martes 20 de octubre, 2020

Franz Fanon en África y en Asia

Publicado el 10/01/12 a las 12:15 am


Por Samir Amin.

La de Franz Fanon es una figura respetada y amada en toda África y Asia. Fanon era un individuo de envergadura, de gran calidad por la sutileza de sus juicio así como por su valor para decir la verdad. Psiquiatra de profesión, no podía ser otra cosa que un buen psiquiatra. “Pieles negras, máscaras blancas”, y sus otros escritos sobre las enfermedades mentales que aquejaban a los colonizados de Argelia que él curaba, constituyen el mejor testimonio de ello. Pero, sobre todo, fue un revolucionario auténtico. Su libro “Los condenados de la tierra” explicita su visión de la revolución necesaria para que la humanidad salga de la barbarie capitalista. Es por estas razones que se ha ganado el respeto de todos los africanos y asiáticos.

FANON, LAS ANTILLAS Y LA ESCLAVITUD

Fanon nació en las Antillas. La historia de su pueblo, de la esclavitud, de su relación con la metrópolis francesa, fue, por la fuerza de las cosas, el punto de partida de su reflexión crítica. La primera y única revolución social que el continente americano haya conocido hasta los tiempos recientes es la de los esclavos de Santo Domingo (Haití) que conquistaron por si mismos la libertad. La revolución de Santo Domingo coincidió con aquella del pueblo francés. El ala radical de la revolución francesa simpatizaba naturalmente con la revolución de aquellos esclavos que conquistaron su libertad por sí mismos, convirtiéndose en auténticos ciudadanos de hecho. Pero hay que comprender que los colonos del lugar no lo entendían así. El retroceso de la revolución francesa se tradujo en las Antillas en el restablecimiento de la esclavitud, de nuevo abolida por la Segunda República en 1848, sin que por ello fuese abolido su estatus colonial hasta 1945, fecha a partir de la cual se abre un capitulo nuevo en su historia.

¿Qué querían? La independencia –-si bien todavía estuviese lejos en apariencia– o la asimilación, o incluso la construcción de una “verdadera unión francesa”, es decir, de un estado multinacional. Los partidos comunistas de las Antillas y de la Reunión se batieron sobre el terreno de la asimilación y han terminado por conseguirla efectivamente. El resultado se impone hoy: la asimilación creó una dependencia económica y social tal que es difícil concebir que el movimiento pudiese ser revertido y que las Antillas y la Reunión pudiesen un día independizarse. Paradoja aparente: si hoy las Antillas y la Reunión se han vuelto indisociables de Francia, ello se debe a los esfuerzos de los comunistas, de Francia y de las colonias concernidas, coronados con éxito. La derecha, que siempre se opuso a la asimilación de derechos, defensora ayer de la esclavitud y más tarde del estatuto colonial, no habría podido entonces evitar que el movimiento condujese, aquí como en las Antillas inglesas y en Mauricio, a la revolución independentista.

Bien entendido que, a pesar de las transformaciones profundas producidas por la departamentalización a partir de 1945, los efectos del pasado esclavista y colonial no pudieron ser borrados ni de la memoria de los pueblos concernidos ni de su concepción viviente de la propia identidad en sus relaciones con Francia. “Pieles negras, máscaras blancas” nos propone en este terreno un análisis de una lucidez perfecta. El tratamiento de los problemas abordados en esta obra permite captar la singularidad –más allá de denominadores comunes banales—por oposición de los desafíos a los que se enfrentan los negros en los Estados Unidos, en Brasil, los de las Antillas británicas y los negros de África en general, y los de Sudáfrica en particular. Yo referiré estas diferencias a la distinción que yo propongo entre colonialismo externo y colonialismo interno (ref. “Del capitalismo a la civilización”, 2008, páginas 145-151)

FANON Y EL DESAFÍO DEL CAPITALISMO REALMENTE EXISTENTE

La acumulación por desposesión es permanente en la historia del capitalismo realmente existente. Fanon había comprendido perfectamente que la expansión capitalista se fundaba sobre la desposesión de los pueblos de Asia, África, América Latina y el Caribe, es decir, de la mayoría aplastante de los pueblos del planeta. También que las mayores víctimas de esta expansión-–“los condenados de la tierra”—eran entonces estos pueblos, llamados por la fuerza de las cosas a la revuelta permanente y legítima contra el orden mundial imperialista.

