martes 20 de octubre, 2020

Subestimar la estructura de base del Frente Amplio es hipotecar el futuro

Publicado el 09/11/16 a las 4:33 am

hugo-coresEn julio de 2005, a pocos meses de asumir el primer gobierno del Frente Amplio, Hugo Cores advertía los desafíos de la coyuntura. Allí subrayaba que “subestimar la estructura de base del Frente Amplio es hipotecar el futuro”. En un nuevo aniversario de su nacimiento recordamos uno de sus editoriales.

GOBERNAR ES LUCHAR

La vida es lucha, tanto en lo individual como lo colectivo. Lucha entre el compromiso de la acción política contrapuesto a la pasividad, más cómoda, menos expuesta a los fracasos.

Lucha entre expresar un pensamiento crítico y la inercia que nos invita a callarlo porque puede herir la susceptibilidad de alguien que tiene poder.

Lucha entre hablar con simplismos demagógicos y/o procurar que la gente nos acompañe en los razonamientos, a menudo intrincados, que nos propone la complejidad de las situaciones.

Lucha entre seguir inflexibles en nuestros juicios o prestar atención a las observaciones que nos hacen otros compañeros que, partiendo de valores y concepciones parecidas a las nuestras, tienen divergencias con nuestras orientaciones.

Gobernar es poblar, decía Sarmiento frente a las pampas, ya pobladas de gauchos y de indígenas.

Cuando en el mundo la ofensiva la tiene el gran capital, la gran potencia militarista y predadora presidida por Bush, gobernar es luchar. Ir contracorriente, como le gustaba decir a Gerardo Cuesta en su periódico de juventud.

Cuando en el mundo campea la lógica de las finanzas especulativas, de la “burbuja” financiera y la explotación de los pueblos menos desarrollados. Cuando todas las “lógicas” financieras conducen a la reproducción de la desigualdad, de la usura, de la concentración, hay quienes nos proponen, y eso en el FA es ni más ni menos que contrabando, “plegarnos” a esa forma de razonar, quieren que seamos “razonables” y adaptativos a la realidad de injusticias que el mundo actual le ofrece a los países más pobres.

Para nosotros gobernar (con sentido democrático y de justicia social) es luchar. No adaptarse a las reglas del consumismo, el despilfarro y la depredación hoy predominantes. No dejarse llevar por esa realidad sino procurar, en todo lo posible, cambiarla en beneficio de nuestras aspiraciones, esas causas y banderas que son nuestra memoria y nuestra identidad. ¿Quién, con cuánto apoyo político y con qué legitimidad puede intentar, dentro o fuera del país, cambiar nuestras definiciones antiimperialistas sustanciales para halagar auditorios poderosos?

Tener el gobierno es mucho y puede ser muy poco

Para luchar, un gobierno de izquierda, dispuesto a la defensa de la identidad y la soberanía nacional tiene que ser consciente de que no le basta con ocupar los “lugares” del Estado asignados a la función de administración.

El FA lo ha pensado así desde hace mucho tiempo.

Gobernar es tener influencia decisiva sobre las ideas políticas y morales de la mayoría de la población.

Por eso gobernar, que es ante todo gestión, no se agota en la práctica del acto de administración. Hay que convencer, entusiasmar, mostrar que se está haciendo lo que se prometió. Y denunciar los obstáculos que las derechas nos han colocado en el camino. Mostrar cómo se está plasmando en hechos la herencia de una historia de luchas populares. Es alentar un nuevo empuje a la creatividad desde los objetivos éticos de las viejas aspiraciones a la justicia. Si en una discusión, ¡y vaya si las hay! dentro de una cooperativa de vivienda o de un gremio o en un liceo, un frentista no tiene información ni orientación, estamos “perdiendo poder”.

Enanos sobre los hombros de los gigantes que nos precedieron

Lula o Kirchner son en cierto sentido herederos de sí mismos. Quizás el argentino menos porque allí hubo una izquierda peronista ya en los 60, un John William Cook, un Troxler, o un Rodolfo Walsh. Pero Lula es el inspirador de sí mismo. Es a la vez, el maestro y el jefe de su partido. Y ahora el Presidente.

