miércoles 28 de octubre, 2020

¿La clase obrera va al paraíso?

Publicado el 24/04/11 a las 11:50 pm

Por Pablo Anzalone (Secretario General del PVP).

Este artículo fue publicado en el último número de CUADERNOS DE COMPAÑERO. Esperamos que estimule al lector a acercarse al resto del contenido del Nro. 3 actualmente en venta.

El movimiento obrero es un actor central de nuestra sociedad. Muchas páginas de la historia de nuestro país registran la influencia de los trabajadores como protagonistas, desde las leyes sociales hasta la cultura, desde las inflexiones socialdemócratas del primer batllismo hasta los procesos de unificación del campo popular en los años sesenta.
La resistencia a la dictadura prestigió al movimiento obrero. Mientras algunos actores políticos tradicionales apostaron a “desensillar hasta que aclare”, otros se plegaban con armas y bagajes al elenco dictatorial. Basta señalar casos como Martin Etchegoyen, nada menos que presidente del Directorio del Partido Nacional, que estuvo al frente del Consejo de Estado o desde el Partido Colorado, Juan María Bordaberry y Juan Carlos Blanco, dictador y ministro respectivamente. La comparación es inevitable con los miles de obreros que ocuparon una y otra vez sus fábricas, que fueron encarcelados y despedidos, cuyas vidas fueron golpeadas trágicamente por la represión. Cuando las cámaras empresariales aplaudían a la dictadura o colaboraban en la persecución a los sindicalistas, los trabajadores enfrentaron el arrasamiento de libertades e instituciones. Desde la huelga general a la reorganización del PIT y las enormes movilizaciones que hicieron retroceder a la dictadura, el movimiento obrero fue el principal bastión de la lucha democrática.

La ofensiva neoliberal de los años 90 afectó la base de sustentación del movimiento sindical. El desmantelamiento de la industria destruyó pilares fundamentales de su organización. Los fenómenos de flexibilización laboral y desregulación produjeron una pérdida en la calidad de los empleos y un deterioro en las condiciones de trabajo. El hostigamiento desde muchas patronales, la falta de protección básica para la labor sindical, la omisión o complicidad de las autoridades de gobierno, debilitaron las organizaciones sindicales. Pérdida de afiliados y de cuadros dirigentes, disminución en los niveles de organización sobre todo en el sector privado, tuvieron efectos sobre los sindicatos, aunque el PIT- CNT, como conducción global, mantuvo una presencia nacional importante.

La resistencia a la avalancha privatizadora fue liderada por el movimiento sindical y las consultas populares fueron una herramienta de masificación del debate. Los plebiscitos para la defensa del patrimonio nacional constituyeron formas de confluencia de organizaciones sociales y políticas, reforzando alianzas claves para la izquierda. Estos mecanismos de involucramiento de toda la población en las cuestiones más generales introdujeron un nuevo factor en la vida política nacional: la decisión ciudadana en temas que la estructura estatal reserva a pequeños círculos. Recorrer el país, conversar mano a mano con la gente, llegar hasta los barrios más alejados y los pueblos más pequeños, fue una forma de evitar el aislamiento y de echar raíces más fuertes en la población. Para el movimiento obrero significó afirmar un rol que va más allá de la reivindicación económica, del reclamo salarial inmediato, de las limitaciones del corporativismo. Estas acciones incidieron sobre los niveles de consciencia de la población y al mismo tiempo sobre la propia interna de los trabajadores y su papel como actor colectivo. Más resaltables porque se produjeron en períodos de debilidad organizativa y de reflujo, requiriendo grandes esfuerzos del casco militante, hasta que se desencadenaban las etapas finales de las campañas donde la participación era masiva.

La acumulación político electoral del Frente Amplio le debe mucho a estas luchas.

Las derrotas puntuales que se logró infligir al proyecto dominante, preservaron al país de los extremos catastróficos que las privatizaciones produjeron en otros países de América Latina. Para el país fue importante, aunque no detuvo la oleada neoliberal en su conjunto.

