viernes 30 de octubre, 2020

El derecho humano y la guerra

Publicado el 08/05/11 a las 8:57 pm

Por José Luis Fiori.

«Yo veía en el universo cristiano una liviandad con relación a la guerra que habría dejado avergonzadas a las propias naciones bárbaras. Por causas fútiles o incluso sin motivo se recurría a las armas y ya con ellas en las manos, no se observaba ningún respeto hacia el derecho divino ni para con el derecho humano, como si por la fuerza de un decreto, el furor hubiese sido desencadenado sobre todos los crímenes».— Hugo Grocio, El derecho de la guerra y de la paz, 1625.

La idea de una guerra en nombre de los «derechos humanos» contiene una contradicción conceptual; por eso terminan transformándose todas, inevitablemente, o en «guerras de conversión» o en una nueva forma de Cruzada.

Hugo Grocio (1583-1645), padre del derecho internacional moderno, fue heredero de la tradición humanista y cosmopolita de la filosofía estoica, que formuló, por primera vez, la idea de una sociedad internacional solidaria y sometida a leyes universales. Incluso siendo cristiano y teólogo, Grocio desarrolló la tesis de que estas leyes universales formaban parte de un «derecho natural común a todos los pueblos…,tan inmutable, que no podría ser cambiado ni por el propio Dios». Para el jurista holandés, el derecho a la seguridad y a la paz formaba parte de esos derechos fundamentales de los hombres y de las naciones.

A pesar de ello, Grocio consideraba que el recurso a la guerra también era un derecho natural de los pueblos que vivían dentro de un sistema internacional compuesto por múltiples Estados, desde que la guerra tendía «a asegurar la conservación de la vida y del cuerpo y a la adquisición de las cosas útiles a la existencia».

Con todo y con eso, Grocio no concibió ni defendió la posibilidad de una guerra que se propusiese como objetivo la defensa o la promoción internacional de los propios derechos humanos. En parte, porque él era católico y conocía la decisión del Concilio de Constanza (1414-1418), que fijó la doctrina de la ilegitimidad de la «conversión forzada» y de cualquier tipo de guerra tendente a la conversión de otros pueblos, como había sido el caso de las Cruzadas, en los siglos anteriores.

Después del Concilio de Constanza, el concepto de «guerra justa» quedó restringido –para los católicos, y para casi todos los europeos – a las guerras que respondiesen una agresión y caracterizables comos actos jurídicos destinados a reconstruir el status quo ante.

Grocio no desarrolló el argumento, pero se puede deducir de su punto de vista que los derechos humanos, como la fe religiosa, son una lucha y una conquista de cada hombre y de cada pueblo en particular. Sobre todo, porque él fue uno de los primeros en darse cuenta de que en un sistema internacional formado por múltiples Estados era inevitable la coexistencia de varias «inocencias subjetivas» frente a una misma «justicia objetiva». No habiendo forma de arbitrar –a «objetivamente»— sobre la razón o la legitimidad de una guerra declarada entre dos pueblos que reivindicasen una interpretación diferente de los mismos derechos fundamentales de los hombres y de las naciones. En este sentido, la idea de una guerra en nombre de los «derechos humanos» contiene una contradicción conceptual: por eso terminan transformándose todas, inevitablemente, o en «guerras de conversión» o en una nueva forma de Cruzada.

En última instancia, esa fue también la razón de que la discusión sobre los derechos humanos en el plano internacional se transformara, luego de la guerra fría, en un territorio, desde luego acotado por las buenas intenciones, pero decididamente minado por el oportunismo y la hipocresía. Pues lo cierto es que es harto porosa la frontera entre entre la defensa del principio general, como proyecto y como utopía, y la arrogancia de algunos Estados y gobiernos que se arrogan el «derecho natural» de arbitrar y difundir por la fuerza la tabla occidental de los derechos humanos.

Para comprender la complejidad y la fluidez de esta frontera, basta leer a otro gran filósofo ilustrado y cosmopolita, el alemán Immanuel Kant, dividido entre su utopía de una «paz perpetua» y su deseo de convertir al «género humano» a la «ética internacional civilizada». Para Kant, «en el grado de cultura en que todavía se encuentra el género humano, la guerra es un medio inevitable para extender la civilización, y sólo después de que la cultura se haya desarrollado (Dios sabe cuándo) será saludable y posible una paz perpetua» (Comienzo verosímil de la historia humana, 1796).

Para ver en la práctica, como se desenvuelven las guerras «kantianas», basta observar el caso más reciente de la intervención en Libia, iniciada por un gobierno francés de derecha en estado de descomposición, secundado por un gobierno inglés conservador y absolutamente inexpresivo y por un gobierno norteamericano amenazado por graves dificultades internas. Todo comenzó bajo el aplauso internacional de casi todos los defensores de los derechos humanos de derecha e izquierda, que consideraban que se trataba de un caso indiscutible de «guerra legítima», hecha en nombre de la defensa de una población agredida y desarmada. Sin embargo, ya ahora, después de algunas semanas de matanzas, de un lado y del otro, va quedando cada vez más claro que lo que está en cuestión no es el derecho a la vida y a la libertad de los libios, ni tampoco la promoción de la democracia universal. Al mismo tiempo y en la misma medida en que la guerra de Libia va transformándose, de modo cada vez más claro, en un ejercicio militar experimental de implantación de una cabecera de puente para una intervención futura, eventual y más amplia, de las fuerzas de la OTAN en África.

Ahora bien, mirando desde otro ángulo, se puede observar una recurrencia y una dificultad análoga, en el debate y en las iniciativas de los organismos internacionales, con relación a la defensa y a la promoción de los «derechos fundamentales», alrededor del mundo. Lo que hemos visto en los últimos años, es casi siempre la misma película: de un lado, toman postura y votan los «inocentes útiles» y los defensores generosos del principio, del proyecto y de la utopía; del otro, los países que se valen de su apoyo y de su misma retórica para proyectar su poder y su estrategia geopolítica. A través de «guerras humanitarias», promovidas o lideradas, invariablemente, por los mismos países que componen el actual «directorio ético y militar del mundo», o sea: los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

SinPermiso/Carta Maior, 8 mayo 2011.
Traducción para www.sinpermiso.info: Carlos Abel Suárez

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