miércoles 28 de octubre, 2020

De buena fe

Publicado el 19/01/11 a las 10:00 pm

Por Marina González.

Después de la primera vuelta electoral hubo en Haití “un movimiento para sacar a Préval”, el presidente haitiano, según el funcionario de la OEA Ricardo Seitenfus.

Ricardo Seitenfus es representante especial en Haití del secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, desde 2008. Desde 2004 viajaba con frecuencia a ese país como enviado especial del suyo, Brasil. A fines de diciembre, lo invitaron a tomarse unas vacaciones de su cargo. En ese marco visitó Uruguay la semana pasada y dialogó con la diaria.

Ricardo Seitenfus viajó a Haití por primera vez en 1993. Desde que escribió un libro llamado Haití: la soberanía de los dictadores, en 1994, se lo considera especialista en el tema, pero él no acepta esa calificación porque entiende que el país es demasiado complejo para que alguien pueda serlo.

Seitenfus sabe que no permanecerá en su cargo hasta que en marzo termine su contrato. La prensa haitiana informó que su alejamiento se debía a una entrevista publicada el 20 de diciembre en el diario suizo Le Temps, en la que opinó que la ayuda internacional a Haití fracasó. El representante de la OEA dijo que en esa entrevista habló sobre Haití en “un tono para nada diplomático” pero “de buena fe”. A su entender, hay otras razones para su alejamiento. Una de ellas es que tomó posición en contra de que se forzara la salida del presidente haitiano, René Préval, según dijo a la diaria en una entrevista realizada el 12 de enero, en el aniversario del terremoto que afectó a Haití en 2010.

-¿Qué pasó en diciembre para que le propusieran tomarse licencia?

-Los contratos son anuales, yo me iba a fines de diciembre. Pero como surgió la crisis [por las elecciones del 28 de noviembre], cuando Insulza me preguntó hasta cuándo me quería quedar, yo le dije “hasta que el nuevo presidente entre en funciones”, e hicimos un contrato hasta el 31 de marzo. A mediados de noviembre vino un chico [periodista] de Ginebra [Suiza] y quiso hacer un balance de mis dos años en Haití. No sabía que iba a ser para la prensa de Ginebra, pero a mí me pareció bien porque estudié allí y tengo dos hijos que viven en esa ciudad. Hice la entrevista así, de una manera muy natural sin hablar de gente ni de organizaciones, pero sí del sistema. La nota salió el lunes 20 de diciembre. Por la mañana, Insulza me llamó y me dijo que tenía que salir de vacaciones y que cuando volviera a fines de enero me despidiera, porque ya no iba a seguir en el cargo. Yo dije: “muy bien” e informé al presidente de la República, Préval, y al embajador de Brasil. El presidente se enojó mucho. Creo que él informó a la prensa, porque el martes 21 los medios haitianos dijeron que Insulza me había sacado por la entrevista. Yo jamás hablé de eso con la prensa.

-¿No renunció?

-No, en principio voy a terminar mi contrato el 31 de enero; lo acortaron. Sigo siendo el representante de la OEA, pero de vacaciones. No sé qué va a pasar con febrero y marzo. Vuelvo a Brasil, seguramente. La lectura natural es que esto se debe a la entrevista, pero yo creo que hay cosas más profundas. El 28 de noviembre hubo una reunión del grupo de coordinación internacional por la crisis que se desató ese día con la elección. El primer ministro de Haití [Jean-Max Bellerive] estuvo presente y dijo dos cosas. Primero afirmó que de ninguna manera se contara con él para encontrar una solución fuera de la Constitución. Segundo, preguntó si el mandato del presidente Préval estaba en juego, si se manejaba la posibilidad de sacarlo del país. Él había escuchado decir que había gente de la comunidad internacional que tenía esa propuesta. Yo no sabía eso. Escucharlo fue una sorpresa muy desagradable, aun más cuando me di cuenta de que se hizo un silencio en la sala, casi como un asentimiento. Estaba el secretario general adjunto de la OEA [Albert R Ramdin] a mi lado, yo no podía hablar en nombre de la organización. Así que dije: “Hablo como ciudadano que está acompañando un proceso aquí en Haití hace dos años. Yo quiero recordar que en las Américas existe la Carta Democrática Interamericana. Un presidente puede no terminar su mandato sólo si hay un proceso de empeachment [permite procesar un alto cargo del Estado e implica la destitución], fuera de esto, es un golpe”. Estaba en frente del embajador de Brasil; dije: “No sé qué piensa Brasil” y contestó: “Brasil piensa lo mismo”. Entonces, el embajador de Estados Unidos dijo: “No vamos a hablar de esto”. Pero había un movimiento del mismo estilo de lo que pasó en 2004 [cuando el entonces presidente, Jean Bertrand Aristide, abandonó el país]. En ese momento tuve esa posición y el secretario general adjunto [de la OEA] no dijo nada. Por otro lado, siempre me opuse a un gobierno provisional.

