sábado 24 de octubre, 2020

Para los guerreros de los drones de la CIA, el futuro es la muerte.

Publicado el 27/12/10 a las 9:42 pm

Por Pepe Escobar.

Olvidad el iPad; el icono máximo del artefacto convertido en fetiche es el drone. Los israelíes los hacen y los venden como pan caliente. Los mexicanos los usan para patrullar su lado de la frontera. Los brasileños quieren usarlos para patrullar las favelas de Río. Los saudíes los quieren. Los uzbekos los quieren. Todos cantan: ¡Hagámoslo! ¡Enamorémonos! (del drone).

Además, abandonad toda esperanza los que entréis (por las puertas del error de percepción: Afganistán es ahora oficialmente una atracción secundaria, despreciable, plagada de soldados, de la guerra AfPak. Lo real es una guerra ilegal de drones contra Pakistán. ¡Viva Richard Nixon! Por mucho que Tricky [Truculento] Dick haya anexado Camboya a la Guerra de Vietnam, el gobierno de Obama emuló a Nixon respecto a Pakistán. Y lo grandioso es que nadie necesita otra “entrega” de WikiLeaks para saberlo. Está a la vista.

Los trucos de Tricky Dick allanaron el camino al Año Cero para los Jemeres Rojos. El cara o cruz de Obama puede estar allanando el camino para un Año Cero de la hermandad pastuna. El establishment de 16 agencias de la inteligencia de EE.UU. dice que la aventura afgana está condenada. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) se muestra algo sombría. Pero la Casa Blanca adicta a la ‘oleada –en lo que recuerda fuertemente los informes de la era de George W. Bush sobre Iraq– dice que todo va bien (el “ímpetu de los talibanes ha sido detenido en gran parte del país”). El jefe supremo del Pentágono Robert Gates dice que Washington controla ahora más territorio afgano que hace un año; tal vez en términos de centros comerciales de Kabul –y eso ya es una exageración.

El ímpetu de los talibanes, en todo caso, no es más que una idea de último momento. Lo que importa para la Casa Blanca es aplastar (“progreso significativo”) a al-Qaida, que supuestamente no está oculto en Afganistán, sino en áreas tribales de Pakistán. Eliminad a esos talibanes paquistaníes, con la CIA tocando la Cabalgata de las Valkirias, exactamente como un remix orgiástico del Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola adecuado para Facebook, y con todos estos tanques de los Marines de EE.UU. que arrollan la provincia Helmand y ofrecen una primorosa contrapartida. Adoro el olor de un talibán que arde por la mañana. Me hace pensar en… reelección.

Pero, ¿qué pasa con el daño colateral? Los machotes del tipo “hombres duros van a Teherán” dicen que esto es para afeminados (la Fundación Nuevo EE.UU. dice que cerca de un tercio de las muertes por drones son civiles, pero eso es una inmensa subestimación, según fuentes paquistaníes). Se garantiza, en todo caso, que las repercusiones durarán hasta el Siglo XXII.

¡Más rápido CIA! ¡Matad, matad!

De modo que no es el Pentágono sino la CIA la que hace que llueva la muerte del cielo sobre pobrísimas aldeas de chozas de adobe en un país con el que EE.UU. no está en guerra. Las cosas podrán cambiar –véase el frenesí por atrapar legalmente al “terrorista” Julian Assange– pero la ley estadounidense no condena exactamente campañas de asesinato masivo.

La guerra de drones de la CIA es obviamente secreta e ilegal. Eso se puede arreglar si el presidente entrante del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes de EE.UU. actualiza la autorización del Congreso para esta guerra ampliada contra al-Qaida. En cuanto a los pastunes que colaboran con la CIA, son técnicamente afganos, no paquistaníes, de diferentes tribus; lo que fomentará siglos de subsiguientes problemas tribales una vez que las familias de los muertos establezcan quienes son los alcahuetes.

Sea cual sea la retórica que emane de Washington en 2011, el juego se seguirá llevando a cabo debidamente según un solo guión que propone conspiraciones; los «pentagonistas» estadounidenses visitan Islamabad/Rawalpindi para advertir a los paquistaníes de la perenne “impaciencia estratégica” de lo que están haciendo, mientras el establishment militar y de la inteligencia sale a la luz para pretender que hace todo lo que puede, pero que también tiene que velar por los intereses de Pakistán.

