sábado 24 de octubre, 2020

UN EJERCICIO DE LA MEMORIA. En memoria de Joel Atilio Cazal

Publicado el 08/09/12 a las 9:46 pm


Raúl Olivera Alfaro – Asesor de Secretaría DD-HH y Políticas Sociales PIT CNT.

La labor de preservación de la memoria que es a veces memoria del dolor y que otras veces es memoria revolucionaria, es memoria de éxitos y de logros de los pueblos, es memoria de enseñanzas luminosas y de ejemplos. (Hugo CORES)

Joel Atilio Cazal, fue un incansable luchador paraguayo. Desde su exilio en los años 70 en nuestro país, fue un activo promotor de las luchas del pueblo uruguayo. Venezuela fue su segunda patria, desde donde continuó su lucha. Por eso en estos días, Uruguay y Venezuela, lo recordaron.

Nació en Asunción, Paraguay, el 6 de abril de 1941. Desde los 13 años, fue miembro de la Federación Juvenil Comunista Paraguaya. El 24 de abril de 1970 debió asilarse en la Embajada uruguaya en Asunción, para escapar de la policía del dictador Stroessner. Frustrado el intento de encarcelarlo, la policía política de la dictadura paraguaya, detiene a su esposa Blanca: “la llevaron al Departamento de Investigaciones. Allí la detuvieron por cuatro o cinco días para interrogarla. (…), todo esto como una medida de presión para que yo saliera de la Embajada de Uruguay y me entregara”. “(…) por intermedio de mi hermana, le dije a mi esposa que viniera con los niños a la embajada, sin valija, como quien iba a visitarme. Cuando llegaron, solicité asilo político para ellos también” (1).

Abandonó el Paraguay el 6 de junio de 1970, con la protección de la embajada uruguaya. Viajó solo. Cuando llega a Montevideo y está haciendo el trámite en migraciones, es llevado por la policía uruguaya a Jefatura: “Subimos al cuarto piso. Estuve allí hasta las ocho de la noche porque, entre esperar al comisario y luego el interrogatorio -que fue largo- pasaron más de cuatro horas. Tenía que decir dónde iba a vivir. (…)Yo llevaba nombres y direcciones pero no podía decirles dónde me iba a radicar”.

Una vez que lo liberan, busca a sus contactos en Uruguay: “llegué hasta la avenida principal 18 de Julio. Una pareja estaba en la parada y les pregunté por una dirección. Enseguida me reconocieron por mi acento. El hombre me dijo: “¿Vos sos paraguayo? ¿Vas a la casa de Pancho?”. Luego me explicó que era compañero de estudios de la persona que yo estaba por visitar y se ofreció a guiarme. Me sorprendió mucho esa casualidad, pero después me he ido acostumbrando a que la vida a veces te pone las cosas difíciles y otras te las pone muy fáciles”. El 22 de junio, llegan a Montevideo su esposa y sus dos hijos.

La red solidaria uruguaya se pone en movimiento: “En el Sindicato de Medicamentos y Afines me conectaron con gente de la Federación Uruguaya de la Salud. Como había tenido experiencia en visitas médicas en los Laboratorios LASCA, uno de los más grandes de Asunción, los compañeros uruguayos me buscaron un trabajo acorde con mis conocimientos. Conocí a compañeros del CASMU, dónde comencé a trabajar en la farmacia, casi siempre en el CASMU 2. Llegamos en junio y para mediados de agosto ya estaba trabajando allí. En ese tiempo comenzó una huelga de la salud. Una huelga larga.”.

En Uruguay, militó gremial y políticamente. El Frente Revolucionario de los Trabajadores y luego la Resistencia Obrero Estudiantil, fueron sus lugares de militancia política, mientras que AFCASMU, la FUS y la CNT, lo fueron gremialmente. “De 1970 al 75, cuando me correspondió luchar en el Uruguay, fue un momento de gran efervescencia revolucionaria. Mi condición de paraguayo no me limitaba en la actividad política porque los uruguayos son muy respetuosos y no les importa de dónde eres si vives sus problemas con ellos y luchas por solucionarlos”.

Instalada la dictadura en el Uruguay, continuó en el país, participando de la resistencia al terrorismo de Estado. Lo detienen en mayo de 1975, en su lugar de trabajo: “Yo estaba afuera, en el camión contando las cajas de medicamentos que habían llegado de la proveeduría. Ahí se me acercaron los tipos, dos oficiales de civil. Comencé a gritar que me llevaban detenido a los compañeros que estaban adentro. Me llevaron a casa, donde estaban Blanca, Raúl, Arturo y Rocío, que apenas tenía dos años. Revisaron todo. No encontraron nada”.

