miércoles 28 de octubre, 2020

El legado de Cheney en Irak.

Publicado el 25/03/13 a las 12:36 am

BushismPor Ramzy Baroud.

Diez años después, Irak sigue sangrando. Grupos vinculados a Al-Qaeda están causando estragos en Irak, con muertes registradas casi a diario como resultado de sus siempre innovadoras tácticas asesinas. Este aumento de la violencia sectaria en todo el país tiene lugar en un marco de empeoramiento de las tensiones entre comunidades, lo que pone de relieve una verdadera crisis nacional que ha estado fermentando durante años.

La lucha entre suníes y chiíes, sin embargo, también refleja una polarización creciente en Oriente Medio, que se ha agudizado en gran medida por la llegada de la llamada primavera árabe.

Sin embargo, lo que falta en muchos análisis políticos relacionados con Irak son las consecuencias de la guerra dirigida por Estados Unidos contra Irak, cuyo impacto ha devastado la sociedad iraquí como ningún otro evento en la historia reciente de Oriente Medio. Por eso es muy engañoso hablar de los problemas actuales de Irak e ignorar quienes fueron los artífices de esta crisis en primer lugar.

Casi todos los reportajes sobre la violencia en Irak citan otra noticia de otro hecho violento en otra parte del país. Gracias a estos hipervínculos, ahora podemos rastrear la violencia iraquí en el tiempo. «Al menos tres policías fueron asesinados por terroristas suicidas el 21 de febrero en la norteña ciudad iraquí de Mosul», informó Reuters. Associated Press informó el mismo día de un ataque a un «puesto de control del ejército al norte de Bagdad, que mató a cuatro soldados e hirió a otros cuatro». Unos días antes, una devastadora serie de atentados con bombas, «dirigida principalmente contra las zonas chiíes de Bagdad, mató al menos a 21 personas», informó AFP. Se trata de una reacción en cadena sin fin que parece retro-alimentarse.

Pero la mayoría de los reportajes sobre la violencia en Irak parecen obviar que no fue autogenerada y que la actual división entre los partidos políticos sunitas y chiitas no es una manifestación de un proceso político sin escrúpulos, síntoma usual de una democracia en ciernes.

En un artículo en The Atlantic, con el título: «¿Por qué nunca vamos a conseguir una crónica completa de la guerra de Irak?”, DB Grady argumenta que una de las principales razones de
que la decisión de invadir Irak sigue siendo un misterio es que al ex vicepresidente de EE.UU. Dick Cheney «prefiere que siga siendo así». La «hábil manipulación de la política de clasificación de documentos» por parte de Cheney, según Grady, «mantuvo su oficina-bunker sellada a cal y canto los dos términos de la presidencia de Bush».

Si se tienen en cuenta las malévolas intenciones de los Estados Unidos hacia Irak antes de la invasión de marzo de 2003, las admisiones de los propios amigos neoconservadores de Cheney, sus think tanks, escritos y entrevistas, la devastación que se presenció durante toda la guerra, y cientos de miles de documentos filtrados de conductas impropias no declaradas en la guerra, es difícil entender el porqué de tanto misterio.

Los objetivos de guerra de EE UU no estaban en modo alguno vinculado a los ataques terroristas del 11 de septiembre, aunque los gurús mediáticos consiguieron utilizar los terribles acontecimientos para persuadir a un público conmocionado y mal informado de que Irak estaba vinculado de alguna manera a los ataques en territorio de EE UU. El entonces alto funcionario de la Administración Bush, Paul Wolfowitz, fue uno de los primeros en abogar por un cambio de régimen en Bagdad inmediatamente después de los ataques. El hecho es que Wolfowitz, uno de los más ardientes neoconservadores pro-israelíes en Washington, había comenzado a desarrollar sus planes de guerra en la década de 1990, insatisfecho de que la primera guerra de Irak no eliminase la supuesta amenaza iraquí por completo. Cheney y Wolfowitz trabajaron en estrecha colaboración para lograr imponer su visión de un nuevo Oriente Medio. Los acontecimientos del 11 de septiembre no fueron la causa de la guerra, sino su catalizador.

La guerra e invasión de Irak por EE UU, hace 10 años, no era más que una continuación de una conquista anterior, que, según muchos halcones de guerra, dejó al Irak de Saddam Hussein gravemente debilitado pero no destruido. Fue el entonces Secretario de Estado de EEUU, James Baker, quien amenazó al Ministro de Relaciones Exteriores iraki, Tarik Aziz en una reunión en Ginebra en 1991, que los EEUU destruirían Irak y lo «devolverían a la Edad de Piedra». La guerra de EE.UU. que duró desde 1990 hasta 2011, incluyó un bloqueo devastador y terminó con una brutal invasión. Una guerra tan carente de principios como violenta. Aparte de su enorme coste humano, la estrategia política implicaba una horrible utilización de las divisiones sectarias entre comunidades del país, desencadenando guerras civiles y odios sectarios de los que es probable que Irak no se recupere durante muchos años.