-¿Por qué?

-Un gobierno provisional quiere decir que fracasamos en organizar elecciones. Estamos desde 2004 para eso, ¿no? Además no tendría legitimidad -porque no surgiría del voto popular-, ni respetabilidad frente a la comunidad internacional, no sería un gobierno eficaz frente a todos los desafíos.

-¿Préval tiene legitimidad ahora?

-Claro, Préval fue electo. El ruido de las calles no tiene que ver. Tiene que llegar al final de su mandato. Es probable que su candidato [Jude Célestin] no gane las elecciones. Que no haya ganado en primera vuelta ya es una sanción. Pero no se puede discutir el mandato de quien fue electo, y aun menos nosotros, la comunidad internacional, que estamos ahí para mostrarles a los haitianos cómo se hace la democracia.

-En la entrevista con Le Temps usted hizo un balance muy duro con la comunidad internacional.

-La entrevista se hizo en un tono para nada diplomático. Pero es un balance para ayudar, hecho de buena fe. Estamos ahí desde hace 20 años; hubo ocho misiones de paz de Naciones Unidas; tuvimos que volver siete veces. O sea que hay un problema con Haití, pero también hay un problema con nosotros, si no, no habría sido necesario volver. Después, con el terremoto, con el cólera, la naturaleza del desafío cambió. En 2004 la cuestión era el vacío de poder, porque habían echado al presidente -o se había ido, eso no importa, salvo para el historiador- pero el hecho era ése. En 2005 y 2006 estaban las bandas descontroladas. El problema de Haití es la lucha por el poder que no respeta los parámetros democráticos. No es una amenaza para la paz ni para sus vecinos, es un conflicto de baja intensidad y de naturaleza doméstica. La gente de afuera está muy mal informada por el periodismo internacional, que va con ideas preconcebidas e intenta conseguir lo que fue a buscar. Para que tengas una idea, el promedio por año de asesinatos por 1.000 habitantes, que es de 35 en América Latina, en Haití es de nueve. Haití es tan tranquilo como Uruguay. Claro que hay una violencia de la miseria, pero hay respeto por la propiedad, hay una espiritualidad que hace que la gente se conforme, acepte situaciones que en otras latitudes serían inaceptables. El haitiano después del terremoto tuvo una actitud extremadamente digna. Incluso sorprendió al mundo. La gente se imaginaba que iba a haber saqueos, asaltos, robos, asesinatos: no pasó nada. ¿Por qué? Porque fueron a buscar fuerzas en la espiritualidad. Hay elementos sociales en Haití que no tienen otros países. Es un país que tiene 9.000 policías y casi no hay violencia.

-¿Por qué entonces Haití no logra salir adelante?

-En los años 80 aceptó las reglas del comercio internacional y abandonó por ejemplo un elemento esencial de su estructura productiva, que es la agricultura. Se importó arroz subsidiado, casi donado, y se abandonó la producción nacional, que cubría casi el 80% del consumo interno de ese alimento básico de la dieta haitiana. Mucha gente se fue del campo a la ciudad y por eso Puerto Príncipe explotó. Hay 80% de desempleo, pero no hay inversiones extranjeras y la elite haitiana es una elite comercial, no es una elite de producción. El país debe volver a ser lo que era antes: esencialmente agrícola. La sociedad haitiana está más que aislada, es rechazada por el mundo. No tiene contactos económicos, ni comerciales, ni exportaciones. Se crearon esas imágenes sobre el país que son estereotipos: la violencia, el vudú. No se conoce nada de su cultura. Pero yo creo que esto viene de la independencia, cuando los esclavos tuvieron la osadía de hacer lo que hicieron: una verdadera revolución, en 1804. Yo le llamo a eso el pecado original. El mundo nunca supo tratar a Haití, a no ser por la violencia o por la indiferencia. Todavía estamos tratándolo así, desde 1991 y los problemas con Aristide.

