sábado 24 de octubre, 2020

Ciencia, tecnología y sociedad: más allá del mito desarrollista

Publicado el 10/08/16 a las 12:40 am

N-KO

Por Guillermo Foladori

Situación de la educación y la ciencia en América Latina

La educación y la ciencia han venido acusando profundos cambios en los últimos 25 años a nivel mundial, aunque muchos se han establecido de manera paulatina, contradictoria y desigual en los países latinoamericanos. Las características son: criterios homogéneos de evaluación de resultados en toda la cadena de producción de ciencia y de enseñanza; creciente control de la empresa privada sobre las instituciones públicas; y, tendencia a la priorización del pago por producto sobre el salario estable. En su conjunto, estas tres características tienen un común denominador: el creciente sometimiento a las leyes del mercado del proceso de enseñanza y producción de ciencia. Estos cambios son impulsados por los organismos internacionales (OECD, BID, CEPAL, UNESCO) y por sectores empresariales.

La estandarización de los programas de enseñanza y evaluación de procesos científicos tiene una larga data en América Latina (Albornoz, 1997; Velho, 2011). Hoy en día existen evaluaciones a lo largo de la cadena de enseñanza. Se evalúan las universidades a nivel mundial (e.g. QS World University Rankings®), los departamentos de cada universidad según los criterios nacionales (e.g. Promep en México), los profesores (e.g. SNI en México, Argentina o Uruguay, productividad-CNPq en Brasil), los alumnos en los diferentes niveles de enseñanza (e.g. pruebas PISA).

La empresa privada controla la educación y la ciencia de manera creciente mediante dos procesos simultáneos. Por un lado, mediante el control directo, porque diversas leyes y acuerdos internacionales abrieron las inversiones de capital en educación y ciencia con las mismas ventajas que cualquier otra rama productiva, con lo cual escuelas, universidades y centros de investigación privados reciben igual atención por parte del gobierno en términos de subsidios y acceso a fondos públicos que las instituciones públicas. Por otro lado, mediante mecanismos indirectos, porque en la medida de la reducción de los presupuestos públicos a la enseñanza y la ciencia, dichas instituciones deben recurrir a convenios público-privados y financiamientos privados para subsistir; y muchos llamados a concurso de instituciones públicas de ciencia y tecnología exigen participación o aval de la empresa privada para su presentación.

El pago a los profesores e investigadores es crecientemente por producto; desde clases ministradas, artículos científicos publicados, hasta patentes registradas. El pago se extiende a las leyes que liberan parte de las regalías por el licenciamiento de patentes al investigador, aun cuando haya sido el resultado de años de trabajo en una institución pública. En México, por ejemplo, un profesor o investigador de institución pública puede llegar a tener varios tipos de ingreso diferentes, dos por productividad (de la Secretaría de Educación Pública y del Conacyt), uno como salario regular (de su universidad), y tal vez otros por regalías de patentes o fondos de proyectos de investigación.

El resultado de este proceso de cambio impulsado por las políticas neoliberales desde los años noventa, y en el contexto de la globalización y los tratados de libre comercio puede resumirse en: (a) la extranjerización de los currículos de educación y de los objetivos de investigación científica según intereses corporativos, tanto debido a la participación directa e indirecta de las corporaciones en el control financiero de las instituciones, o el control a través de las instituciones de evaluación, como por la propia dinámica del ranking y pago a destajo que obliga a una competitividad desenfrenada entre instituciones y trabajadores de la educación y la ciencia que lleva a privilegiar alianzas con parceros de países desarrollados que disponen de mayores recursos financieros. (b) La orientación de la educación y el desarrollo científico hacia profesiones y productos que puedan competir en el mercado internacional, incluyendo la generación de empresas spin-off de instituciones públicas que pueden ser rápidamente cooptadas y compradas –si exitosas– por el sector corporativo. (c) El mayor distanciamiento entre escasos centros de excelencia y el resto de las instituciones; un proceso que se distancia y recrea automáticamente, en la medida en que estudiantes y trabajadores de centros de excelencia gozan de ventajas competitivas que refuerzan el propio centro como oferta de educación y ciencia en disputa. (d) Una orientación de la educación y ciencia hacia lo “aplicado” o de rápido retorno del capital invertido, con lo que se genera una dinámica por el efectivismo mercantil distante de resultados más sustentables en calidad y seguridad a la salud y el medio ambiente, y de responsabilidad social.

