miércoles 28 de octubre, 2020

“Un movimiento estudiantil con continuidad histórica, como proyecto, historia y futuro, es un invento colectivo latinoamericano”

Publicado el 20/08/11 a las 12:55 am

Palabras del Rector Rodrigo Arocena en la apertura del XVI Congreso Latinoamericano y Caribeño de Estudiantes en Uruguay y video con entrevista a Gabriel Bermúdez de la FEUU.


Bermúdez: Latinoamérica vive un auge de lucha… por teleSUR_tv

Teniendo el privilegio de hablar en una de las últimas instancias de este Congreso Latinoamericano de Estudiantes, hay que hablar del futuro. Y por eso, vamos a hablar de la lucha por una nueva Reforma Universitaria. La tradición de América Latina la vamos a invocar, solamente, para dos puntos de apoyo: en primer lugar, la capacidad que han tenido los estudiantes de América Latina de hacer cosas nuevas pensando con cabeza propia.

Si hay algo para recoger de nuestra compleja, difícil historia, como universidad latinoamericana, lo más interesante y lo más inspirador para el futuro, es que muchas veces – no siempre, porque algunas veces nos quedamos en la rutina – aparecieron nuevas generaciones que pensaron con cabeza propia. Se equivocaron o no, pero abrieron caminos nuevos. Esa es una de nuestras fuentes de inspiración. La otra: un Congreso como éste, ¿porqué no sucede en otras regiones del mundo? Porque movimiento estudiantil hay en América Latina. Movimiento estudiantil como continuidad histórica, como proyecto, como historia y futuro, eso es un invento colectivo latinoamericano. Y al decirlo, están presentes todos los que han contribuido a lo largo de más de un siglo para que eso exista. La Reforma Universitaria es, sobre todo, la obligación de estar a la altura de un movimiento estudiantil con más de 100 años de historia y con mucho más futuro que pasado. Y de eso es de lo que tenemos que hablar.

Si estamos hablando de una nueva Reforma, miremos al mundo de hoy. Y, sobre todo, al mundo de mañana. Y lo que vemos, por encima de todo, es el poder del conocimiento utilizado de manera crecientemente desigual. ¿O no es cierto eso? ¿O no hay un acceso inmensamente diferenciado a la educación? ¿O no hay ciertos sectores que aprovechan – en privilegio propio – los avances enormes y potencialmente tanto más beneficiosos de la ciencia y la tecnología? Lo que tenemos son sociedades basadas en el conocimiento. Algunas, las sociedades ricas del norte. Y sociedades desiguales, porque el desigual aprovechamiento y desigual acceso al conocimiento. Si en otro tiempo las grandes luchas sociales tenían que ver con la tierra. Si todavía hoy – desde hace un par de siglos – las grandes luchas sociales han sido y todavía son luchas vinculadas a los obreros industriales y a las fábricas, hoy – y sobre todo mañana – las grandes luchas sociales van a tener que ver – cada vez más – con el conocimiento. ¿Para qué se usa? ¿Para quién se usa? ¿Contra quién se usa? ¿Quién accede al conocimiento?

Los que trabajan en las cuestiones de la salud suelen hablar de la “brecha 90/10”. Es difícil encontrar una expresión más elocuente y sintética que esa. ¿Qué es la brecha 90/10? La brecha 90/10 quiere decir que el 90% de los dineros dedicados a investigación científica en salud, se dedican a los problemas de salud del 10% de la población mundial. Eso es la distribución desigual del conocimiento, en sociedades en donde para bien y también para mal, el conocimiento es cada vez más relevante. Para bien, potencialmente: salud, cultura, mejora de la calidad de vida. Para mal: el conocimiento como factor de destrucción nunca ha tenido el poder de hoy. Entonces, para nosotros, latinoamericanos, que queremos a la vez tener sociedades cada vez más justas en lo interno y queremos superar el subdesarrollo, tenemos que pelear la batalla de la educación y el conocimiento. Y hay dos batallas que pelear a la vez: el subdesarrollo tiene que ver, cada vez más, con poder o no poder usar el conocimiento – en gran forma – para mejorar la calidad de vida de nuestra gente. El subdesarrollo pasa, cada vez más, por allí. Y la desigualdad, la desigualdad de nuestras propias sociedades, ¿por dónde pasa? Por muchos factores. Pero cada vez pasa más por la diferencia en el acceso a la educación.

Por lo tanto si queremos – en la mejor tradición del movimiento estudiantil latinoamericano y de nuestras universidades públicas – pelear contra el subdesarrollo y pelear contra la desigualdad, tenemos que expandir el conocimiento nuestro y democratizar el conocimiento. Y esa es la clave de una nueva reforma que necesita nuevos protagonistas. Una nueva reforma que sea capaz de ofrecer posibilidades de acceder a educación avanzada para seguir aprendiendo siempre a las mayorías de la población. Educación diversa, a través de formas variadas en líneas y disciplinas distintas. Pero educación superior avanzada para todos, a lo largo de toda la vida combinada con el trabajo. Si lo logramos, construiremos sociedades menos desiguales que las que tenemos. Si no lo logramos, nuestras sociedades seguirán siendo desiguales y subordinadas.

