miércoles 21 de octubre, 2020

A 38 años del secuestro de ELENA QUINTEROS

Publicado el 30/06/14 a las 12:52 am


Elena se define a través de su lucha, de su dignidad consecuente como perseguida política, torturada y aún desaparecida por una patota, categóricamente, indigna. Elena vivió plenamente la rebeldía y la valentía, esa lucha por la dignidad propia de un Durruti o un Guevara. Recuerdo a Jaime Machado afirmando que “Elena perteneció a ese grupo o a esa calidad de militantes como Gerardo Gatti, León Duarte… esos tipos que las ideas y los principios eran lo primero que trataban de mantener en la vida.” Y ahí está el punto. Si como dice Camus “todo acto de rebeldía apela a un valor”, Elena ha sabido enseñarnos por la vía de sus hechos los valores de la resistencia y solidaridad. Solidaridad, como teorizaba Camus, en el sentido de una comunidad de lucha que vive de la fuente moral original, a saber, la afirmación de la vida. Pues bien, Elena sintetiza la idea de una vida en lucha, humanamente digna.
Angel Vera

El SECUESTRO*

Los vehículos del operativo militar llegaron al cruce de Bulevar Artigas y Canelones aproximadamente a las 10.20. Hicieron salir a Elena y le ordenaron que caminara hacia el lugar donde había dicho que se encontraría con el supuesto “contacto”. Mientras, uno de sus custodios continuaba la marcha a bordo del automóvil en que la habían conducido, acompañando sus movimientos. Además Elena era vigilada por una pareja que caminaba unos metros más atrás por la misma acera de Bulevar Artigas. El “contacto” había sido señalado en un lugar muy cercano a la sede diplomática de Venezuela. En ese trozo de territorio venezolano del que sólo la separaba una verja, Elena pensaba refugiarse.
Mientras camina lentamente por Bulevar Artigas, se concentra en el esfuerzo que deberá hacer. Sabe que no le resultará fácil. Un hecho ocurrido 15 días antes en otra sede diplomática había motivado que se reforzaran las guardias de todas las representaciones extranjeras en Montevideo. Integrantes de la oposición que habían logrado huir de un centro de detención de la dictadura se habían asilado en una embajada, no sin antes mediar un forcejeo entre los policías que custodiaban el lugar y un funcionario diplomático. Por esa razón Elena intentaría acceder a la sede diplomática a través de la casa lindera, desde donde saltaría a los jardines de la embajada.
El Volkswagen se había adelantado unos metros y se encontraba a la altura de la calle Charrúa, casi enfrente de la embajada de Paraguay. Elena sentía, a pocos metros, la vigilancia de la pareja que caminaba en su mismo sentido.
Ya ha recorrido una cuadra y media de las dos que la separan de su objetivo. Alcanza a ver en la acera de enfrente varios policías apostados ante la entrada de la embajada paraguaya. Sabe que lo mismo sucederá en la de Venezuela.
El lugar le resulta bien conocido pues últimamente ha sido prácticamente su barrio. Vivía a unas diez cuadras de allí y muchas veces había caminado por ese lugar e imaginando que alguna vez haría lo ahora está a punto de lograr: escapar.
Sin pensarlo más echa a correr y entra al predio de la casa lindera a la embajada. Siente a pocos metros que el hombre que seguía sus pasos acompañado por una milica la persigue, mientras la mujer se adelanta por la vereda para llamar la atención del individuo que estaba en el automóvil.
Salta el muro y cae en el jardín de la embajada. Está en territorio de Venezuela. Grita pidiendo asilo al tiempo que se identifica.
La señora Pisani, tercera secretaria de la embajada, oye los gritos y corre al balcón. Mientras presencia lo que sucede en el jardín llama al resto de los funcionarios.
—¡Corran que pasa algo, hay una mujer gritando!
Cuando Elena logra levantarse y se dispone a correr hacia la propia residencia de la delegación venezolana, es derribada de un golpe por el hombre que la perseguía. Éste la arrastra hacia la puerta principal del jardín, rumbo a la calle. Elena intenta resistirse, pero interviene la milica. Continúa el forcejeo ante la pasividad del agente policial apostado en la entrada.[1]
El personal de la embajada había acudido al balcón. El consejero Frank Becerra y luego el secretario Carlos Baptista Olivares bajan al jardín en auxilio de Elena, que sigue gritando.
—¡Embajador, ayúdeme, asíleme, asíleme![2]