-Una lectora de la diaria nos dijo que pensaba que hay que estar loco para querer ser presidente de un país como Haití. ¿Están locos los políticos haitianos? ¿Hay personas capaces hoy en la política local?

-Primero, los políticos no están locos. El único ascensor social en Haití es la política. No es ni el matrimonio, ni el trabajo -porque no hay-. Y existe esa idea de que la política es un acto bélico. Las campañas electorales son las únicas fuentes de violencia. La clase política que dominó Haití durante 200 años es muy competente, porque es una minoría y consiguió controlar al país a través de emperadores, dictaduras, con el apoyo de los americanos, cómo sea no importa: son competentes para tomar el poder. No para arreglar los problemas de Haití, eso es otra cosa. El Estado haitiano es muy joven, nació ahora, en 1986, 1990, con la Constitución. Tenía dos funciones: las carreteras y la policía. La educación, la salud, están en manos de iglesias, de grupos privados. El Estado sólo brinda 10% de servicios en esas áreas. Jamás un haitiano sintió su presencia cerca de él.

-¿Qué puede hacer la comunidad internacional en Haití?

-Tenemos que respetar esas idiosincrasias, esas características de la sociedad haitiana. La pregunta es si se puede importar la democracia como un producto de supermercado. Yo creo que no. Se puede aconsejar y debatir, pero no imponer. Tenemos que escuchar al gobierno, a los partidos políticos de Haití. Existe la necesidad de hacer un pacto de libertades y garantías democráticas que esté garantizado por el Consejo de Seguridad [de Naciones Unidas]. Hay que pasar por todo esto para salir del problema político. Hay 110 partidos, 60 reconocidos, hubo 19 candidatos [en las últimas elecciones] y en 2006 fueron 36. La política está en la epidermis de los haitianos y la ejercen con una radicalidad que no existe en las relaciones sociales. Haití tampoco puede pasar por alto la necesidad de tener una estructura de Estado, ni su integración en América. Basta de que Haití siga aislado pagando por su independencia. Los [extranjeros] que estamos en Haití hablamos de democracia institucional. El aparato institucional son las elecciones. No se habla del sistema democrático como un medio para mejorar la sociedad. De hecho, se habla mucho más de forma que de contenido.

-Hablando de elecciones. ¿Qué va a pasar ahora?

-No sé. Yo sé que el 14 de mayo el presidente Préval se va.

-¿Es seguro que Préval se va a quedar hasta esa fecha?

-Nada es seguro en Haití, pero la fecha máxima prevista para que se quede es el 14 de mayo si hay un presidente electo antes, se va antes. Si no hay, se queda hasta el 14 de mayo; y entonces habrá lo que mucha gente quiere, es decir, un gobierno provisional. Eso sería una catástrofe para el país, pero es así. En las elecciones del 28 [de noviembre] yo vi que todo funcionó bien hasta las 14.30, cuando recibí un llamado diciendo que era un caos y convocándome a una reu-nión [en la que se habló de la posibilidad de que se fuera Préval].

-¿Qué piensa del informe de la OEA sobre esas elecciones que se filtró a la prensa y que recomienda que el candidato oficialista sea excluido de la segunda vuelta?

-No se saca así a alguien como se quiere hacer con Célestin [ver nota adjunta]. Hay que respetar a sus votantes y además tener presente que representa a Lavalas [una dinastía política a la que también pertenece el ex presidente Aristide], una familia ideológica que domina la política haitiana desde el inicio de la democratización del país. Si todo ese espectro no está en la segunda vuelta, vamos a tener a una señora liberal [la candidata a la presidencia Mirlande Manigat] y a un ex de Duvalier [una dinastía de dictadores (1957 a 1986) con la que otro candidato, Michel Martelly, supo tener afinidades]. Yo creo que estos dos candidatos no representan los cortes ideológicos que hay en Haití, pero no soy el dueño de la verdad. Hubo muchas invitaciones personales para que Célestin se retirara, pero no puede hacerlo. Veremos. Pude leer entre las líneas que el gobierno haitiano no está nada satisfecho con la manera en que se divulgó ese informe.

