sábado 24 de octubre, 2020

Izquierda y horizontes poscapitalistas en el siglo XXI

Publicado el 30/08/18 a las 2:57 pm

Por Gaspar Avelino 1  (artículo de la revista compañero N0.9)

El pasado 4 de junio, en la Facultad de Ciencias Sociales (Udelar) y por iniciativa del Instituto de Ciencia Política, se llevó adelante un coloquio titulado “¿Horizontes poscapitalistas en el siglo XXI?”. Ya el hecho de que desde el principal Departamento de ciencia política de Uruguay se organice una actividad con la intención de discutir sobre alternativas al capitalismo, el rol teórico y político de la crítica anticapitalista, los aportes de los estudios poscoloniales o del feminismo, entre otros disparadores, es algo a valorar, en especial si se considera que la ciencia política uruguaya se ha caracterizado históricamente por su “estadocentrismo” y “partidocentrismo”. Frente a esto, hay que destacar el papel jugado por el politólogo Paulo Ravecca, que desde hace un tiempo viene trabajando para, desde el pensamiento crítico, abrir esta disciplina a nuevas perspectivas de análisis. A través de este coloquio, que sin dudas tiene su sello, puede decirse que la ciencia política uruguaya dio una señal de que hay vida más allá de los partidos y las políticas públicas. Se trata de una hoja de la ventana abierta a hacer “ciencia de la política” pensando en un objeto de estudio mucho más amplio y complejo del que está delimitado de forma tradicional. 

Saliendo de la órbita académica, hay que reconocer los méritos de este tipo de actividades y de esta en particular porque nos recuerdan que categorías como “capitalismo”, “colonialismo”, “explotación”, “opresión”, etcétera, conservan plena vigencia y que, frente a los que alguna vez decretaron el “fin de la historia”, todavía existen horizontes potenciales en los que sea realidad la emancipación humana. 

Dicho esto, solo queda aclarar que en estas líneas no se hará una reseña de lo que se habló aquel día. En su lugar, se dispararán algunas reflexiones que hacen pie en la actividad, pero con la mirada puesta en el proyecto revolucionario de la izquierda en –¿y para?– el siglo XXI. Sin más preámbulos, vayamos al tema. 

Capitalismo, neoliberalismo y “socialdemocracia accidental”

Aunque marcar límites cronológicos es osado, se puede decir que lo que tradicionalmente se conoce como neoliberalismo se origina en los años setenta y tiene una época dorada que coincide con el derrumbe de los llamados “socialismos reales”. Al mismo tiempo que el neoliberasmo cantaba victoria, se derrumbaba aquello que era visto como la materialización de la alternativa al capitalismo y eran derrotados brutalmente los proyectos revolucionarios en América Latina. Esta poderosa reacción del capital impactó mucho y llegó a incidir en las formas de pensar en horizontes poscapitalistas por parte de la izquierda, ya que siendo ineludibles las respuestas al neoliberalismo, el peso de estas en el proyecto final de emancipación –o, más bien, en la estrategia destinada a concretarlo– termina por convertirse en un asunto problemático. 

La izquierda ha asumido la identidad neoliberalismo-capitalismo, pero esto puede hacerse de dos maneras que terminan siendo diametralmente opuestas. Una cosa es reconocer que el neoliberalismo es esencialmente capitalismo, en su “estado puro”, si se lo quiere poner en esos términos. Otra muy distinta es que esa identidad sea interpretada de forma tal que algunos rasgos del gran sistema de dominación que es el capitalismo sean atribuidos al neoliberalismo, una de sus caras. Si se considera el aspecto ideológico de la derrota que vino con el neoliberalismo, el planteamiento de esta distinción puede ser útil a la hora de pensar en los desafíos de la izquierda revolucionaria en el siglo XXI. Esta debe ser muy cuidadosa al pensar su proyecto para no caer en confusiones que la lleven a un callejón sin salida, a la “socialdemocracia accidental”. 

