de colectivos, de hacer funcionar el saber social lo que neutraliza ese poder. La dominación opera generando individuos aislados que se creen conectados, impidiendo visualizar esa capacidad social que sin embargo el capital expropia o la vuelve funcional a sus intereses. 

Para los movimientos de trabajadores es el desafío de construir lo colectivo en un marco de precariedad, incertidumbre y dispersión geográfica, primero compartiendo experiencias y luego tratando de proyectar demandas. De hecho, esto ocurrió en Buenos Aires con la autoorganización de trabajadores de Rappi y puede tener emulaciones a corto plazo. En general, las centrales sindicales muestran enormes limitaciones y lentitud para tomar estas situaciones laborales de modo que el desafío es apostar a formas autoorganizativas propias y a su potencial de creatividad que permitan a los trabajadores generar herramientas para luchar y negociar. 

El capitalismo actual genera patrones de percepción de la realidad conformados como memoria a corto plazo, un conjunto de instantaneidades, archipiélagos de temas y eventos que no se conectan, fábricas de subjetividad diferenciadas y dificultad para construir una estrategia. Existe una visión de izquierda “light” que parece estar encantada de reconocer diferencias, ensalzarlas, administrarlas y quedarse allí cuando en realidad se trata de contribuir con puentes que conecten situaciones de dominación para superarlas. Las estructuras educativas (también las organizaciones sociales) tienen el desafío de entender bien como se generan y operan estos patrones de percepción y construir capacidad analítica, de asociación y reflexión. 

Por otra parte, en América Latina es clave reconocer que la fractura social puede llevar a discursos políticos de preocupación y hacer gárgaras sobre el papel de la educación, por momento adjudicándole un papel casi mágico y automático para resolver problemas. El punto central es que esa fractura supone que una parte de la sociedad termina constituyendo una cantera para trayectorias humanas prescindibles y delictivas que luego legitiman cualquier poder coercitivo que se levanta a esos efectos. Para un proyecto alternativo es absolutamente clave revertir la fractura social. 

En cuanto al trabajo específicamente, si tanto se habla de creatividad e innovación, pues debe llevarse al final y no quedar atrapado por los límites del capital. Actualmente el mensaje –si se permite aquí cierta caricaturización- es que sea creativo pero no tanto como para cuestionar todo, que sea innovador pero dentro de los límites de la empresa capitalista, que sea reflexivo para poder pensar y resolver problemas laborales concretos pero no mucho más. 

Finalmente es necesario avanzar en la capacidad de reconectar trabajadores precarios, informales y desempleados pero no solo en un nivel nacional. Aunque suene poco viable en principio, debe pensarse en una escala trasnacional. Para ilustrar el punto permítase en el final un ejemplo de lo que esto no puede significar: terminar con una “declaración sociolaboral”. Recuérdese que la Declaración Sociolaboral del Mercosur, no vinculante de gobiernos, fue sancionada después de innumerables reuniones en 1998 y actualizada en 2015. Si algo puede estar claro dentro de las confusiones varias que han traído los giros de derecha, es que los gobiernos actuales del Mercosur (especialmente Argentina, Brasil y Paraguay) no están especialmente preocupados por cumplir con ella. Mucha dedicación para una utilidad práctica nula debería llevar a replantear algunas cosas a las centrales sindicales de la región sobre cómo enfrentar en forma transnacional la problemática del trabajo en el futuro inmediato. 

* Alfredo Falero es Doctor en Sociología, docente e investigador del Departamento de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República, Uruguay.

Notas:

1) Esta es una línea de trabajo que, quien esto escribe, viene desarrollando hace años, pero que ha recibido innumerables rótulos y con contenidos y proyecciones diferentes. Por ejemplo, la idea de “cuarta revolución industrial” la ha impuesto el Foro Mundial de Davos, de modo que es un terreno conceptual resbaladizo y para nada inocente. 

2) Véase Le Monde Diplomatique, edición del Cono Sur, de febrero 2019.

Tomado de Hemisferio Izquierdo, 21/5/19

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