Para Estados Unidos, que era simplemente una estrategia dirigida a disminuir la presión ejercida sobre sus propios soldados y los de sus aliados que se enfrentaron a una fuerte resistencia desde el momento que pusieron pie en Irak. Para los iraquíes, sin embargo, fue una pesadilla paralizante que no puede ser expresada en palabras o números. Según estimaciones de la ONU citadas por la BBC, entre mayo y junio de 2006, «un promedio de más de 100 civiles fueron victimas mortales de la violencia en Irak». Las estimaciones de la ONU cifran el número de muertos civiles en 2006 en más de 34.000. Fue el año que la estrategia de EE UU de dividir y conquistar tuvo más éxito.

El hecho es que los EE UU y Gran Bretaña destruyeron el Irak moderno y ningún tipo de remordimiento o disculpa – que nunca se ha ofrecido, para empezar – podrá alterarlo. Los antiguos y los nuevos amos coloniales de Irak carecían de fundamento legal o moral para invadir un país devastado por las sanciones. Tampoco tuvieron ningún sentimiento de misericordia, ya que destruyeron una generación entera y sentaron las bases de un futuro conflicto que promete ser tan sangriento como el pasado.

Cuando la última brigada de combate de EE UU abandonó supuestamente Irak en diciembre de 2011, se quiso simbolizar como el fin de una era. Los historiadores saben muy bien que los conflictos no terminan con un decreto presidencial o el despliegue de tropas. Irak simplemente entró en una nueva fase del conflicto y los EE UU, Gran Bretaña y otros siguen siendo parte integral de ese conflicto.

La realidad es que tras la invasión Irak quedó dividido en zonas de influencia separadas por fronteras puramente étnicas y sectarias. En la clasificación de los medios occidentales de quienes habían ganado y quienes perdido, los suníes, a quienes supuestamente habría favorecido Sadam, acabaron siendo los grandes perdedores. Mientras que chiítas y kurdos se constituyeron en las nuevas elites políticas de Irak (cada parte, con su propio ejército privado, unos en Bagdad y los otros en la región autónoma del Kurdistán), diversos grupos militantes sunitas hicieron responsable a la población chiíta de la difícil situación de su propia comunidad.

La violencia sectaria en Irak, que es responsable de la muerte de decenas de miles de personas, está resurgiendo. Los sunitas iraquíes, incluyendo las tribus y partidos políticos más importantes, exigen igualdad y el fin de su privación de derechos en el relativamente nuevo y sesgada sistema político iraquí del primer ministro Nuri al-Maliki. Las protestas y huelgas masivas en curso se han organizado con un mensaje político unificado y claro. Sin embargo, muchos otros actores políticos están aprovechando la polarización de todas las maneras imaginables.

El futuro de Irak está siendo determinado por distintas fuerzas y casi ninguna de ellas está compuesto de nacionales iraquíes con una visión unificadora. Atrapados entre un amargo sectarismo, extremismos, elites hambrientas de poder y riqueza, potencias regionales, intereses occidentales y un legado muy violenta de guerra, el pueblo iraquí está sufriendo más allá de la capacidad de cualquier análisis políticos o estadística para describir su angustia. La que fue una nación orgullosa, con un impresionante potencial económico y humano, ha sido hecha trizas.

En un artículo en el diario Baltimore Sun, el 21 de febrero, Ralph Masi, profesor de la Universidad de Maryland, describió un encuentro con un arquitecto clave de la guerra de Irak, Richard Perle, que fue secretario adjunto de defensa y presidente de la Junta de Política de Defensa. Perle – ex asesor del primer ministro israelí, Binyamin Netanyahu – se enfrentó a Masi durante una charla en la Conferencia Anual de Estrategia del Colegio de Guerra del Ejército el día que las fuerzas de EE UU derribaron la estatua de Saddam el 9 de abril. «Le pregunté, ‘¿Y ahora qué?'» escribe Masi. Perle respondió: «Irán o Siria – lo que prefiera».

El partido de la guerra estadounidense, dirigido por luminarias tan infames como Cheney, Wolfowitz, Perle y otros, quizás no se haya dado cuenta de que su visión de un nuevo Oriente Medio no se ha plasmado como esperaban. Sin embargo, considerando la sádica guerra en Siria, ha terminado por imponerse una variante de esa visión. En realidad, poco importa qué secretos y misterios contuviese la oficina-bunker de Cheney: los resultados de su legado están ahí a la vista de todo el mundo.

Ramzy Baroud es un reconocido periodista palestino-americano, profesor de la Universidad Tecnológica de Curtin, Australia. Su último libro es My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story (Pluto Press, Londres, 2010) y colaborador de Al-Ahram Weekly.

Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García
http://weekly.ahram.org.eg/Print/1872.aspx
TOMADO DE SINPREMISO.ORG

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