Este proceso de mercantilización de la educación y la ciencia ha generado una vasta bibliografía de análisis y crítica de sus resultados. Poco se ha escrito, sin embargo, sobre las causas histórico-estructurales que han llevado a esto, aunque existe amplia literatura sobre las causas político-económicas más inmediatas, ligadas con el neoliberalismo presente desde los años noventa.

Causas socio-históricas de la mercantilización de la ciencia y la educación

Es parte de la naturaleza del capitalismo la tendencia a la profundización de la división social del trabajo. Las relaciones capitalistas convierten las viejas y nuevas divisiones del trabajo social en ámbitos de valorización del capital, aunque lo hacen a diferentes ritmos. Ser un ámbito de valorización del capital significa que el principal objetivo de la inversión de capital es la obtención de ganancia.

Con la revolución industrial y la ampliación y profundización de las relaciones sociales capitalistas la educación y ciencia comienzan a integrarse, poco a poco, a los procesos productivos, subordinándose a los intereses del capital. Diversos estudios coinciden en señalar que las principales innovaciones realizadas durante la revolución industrial y hasta mediados del siglo XIX fueron obra de perfeccionamientos tecnológicos derivados del conocimiento práctico de los propios trabajadores, y no de la aplicación de conocimiento científico (Landes, 2003; Rosenberg & Birdzell, 1986; Stuart, 1824); el conocimiento científico-técnico relacionado a las actividades productivas no estaba aún individualizado en la división social del trabajo y funcionaba, por tanto, como legado histórico y propiedad de la sociedad como un todo. Llevó más de medio siglo de industrialización (fines del siglo XVIII a mediados del XIX) que la ciencia, como esfera independiente de la división social del trabajo, comenzase a guiar la producción. Para mediados del siglo XIX la ciencia adquiere ese lugar en la división social del trabajo como actividad con identidad propia. Esto se manifiesta cuando es utilizada por las empresas como medio para mejorar procesos tecnológicos y aumentar la productividad del trabajo. Se crean los departamentos de C&T al interior de las grandes empresas. Sucede primero en Alemania, en un ambiente de matrimonio entre ciencia y tecnología en los ramos de la química orgánica, electricidad, agricultura sintética y tintura sintética, y se extiende a los Estados Unidos para fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX en prácticamente todas las ramas de la actividad económica (Braverman, 1978; Landes, 2003). La educación pública acompaña el proceso generando una mano de obra calificada para las tareas industriales.

La ciencia como actividad propia dentro de la división social del trabajo y subordinada a la dinámica de la acumulación capitalista ocurre de dos formas paralelas y con propósitos inmediatos diferentes; formas que aún existen en algunas universidades y países, y cuya apariencia semejante puede confundir al observador sobre la orientación y función de la ciencia en la sociedad. Por un lado la ciencia se incorpora como ámbito de valorización del capital, cuando forma parte directa de departamentos especializados dentro de las empresas. En este caso el objetivo inmediato de invertir en C&T es la ganancia. La inversión en C&T por parte de una empresa se guía, al igual que cualquier otra inversión en medios de producción y fuerza de trabajo, por la rígida lógica del costo-beneficio. Claro está que para lograr que la ciencia rinda ganancia es necesario que su producto -el conocimiento- colabore en la producción de un bien o servicio que pueda venderse en el mercado, pero éste último es sólo un medio para lograr el fin de valorizar el capital invertido, es decir que la ciencia rinda un valor monetario mayor al invertido en el proceso de I&D.

Por otro lado la ciencia adopta la forma de un servicio a la comunidad como objetivo inmediato. La lógica costo-beneficio no se aplica aquí; la ganancia no es objetivo de esta modalidad de desarrollo científico-técnico. Es el caso de las universidades y centros públicos de investigación y cuyo financiamiento proviene de impuestos que el Estado recauda.

