martes 27 de octubre, 2020

Adrenalina! La sociedad del consumo contra los infantes.

Publicado el 22/07/12 a las 6:39 pm

UNA MIRADA DESDE EUROPA.

Por Graciela Taddey.

Para que las políticas contra la violencia sean una verdad necesitamos cuidarnos unos a otros, de verdad. En el hogar empieza nuestro relacionamiento social.

Lejos de mí la idea de dictar cátedra desde tan lejos, desde Suecia, pero en este lugar desarrollé gran parte de mi práctica social y algunas cuestiones aprendí de esta gente tan diferente a nosotros. Más aun me enseñó mi trabajo con preescolares.

Europa, con su violenta necesidad de consumir es un gastadero de adrenalina irrespetuosa, competitiva, prepotente y desdeñosa, pero también es otro montón de cosas dignas de nuestra reflexión.

Tolerancia y respeto. La sociedad del consumo aconseja machaconamente que hay que ”tener para ser feliz”, de lo que se derivaría que andar mal empilchado es -aparentemente- una desgracia. Es relativamente fácil que prenda en nuestros niños ese prejuicio, justo un momento antes de salir de casa. No es necesario llevar siempre lo más nuevo y de moda para ser una buena persona. O pensamos los mayores de una manera diferente?

Todo es trabajo de alguien. Lo que consumimos, los juguetes, los libros, la comida, los conseguimos gracias al trabajo y esto hay que decirlo todo el tiempo. El cajero del banco no es una maravilla que regala billetes; solo nos guarda lo que merecimos por las horas de trabajo. La sociedad digital ha separado el concepto de trabajo del de los ingresos familiares, pero es cuestión de demostrar que si no hay alguien que saliera a trabajar, los productos y servicios que consume el niño no estarían a su disposición.

En el mismo sentido lo que otro cualquiera trabajó, no hay que destruirlo; la diferencia entre el gasto de hacer y el muy relativo placer de romper es demasiado grande, es una tontería entretenerse con algo demasiado caro.

Ser solidarios. Mucho más que palabras, en toda situación lo que importa es lo que hacemos; si los nenes no ven en sus mayores el respeto al trabajo y a las cosas, así como la tolerancia frente a ideas distintas, no se le pida al niño después que sea bueno, que no sea violento y que sepa ponerse en los zapatos de otro. Los chicos llevan en su naturaleza ser egocéntricos; eso se los exige el crecimiento. Pero están en el camino de no serlo, a condición de que los ayudemos. Con nuestra conducta.

Combate al ”no te metás”. Ciertamente a veces resultan pesados nuestros nenes con sus ”por qués”, pero de algo deben servir porque todos los hacen. Con esas dos palabras van ordenando el caos de lo que perciben, organizando (o no, depende de nosotros), una conciencia de que cada individuo es causa y es efecto en su sociedad. Si nos ven dando vuelta la cara a la injusticia, se harán creyentes de que lo social no se arregla por voluntad de la gente (organizada) sino por magia, que es asunto de otros.

Que ”cada cual atienda su juego” Esto puede ser una regla divertida con los niños de un hogar: levantar los platos de la mesa, ventilar las ropas de cama y limpiar de migas el mantel son sus aportes necesarios a la convivencia y eso es actuar contra la violencia intrafamiliar. Ellos son útiles, son necesarios al todo familiar.

Hay estudios que muestran que los investigadores más geniales no faltan nunca a sus laboratorios, en tanto sí faltan mucho (y hasta demasiado) los que cuidan enfermos o los asistentes de limpieza. La diferencia, se interpreta, es que los primeros hacen lo que les gusta, en tanto que los otros sienten (y sufren)que da lo mismo que vayan o no vayan. La educación familiar debería hacer que siempre los nenes sientan que si ellos no existieran, la vida de nosotros no tendría sentido. El sentirse innecesario es un germen de violencia.

Observemos sus juegos: se comunican solamente a los coscorrones, escupitajos y patadas? Hacen ostentación de lo que llevan? Ensucian y rompen para divertirse? Allí está un germen de violencia social que a esa altura puede ser difícil de parar.

Nosotros y el ambiente. Todos tenemos la capacidad de ordenar nuestra mesa de trabajo, nuestro lugar de estar. Y los nenes también. Por qué no hacerlos participar de un cambio de su entorno, que es donde pueden tomar cuerpo sus primeras decisiones? ”Si lo transformo, también hay que cuidarlo.”

No es complicado y sirve para entender más tarde que nuestra casa y después nuestro barrio, la ciudad y la nación entera son transformables por nuestras decisiones (gracias a niveles cada vez más complejos de organización). Ordenar el propio ambiente inmediato podría ser la A para entender más tarde todo el abecedario de nuestras responsabilidades y derechos ante el ambiente.

Los seres vivos y el ambiente. Si un nene encuentra, digamos un insecto, qué hacemos? Lo reventamos de un pisotón, que podría ser un breve entretenimiento mientras cruja, o nos deleitamos viendo cómo recupera su libetad, observando sus colores, sus formas y su formas. Es más entretenido y menos cruel la observación, es claro.

Cuando alguien vandaliza vale la pena razonar con él, que ese objeto fue el fruto de un trabajo. Si nos produce gusto el destrozarlo, que por lo menos sepa cuánto gasto social lleva recuperarlo, que siempre cuesta más.

En general nuestras vidas se han separado tanto de la obtención de objetos de nuestro confort, que imaginamos que nada vale.

Hacia una convivencia integradora. Hay una práctica del jardín de infantes que podríamos copiar: la reunión en la que se comenta lo que se va a hacer, qué nos falta, qué podríamos hacer para obtenerlo, etc. En ese acto se conocen las opiniones de cada uno, se desarrolla la capacidad de hablar delante de otros, de argumentar y de escuchar, de decidir en colectivo. La reunión es un hecho de vida, es un producto de la relación entre ellos y con los grandes; es democracia en la que no todos somos iguales, porque los grandes somos los responsables, pero todo sí, tenemos nuestros derechos.

Requiere dos condimentos básicos, necesarios: aprender a escuchar y respetar ideas de los demás. De esta manera se previenen en casa grandes conflictos de la sociedad; nadie se siente un cero a la izquierda.

Participar, un arte. Es el arte de zanjar las controversias: se aprende a convivir de modo creativo, a vivir bien acordando las reglas que ideamos entre todos. ‘

Vivir en paz también es arte. Cuando llegamos a esta meta no es difícil después abordar otros temas como la responsabilidad de cada uno, que es una meta central.

No hay seres chicos para temas grandes.
A veces pienso qué responsabilidad es ser parientes de estos pequeños… porque somos constructores en la primera trinchera, somos los primeros en detectar actitudes violentas y aspectos virtuosos, los que enseñamos a disfrutar de los lugares públicos, de los lugares deportivos, de la calle en general… (O no.)

Más aún: somos arquitectos del respeto, los que marcamos pautas entre los géneros, los que detestamos el machismo violento y degradante, los que mostramos respeto por el diferente, el desvalido, el viejos… (O no.)

No es necesario hablar demás. Ellos aprenden de la prepotencia o de la tolerancia, del desgano o de la voluntad de intervenir, de la comunidad creativa o del despostismo del que sabe y no comparte.

La memoria del infante es implacable; registra los modelos de su entorno y casi nada más.

Graciela Taddey
Rågsved,
Estocolmo
Suecia

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