-¿Cuál es el futuro de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití [Minustah]?

-Tenemos que hacer un balance de los casi siete años de la Minustah. Los desafíos son distintos, son enormes hoy en Haití. Yo estoy defendiendo la idea en Brasil -espero que el nuevo gobierno brasileño lo acepte- de hacer una reunión entre los países que tienen tropas ahí. El 70% de las tropas presentes en Haití es latinoamericano.

-La Minustah está generando mucho rechazo entre la población. Sobre todo desde que estalló la epidemia de cólera a mediados de octubre.

-No digo que mucho, pero va creciendo. Quizás debamos continuar haciendo lo mismo, pero tenemos la obligación de conversarlo y aprovechar que va a haber un nuevo gobierno en Haití, para poner las cartas sobre la mesa y negociar también con Naciones Unidas, Estados Unidos, Francia y Canadá. En América Latina, sobre todo en Brasil -que comanda la parte militar de la Minustah-, Argentina y Chile, ir a Haití es también una decisión política, no es sólo una decisión militar. Brasil es percibido de manera muy positiva por los haitianos, pero eso no puede seguir así por un tiempo indefinido. Para mí las mejores misiones de paz son las más cortas. Sobre el cólera, quién lo trajo es importante desde un punto de vista histórico y científico. La gente que quiere decir que el cólera fue importado por la ONU se basa en el informe de un médico francés. La ONU lo negó. Pero esto no importa para mí. Hay una percepción popular en Haití -y en política la percepción importa mucho más que los hechos- que dice que la ONU llevó el cólera al país. Punto. Entonces tenemos que trabajar con ese dato. Esa percepción es muy negativa para la presencia de Naciones Unidas, aunque no sea verdad. Además, sigue habiendo un millón de desplazados en la región de Puerto Príncipe. Ahí tenemos una presencia de ONG que fue muy importante en el momento del terremoto, pero ahora se critica su manera de trabajar sin coordinación, sin aceptar el poder del gobierno. El gobierno también tiene dificultades porque perdió el 30% de sus funcionarios con el terremoto. Si un buen funcionario gana 800 dólares por mes, las ONG le ofrecen 5.000 y lo sacan del Estado. La fuerza financiera de las ONG debilita al Estado. Para mí es muy claro que la presencia de la Minustah y de las ONG no va a desarrollar al país. Es necesario reconstruir el tejido social.

-¿La Minustah y las ONG se tienen que retirar?

-No, pero la Minustah necesita un plan de retirada, gradual, con un calendario y objetivos, no sé para cuándo, pero tenemos que conversarlo. Eso estábamos haciendo en el segundo semestre de 2009. No le llamábamos plan de retirada, sino plan de salida de crisis. También se derrumbó con el terremoto. Las ONG deberían ser controladas por el Estado y que los países donantes dejen de donar a Haití exclusivamente a través de ONG.

-El problema es que la comunidad internacional no confía en el Estado.

-Es la gallina y el huevo. Para mí esa cuestión de la desconfianza es un discurso ideológico. Es muy fácil decir “no confío, entonces sólo le doy a mi compatriota que conozco de la ONG y hago una donación para Haití”. No es así: hiciste una donación para esa ONG. De hecho, la corrupción no existe: Transparencia Internacional habla de “sensación de corrupción”. Es normal que una sociedad con 80% de desempleo, problemas estructurales, donde no hay control social ni sistema judicial que funcione, tenga menor capacidad para combatir la corrupción. Hay que intentar ayudar al Estado a fortalecer las instituciones y ayudarlo a controlarla, si ése es el problema. No se puede seguir con el discurso de que “si el Estado es corrupto no quiero nada con él”, así no vamos a salir adelante jamás.

Tomado el 19/1/11, de La Diaria, http://ladiaria.com/articulo/2011/1/de-buena-fe/

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