Aunque en apariencia en ambos casos se trata de inversiones de capital (infraestructura de laboratorios y contratación de científicos y especialistas), en esencia son dos modalidades diferentes. Mientras que en el primero la ganancia es el objetivo inmediato, en el segundo el servicio lo es. Es claro que la inversión de capital en C&T como servicio también colabora al proceso general de acumulación de capital y a incrementar la ganancia; pero no lo hace de manera directa, sino de manera indirecta, generando conocimiento científico básico allí donde la inversión privada no arriesga a invertir, o garantizando la oferta permanente de científicos cuyo costo de formación no recae sobre la empresa privada. Dicho de otra forma, esta ciencia como servicio abarata los costos de I&D del capital en general, contribuyendo de esa manera al aumento de la ganancia de los empresarios individuales, pero no lo hace de manera directa, inmediata.

Esta diferencia entre ciencia para producir ganancia y ciencia para producir servicio obliga a que la orientación y el ritmo del desarrollo de la C&T derivados sea diferente. En el caso de la ciencia como esfera de valorización del capital la I&D debe darse en los sectores más rentables. Ocurre, por ejemplo, con la investigación en medicina por parte de las grandes corporaciones farmacéuticas, donde la inversión se dirige exclusivamente a aquellas enfermedades cuyos pacientes tienen alto poder adquisitivo (e.g. cáncer y cardiovasculares), dejando enfermedades infecciosas de alcance masivo sin cobertura (Foladori, 2005). Además, la inversión en ciencia para producir ganancia está regida por el ritmo de retorno del capital invertido; de allí que exista una tendencia a acortar el tiempo entre invención y entrada al mercado de los productos (Menahem, 1977).

La ciencia para producir ganancia sufre de forma diferente los embates de sectores externos como los consumidores. La presión de sectores externos podrá influir a través del producto final de mercado -según la elección y gusto del consumidor- pero siempre en la medida en que no afecte la tasa de ganancia, porque ésta es la razón de ser de este tipo de ciencia.

En el caso de la ciencia como servicio no existe ninguna de las dos presiones, ni la que orienta la I&D hacia áreas económicas más rentables, ni la que obliga a acelerar la conversión del conocimiento en productos de mercado. Además, este tipo de ciencia como servicio está más proclive a recibir los estímulos del consumidor final, ya que el objetivo es, en gran medida, satisfacer dichas necesidades.

Estos dos caminos paralelos de inversión de capital en C&T, el de inversión para la valorización (ganancia) y el de inversión como servicio, están interconectados y sufren atracciones mutuas resultantes de las políticas económicas y de C&T y de la lucha de clases; pero eso no significa que no puedan ser analíticamente distinguidos.

Además de estar profundamente interconectadas, ambas formas de inversión de capital en C&T no tienen la misma fuerza. Mientras que la ciencia para ganancia es la modalidad «natural» que adopta el desarrollo del capitalismo al avanzar sobre cualquier ámbito de la división social del trabajo, la ciencia como servicio es resultado de una política específica de desarrollo y acumulación de capital -por lo tanto de constantes luchas sociales-. El siglo XX culminó con la preponderancia de la ciencia como esfera de valorización del capital sobre la educación y ciencia como servicio a la comunidad.

Para que esta modalidad de ciencia como ámbito de valorización del capital se desarrolle, al amparo de la empresa privada, es necesario que la empresa pueda comprar en el mercado no solamente la fuerza de trabajo calificada de los técnicos y científicos, sino también el conocimiento pasado, que se va objetivando y cristalizando en productos separados de las personas. El desarrollo de la industria editorial, las revistas científicas, los laboratorios y equipo técnico especializado, las universidades y centros de enseñanza, las sociedades científicas, los diversos medios de codificación del conocimiento permiten que la ciencia se convierta en un espacio con autonomía, aunque dentro de la división social del trabajo. Pero, el desarrollo de todos esos medios materiales de canalización del conocimiento científico tiene un doble efecto. Por un lado socializan la información científica, por otro permiten su monopolio. La confidencialidad de la información científica es un elemento clave en los contratos laborales de los científicos con las empresas, y el desarrollo de los medios jurídicos para proteger la propiedad intelectual es el medio de garantizar que pueda ser monopolizada y, consecuentemente, comprada y vendida en el mercado, constituyéndose en un activo al igual que una máquina.

