martes 27 de octubre, 2020

Aquella locura

Publicado el 27/05/16 a las 6:30 am

Escalera a las "oficinas" de Automotores Orletti

La escalera conectaba las «oficinas» del primer piso con el «taller» de la planta baja de Automotores Orletti

Por Augusto Andrés

Ex funcionario de la Facultad de Medicina, ex militante del Pvp y de sus precedentes libertarios (Roe, Fau, Opr 33), Augusto “Chacho” Andrés recuerda los días anteriores a las caídas masivas de integrantes de esa organización, entre ellos su compañera Edelweiss Zahn, que se convirtiera luego en una de las sobrevivientes del centro clandestino de detención Automotores Orletti.

Ex funcionario de la Facultad de Medicina, ex militante del Pvp y de sus precedentes libertarios (Roe, Fau, Opr 33), Augusto “Chacho” Andrés recuerda en estas líneas los días anteriores a las caídas masivas de integrantes de esa organización, entre ellos su compañera Edelweiss Zahn, que se convirtiera luego en una de las sobrevivientes del centro clandestino de detención Automotores Orletti.

Temprano en la mañana del 14 de julio de 1976 llegamos con Edel y nuestros hijos para dejarlos en manos de Margarita Michelini. No estaba. Esperamos diez, quince minutos y nos fuimos con una gran inquietud, pues Marga era siempre cumplidora.

Tomamos el tren hasta estación Rivadavia, a 30 metros de nuestra casa de la calle Dehesa, que habíamos abandonado hacía unos días. ¿A qué volvíamos? A buscar dos bolsas con ropa y comida que nos esperaban al lado de la puerta. ¿Eran imprescindibles? No. Pero teníamos el espíritu de defender peso a peso el dinero colectivo.

“Quedate con los gurises que en cinco minutos voy y vengo”, dice Edel. “Dale”, le respondo poco convencido, y me quedo con Julia, de 5 años, y Diego, de 3 y medio. Espero cinco, diez minutos y un poco más, dejo a los niños sentados en la estación y voy lentamente a un quiosco de venta de cigarros en diagonal con casa. Tengo la boca seca y las piernas me pesan. Trato de sonreír. El hombre, habitualmente dicharachero, me reconoce y palidece, y hace gestos con la boca mientras los ojos le bailan enloquecidos. Vuelvo a la estación y con los gurises tomamos el tren y voy a otro encuentro. Es con Ana Quadros. Ana ordena los contactos del loco León Duarte, es la llave de muchas cosas en la organización. Dejo a los niños sentaditos en la puerta de un boliche y camino por la vereda de enfrente, a media cuadra de la cita. Es una avenida muy concurrida. Doy otra vuelta por una paralela mirando, adivinando algo raro. Estoy angustiado y llego a la cita a la hora exacta. Nadie. Espero cinco minutos y un poco más y me voy caminando despacio. Me siento en un banco y trato de pensar. La angustia es total pues Ana es muy responsable. No sé qué hacer. De pronto me conmuevo. ¡Hace 45 minutos que dejé a mis hijos en la puerta de un café! Me siento como un criminal nazi.

¡Vuelvo y estaban!, acompañados de Daniel Bentancur, viejo compañero del Cerro e integrante de la organización. Daniel y otra compañera, Dorita, venían caminando por la calle y vieron a un par de pibitos con cara de asustados en la puerta de un café; y Dorita dice: “Me parece que son los hijos del pelado”, y se quedan con ellos. Fue un milagrito dentro del Cóndor. Me llevan a la casa de Sandra, hoy psicóloga, que me sube a la buhardilla. Hoy Sandra recuerda y dice: “Estabas shockeado y te costaba hablar, lo mismo que tus hijos, que te miraban sin hablar”.

Así terminó ese 14 de julio de 1976 donde no había nada que festejar.

***

A la noche siguiente aparece Gustavo Insaurralde y retorno a un local de nuestro sector en el Pvp.

