sábado 24 de octubre, 2020

Morir de pié

Publicado el 26/12/11 a las 10:58 pm


La Comisión para la Paz fue muy polémica en su momento. Parte de sus conclusiones hoy son contundentemente desmentidas por la verdad. Por la elocuencia de la tierra que habla. La puesta en escena de Antígona Oriental me hizo recordar estas lineas que escribí en su momento sí tienen todavía vigencia. Hoy en día, sabemos mas y se ha hecho mucho. Pero algunas cosas centrales quedan pendientes. Un abrazo a todos y Feliz Dia de la Familia.

Publicado en La Republica el 20 de NOVIEMBRE DEL 2001

Antígona

Por MILTON ROMANI GERNER.

«Antígona, hija de Edipo, tiene una hermana, Ismene, y dos hermanos, Eteocles y Polinices. Creón, tío de Antígona, gobierna Tebas en forma autoritaria. Polinices se alza contra el tirano. Eteocles lo defiende. Ambos hermanos mueren en el enfrentamiento. Creón prohíbe brindar honras fúnebres a Polinices. Antígona decide desobedecer las órdenes y comienza el rito. Aduce razones humanas y divinas: los griegos creían que era obligatorio rendir tributo a los muertos pues si no, el espíritu de éstos vagaba sin descanso. La joven se enfrenta con Creón. Alega que los derechos de los hombres y los mandatos morales son superiores a las leyes. Creón impone su autoridad y condena a la rebelde. Antígona en tanto, decide afirmarse en su voluntad y «morir de pie…»*

El Estado mata, el Estado guarda el secreto, el Estado terrorista se metamorfosea en Estado democrático, El Estado es transformista y se viste con la impunidad, el Estado convence a las víctimas de que acepten la «verdad», que acepten que sus funcionarios secuestraron, mataron, torturaron, que acepten el secreto, que acepten que las cosas fueron así porque así lo dicen a la oreja sus funcionarios, que acepten una declaración de muerte, que acepten, que acepten… ¡¡¡y después algunos sermonean sobre la falta de tolerancia. Los uruguayos toleramos demasiado!!!

Cuando se trata de derechos democráticos, lo único que hay que tolerar es la coexistencia de posiciones diferentes. Pero después, todo ciudadano, todo ser libre no debe tolerar nada.

A mí la pseudosemisolución de verdad-a-medias-no-irritante-a-los-impunes- que ya se insinúa no la tolero. Mis disculpas a madres e hijos muy queridos que a lo mejor con estas noticias ¿reparan? en algo su dolor.

Pero hay un aspecto que como ciudadano me subleva: quiero saber. Es un derecho individual y colectivo que abre o cierra otros derechos. He sido afectado y pretendo reparar conociendo. Pretendiendo conocer todo lo que pasó y no lo que elijan algunos militares y lo que algunos notables dejen pasar como verdad conocible. No es así. No puede serlo. Aspiro sinceramente a que repensemos entre todos que algunos caminos pueden convertirse en aberraciones.

Que la salud pública no puede admitir un Estado todopoderoso que se arrogue el derecho de la vida y la muerte y quedemos resignados. En esto la política es una ética inmanente.

Una comisión de notables, aun integrada por excelentes personas de buena voluntad, integrada por compañeros a los cuales les he delegado mi confianza no pueden «garantizar» que los secretos que ¿les brindan? en el más absoluto anonimato, no sabemos qué militares y con qué intenciones, en qué circunstancias, con qué método de prueba y verificación, son «verdad». ¿Por qué tengo que creer? Ni siquiera se informa –ingresando en una dimensión de la abyección que repugna– dónde están los cuerpos. ¿Dicen algunas cosas y guardan otras? Ya ni hablar de hacer justicia, ni siquiera identificar a los responsables, ni siquiera el lugar donde los mataron. Nada. Al oído y en secreto: se nos fue la mano en la máquina «¡¡¡Ah bueno!!!! había sido eso finalmente.» No dan la cara. Claro, a veces ponen bombas, hacen declaraciones terroristas, siguen impunes, guardan información de «poder» e intimidación y para colmo se transforman en interlocutores válidos. No.

Pero– «no fueron ejecutados». Ese pero. No importa que no haya intencionalidad en sí mismo. El contexto se lo brinda.

Es un conectivo inevitable del camino elegido. Hay algo vergonzante porque no se dice todo lo que pasó. ¿Miedo a qué se tiene cuando no se quiere abundar en los detalles que por otra parte ya han sido denunciados miles de veces por las víctimas?

¿No será que si se dice todo, el mandato moral y el derecho de los hombres se impondrán por superiores a una ley anecdótica?

Que hubo torturas ya lo reconoció oficialmente el entonces ministro de Defensa teniente general Hugo Medina en un célebre reportaje a la revista Newyorker en el año 89. Lo ratificó el teniente coronel Cordero provocativamente. Lo que falta es la repulsa general, que si no viene categóricamente desde el Estado con sus herramientas, la sociedad se dará sus mecanismos para expresarla.

Hay demasiada cautela, mucho miramiento, excesiva promiscuidad con gente indeseable y con situaciones deleznables.

Al día de hoy sabemos lo mismo que en el 85 a partir de lo que fatigosamente habíamos construido familiares y defensores de esta lucha. Falta la condena a los Creontes de hoy que salve del fin trágico a nuestra Antígona. La voluntad y la firmeza de aquella mujer siguen vigentes y son exigencia. Forma parte de nuestra cultura.

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