Este tipo de ciencia, resultado de la inversión de capital para su valorización, se distancia de los intereses de la sociedad en su conjunto. Se distancia en términos histórico-sociológicos, porque el conocimiento se privatiza, se patenta y se restringe al acceso colectivo. Se distancia en términos prácticos, porque no se hace ciencia para satisfacer necesidades sociales sino para enriquecer a los dueños del capital; lo que no significa que sus resultados no satisfagan determinadas necesidades, pero eso ocurre como resultado de tener que vender productos con alguna utilidad, no como fin en sí mismo. Se distancia en términos individuales, ya que los investigadores pasan a ser fuerza de trabajo calificada pero asalariada del capital; sujeta a los dictámenes de orientación científica, ritmo y condiciones de trabajo y de confidencialidad; los científicos al servicio del capital no son más que capital que debe valorizarse.

Surgen dos resultados prácticos del desarrollo de la ciencia como espacio de inversión de capital. Por un lado la división social entre trabajo científico calificado y trabajo simple. Los científicos, cuya fuerza de trabajo adquiere muchísimo mayor valor de mercado que los obreros y demás empleados, se acercan y aspiran a los patrones de vida de la burguesía; y algunos lo van a lograr, convirtiéndose en científico-empresario, diferenciándose del resto de la clase trabajadora en medios de vida y en necesidades a satisfacer. Por otro lado la división social del trabajo crece al interior del mismo trabajo científico (especialización), yendo de la mano con la pérdida de un enfoque más general de las implicaciones de su investigación, misma que se pondrá de manifiesto en las incertidumbres, resultados imprevistos y riesgos de la C&T enfatizados en propuestas filosófico/metodológicas surgidas a finales del siglo XX como ciencia postnormal o sociedad del riesgo (e.g. Beck, 1992; Funtowicz & Ravetz, 1993).

Durante los años ochenta y noventa la ciencia como servicio pierde terreno frente a la ciencia como ámbito de valorización del capital. Poco a poco la ciencia pública va desapareciendo y subsumiéndose a la valorización del capital. Por un lado se establecen las bases jurídicas para que los centros públicos de investigación y universidades públicas se rijan por la lógica de la ganancia y se sujeten a los dictámenes de los patrocinadores. En los Estados Unidos la ley Bayh-Dole de 1980 permitió a las universidades conservar la propiedad de las patentes que registraban y las ganancias derivadas, con lo cual tenían en sus manos la mercancía clave del conocimiento intangible. El decreto de innovación tecnológica Stevenson-Wydler, también de 1980, complementaba la subordinación de la ciencia como servicio al capital, permitiendo que los laboratorios del gobierno vendan servicios y garantizando la transferencia de tecnología a las empresas. Antes de la Bayh-Dole las universidades en los Estados Unidos producían en torno de 250 patentes al año, en 1998 generaron 4 800 aplicaciones de patente. Otra serie de efectos se desencadenaron como consecuencia, como la posibilidad de que profesores conservaran un porcentaje de la patente en propiedad, y el surgimiento de empresas privadas creadas por profesores que trabajan en centros públicos y como spin off de éstos (Press & Washburn, 2000).

A la par de los cambios jurídicos en beneficio del acceso individual e institucional a la ganancia privada, se establecieron una serie de instrumentos de evaluación de la educación desde la primaria hasta la universitaria para convertir a las instituciones, a los alumnos y a los profesores en sujetos de competencia bajo criterios capitalistas. Los instrumentos de evaluación por productividad se generalizaron a todo nivel de la educación y de investigación, con el propósito de facilitar la conversión de la educación en ámbito de inversión de capital y/o para subordinar la educación pública a los intereses del capital. Una larga lista de instrumentos de evaluación, salarios individualizados, pagos por productividad, indicadores de productividad se aplican a los alumnos, a los profesores y hasta los investigadores; y también a los centros de investigación, a las universidades y a los países, mediante las comparaciones internacionales -rankings- de productividad en C&T. Todos estos instrumentos son mecanismos tendientes a aumentar la productividad del trabajo científico y permitir la interconexión de etapas independientes de investigación, análogos a los sistemas de flexibilización laboral, y outsourcing que se realiza en el sector industrial.