Del neoliberalismo se puede decir que envuelve al ser humano en todos los aspectos de su vida, que se basa en una racionalidad que tiene al individuo como célula, y que opera políticamente para situarse como el orden natural de las cosas y sin alternativa; pero si se piensa bien, en realidad se está definiendo al capitalismo. El paso siguiente es entroncar esto con rasgos que sí son propios del neoliberalismo, como el Estado mínimo, la desregulación y precariedad laboral o la financiarización de la economía. Así se llega a plantear un programa transformador, que viene a combatir la “hegemonía neoliberal”, a rescatar la política de las garras de la economía, a poner el Estado al servicio de la sociedad, a combatir la desigualdad, etc. El punto es que la necesidad de responder al neoliberalismo –algo que no se está poniendo en tela de juicio– supone el riesgo de que estas respuestas terminen por ser consideradas en sí mismas como un horizonte poscapitalista, cuando en realidad conducen a la socialdemocracia, que es más peligrosa que el neoliberalismo en cuanto a su forma de instalar la noción de un único orden posible. 

El paradigma neoliberal refuerza la idea de que no hay alternativa al capitalismo, y mientras celebra y exacerba los efectos del capitalismo, la socialdemocracia los denuncia y combate, posicionándose de esta manera como oferta de otro mundo posible. El resultado en ambos casos es la entronización del capitalismo, ya que ni neoliberalismo ni socialdemocracia cuestionan el núcleo central del mismo, que es la explotación en el proceso productivo. El peligro de la socialdemocracia radica entonces en que la no alternativa es presentada como alternativa, superando en este aspecto al neoliberalismo, que es bastante claro en sus aspiraciones. De cualquier forma, en el capitalismo de hoy, la intensificación de la concentración y la globalización le da pocos márgenes de maniobra a la “socialdemocracia real”, lo que se ve claramente en la aplicación a rajatabla del ajuste y las derrotas políticas de las socialdemocracias en países europeos. Y en nuestros países con la caída de los precios de commodities no es posible continuar con políticas distributivas sin tocar las reglas de juego y los intereses del capital. 

Como ya se advirtió, la necesidad de responder al neoliberalismo puede llevar a la izquierda –sea en posiciones de gobierno o no– a confundir objetivos antineoliberales con objetivos anticapitalistas. Es por eso que la forma de pensar en un “más allá” poscapitalista en el siglo XXI está condicionada por la existencia del neoliberalismo. En vista de los estragos que este produce y de su fortaleza política, es difícil que aquello que en definitiva es suavizar al capitalismo no sea prioridad y no pase por revolucionario. 

Si todos los esfuerzos están puestos en hacerle frente al neoliberalismo, una buena pregunta es cómo hacer para no perder de vista que el proyecto revolucionario no consiste en mitigar desigualdades sino en destruir relaciones de opresión. La realidad es que si la izquierda posterga debates y definiciones, se limita a aclarar cada tanto que sigue vigente la orientación socialista y revolucionaria de sus organizaciones y confunde categorías y vocabulario, corre el riesgo de caer accidentalmente en la socialdemocracia, sin renunciar expresamente a ninguna de sus banderas. Mi impresión es que existe demasiada acumulación teórica, estratégica y programática en torno al neoliberalismo, por lo que es momento de equilibrar la balanza. Para superar el capitalismo hay que empezar por hablar de él.

Marx no alcanza

La operación consistente en desplazar al neoliberalismo del centro de la crítica para situar en su lugar al capitalismo no implica necesariamente volver a esquemas de pensamiento del pasado. Los tiempos cambiaron, lo que no significa –como quisieran las clases dominantes y sus ideólogos– la pérdida de actualidad del marxismo y los aportes de Lenin, Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui, el Che, entre otros; sino más bien la salida a la luz de otros enfoques –nuevos y viejos– que permiten redimensionar las relaciones de poder y las formas de opresión. En el siglo XXI es impensable imaginar horizontes de emancipación humana sin una visión antipatriarcal y que no incorporen la diversidad de formas de ser y de sentir. Es claro que con Marx no alcanza, hay que evitar el razonamiento dogmático y revalorizar el papel de las heterodoxias. 

Y finalmente, aunque suene un poco trillado, la izquierda también debe ser profundamente autocrítica en todo lo que respecta al pasado, lo que involucra no solo errores político-estratégicos o concepciones equivocadas del cambio social, sino además con relación al problema del poder e incluso a la violencia ejercida al interior de sus filas. Se debe reconocer la falta de cuestionamiento en el pasado a los roles de género o a la heteronormatividad, lo que además iba acompañado de la reproducción de prácticas y discursos opresivos, algo incompatible con el mundo de libertad que supone la expresión “sin explotados ni explotadores”. 

1| Militante y estudiante de Ciencia Política.

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