Lo llevan al Departamento 5 de la DNII. A raíz de las brutales torturas de que es objeto durante casi una semana, debe ser internado en el Hospital de las Fuerzas Armadas, donde es intervenido quirúrgicamente: “Perdí la noción del día y de la hora. Después de todos los golpes, debe haber sido en la madrugada del sábado (el cuarto día), yo me desplomé y me salieron burbujas por la boca. Los policías me sacaron la capucha y me llevaron a una habitación (cocina), donde me sentaron. Estando allí, llegó un médico que me tomó la presión arterial y escuché que dijo: hay que llevarlo rápido al hospital o si no se nos queda. Me operaron. Cuatro horas duró la operación. Me abrieron todo el abdomen”.

El 17 de julio de 1975, en plena recuperación postoperatoria de una hernia diafragmática que se estranguló a causa de los golpes, se fuga por la puerta trasera del Hospital Militar, disfrazado de médico con una túnica blanca y se asila en la embajada de Venezuela. “Además de la guardia militar del hospital, yo tenía un guardia civil personal del Servicio de Inteligencia del Departamento 5 de la Policía. “También estaban unas muchachas, practicantes de enfermería, que nos visitaban tres veces por semana. Una vez me preguntó una de ellas por qué yo no recibía visitas. Le dije que yo era un preso político y la miré a los ojos a ella y a su compañera. Cuando las miré, descubrí esa mirada de picardía que es tan expresiva. Aproveché y les expliqué que no era uruguayo, que mi familia no sabía de mí y les pregunté si podían ayudarme, si podían hacer una llamada telefónica para decirles nada más que yo estoy bien, “nada más”, les dije.. Ellas aceptaron. ”En la siguiente visita, una de ellas me dijo que había llamado al número, que mi familia estaba bien y que mi madre había venido de Paraguay. Yo no quería que mis hijos me vieran preso. Esa fue la razón fundamental por la que yo sabía que iba a intentar fugarme y por la cual me fugué. Al día siguiente, el miércoles en la mañana, vino el médico, y me aseguró que estaba muy bien.

“El martes 15 de julio decidí que trataría de fugarme. No tenía nada que perder. Cuando me dieran de alta me iban a torturar de nuevo y, si sobrevivía, me presentarían ante un juez militar que de seguro me impondría una pena. Tenía que fugarme”.

Ese día, el paraguayo se fuga: “Me levanté, me puse mis mocasines, (…) y me dirigí hacia la tizanería. Cerré la puerta, abrí la ventana. Allí había un estrecho muy oscuro, como de tres o cuatro metros, que separaba la sala 5 de otra sala. Me puse la túnica y caminé. Me dirigí hacia la puerta de salida más cercana. Caminé como cincuenta metros hasta el portón. Estaban dos soldados de guardia y dije: “soldado, ábrame la puerta, tengo un enfermo grave en la Sala 10 y tengo que ir a traer sangre del sanatorio IMPASA”. Abrió el candado con la primera llave que probó. Le dije “gracias, soldado”. Salí a la avenida “Centenario” y me dirigí hacia la calle Mateo Vidal, cuando llegué a la esquina, me di cuenta de que estaba libre, me quité la túnica y empecé a correr”.

Nuevamente Joel acude a la solidaridad de los compañeros. Les pidió que investigaran en cuál embajada sería más seguro pedir asilo. Venezuela estaba en el primer lugar de la lista y tenía posibilidades de llegar: “Entré a la Embajada, que era un caserón grandísimo. Llegué a la recepción y le pedí a la muchacha que me llevara ante el consejero político de la Embajada. Le expliqué mi situación al Consejero (Dr. Carlos Baptista Olivares). Le dije que fui torturado, que tuve que ser operado y le enseñé mi cicatriz. “Usted no se sacó un diente”, me dijo. Al lado estaba la oficina del Embajador, pero éste ya se había retirado. Aproveché para preguntarle a una secretaria cómo se llamaba el embajador y me respondió que era Julio Ramos. Al enterarse de mi presencia, el doctor Ramos volvió a la Embajada. Vino un funcionario de la Embajada, me llamó por mi apellido y dijo que podía bajar un momento al piso de abajo. Bajé con él, y me llevó a una oficina, que después supe que era el consulado. Allí estaban el consejero, el embajador y el comisario (con otro cana) quien había dirigido mi captura y mi tortura. Raúl Pressa, se llama. ¿Estos hijos de puta serán capaces de entregarme?”, me decía a mí mismo. Me fui directo hasta donde estaba el embajador y le dije: “Doctor Julio Ramos, yo sé que usted es un hombre respetuoso de los Derechos Humanos, por eso vengo a la embajada venezolana a pedir asilo político”. El policía, a dos metros frente de mí, me preguntó “¿así que te escapaste paraguayo?”. Entonces me señaló que en vista de que me había fugado, detuvieron a mi madre, a mi esposa y a mis hijos. Le dije al embajador que esos señores eran del servicio de inteligencia de la policía política de Uruguay y que yo me encontraba en territorio de la República de Venezuela, por lo que le rogaba que no permitiera que ellos llevaran adelante un interrogatorio. El embajador me dio la razón. El comisario pidió hablar en privado por teléfono con el Jefe de Policía. Al salir, el torturador preguntó al embajador si yo me quedaba allí. El diplomático respondió que sí, que me quedaba bajo su responsabilidad. Allí estuve 53 días. Durante mi permanencia en la embajada de Venezuela, a la cancillería de Caracas llegaron cientos de cartas y telegramas de organismos de derechos humanos internacionales pidiendo me fuera concedido el asilo político”.