Al mismo tiempo una violenta ofensiva ideológica pontificaba al mercado como dueño y señor de la vida humana. El individualismo más radical aparecía como el modelo a imitar. Con el lógico deterioro de los valores solidarios, integradores, participativos. Mucho más allá de una doctrina económica, el neoliberalismo en todo el mundo generó impactos en lo ideológico, que marcaron las percepciones y los valores societarios durante largos años.

El derrumbe de la URSS y el llamado “campo socialista” rompió paradigmas muy arraigados en sectores de la izquierda y generó perplejidades profundas sobre el horizonte hacia el cual acumulan las luchas populares. Fue presentado como el triunfo definitivo de la ideología neoliberal a nivel de todo el planeta.

La crisis del 2002 significó el colapso del modelo neoliberal de país. Pero asimismo las crisis son oportunidades e instrumentos del sistema capitalista para operar mayores concentraciones en la riqueza, para generar reestructuraciones del poder entre las distintas fracciones sociales. El incremento de la pobreza y la indigencia son indicadores de un gran deterioro que se produjo en términos de sociedad.

La década de los noventa y su culminación con la crisis del 2002 fueron el escenario de un enorme retroceso social. Los procesos de exclusión y de desarticulación de la trama urbana tuvieron efectos muy duraderos. Todavía hoy los estamos sufriendo con la inseguridad, la violencia urbana, las adicciones, la pérdida de calidad de vida en salud, educación o vivienda, la discriminación y estigmatización a los jóvenes, la segregación territorial de la pobreza a la periferia de las ciudades.

El Partido Colorado y en menor medida su aliado carnal el Partido Nacional pagaron un alto precio político por su responsabilidad en este proceso.

El triunfo del Frente Amplio en octubre de 2004 fue un cambio sustantivo del escenario nacional. Por primera vez la izquierda asumía el gobierno nacional para desarrollar su proyecto político. Aún en un contexto de crisis y fuertes restricciones resultantes de la misma y con una situación internacional compleja, se inició un tiempo distinto. También para el movimiento obrero el nuevo escenario significó un desafío complejo.
Ante el gobierno del Frente Amplio el movimiento sindical se enfrentó a la disyuntiva de ser oficialista u opositor. La proximidad histórica con el Frente, a quién pertenecían la gran mayoría de sus dirigentes, las duras batallas contra los gobiernos neoliberales de los partidos tradicionales, la conciencia del significado de un primer gobierno de la izquierda en el país, hacían posible una actitud seguidista, acrítica, desmovilizadora. Por el contrario la tradición de independencia de clase, la disconformidad acumulada, la presión reivindicativa de los sindicatos más poderosos, y también las diferencias dentro de las corrientes sindicales, podrían haber gestado una actitud opositora, de enfrentamiento al gobierno progresista.
Haber sorteado esa disyuntiva errónea es, en nuestra opinión, un gran logro de la conducción del PIT-CNT. En lo fundamental, el movimiento obrero se paró en la escena nacional como promotor de los cambios profundos. Sin desmovilizarse, manteniendo la convocatoria a la acción de masas, actuó como un factor de profundización en las transformaciones, apoyando al gobierno o en ocasiones polemizando con él, pero sin confundirse de enemigo. Un ejemplo claro de esta estrategia fue la movilización convocada contra el intento de desestabilización del gobierno coordinado entre los camioneros y las empresas de taxímetro, mientras la fuerza política de gobierno mantenía una inercia desmovilizadora. Otro ejemplo significativo fue la oposición a la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos promovida desde filas del gobierno. El movimiento obrero sumó con otros actores intelectuales y políticos, y fue determinante en la desestimación final de esta medida. No se trató de una medida puntual más sino una encrucijada cuyos efectos hubieran sido trascendentes, como bien demostró la crisis del año 2008 en el mundo desarrollado.
La campaña por la anulación de la Ley de Caducidad promovida y liderada por el movimiento obrero es un ejemplo de la capacidad del sindicalismo para levantar banderas éticas y políticas amplias, interviniendo en un punto crítico del sistema político post dictadura: la impunidad de los responsables de crímenes de lesa humanidad. Memoria, verdad y justicia son objetivos políticos relevantes para un sistema democrático pleno. Los trabajadores han jugado un rol claro en los tres planos.