En breve: esperad para 2011 un interminable desfile de Predators y Reapers que disparen andanadas de misiles contra los usuales “presuntos militares” en Waziristán del Norte, Khyber o cualquier otro sitio en las áreas tribales, y olvidad la idea de que Islamabad/Rawalpindi envíen su ejército a Waziristán del Norte a combatir contra “al-Qaida” o incluso las tribus locales.

Lo que esto significa esencialmente es que la nebulosa/mito, convenientemente señalada “al-Qaida” sigue fuera de peligro. No hay manera de que unas pocas docenas de yihadistas invisibles puedan ser aplastadas por la ilegal guerra aérea de la CIA, para no hablar por tropas de Islamabad/Rawalpindi. E incluso suponiendo que pudieran, las “franquicias” se mantendrían activas, como en AWAP, al-Qaida en la Península Arábiga/Yemen.

Conversión al drone

¿A quién le interesa Don’t Ask, Don’t Tell [Prohibido preguntar, prohibido decir]? El nuevo éxito en todo lo que tiene que ver con AfPak es la conversión al drone. El próximo jefe del Servicio Clandestino Nacional de la CIA –es decir, el nuevo máximo espía de la CIA– es John D Bennett, que no es otro que el ex jefe del ala paramilitar de la CIA infestada de drones. Un artículo de Associated Press llegó a afirmar que dirigió drones en Pakistán durante la era de Bush.

Incluso el vicepresidente del Estado Mayor Conjunto, el general «Hoss» Cartwright, se ha convertido completamente al uso de drones. Desde su punto de vista COIN [la campaña de contrainsurgencia] pasó a la historia; lo que está de moda es el “contraterrorismo”, tal como se aplica en la guerra aérea saturada de drones. Hay que considerar la guerra de drones como el principal paquete de estímulo de Washington en Asia Central.

El progreso en el sobre-estimulado Afganistán, según el informe de fin de año del gobierno de Obama, es “frágil y reversible”. Significa en la práctica que, a pesar de toda la propaganda, Kandahar, saturada de misiles, no se convertirá en el Condado Orange [uno de los condados más ricos de EE.UU. cercano a Los Ángeles, N. del T.] en el futuro previsible.

La historia de Afganistán no se complicará; se diluirá como siempre. Los afganos seguirán diciendo una y otra vez que no son exactamente admiradores de los talibanes, pero odian todavía más a la corrupta pandilla de Hamid Karzai y Washington por permitir que su país ocupado sea controlado por gángsteres y señores de la guerra.

Washington seguirá retocando su “estrategia” perdedora de golpear a los talibanes con un poder de fuego extremo. Los talibanes, por su parte, ya han perfeccionado su propia estrategia de “huir del sur – ir al norte”. Todos los caminos en Afganistán llevan a Kabul; no es por accidente que todos hayan sido interceptados o estén bajo ataque de los talibanes. El gobierno de Karzai se detiene abruptamente en la última comisaría al sur de Kabul, en el camino a Kandahar. Es como si Kabul estuviera envuelta por una espectral sensación del Titanic –esa camarilla neocolonial de generales, diplomáticos, organizaciones no gubernamentales y contratistas de la seguridad, mimados, aislados en sus condominios, que se apresuran a divertirse como antes de la caída de Saigón.

Pero en todo caso aparecerá con fuerza una “nueva” narrativa: la “disminución” a paso de tortuga de la OTAN desde 2011 a 2014. ¿Pero eso significa el comienzo del juego final, no más guerra? Más bien es un retorno al comienzo como en “todos los que entren, abandonen toda esperanza (las puertas de la suposición falsa)”. Con (literalmente) el estruendoso aplauso de una camarilla de neófitos terroristas neo-yihadistas, la Casa Blanca ha subrayado explícitamente “el compromiso duradero de la OTAN más allá de 2014”.

Una característica clave de este “compromiso duradero” es que los soldados del ejército afgano y los policías entrenados por la OTAN (con el complemento de contratistas privados estadounidenses del modelo Dyncorp/Blackwater) necesitarán por lo menos 6.000 millones de dólares anuales, probablemente hasta la eternidad, de los usualmente eufemísticos “donantes internacionales”, y los esenciales son los contribuyentes de EE.UU.