Estos cambios fueron notablemente potenciados por la revolución de las TICs (Tecnologías de la Información y las Comunicaciones) que con la digitalización y rápida transferencia de información facilitó la objetivación más ágil, rápida y barata del conocimiento, su transmisión a distancia y su almacenamiento (revolución de la micro-opto-electrónica y el satélite de los años noventa). El concepto de Knowledge Economy encierra este proceso, y se extiende a todo el mundo en el último quinquenio del siglo XX, promovido por casi todos los organismos multilaterales internacionales, como el Banco Mundial, la Unesco, la OCDE.

Una vez que la inversión en ciencia con el propósito de obtener ganancia se vuelve hegemónica la profundización de la división interna del trabajo, es decir al interior de la ciencia, se acelera. Todas las actividades que antes formaban una unidad se separan en productos independientes que tienen precio. A nivel de la investigación se crean grupos y centros especializados en los más variados temas y muchos de ellos se convierten en parte de la división del trabajo científico que no brindan un producto final sino que son fases intermedias, como todos los centros de medición, sistematización de información y ordenamiento en las diversas disciplinas. La subcontratación de actividades científicas se convierte en una posibilidad real, a tal extremo que surgen bufetes de científicos especializados en la presentación de proyectos de investigación a las agencias de financiamiento que no hacen más que eso, y en caso de ganar el proyecto, subcontratan un equipo de investigación.

El concepto de ciencia básica generalizado durante la Segunda Guerra Mundial desaparece en la práctica, aunque se mantenga en el discurso, ya que el grueso de los financiamientos para concurso van dirigidos a aplicaciones tecnológicas, y los centros y universidades públicas se ven forzados a establecer asociaciones con empresas privadas como requisito para poder concursar.

El hijo pródigo de este proceso de división científica del trabajo y su incorporación a la valorización del capital son los diferentes mecanismos de Propiedad Intelectual; y la patente un ejemplo paradigmático. Junto a su caudal de información acumulada la ciencia como servicio hereda un know how distanciado en muchos casos de la aplicación práctica, y de la posible transformación del conocimiento en productos destinados al mercado. Aún hoy en día, en la segunda década del siglo XXI, los políticos y analistas del desarrollo científico en América Latina reclaman que las universidades públicas y sus investigadores están divorciados de la empresa privada, careciendo de una cultura emprendedora que permita amarrar su conocimiento e invenciones a la empresa privada. La patente viene a facilitar esta conexión entre conocimiento y su aplicación. Las universidades y centros de investigación pueden inventar nuevos procesos y productos, pero carecer, al mismo tiempo, de las habilidades y capital para producir para el mercado. La patente es el puente entre inventores y empresarios productores (Guellec & Meniere, 2014).

Conclusiones

A lo largo del siglo XX la C&T evolucionó de ser un servicio a la comunidad a ser un área de inversión de capital como lo es cualquier otra rama económica. Este proceso se dio como una tendencia natural del desarrollo de la especialización y división social del trabajo en un contexto de producción capitalista. Sin embargo, el Estado ha tenido un papel clave ajustando las políticas educativas y de C&T a las necesidades del capital que invierte en dichas áreas. Durante las últimas dos décadas del siglo XX las políticas neoliberales facilitaron la inversión de capital en educación y en C&T con el objetivo de obtener ganancia. Con ello las instituciones públicas que antiguamente invertían capital con el propósito de garantizar un servicio a la comunidad se han venido transformadas en intermediarias de la empresa privada.

El autor es Profesor de la Unidad de Estudios en Desarrollo de la Universidad Autónoma de Zacatecas, México. Ha escrito varios libros y artículos sobre cuestiones agrarias, sustentabilidad y más recientemente sobre nanotecnologías. Su obra se puede consultar en http://uaz.academia.edu/GuillermoFoladori

Referencias

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