Nuestra izquierda, en cambio, posee una tradición de acción y de pensamiento robusta, consistente, rescatable. Desde Raúl Sendic hasta Rodney Arismendi y Vivian Trías, desde Carlos Quijano hasta Arturo Ardao o Carlos Real de Azúa, desde Gerardo Gatti, Raúl Cariboni hasta Héctor Rodríguez y desde Erro a Roballo, pasando por Zelmar y Juan P. Terra. Y me quedo corto en la nómina. Esa tradición es un manantial que no cesa.

Están los que nos enseñaron con sus vidas, como Juan José Crotoggini y Líber Seregni, y los que todavía nos siguen enseñando, como el general Víctor Licandro, maestro, orientador fundamental de la izquierda en cuestiones militares, aunque muchas veces sus enseñanzas esenciales no sean atendidas por quienes tienen responsabilidades en esa área.

¿Se puede analizar el Tratado de Inversiones con los Estados Unidos sin recurrir a los trabajos de Arismendi, Vivian Trías y Carlos Quijano? Sería necedad y soberbia intelectual. Pedantería propia de tecnócratas analfabetos y de noveleros en los que adaptarse se convirtió en una adicción que les impide el pensar crítico, que es la raíz del pensamiento de izquierda.

Sin esos mismos autores, o con publicaciones posteriores del Instituto de Economía y los trabajos de Alberto Couriel y otros economistas de izquierda ¿se pueda examinar las negociaciones con el FMI, el problema de la deuda externa y la necesidad de promover un país productivo sin que ese proyecto nos esclavice como nación? ¿Se puede opinar sobre ese tratado, a mi juicio inaceptable, sin examinar cuál es la forma que reviste la dominación imperialista en la etapa actual?

Sin apoyo social organizado, el vuelo es corto

No ceder a la presión del statu quo conservador. Decidir no inclinarse a la supuesta “fatalidad” de ser una nación sometida implica una gran erogación de energía y requiere una gran acumulación de fuerzas. Buscar aliados, convencer vacilantes, llenar las dudas que genera la situación. Para todo eso es imprescindible el concurso de la organización política.

Tampoco en ese terreno precisamos innovar demasiado. El FA, sus comités de base, su estructura nacional y departamental, sus estatutos, las resoluciones de sus congresos, todo eso está ahí.

Está para apoyar la acción de gobierno. Para formar reproductores de nuestra línea como organización que es la que intenta aplicar el gobierno. Para recordarles a los compañeros que hoy actúan como gobernantescuáles son y cuáles no son las propuestas del FA.

Subestimar la estructura de base del Frente Amplio es hipotecar el futuro. Incluso el futuro más inmediato. Las organizaciones de base han demostrado que tienen dificultades. Hay que corregir pero no se puede prescindir de ellas. Los líderes políticos del FA, que hoy están prácticamente todos en la gestión de gobierno, esos compañeros tienen que contribuir a crear las condiciones para que crezca la conducción del FA, separada del gobierno, de la gestión y de las obligaciones que impone la administración. Y una estructura de funcionamiento democrático que la respalde en la calle, en los barrios y los lugares de estudio y de trabajo.

¿No es eso lo que se definió en el documento sobre “relacionamiento” que se discutió años y se aprobó en el Congreso “Héctor Rodríguez”?

Sin una personería propia del FA como partido, la acción política de enfrentamiento, o de búsqueda de concordancias, con los otros partidos ¿quién la haría? La relación con las organizaciones sociales de masas ¿quién la llevaría adelante?

Construcción de ciudadanía

La labor del FA no se agota con proponer soluciones económicas sino con un nuevo concepto de ciudadanía. Una cultura solidaria, antagónica a la que propone el neoliberalismo. Solidaridad y no ley-de-la-selva. Verdad y no ocultamiento. Justicia y no impunidad.

La movilización espiritual y cultural de la nación, de sus jóvenes, de sus creadores, de sus artesanos, sus artistas, sus intelectuales, sus obreros y de sus empresarios, que quieren crecer y hacer crecer al país, todo eso, es una propuesta que va más allá de la acción administrativa del gobierno.

Ni la oposición política ni los intereses económicos conservadores han vacilado en sus ataques a toda propuesta de cambio. Son belicosos mientras claman por la “armonía social”. Una armonía que no toque sus intereses.

En sus ataques van a fondo. Exhiben todo su programa ideológico. Retrucar a la Bolsa de Comercio y sus ataques al gobierno y a los gremios exige responder sobre cuestiones ideológicas sobre las que hoy existen en el FA ciertas reticencias. Pero es una lucha ideológica que no se puede soslayar.

La República, el 5/7/2005

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