jueves 29 de octubre, 2020

“Algún dios estropeado”

Publicado el 14/03/13 a las 1:00 am

gatti
Por Salvador Neves.

Hoy tendría 80. A los 20 le decían “Camuso” por su adicción a la literatura del argelino Albert Camus. Fumaba tabaco “amarelinho”. Comiendo y conversando tomaba un vino (en el pasadiscos sonaba recurrente “Tinta roja”). Un amigo recordó su carcajada grande y linda, y que nunca lo oyó hablar con ironía. Otro, que hablaba entreverado por lo rápido y que para escribir era igual (“la madre me llamaba porque no entendía las cartas”, aseguró). Gatti era gráfico, linotipista, el que grababa en plomo las palabras que debían multiplicarse. “En la linotipo la letra le sale parejita”, bromeaban sus compañeros.

“Cuando la revolución le era presentada como un acontecimiento sublime,
sin taras ni fallas, la revolución se le hacía vulnerable y torcida.”
Alejo Carpentier, El siglo de las luces.*

Los apuntes provienen de la biografía que Ivonne Trías (periodista y escritora) y Universindo Rodríguez (historiador y cineasta) construyeron a partir de un sólido conocimiento de su tiempo, de la consulta de la prensa, documentación política inédita y alguna correspondencia hasta ahora inexplorada, pero fundamentalmente con la voz de más de sesenta testigos de su breve vida (1932-¿1976?) y –en casi todos los pasajes políticamente decisivos– la del propio Gatti, retenida hasta hoy en registros de audio gracias a la voluntad de memoria de los suyos, su organización.
En realidad su vida fue la de un creador y recreador de organizaciones: primero la Federación Anarquista Uruguaya (FAU), luego la Resistencia Obrero Estudiantil (ROE) –contemporánea de la Organización Popular Revolucionaria 33 Orientales (OPR 33), que tenía otro cometido– y, finalmente, el Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Los autores de este libro, veinte años menores que el biografiado, integraron la generación de los que se hicieron jóvenes en una sociedad crecientemente empobrecida y autoritaria, la de quienes “ya vieron este país desarreglado”,decía Gatti. Los dos se sumaron a fines de los sesenta a su proyecto político y por esta causa sufrieron “máquina” y cárcel.

En setiembre del año pasado, apenas terminado el libro, murió Universindo, el “Yano”. En octubre Ivonne hubo de firmar sola la introducción. En ella, después de asumir que ambos pertenecían al mismo “sector político” que el biografiado, Trías escribió que “si esta pertenencia, aun explícita, deparase alguna duda respecto a la objetividad del trabajo, el rigor en el tratamiento de las fuentes así como el respeto a la pluralidad de opiniones de los entrevistados deberían ser suficientes para acotarla”. Y así sucede.

“NO ES CON NOSOTROS.” Gatti era anarquista desde la adolescencia. Pero su compañero Ricardo Capano lo llama en estas páginas “autoritario” y lo recuerda contraviniendo la resolución de un pleno. El libro reproduce también un pasaje de Crónicas de una derrota (Trilce, Montevideo, 2008) donde su autor, José Jorge Martínez, integrante de la fau hasta el 62, califica de “fraccional” la conducta de la dirección que junto a Gatti integraba, pues ésta ocultó a los miembros de la organización cartas de anarquistas cubanos ferozmente enfrentados al gobierno revolucionario. “Aplomado, autoritario pero tierno”, afirma, desde otro punto de vista, Martha Casal, su esposa.

Los autores narran que la había conocido en el ipa, que los dos estudiaban letras y que Gatti aceptó pasar por el Registro. Tuvieron tres hijos. “El mojón que reparte la tarea de proveer el hogar para el hombre y la de cuidarlo para la mujer, seguía firme”, aseguró Martha. Vivían en la calle Michigan, a media cuadra de la rambla, en el mismo edificio que los padres de Gatti y su hermano Mauricio. Daniel, el hijo mayor de la pareja, recordó que “la presencia masculina de la casa” era su abuelo, no su padre. Aunque éste “conocía de memoria” el mundo de aquella familia extendida, “ya no lo vivía”. Para Daniel, cuando murió su abuelo, a su padre “se le vino encima todo eso, cómo hacer para poder cuidar a su familia, a la que mi abuelo había asegurado la sobrevivencia (…) y aparte porque cubría y continentaba”. Y no pudo con todo: “Ahí quedó un vacío enorme”, afirmo Daniel a los biógrafos.

En diciembre de 1967 la fau fue ilegalizada junto al resto de los grupos que habían anunciado su apoyo a la opción armada proclamada en la conferencia de la olas. El ambiente se fue endureciendo. Los dirigentes libertarios cuando no estaban presos estaban requeridos, así que en abril del 73 resolvieron un “repliegue parcial y provisorio” a Buenos Aires. Gatti fue de los que emigraron a esa Argentina que había reinstalado la democracia. Pero sólo tres años después la represión había adquirido proporciones monstruosas. Había más de 5 mil presos políticos y mil desaparecidos y no todos eran argentinos: los autores consignan ocho uruguayos desaparecidos en Argentina antes de que el 24 de marzo de 1976 la Junta Militar diera su golpe. Cuando la esposa de Gatti supo de éste se apuró a comunicarlo a su marido. “No es con nosotros”, respondió Gatti, y el testimonio de este trágico error político consta con perfecta claridad en la página 265.

