miércoles 21 de octubre, 2020

LEY DE CADUCIDAD: EL CONFLICTO ENTRE SOBERANO, GOBIERNO Y LEGISLADOR.

Publicado el 23/11/10 a las 11:30 pm

Por Constanza Moreira.

Las declaraciones del presidente José Mujica vertidas en el sitio web de Presidencia sobre la ley interpretativa de la Ley de Caducidad a consideración en el Senado, fueron oportunas y acertadas. Más allá de las lecturas ­con sesgos variados- tendientes a afirmar que existió una suerte de «lavado de manos» del gobierno sobre la ley, o las que afirman que el Presidente desautoriza a algunos representantes del Poder Ejecutivo, creo que el Presidente coloca, o más bien recoloca, algunos puntos centrales.

Recapitulemos.

Primero. La solución encontrada para la anulación de la Ley de Caducidad, habida cuenta del fracaso del plebiscito del pasado año, fue la redacción de una ley interpretativa de la constitución. Así, la ley que ya obtuvo media sanción en Diputados y aguarda su resolución en Senado, no repite la fórmula jurídica sometida a plebiscito sino que es de naturaleza jurídica diferente. En otras palabras, no se viola la voluntad popular en el sentido de imponer en el Parlamento una solución que fue desechada en las urnas. Lo que fue desechado en las urnas, y lo que está siendo sometido a consideración de los legisladores ahora, son soluciones jurídicamente diferentes.

Segundo. Más allá de la solución jurídica ahora encontrada, la búsqueda de una solución para erradicar la Ley de Caducidad de nuestro ordenamiento jurídico fue un compromiso que asumió la totalidad del Frente Amplio, no únicamente a través de un órgano, sino a través de todos su órganos: Congreso, Plenario y Mesa Política. Como señala el Presidente, quien no hubiera estado de acuerdo con este curso de acción debiera haberlo planteado en esas instancias, y debiera haber intentado convencer a sus compañeros (no uno, sino los ciento ochenta del Plenario y los casi dos mil del Congreso).

Tercero. Luego de tomada esa decisión, el Frente Amplio mandató a todos sus legisladores, diputados y senadores, a votar esta ley en el Parlamento, de ser posible, antes del 15 de noviembre (fecha en la cual se esperaba el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos por el caso de María Claudia García Irureta-Goyena de Gelman). Es necesario aclarar que sólo en circunstancias muy especiales, el Frente Amplio mandata a sus legisladores; no es un dispositivo usado con frecuencia. La fecha del 15 de noviembre, por otra parte, fue una recomendación ya no del militante Almagro, sino de un canciller preocupado por los montos que el Estado uruguayo deberá comenzar a desembolsar (y que son millonarios en dólares) por ¡no respetar los derechos humanos!

Cuarto. Los diputados votaron todos la ley, sin que existiera fisura alguna en el conjunto de la bancada, y lo hicieron en los plazos acordados. Aquellos que no acompañaban totalmente el proyecto, se avinieron al principio de las mayorías que rige todo órgano democrático. Incluso algún diputado llegó a argumentar en contra, pero previno que «por mantener la unidad de acción» y en el entendido de que la Ley de Caducidad debía ser eliminada, se avenía a acompañar a la mayoría.

Quinto. El proyecto se trancó en el Senado, aunque recién ha entrado en la Comisión de Constitución y Legislación que comenzará su tratamiento luego de aprobado el presupuesto. Y ello fue porque algunos senadores, individualmente considerados, y a pesar de que los referentes en Diputados de sus mismos grupos (738, CAP-L, Espacio 609), habían votado a favor de la ley en su respectiva Cámara, declararon no estar convencidos con la ley, aunque hay enormes diferencias de actitud entre unos y otros. Es necesario señalar que estos senadores también están mandatados, al igual que los diputados, para votar a favor de la ley. El mandato imperativo del Frente Amplio se aplica por igual a todos sus legisladores, independientemente de la Cámara en la que se desempeñan (de lo contrario estaríamos reconociendo la existencia de diferentes márgenes de acción de los legisladores, lo cual sin duda violaría el principio de unidad de acción).

El presidente José Mujica ha señalado en su mensaje que «obedece y acompaña las decisiones que la fuerza política adoptara por mayoría». Si el mismísimo Presidente de la República lo hace, ¿por qué no deberían hacerlo los legisladores? Asimismo dice lamentar que «argumentos y posicionamientos surgidos en el Senado no se dieran en el Frente Amplio ni en el debate previo en la Cámara de Representantes». Y en efecto: nadie esperaba que una decisión tomada por el Frente Amplio en su conjunto, ratificada varias veces en todos sus organismos, y que concitó la unanimidad de los votos de diputados, fuera luego cuestionada por los senadores.