Alberto Grille, su esposa Alba Coronel García, Enrique Baroni, Miguel Millán y Federico Falkner,[3] asilados en la embajada, oyen los gritos y uno de ellos ve cómo el secretario y el consejero corren hacia el jardín en ayuda de Elena, que se debatía para evitar ser sacada del predio.[4] Desde el primer piso Baroni logra ver cómo sacan a Elena[5] e identifica a un funcionario del Departamento 5 de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de la Jefatura de Policía de Montevideo.[6]
El operativo había usado para el traslado de Elena desde el Batallón de Infantería Nº 13 hasta las inmediaciones de la sede diplomática, además del Volkswagen verde, una camioneta militar con otros efectivos que mientras se desarrollaban los hechos permaneció estacionada en las cercanías del lugar.
Cuando ya habían logrado llevar a Elena hasta la calle, se produce un forcejeo entre los secuestradores y los funcionarios de la embajada. Aquéllos intentaban introducirla en el auto que, a contramano, había vuelto por Bulevar Artigas y esperaba con el motor en marcha frente a la embajada. Mientras los secuestradores cinchaban de ella tomándola del pelo, los funcionarios de la embajada la sostenían por las piernas. Según relata el embajador: “…penetró en ella atravesando el muro de la casa vecina y entonces un oficial de policía a quien denominaban el Cacho entró por la puerta y agarrando a la señora por el cabello la sacó rápidamente auxiliado por otros oficiales. (…) La metieron en un automóvil y juntos se la llevaron tres cuadras más abajo, cerca de la estatua del general Rivera, donde la cambiaron a otro vehículo mayor. (…) El consejero Becerra y el secretario Baptista se aproximaron al grupo antes de que arrancara el auto y trataron de ayudar a la infeliz mujer, pero estuvieron a punto de ser atropellados”.[7]
El auto estacionado frente a la embajada de Paraguay arranca y también entra a contramano para acercarse a gran velocidad al lugar del forcejeo, al tiempo que arriban los funcionarios de la embajada en auxilio de Elena. Uno de los secuestradores golpea a Becerra logrando así sacar a Elena e introducirla en uno de los vehículos particulares, que arranca con la puerta derecha abierta y las piernas de Elena hacia afuera y con uno de sus captores encima de ella.[8] El auto acelera yéndose casi sobre los funcionarios, que estuvieron a punto de ser arrollados.[9]
“Naturalmente la policía secreta esperaba en el automóvil frente a la embajada del Paraguay, en frente de la nuestra, y acudieron presurosos al asumir el Cacho su violenta actitud, aunque con eso tuvieron que violar las leyes de tránsito, tragándose la flecha, sin que nadie se lo impidiese. El infeliz policía que custodiaba la embajada nada pudo hacer entonces, pues los intrusos le informaron que actuaban en una operación oficial…”[10]
Desde la sedes diplomáticas de Paraguay y del Vaticano, a pocos metros de la venezolana, los policías de guardia contemplan pasivamente los hechos. Los agentes de policía de la propia embajada de Venezuela, en tanto, amenazan con detener a una mujer que, en medio del numeroso público que se había congregado frente a la embajada, grita reclamando que suelten a Elena.[11]
El auto particular usado en el operativo, un modelo de dos puertas, no resultó el más adecuado para que los secuestradores pudieran subir rápidamente con una mujer que seguía debatiéndose y se resistía a ser llevada por la fuerza. Los golpes sobre ella arrecian hasta que logran arrojarla sobre el asiento trasero, más seguro para evitar un nuevo intento de fuga. Las personas que van en el asiento de atrás deben permitir que el asiento delantero vuelva a su posición normal para ser ocupado por quienes viajan adelante. El forcejeo y la resistencia de Elena obligaron a que el cuarto ocupante del auto, quien debía ir adelante, se sentara o bajara el asiento delantero sobre las piernas de ella. Eso, y la necesidad de cerrar la puerta, motivó la fractura en una pierna de Elena, de la que posteriormente se tendrá conocimiento por fuentes médicas del Hospital Militar.
Cuando finalmente el auto que se lleva a Elena se aleja por Bulevar Artigas, es seguido por otro vehículo conducido por una persona que, habiendo presenciado los hechos, los sigue hasta el lugar donde esperaba el vehículo militar. Allí ve cómo Elena es trasladada a una camioneta militar que parte con rumbo desconocido.
Atrás, en los jardines de la embajada, queda un zapato que Elena pierde en su intento de fuga. Adelante, la espera la tortura del “Infierno grande” o “el 300 Carlos”, no otra cosa que el Batallón Número 13 de Infantería.