INCONFORTABLE CLARIDAD. Pero el impacto de esas palabras es mucho mayor porque se viene de leer 264 páginas en las que se ha descubierto precisamente el talento político del anarquista. Y de chiquito. Tenía 18 cuando, como dirigente de la feuu, discutió con el presidente Luis Batlle Berres la invitación a visitar el país que el mandatario había cursado al dictador paraguayo Federico Chaves: “Luisito” resolvió postergar la visita.

No hay espacio para abundar en ejemplos, pero hay dos elementos que no pueden omitirse. Habiendo abandonado el profesorado para convertirse en obrero gráfico y militante sindical, Gatti impulsó –al menos desde 1959– la unidad de un movimiento obrero partido entonces en tres. “El que influyó en Duarte, en el ‘Perro’ Pérez y en todos esos compañeros para formar la central única fue Gerardo”, refirió Jorge Velázquez. ¿Y qué importancia tenían aquellos sindicalistas de Funsa? “Sin Funsa no se podía hacer una central. Como era un gremio muy solidario arrastraba mucho”, precisó Velázquez. “Muchos compañeros de todos los gremios y tendencias trabajaron por la cnt –agregó Carlos Alcalde–, pero los tres que andaban todos los días de arriba para abajo eran Gerardo Cuesta, Héctor Rodríguez y Gerardo Gatti.”

{restrict}Lo segundo es la puntería de sus análisis. En días en que no pocos imaginaban la revolución a la vuelta de la esquina, argumentó: “Es muy difícil imaginarse, primero, que se dé un proceso global revolucionario en América Latina. (…) Y en segundo término, no es esperable tampoco que un proceso revolucionario se dé en un país y se difunda a plazo breve a los países vecinos. (…) en Cuba (…) la guerrilla llegó al poder en el año 59 y estamos en el 71 y no ha habido ninguna revolución más”.

Detrás de este talento político hay una libertad de pensamiento que no era precisamente típica de viejos libertarios. “Muchos anarquistas quedaban apegados a una contestación contra el Estado, contra Stalin, contra el capital, un esquema demasiado duradero, estable, confortable, Gerardo no”, afirmó Hugo Cores. También se veía de afuera: “No sé si ustedes se dan idea de lo que han logrado. Lo que pocas veces los libertarios han hecho: hacer coincidir los problemas libertarios con los problemas esenciales del país”, escribió a Gatti el sociólogo argentino Julio Mafud.

Sus transgresiones a la ortodoxia anarquista pudieron ir aun más lejos. “Gerardo era leninista en su práctica política”, aseguró José Caraballo, aunque en realidad tal vez recuerde más a Rosa Luxemburg: “La centralización es una necesidad de la lucha, pero el peligro es hacer de una necesidad una virtud”, apuntó Gatti una vez. En todo caso fue el leninista en quien los anarquistas confiaron al punto de acompañarlo en la herejía de construir un partido. Y ya en el proceso de construcción del pvp (Buenos Aires, 1975) se había acercado lo suficiente a los gramscianos argentinos de la revista Pasado y Presente para asomarse a esas complejidades de la hegemonía ausentes en el leninismo más corriente.

Si en el plano familiar Gatti no logró sustituir la presencia de su padre, en la biografía sobran ejemplos de la persistencia con que intentó mantener el vínculo aun en las circunstancias más difíciles. Su hijo Daniel lo recuerda llegando a su casa por la azotea. “Nos encontrábamos en parques o esquinas oscuras. A veces aparecía con un saco demasiado grande, un maletín y un bigotito casi hitleriano, que supuestamente debían camuflarlo”, cuenta. “Nunca tuve la sensación de abandono. Siempre, sí, el deseo de que el tiempo fuera más (…). La casa estaba hecha de sus apariciones fulgurantes y de una cotidianidad en la que él apenas existía”, concluye Daniel.

Si, como la inmensa mayoría de los varones de su generación, el libertario se atuvo al orden de género, esto no llega a oscurecer una historia de amor que los autores del libro aciertan en recoger. “A veces la pasé mal, pero no quise o no pude finalmente renunciar a estar a su lado, quizá porque nunca dejé de valorar su calidad humana, la verdad de su entrega y de su combate”, sostuvo su esposa.

Es que la biografía comienza cuando su protagonista empieza a ser contradictorio y Gatti también lo sabía. Daniel recuerda que “no le gustaban los héroes” y que su madre cuenta que cuando juntos leían la Odisea “mi viejo buscaba algún dios estropeado para simpatizar con él”.

Además, la biografía no es posible si no se entiende que el individuo es un nudo de relaciones sociales y que, por tanto, supone la historia del colectivo que integró. En este libro eso hace que a veces la narración se complique o que el biografiado ocasionalmente desaparezca. Pero la tradición libertaria tiene interrogantes demasiado duras que despejar para reprochar esas digresiones. Una de ellas: por qué, si en agosto del 76 la dirección del pvp había concluido claramente que “si el partido permanece en la zona, se puede afirmar que el aniquilamiento es seguro”, debiendo procederse a un “repliegue general”, la decisión tardó tanto en cumplirse. Para entonces Gatti ya estaba desaparecido. El 17 de julio de ese año la patota de Orletti había confesado veladamente al Perro Pérez su destino final: “Don Perro, no tenemos suerte, esto se liquidó”, dijeron.

Tomado de BRECHA, 1/3/13.

* Frase subrayada por el propio Gatti en la novela mencionada

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