Es gas, gas, gas

Y es el momento en el que el Año del Drone confluye con lo que el difunto gran deconstructivista Jacques Lacan calificaría como “lo indecible”: las relaciones invisibles y peligrosas entre la “guerra contra el terror” y la guerra energética, como en la correspondencia entre la topografía de la guerra contra el terror y todas las fuentes claves de energía del Siglo XXI, de Oriente Medio a Asia Central.

Esto implica un capítulo esencial del «Ductistán», la historia interminable del gasoducto Turkmenistán-Afganistán-Pakistán-India (TAPI) que está en el centro del complicado matrimonio Washington-Kabul desde mediados de los años noventa.

El acuerdo intergubernamental TAPI finalmente se firmó a mediados de diciembre. Que no quepa ninguna duda; hablamos de Washington a toda marcha. El Banco de Desarrollo Asiático respaldado por Washington tendrá que contribuir con la mayor parte del paquete financiero de 7.600 millones de dólares (y suma y sigue). El TAPI, de 2.000 kilómetros de largo –que será construido por un consorcio internacional– serpenteará a través de muy problemáticos 735 kilómetros en Afganistán y 800 kilómetros en Pakistán.

Dejando de lado la exageración, no existe una evidencia concreta de que el TAPI vaya a “estabilizar” Pakistán o a contribuir a que India y Pakistán intercambien besos en lugar de insultos. AfPak en este caso son los dos países de tránsito. La mayor parte del trozo afgano será subterránea –muy parecida al BTC apoyado por EE.UU. de Bakú, en Azerbaiyán, a Ceyhan, en Turquía. En teoría pagarán a las aldeas locales para que protejan el gasoducto. Pero eso no llega a garantizar la seguridad de una serpiente de acero que cruzará Afganistán occidental y luego irá hacia el este a través de Kandahar.

Una vez más, en teoría TAPI es ciertamente una «Ruta de la Seda» de acero entre Asia Central y del Sur. Si se llega a construir el TAPI –y sigue siendo un “SI” muy grande– ciertamente será un monstruoso cruce de Ductistán con el Imperio de Bases de EE.UU. Porque la seguridad general no estará garantizada por otros que el Pentágono y la OTAN. Y eso significa que el Occidente Atlantista quedará eternamente empotrado en AfPak. Se pueden imaginar las conclusiones a las que llegarán los talibanes a ambos lados –para no hablar de los pastunes contrariados en general.

E incluso si construyen el TAPI, todavía no significa que su competidor clave, el gasoducto Irán-Pakistán-India (IPI) por 7.300 millones de dólares, también conocido como “gasoducto de la paz”, haya perdido la batalla –horrorizando a Washington. Los indios lo han dicho, ahora buscan gigantes aseguradores del tipo de Lloyds. Y Pakistán definitivamente los quiere a ambos, TAPI e IPI.

En teoría, el TAPI debería estar terminado en 2014. ¡Qué sorpresa! Es exactamente el año fijado como plazo (por ahora…) para la salida de las tropas estadounidenses de Afganistán. Nadie saldrá de ninguna parte. Finalmente se verá que todo el lío AfPak es una estratagema de Ductistán.

Mientras tanto, que tengan buen Año del Drone. Y ya que estamos, les doy algunas noticias de última hora. La estrategia del Pentágono y la OTAN para AfPak en 2011 ya se ha establecido: esperar la ofensiva de primavera/verano de los talibanes para ver por dónde van las cosas. Y luego darles con los drones hasta que mueran.

Pepe Escobar es autor de “Globalistan: How the Globalized World is Dissolving into Liquid War” (Nimble Books, 2007) y “Red Zone Blues: a snapshot of Baghdad during the surge”. Su último libro es “Obama does Globalistan” (Nimble Books, 2009). Puede contactarse con él en: pepeasia@yahoo.com.

(Copyright 2010 Asia Times Online (Holdings) Ltd. All rights reserved.
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y revisado por Caty R.
Fuente original: http://www.atimes.com/atimes/South_Asia/LL23Df03.html
Tomado de http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119261

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