sábado 24 de octubre, 2020

El lobo del hombre

Publicado el 28/05/12 a las 10:37 pm


Por Constanza Moreira.

Hace más de tres siglos, Thomas Hobbes sentenciaba que el único y verdadero origen del Estado había sido el contrato que los hombres celebraron entre sí para protegerse… de sí mismos. «El hombre es el lobo del hombre», dijo Hobbes, y los seres humanos, cuando no viven bajo el Estado y la ley, se despedazan entre ellos.

Según Hobbes, la función básica del Estado es la de proteger nuestra vida y nuestra integridad física de las agresiones de los otros. Así, lo que ahora llamamos «seguridad pública» es, y siempre ha sido, una de las marcas de origen del Estado.

En América Latina se habla hoy del «retorno del Estado» para contraponer esta etapa que vivimos a la de los años ochenta y noventa, durante la cual el Estado era visto con franca antipatía, como un obstáculo al progreso humano, a la inventiva y a la creatividad del mercado, y a la iniciativa individual. A la vista de los desastres causados por el desmantelamiento de los estados, América Latina vuelve hoy a exigir instituciones sólidas, estables y fuertes. Así, el Estado, que era fuente de todos los males, hoy es el convocado a resolver todos los problemas.

Hoy ya nadie se anima a decir «Estado no», pero la misma voz airada «anti Estado» aparece disfrazada ahora de la crítica a la «mala gestión»: un resultado combinado, al parecer, de funcionarios públicos inútiles, iniciativas gubernamentales mal dadas y conducción política deficiente.

En la seguridad pública parece claro que los problemas son todos del Estado, puesto que la seguridad privada, como opción, no parece haber prosperado. Y el Estado ha aumentado su presupuesto en seguridad como nunca (es el rubro presupuestal que más ha crecido), ha aumentado el número de efectivos y su «efectividad» policial.

¿Mala gestión? La muerte de un hombre a sangre fría en una pizzería no interpela la «efectividad» policial: fueron apresados quienes cometieron el delito. Lo que nos conmueve es, justamente, la «frialdad»: el aparente desapego entre el asesino y la víctima («hay que hacerse respetar»). Nos conmueve la violencia: eso no tiene nada que ver con la «mala gestión».

La muerte de las mujeres a manos de los hombres no es un problema de «mala gestión»: ¿deberíamos poner un 222 en cada casa? Y la violencia doméstica da cuenta de la mitad de las muertes en todo el país.

¿Y qué decir del narcotráfico? Por si acaso, vaya el aviso de que ex presidentes de América Latina (entre ellos Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos) se han reunido para declamar el fracaso estrepitoso de las políticas de guerra al narcotráfico diseñadas desde Washington. De hecho, la propia oea será la que convoque a una próxima cumbre en la que se discuta, entre otras cosas, la posibilidad de despenalizar las drogas como solución al problema del narcotráfico.

Hace poco hice unas declaraciones en Mercedes que El Observador levantó con un interesante recorte.* Eran dos proposiciones, bien sencillas. La primera era que si aumenta la efectividad policial, con las penas ya duras que tenemos, y se mantiene constante el número de delitos, la presión sobre las cárceles será intolerable. Ya tenemos hacinamiento: empeoraremos. La nota de ese diario obvia la parte de las cárceles, que es la que da sentido a toda la frase.

La segunda proposición es que las demandas de seguridad de la gente son potencialmente infinitas y deben ser compatibilizadas con las demandas de derechos y libertades: de lo contrario, sólo podrían ser satisfechas por un Estado autoritario.

¿Por qué se recortan las afirmaciones al punto de que su sentido queda tergiversado y confuso? Porque nada que contradiga la afirmación de que la inseguridad es problema de la gestión del gobierno puede ser escuchado. Se prefiere, como el avestruz, meter la cabeza dentro del hoyo y echarle la culpa de todo «al otro». Pero nadie razona sobre la otra parte elemental de la ecuación: las razones del delito. En especial porque el tema de la violencia nos compromete a todos como sociedad.

Las dos áreas en las que más recursos se ha invertido son, paradojalmente, las que peor evaluación reciben hoy: seguridad pública y educación. Algo tienen en común esas áreas, y salta a la vista. Son jóvenes. Son jóvenes los delincuentes. Y son jóvenes los presos. Y son jóvenes los que van a estudiar. Un estudio citado recientemente por Canal 10 mostró que casi la cuarta parte de los jóvenes uruguayos «ha tenido un conflicto con la ley».** ¡La cuarta parte! ¡Uno de cada cuatro! Tenemos problemas con nuestros jóvenes, es la conclusión a la que deberíamos llegar. Más que con el gobierno.

La cuestión de la seguridad pública se ha convertido hoy en el huevo de la serpiente: genera desconfianza, pide a gritos mano dura y llama a combatir la violencia con más violencia, o peor aún, con la posibilidad de ir erosionando nuestro Estado de Derecho. La seguridad desborda hacia situaciones de conflictividad política: esto es demasiado viejo y conocido como para que no estemos atentos y conscientes. El «retorno del Estado» tendrá que dar cuenta del gran caldero en el que fue hirviendo, lentamente, la violencia que explota entre nosotros y nos interpela. Pero para eso hay que pensar de otra manera, sentir de otra manera, razonar de otra manera.

* El Observador, 21-V-12.

** Difundido en el programa Enter, de Canal 10, con base en un estudio realizado por Equipos Mori. Disponible en www.subrayado.com.uy/Site/News.aspx?NiD=12432

TOMADO DE BRECHA, 25/5/12.

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