Los Consejos de Salarios y las leyes de protección a la sindicalización generaron un marco nuevo para los trabajadores.

Desde 2005 en adelante el movimiento sindical se fortaleció, triplicó sus afiliaciones, ganó en protagonismo social y político. Sectores históricamente postergados como los trabajadores rurales, las domésticas, los guardias de seguridad, han crecido en organización y en derechos, en una pelea desigual que todavía tiene mucho por delante. Surgieron sindicatos en estamentos como la policía, desarticulando la hegemonía de círculos que representaban sólo a las viejas jerarquías, en muchos casos vinculadas al período de represión.
Nada de esto ha sido bien visto por la derecha que desde el poder económico y mediático y desde la oposición política, buscó desprestigiar y aislar al movimiento obrero. Atacando asimismo al gobierno, presionándolo y utilizando sus contradicciones. Sin embargo, a pesar de las visiones apocalípticas que esgrimieron, en la gran mayoría de los casos los empresarios llegaron a acuerdos con los trabajadores en los Consejos de Salarios.

Independencia de clase sí pero no prescindencia de lo que sucede en el sistema político ha sido una definición fuerte del movimiento sindical. Nada sencilla de implementar. Entre otras cosas por errores del gobierno y por las presiones sobre su gestión de los factores del poder establecido. O por las presiones reivindicativas. Hay una dura disputa de proyectos de país que atraviesa toda la sociedad y eso incluye al gobierno. Por otro lado el proceso de cambios resiente la ausencia de un rol protagónico del Frente Amplio como fuerza política que ocupe un lugar claro en la escena nacional. Así lo ha autocriticado el balance aprobado por el Plenario Nacional del Frente Amplio en diciembre de 2010. La construcción estratégica de un bloque social de los cambios, contribuyendo a la suma de fuerzas que esto significa, es una tarea de la fuerza política. En ese sentido puede decirse que faltó una estrategia clara del Frente Amplio en toda la etapa que se abrió con la asunción del gobierno nacional. Ello es clave para sostener una acción política permanente, articulando la labor institucional con la inserción social.

Por otro lado a la interna del movimiento sindical juegan concepciones corporativas que ponen su interés económico inmediato por sobre todas las cosas y en algunos sectores minoritarios inciden estrategias políticas cuyo enemigo es el gobierno frenteamplista. Tanto que desde esas filas se apuntó en varios momentos contra la unidad sindical, con actos paralelos los 1º de mayo y una prédica sistemática en tal sentido.

Las alianzas sociales son un debe en la labor del movimiento sindical en este período. No sólo como reiteración de acuerdos formales del espectro de alianzas clásicas, sino partiendo de que la realidad social cambió, que surgen nuevos sujetos, nuevas formas de nucleamiento y de participación, con las cuales el movimiento obrero puede interactuar. Para todo ese abanico los trabajadores organizados son una referencia. Expresiones nuevas como los usuarios de la salud que han tenido un desarrollo en todo el país o espacios potencialmente ricos como la participación comunitaria en los ámbitos educativos locales, o instancias claves como las Mesas de Convivencia y Seguridad Ciudadana, no han recibido apoyo ni la decisión de articular con ellos en forma sostenida.

El ámbito territorial es un lugar privilegiado para la interacción de los distintos actores sociales, porque allí están en juego todos los determinantes de la calidad de vida. Sin embargo no ha tenido una atención definida ni políticas claras por parte del movimiento sindical.