El capitalismo histórico, fundado sobre la conquista del mundo por los centros imperialistas, abolió, por su propia naturaleza, la posibilidad para las sociedades periféricas de su sistema mundial de “darles alcance” y de llegar a ser, a semejanza de los centros, sociedades capitalistas opulentas. La vía capitalista constituye para estos pueblos un callejón sin salida. La alternativa, entonces, no es otra que socialismo o barbarie. La visión (en verdad dominante) de una acumulación primitiva necesaria e inevitable, que exigiría el paso por una “fase capitalista”, no tiene fundamento desde el momento en que tomamos la medida de los desafíos objetivos que representa el capitalismo histórico.

La conquista del mundo por los europeos constituye una gigantesca desposesión de los indios de América. Tomándole el relevo, la trata de negros ejerce sobre una buena parte de África una exacción que retarda en medio siglo el progreso del continente. Fenómenos análogos son visibles en África del sur, en Zimbaue, en Kenia, en Argelia e incluso en Australia y en Nueva Zelanda. Este proceso de acumulación por desposesión caracteriza al Estado de Israel— donde asistimos a una colonización en marcha. No menos visibles son las consecuencias de la explotación colonial de los campesinos sumisos de la India inglesa, de las Indias holandesas, de las Filipinas y de África: las hambrunas (aquella famosa de Bengala, las del África contemporánea) constituyen manifestaciones de ella. El método fue inaugurado por los ingleses en Irlanda, cuya población, en otro tiempo igual a la de Inglaterra, no representa hoy más que la octava parte, disminuida por la hambruna organizada a la que Marx realizó el proceso. La desposesión no golpeó solamente a la población campesina—la gran mayoría de los pueblos de entonces. También destruyó la capacidad de producción industrial (artesanado y manufacturas) de regiones en otro tiempo, y durante largos períodos, más prósperas que la misma Europa: China y la India, entre otros (los desarrollos de Bagchi, en su último libro “Perilous Passage”, sobre este tema son indiscutibles).

El siglo XIX representó el apogeo de este sistema de la mundialización capitalista/imperialista. Hasta el punto que, de ahora en adelante, la expansión del capitalismo y la “occidentalización” en el sentido brutal del término hacen imposible la distinción entre la dimensión económica de la conquista y su dimensión cultural, el eurocentrismo.

EL SIGLO XX: LA PRIMERA OLA DE REVOLUCIONES SOCIALISTAS Y EL DESPERTAR DEL “SUR”

El momento de apogeo del sistema es breve: apenas un siglo. El siglo XX es el de la primera ola de grandes revoluciones conducidas en nombre del socialismo (Rusia, China, Vietnam, Cuba) y de la radicalización de las luchas de liberación en Asia, en África y de América Latina, en donde las ambiciones se expresan a través del “proyecto de Bandung” (1955-1981). Esta coincidencia no es fruto del azar. El despliegue mundializado del capitalismo/imperialismo significó para los pueblos concernidos de las periferias la tragedia más grande de la historia humana, una ilustración del carácter destructivo de la acumulación de capital. ¡La ley de pauperización formulada por Marx se expresa a la escala del sistema con todavía más violencia que la que el padre del pensamiento socialista había imaginado! Hemos pasado esta pagina de la historia. Los pueblos de las periferias ya no aceptan la suerte que el capitalismo les tiene reservada. Este cambio de actitud fundamental es irreversible. Lo que significa que el capitalismo ha entrado en su fase de declive. Esto no excluye la existencia de ilusiones diversas: la de reformas capaces de dar al capitalismo un rostro humano (que no ha tenido jamás para la mayoría de los pueblos), la de una recuperación posible dentro del sistema, ilusión de la que se alimentan las clases dirigentes de los países “emergentes”, embriagados por el éxito del momento, las de las respuestas pasadistas (religiosas o étnicas) a las cuales se lanzan muchos pueblos “excluidos” en el momento actual. Estas ilusiones parecen tenaces ahora que nos encontramos en el fondo de la ola. La ola de revoluciones del siglo XX se ha agotado, las de la nueva radicalidad que el siglo XXI trae todavía no se han afirmado. Y en el claroscuro de la transición se dibujan monstruos, como escribía Gramsci.