El Presidente es muy claro en su mensaje. Dice que «reafirma su apoyo y acatamiento a las decisiones que tome la mayoría expresa de la fuerza política que, por la vía de los procesos electorales inobjetables, lo responsabilizaron de la decisión de gobierno». Esta declaración, en sí misma, constituye el argumento fundamental para desestimar las supuestas lecturas sobre la «soberanía popular». Para empezar, vamos a explicitar algunas lecturas erróneas sobre la voluntad popular. A saber:

a) Es un error afirmar que la soberanía (o el cuerpo electoral) ratificó ya dos veces la Ley de Caducidad, ya que la votación negativa en el referéndum de 1989 y en el plebiscito de 2009 no implica ratificación, sino una decisión de no revocar la norma en los términos expuestos a votación.

b) También es un error interpretar la voluntad popular a partir de su silencio (sólo hubo papeleta por el «SI», por la cual se pronunció el 48% de la ciudadanía; no hubo en cambio, papeleta por el «NO», y ello impide saber exactamente cuál fue la voluntad expresa que manifestó el 52% restante), lo que constituye una interpretación contrario sensu no válida jurídicamente.

c) Es asimismo un error afirmar que la ciudadanía «se pronunció» por mantener la ley, ya que esta decisión es explícita cuando hay un pronunciamiento positivo (como el que hizo la ciudadanía cuando votó por el plebiscito del agua, de Ancap, de las empresas públicas o de los jubilados) pero no cuando no se consiguen los votos suficientes para (y para muestra baste un botón: la llamada «mini-reforma» que se plebiscitó en 1994 y que separaba las elecciones departamentales y nacionales, no obtuvo los votos necesarios para ser aprobada. Dos años después, el Parlamento aprobó la reforma constitucional de 1996 ¡que separaba las elecciones departamentales de las nacionales! sin que nadie se horrorizara por haber «violado» la voluntad popular).

A estos errores se le agrega la única afirmación válida universalmente sobre la soberanía popular, y es la que surge de las urnas en octubre y noviembre cuando no solamente le dio mayoría parlamentaria al Frente Amplio sino que además, votó para que el Presidente fuera José Mujica. Esta es la única mayoría clara, e inobjetable. El Frente Amplio ya había sancionado en su Congreso que debía buscarse la erradicación de la Ley de Caducidad, y ello estaba en su programa de gobierno. Las urnas dijeron explícitamente y a través de la inequívoca manifestación de la soberanía popular que le daban el gobierno a un partido que en su programa se había comprometido a eliminar la Ley de Caducidad. ¿Cómo interpretar este pronunciamiento de la soberanía, el de votar a un partido comprometido con la eliminación de la Ley de Caducidad, con el de un soberano que explícitamente se habría manifestado en contra de ello? ¿Acaso el soberano es esquizofrénico? ¿No será más correcto interpretar que ese mismo soberano que le dio el gobierno al Frente Amplio confiaba asimismo en que la ley de caducidad sería anulada? Más aún, la mayoría consagrada en el Parlamento por el voto popular, ¿no habilita a interpretar que todos nosotros en cuanto parlamentarios, tenemos el deber y la obligación de llevar adelante el programa de gobierno con el que nos hemos comprometido?

Creo interpretar que si el propio Presidente de la República reafirma enfáticamente su apoyo y acatamiento a las decisiones que tome la mayoría expresa de la fuerza política, siendo él el responsable de la conducción del gobierno por inobjetables procesos electorales (esto es: sobre los cuales no puede haber más que una sola interpretación sobre la soberanía popular), está señalando un camino. No para los sesenta y cuatro legisladores que han votado o están dispuestos a votar la ley, sino para los eventuales tres que manifiestan reparo. Nada más distante a «lavarse las manos» del problema, o desconocer la resolución de la fuerza política a la que pertenece.

Y, por cierto, no le cabe en esto responsabilidad alguna al Frente Amplio, que en todo actuó con unidad y responsabilidad, sino al Senado, única y exclusivamente. Y si la bancada de senadores del Frente Amplio no está a la altura del mandato del partido, y de la propia actitud de acatamiento del Presidente de la República, ¿cómo habremos luego de manifestarnos preocupados por la suerte del partido, colaborar en sus congresos, enviar documentos, escribir en su nombre? Ninguna representación política en nombre del Frente Amplio nos competerá, en tanto senadores, si no estamos a la altura del mandato popular y político que hemos recibido, y en el nombre del cual hemos sido investidos.

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