El 10 de septiembre de 1975, al amparo del gobierno Venezolano, abandona el Uruguay con su familia y se radica en Venezuela. Un año después, el 28 de junio de 1976 fue secuestrada de esa misma sede diplomática su compañera de militancia la maestra Elena Quinteros, quien posteriormente fue asesinada. A raíz de ese incidente Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Uruguay.

“Yo salí de Paraguay a los 29 años. Estuve en Uruguay hasta los 34 años. Durante ese tiempo estuve militando en la causa de Uruguay. En Venezuela creció mi causa, se hizo más latinoamericana”. En 1978 crea Ko’eyú Latinoamericano, una revista de análisis político cultural, la que dirigió por más de 30 años, contribuyendo al debate revolucionario y el conocimiento de la literatura y el arte vinculado a la lucha de los pueblos. Desde las páginas de su Koeyú, denuncia las acciones criminales del imperio contra las naciones, la injerencia de Estados Unidos en América Latina, las crueles dictaduras financiadas por Norteamérica durante la década de los 70 en el marco de la Operación Cóndor. Además de eso, sus páginas eran un canal fructífero para la reflexión acerca de la integración latinoamericana, los logros de la revolución cubana a pesar del bloqueo económico y exaltaba las luchas de campesinos del mundo.

En el año 2006 el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, le otorgó el Premio Nacional de Comunicación Alternativa y Comunitaria, por la trayectoria de Koeyú y su contribución a la historia latinoamericana. Un año después, en el 2007 se le otorgó a Joel Cazal, la Orden Carmen Clemente Travieso por parte del Instituto Nacional de la Mujer del gobierno de Venezuela.
El 27 de enero de 2010 fallece en Caracas.

La lucha es el único camino

“He aprendido a vivir y creo que la vida es sencilla, no es tan complicada. Nosotros la complicamos bastante. Tengo 60 años. Estoy contento conmigo y lo único que lamento es no ser más joven para seguir haciendo más cosas en la lucha y en la solidaridad con los pueblos.
En Caracas me ha correspondido trabajar en múltiples actividades de solidaridad y muchas personas cuando firmaban una carta, una solicitud o un manifiesto, me preguntaban si de verdad su firma servía de algo. Siempre he respondido que sí sirve de mucho.
He sido y soy siempre el mismo. No he cambiado, pero es que la lucha sigue siendo la misma. El imperialismo sigue siendo el mismo. La explotación del hombre por el hombre sigue existiendo, la miseria, el oprobio, la desocupación. Recuerdo que Julio Spósito, un compañero uruguayo asesinado en 1971, militante de la teología de la liberación, a quien conocíamos como “El Cristiano”, siempre repetía: “La lucha es el único camino”. Creo que esa sentencia es totalmente cierta y válida. Por lo menos, puedo decir que para mí cada vez es más útil.
Con alegría he descubierto estos últimos años que la utopía está en todos lados. Claro que no uso esta palabra como algo irrealizable. Todo lo contrario, nuestros objetivos son claros y concretos. Pero debemos entender que cada país tiene su situación específica y las salidas para cada uno se corresponden con esa situación. No hay una fórmula para todos. Venezuela es un buen ejemplo de ello. No se trata de que este país esté construyendo un modelo socialista ni de ningún otro tipo, siguen su proceso de acuerdo a sus tradiciones y a su historia, se afirman en el ideal bolivariano para impulsar transformaciones democráticas en un marco de justicia social.
Aquí nació nuestra cuarta hija Mariana y nuestros nietos: Ernesto, Andrea, Joelito, Juan Fernando y Emiliana.”

NOTAS

(1) Esta reconstrucción incluye partes de una breve reseña autobiográfica del propio Joel, aportada por Ignacio Martinez.

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