Los gobiernos y los pueblos de Asia y de África proclaman en Bandung, en 1955, su voluntad de reconstruir el sistema mundial sobre la base de los derechos de las naciones, incluyendo las sometidas. Este “derecho al desarrollo” constituía el fundamento de la mundializacion de la época, puesta en obra en un cuadro multipolar negociado, impuesto al imperialismo, constreñido, él mismo, a ajustarse a estas nuevas exigencias. La era de Bandung es la del Renacimiento de África. No es por azar que los Estados africanos se comprometen en proyectos de renovación que les empujan a buscar inspiración en los valores del socialismo, porque la liberación de los pueblos de las periferias se inscribe necesariamente en una perspectiva anticapitalista.

No hay lugar para la denigración de estas numerosas tentativas en el continente, como son comunes hoy en día: el régimen odioso de Mobutu ha permitido en treinta años la formación de un capital educativo en el Congo 40 veces superior a aquel que los belgas habían realizado en 80 años. Querámoslo o no, los estados africanos están en el origen de la formación de verdaderas naciones. Y las opciones “trans-étnicas” de sus dirigentes han favorecido esta cristalización. Posteriores son las derivas etnicistas, producto del agotamiento de los modelos de Bandung, y suponen la pérdida de legitimidad de los poderes y el recurso de fracciones de estos a la etnicidad para restablecerla a su favor. Para este aspecto, recomiendo mi obra “La etnia al asalto de las naciones” (Harmattan, 1994).

El prolongado declive del capitalismo, ¿será sinónimo de una larga transición positiva hacia el socialismo? Haría falta, para que así fuese, que el siglo XXI prolongase el siglo XX y radicalizase los objetivos de transformación social. Esto es perfectamente posible, pero se trata de una posibilidad cuyas condiciones deben ser precisadas. En su defecto, el prolongado declive del capitalismo se traducirá en una degradación continua de la civilización humana. Yo mencionaría aquí lo que escribí hace más de 25 años: “¿Revolución o decadencia?” (Classe et Nation, Minuit 1979, pp 238-245)

El declive no es un proceso continuado, lineal. No excluye momentos de “repunte”, de contraataque del capital. De esta naturaleza es el momento actual. El siglo XX constituye un primer capítulo del largo aprendizaje de los pueblos para la superación del capitalismo y la invención de nuevas formas socialistas de vida, para tomar la expresión justa de Domenico Losurdo (Fuir l’histoire, Delga 2007). Como él, yo no analizo su desarrollo en términos de “fracaso” (del socialismo, de la independencia nacional) del mismo modo que la propaganda reaccionaria con el viento en popa hoy intenta hacer. Al contrario, no se trata de fracasos, sino de éxitos de la ola de experiencias socialistas, nacionales y populares, que están en el origen de los problemas del mundo contemporáneo. El análisis de las contradicciones sociales propias de cada uno de estos sistemas, las incertidumbres características de estos primeros avances, explican su pérdida de aliento y sus derrotas, no su fracaso (Samir Amin, Más allá del capitalismo senil, PUF 2002, pp 11-19). Es esta pérdida de aliento, entonces, la que ha creado las condiciones favorables para la contraofensiva del capital en curso: una nueva “peligrosa transición” desde las liberaciones del siglo XX a las del siglo XXI.

La acción política de Fanon se sitúa enteramente en ese momento de la historia, el de la era de Bandung (1955-1980) y de la primera ola de luchas de liberación victoriosas. Las elecciones que él hizo—alinearse al lado del Frente de Liberación Nacional de Argelia y de los movimientos de liberación del continente africano—fueron las únicas dignas de un revolucionario auténtico.

Tomado de http://caballodecarton.wordpress.com/2011/12/31/franz-fanon-en-africa-y-en-asia/
Copyleft de la traducción: Qilombo para Un caballo de cartón.
Fuente original: http://pambazuka.org/fr/category/features/78490

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