Paso a cohabitar con Jorge “Charleta” Zaffaroni, Emilia Islas y su hija Mariana, una bebé de pocos meses. Luego de los abrazos, el Charleta, con su humor negro, le dice a Gustavo, hablando de mí: “Trajiste a la niñera”. Y Gustavo me dice: “Unos días te vas a quedar acá, después veremos. Tratá de escribir sobre lo pasado en estos meses a ver si entendemos de dónde vienen los golpes”. Y fui la niñera. Con los golpes recibidos, las tareas de Jorge y Emi se triplicaron, y arrancaban cada uno por su lado temprano en la mañana mientras yo me quedaba con los tres niños. Trataba de pensar caminando por el gran líving, escuchando las quejas de Julia y Diego, que reclamaban por su madre y me acusaban: “¿Qué hiciste con mamá? Queremos volver con mamá. ¿Dónde están los juguetes? ¿Dónde está el osito?”. Mariana me seguía con sus grandes ojos mientras yo caminaba y caminaba. Me detengo y enojado le digo: “¿Qué mirás?”. Y se ríe y me río y todos reímos.

Recuerdo los meses felices, los de antes de la locura. Por ejemplo, una pantera rosa de cara gordita y con panza que componía un cartel de dos metros de altura en el techo de la casa anunciando que allí, “próximamente”, se abriría una guardería infantil. Las tres maestras encargadas, compañeras nuestras, ponían sus cuatro niños como primeros educandos. Iba a ser una fuente de subsistencia genuina. ¡Nada de rentados! Recuerdo también el local de edición y el de fotografía recién terminados: tres metros bajo tierra a pico y pala, en el verano porteño. La iluminación quedó perfecta. Y las paredes antihumedad y el nivelado y el sistema de ventilación y la insonorización… Como un niño, yo bajaba a leer el diario y conversaba con las paredes. Gerardo Gatti venía todos los días a ver la obra, pedía un pico y trabajaba veinte minutos hasta quedar muerto. Un día de junio faltó, y al otro día y al otro y al otro. Pero los cinco del local decidimos hacerle confianza y quedarnos. Después desapareció el flaco Rodríguez Larreta, pero Raquel, su compañera, quedó en su casa aparentemente sin problemas. No era así. Nos quedamos un par de días más en Dehesa y, con una enorme tristeza que nos dejaba mudos, nos fuimos.

Después hubo gente apurada en irse para Europa, incluso alguno de la dirección de emergencia. Y casos como el mío, de conducta suicida. Durante meses seguí con mis hijos en esa Buenos Aires infernal, me pasaron las cosas más espantosas y rechacé la ida como refugiado a Estados Unidos. Carter nos había aceptado a mí y a los dos niños. Luego desprecié Suecia y Suiza, pese a la desesperación del francés Guy Prim, encargado del Acnur en Argentina. Me subí al último avión, el 14 de diciembre, con destino a París, junto al senador Enrique Erro e Ignacio Errandonea, hermano de nuestro desaparecido compañero Pablo, entre otros sobrevivientes. Quería pagar el pecado de estar vivo, el pecado de no poder correr la suerte de todos los otros, de Edel y Gerardo en primer lugar.

(Augusto Andrés llegó a París a fines de 1976 y permaneció solo junto a sus hijos hasta que Edelweiss Zahn, su compañera, se les unió tras su liberación, en 1978. Sobreviviente de Orletti, Edel había sido trasladada a fines de julio del 76 desde Buenos Aires junto a otros 22 de militantes del Pvp, y su detención fue “blanqueada” en Uruguay tras la fantasmagórica operación montada por los militares al mando de José Nino Gavazzo para hacer aparecer a un grupo de personas secuestradas en Argentina como arrestadas en Montevideo.)

TOMADO DE BRECHA, 20/5/16, http://brecha.com.uy/aquella-locura/

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