El nuevo equilibrio de poder permitió a nuestro país enfrentar la crisis internacional del 2008 sin rebajar salarios, reducir el gasto público ni aumentar la desocupación. La receta clásica de la derecha tuvo siempre efectos pro cíclicos, ampliando los efectos de las crisis además de descargarlas en los sectores más postergados. Por el contrario, mantener el proceso de recuperación salarial y proteger el empleo, sostener el gasto social, fortaleció el mercado interno y contribuyó a sobrellevar la crisis en mejores condiciones. Es así que el país continuó su crecimiento en un contexto internacional donde los grandes centros de poder capitalista vieron explotar sus burbujas financieras y sufrieron fuertes caídas en sus sistemas productivos.
El segundo gobierno frenteamplista implicó una continuidad del proyecto de la izquierda y a la vez, el reacomodo de nuevos elencos y el reposicionamiento de todos los actores políticos y sociales, para buscar ampliar sus espacios propios. Confluyeron en la misma coyuntura elementos conflictivos como el debate presupuestal y la Ronda de Consejos de Salarios.

Desde la interna sindical hubo estrategias que desestimaron el impacto sobre la población de las medidas que tomaban, subestimaron su propio desprestigio y con ello le dieron armas a la derecha mediática para que construya un mayor aislamiento de sus organizaciones sindicales y por extensión del movimiento obrero. Estas orientaciones condujeron sus sindicatos a bretes de difícil salida. La necesaria relación entre los puntos reivindicados y las medidas de lucha que se adoptan, no puede omitirse ni verse aislada del contexto general y de las estrategias globales en pugna.

Hubo incapacidad para poner en primer término la situación de los trabajadores más postergados, cuyos salarios y condiciones de trabajo siguen siendo los peores. Por el contrario los conflictos más visibles fueron protagonizados por otros sectores de trabajadores. Para el movimiento obrero quedar en la misma bolsa que grupos de poder corporativo como los “anestésico-quirúrgicos”, es una situación compleja, llena de riesgos, antesala de derrotas duraderas.

Un manejo errático y desprolijo del gobierno en temas como la Reforma del Estado agregó dificultades en el relacionamiento con las organizaciones sindicales.

En este contexto, desde diversos centros de poder de la derecha se operó para construir un nuevo enemigo público: “la conflictividad”. Esta operación mediática tuvo una llegada importante en la opinión pública, generando un aislamiento del movimiento sindical. Incluso entre la mitad de la población que es votante del Frente Amplio. Desde el gobierno también se emitieron señales que sumaron a esta campaña.

Para una estrategia de profundización de las transformaciones progresistas esta situación es claramente negativa. No sólo favorece a la derecha en lo social y político, sino que divide a los sectores populares, y hace más difícil la construcción de un protagonismo mayor de las grandes mayorías.

Hay un plano ideológico de anclaje que parte del “Trabajo como generador de la riqueza”, y se expresa luego en una cultura del trabajo y valores que deben permear a una sociedad que quiera avanzar hacia un horizonte de desarrollo y mayor justicia social.

Existen otros planos que hacen a las estrategias de los actores de los procesos de cambio. A diferencia de las visiones que piensan al gobierno como único actor de los cambios– sin subestimar su rol como palanca de transformaciones– concebimos procesos donde distintas fuerzas interactúen.

Gobiernos (nacionales, departamentales y municipales), protagonistas sociales y fuerza política son los actores claves para que la izquierda pueda desarrollar su proyecto de país. Sin trabajar en la construcción de un bloque social para los cambios, es decir de un abanico de alianzas de sectores diversos que confluyan en un proyecto de país, será muy difícil consolidar transformaciones estructurales. Alianzas que pasan por la democratización de la sociedad construyendo una mayor participación ciudadana en las políticas públicas. Es desde ese terreno heterogéneo, que arraiga en lo cultural, que podemos dar la lucha por el predominio de valores solidarios e incluyentes. Y por allí ir creando una sociedad nueva. Es decir un entramado que democratice las relaciones económicas, sociales y políticas.

Artículo publicado en CUADERNOS DE COMPAÑERO Nro. 3
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