* Tomado de SECUESTRO EN LA EMBAJADA, de RAUL OLIVERA y SARA MENDEZ.

El libro completo está disponible en http://descentralizacioncanaria.blogspot.com/

[1] Sobre la cantidad de policías que estaban de guardia en la sede diplomática de Venezuela, las distintas versiones son de uno, dos y hasta de cuatro.
[2] Otra versión de los hechos, incluida en una ficha de la Asociación de Familiares de Uruguayos Desaparecidos (afude), dice: “Elena corrió hacia la residencia gritando: ¡Asilo, Asilo!, dando su nombre y profesión, y además en el forcejeo logró gritar ‘Este es Cacho, de la División 5’”.
[3] Miguel Millán, en testimonio brindado a la Comisión para la Paz, recuerda que en la mañana del secuestro él estaba con sus compañeros tomando mate en el piso superior cuando escucharon los gritos desgarradores de una mujer que pedía al embajador asilo político. (Primera Plana, 11-IX-00.) En cuanto a Falkner, otras informaciones lo ubican como refugiado en la embajada de México y no en la venezolana.
[4] Según declaró ante la justicia el representante del gobierno en la Comisión para la Paz, Carlos Ramela, el 9-V-03, “…nadie reconoció quién era la persona en ese momento ya que nadie la conocía personalmente y mismo las personas que estaban asiladas en la embajada y que vieron parte del episodio lo presenciaron desde una ventana esmerilada de un baño de un tercer piso”. Con respecto a si Elena logra identificarse al intentar asilarse existen varias versiones. Este aspecto tuvo su importancia en la causa penal contra Juan Carlos Blanco, ya que los funcionarios de la cancillería alegan no saber el nombre de Elena.
[5] Según Millán: “Uno a uno los uruguayos bajaron y, al llegar al frente, pudieron ver cómo tres funcionarios de la embajada, incluido el diplomático Carlos Baptista y el ministro consejero forcejeaban en el jardín con otros dos hombres de civil –uno de ellos sería reconocido después como Cacho Bronzini del Departamento 5 de la Jefatura de Policía…”. (Primera Plana, 11-IX-00, página 10.)
[6] Si bien el testimonio de Grille habla de Cacho Bronzini, un informe dice: “Por refugiados que se encontraban en la sede de la embajada esperando el salvoconducto (cinco en total), para abandonar el país, y por sus propias declaraciones, se pudo constatar que tres de los oficiales policiales de particular que penetraron en la embajada eran el oficial ‘Cacho’ Bronzini, el oficial Albert y el comisario Márquez, reconocidos torturadores del Departamento de Información e Inteligencia de la Jefatura de Policía de Montevideo”.
[7] Ramos, Julio. De la dictadura de Zorrotigre a la caminocracia de Carlos Andrés.
[8] Según Millán: “Uno de los policías de civil literalmente se sentó encima de la detenida para que no pudiera ya salir del vehículo…”. (Primera Plana, 11-IX-00.)
[9] Un informe sin fecha dice: “La furia policial llega hasta el límite inhumano de golpear la puerta del auto contra las piernas de Elena que aún permanecían fuera del auto cuando es introducida en él, provocando seguramente, su fractura”. Una versión atribuida al consejero Becerra dice que “el forcejeo para impedir que la mujer fuera introducida en un automóvil concluyó cuando con otro vehículo se intentó atropellarnos”.
[10] Ramos, J. Op cit.
[11] “Entre los detalles de los hechos que ocurrieron ese día, recuerda el caso de un joven que trabajaba en la embajada como ujier y que, momentos antes, se había detenido en la puerta a conversar con el policía que era la custodia de la embajada. Este hombre de 24 años fue uno de los primeros a quienes golpearon los secuestradores, debido a que intentó defender a la maestra Quinteros”, dice Millán, y agrega que en la embajada, al ujier, “…le aconsejaron que no volviera a trabajar, ya que su intervención en los hechos podía serle peligrosa. Ese joven aceptó el consejo, y no volvió”. (Primera Plana, 11-IX-00.)

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