En la Conferencia de la UNESCO de París en 2009, este tema apareció y despareció. No casualmente, el grupo latinoamericano proponía como meta a asumir por la Conferencia, “acceso a la educación avanzada para todos a lo largo de toda la vida”. Y curiosamente, “avanzada”, se perdía en los borradores. Y se perdió en la Resolución Final. Quedó: “acceso a la educación para todos a lo largo de la vida entera”. ¡Claro que quedó nada más que eso! ¡Porque allí se juega buena parte de la desigualdad de nuestros tiempos. Si hay sociedades donde algunos se educan hasta cierto nivel y después no pueden seguir aprendiendo. Y minorías sí se educan al nivel que quieren y después siguen aprendiendo a alto nivel. ¡Ah, esa es la clave de la desigualdad de nuestro tiempo y contra eso hay que pelear! Pero pelear, quiere decir tener metas generales; quiere decir tener análisis de situación y de posibilidades; y quiere decir un conjunto de tareas concretas, de actividades concretas que le permitan a uno y a los colectivos ir aprendiendo sobre la marcha. Pelear por una nueva Reforma quiere decir aprender cosas que no sabemos. ¿Cómo hacemos para ofrecer la enseñanza a gente muy diversa? Gente de diverso origen social, de distinta formación, de distinta inserción. Y ese problema, al menos en el Uruguay, es el problema más grande que tenemos hoy. Nos está pasando algo que puede llegar a ser trágico: buena parte de nuestra población estudiantil no estamos logrando que se mantenga en el sistema de enseñanza. Allí tenemos uno de los desafíos más grandes para la igualdad y para el progreso del país. Probablemente en otras tierras de América Latina sea similar. ¡Ojalá podamos aprender de lo que ellos hagan! Pero si no logramos ofrecerle más, mejor y más diversa enseñanza a más gente, entonces construiremos sociedades desiguales.

Algo similar nos pasa con la investigación científica. ¿Para qué queremos la investigación? Naturalmente, la queremos porque crear conocimiento y cultura es parte del desarrollo espiritual y del desarrollo en general. Pero necesitamos, específicamente, hacer investigación dirigida a los problemas de los sectores más postergados. Necesitamos aprender – porque no es sencillo – a hacer investigación e innovación dirigida a la inclusión social. Esas son cuestiones concretas por las que peleamos, en términos de una nueva Reforma.

Los países subdesarrollados, muy a menudo, tienen que volcar capacidades científicas de primer nivel – Cuba es un ejemplo – en muchos casos muy significativos, para hacer cosas que ya se saben hacer en los países ricos, pero son inabordablemente caras para nuestros países. Hay que encontrar nuevas vacunas, hay que encontrar nuevos dispositivos de salud y mil y otras cosas. Investigación orientada a la igualdad. Y en la perspectiva universitaria y en la mejor tradición latinoamericana, pelear por una nueva Reforma es pelear por salir de los claustros, pelear por salir del mundo académico. De lo mejor de nuestra tradición es la vocación de la extensión universitaria, entendida como cooperación de la universidad con otros actores sociales. Cooperación horizontal, cooperación interactiva, donde diversos saberes se ponen en juego para que – aprendiendo entre todos – se resuelvan problemas de la colectividad con absoluta prioridad de los sectores más postergados. La extensión universitaria ha sido bandera de la Reforma desde hace más de 100 años. Pero ¿cuántos estudiantes, realmente, tienen oportunidad de hacer extensión en nuestros países? Parte de la nueva reforma tiene que ser ofrecerle a todo nuestro estudiantado la oportunidad de hacer extensión, la oportunidad de que su enseñanza esté vinculada con la creación y con el uso socialmente valioso del conocimiento (aplausos).

Tenemos que aprender cosas que no sabemos. Y eso lo van a tener que aprender, sobre todo, los jóvenes. Los veteranos podemos aportar, en todo caso, la experiencia dubitativa de muchos intentos y – sobre todo – unos cuantos fracasos. Si queremos que todo el mundo pueda seguir aprendiendo a lo largo de toda la vida a alto nivel y en relación con el trabajo y el ejercicio de la ciudadanía, vamos a tener que aprender a enseñar en las aulas y fuera de las aulas. Vamos a tener que pensar que todos los lugares donde se hacen cosas valiosas, debieran ser lugares donde sepamos también enseñar. Todo eso tiene una dimensión impensable en términos de la tradición de la Reforma. Porque, naturalmente, estamos planteándonos los problemas del siglo XXI y no los problemas del siglo XX. Pues bien, dice el Manifiesto de Córdoba: “Creemos de no equivocarnos. Las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos viviendo una hora americana”. La “hora americana” hoy pasa por Chile. No hay ninguna duda que pasa por Chile, porque allí es donde se está jugando el partido fundamental para el futuro. Durante mucho tiempo nos dijeron que ese era el modelo. ¡El modelo se cae! Se cae y lo tumban. Ningún modelo reaccionario se cae solo. Se cae por su peso, pero también, lo tumba la movilización del estudiantado y del pueblo chileno.

Pero, compañeras y compañeros, permítanme unas palabras de precaución, ya acercándome a terminar. El modelo se caerá, pero para que se caiga definitivamente, hay que construir otros. Hay que construir opciones, hay que construir alternativas. Hay que hacer una nueva Reforma que tenga la vocación de la vieja Reforma, pero que mida los problemas del siglo XXI. Y eso necesita nuevas generaciones. En tiempos nuevos, hay que hacer cosas nuevas.

Compañeras y compañeros. En esta nueva hora de América, otra vez los movimientos populares, miran al movimiento estudiantil organizado. Ustedes, seguramente, no le fallarán a América Latina. Buena suerte en la gran lucha que tienen por delante.

Tomado de La Onda Digital
el 19/8/11.

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