lunes 26 de octubre, 2020

Constanza Moreira: «El Estado ha vuelto con más vigor que nunca»

Publicado el 19/10/10 a las 12:12 am


«Es muy difícil que un gobierno vaya más allá de la parte más dinámica de la sociedad que está dispuesta a empujar», nos dijo la senadora Constanza Moreira, quien tiene una mirada de la política distinta a la predominante en la izquierda.

Por  Raúl Legnani

– Usted fue la primera en plantear la designación de un nuevo presidente del Frente Amplio. Pero enseguida le dijeron: «primero la estrategia». Después aparecieron otros y plantearon incorporar las redes en la estructura del FA. La respuesta fue la misma: «primero la estrategia». Ahora todos quieren hablar de estrategia. ¿Cuál es la prioridad del Frente Amplio?

– El FA tiene que tomar algunas decisiones difíciles, que lo podrían reforzar como partido, para ponerse en el medio, entre el gobierno y la sociedad. Un ejemplo es el tema de la ley de caducidad. El Frente ya tomó una resolución, pero algunos legisladores dicen que van a votar de acuerdo a su conciencia. Lo mismo pasa con la despenalización del aborto, con la paridad de género en los cargos públicos…

Como parlamentarios somos mandatados por el Frente, en las cosas que nos quiera mandatar. Digo esto porque como legisladores necesitamos un Frente Amplio que esté activo y que decida como partido algunos cosas, para que no quede librado a la voluntad de los legisladores. En el caso de la Ley de Caducidad veo una Mesa Política actuante.

Yo creo que en el Plenario Nacional se inició una discusión. El Frente tiene que ser todo transformado: cambiar sus autoridades, sus cuadros funcionales, cambiar algunas formas de funcionamiento que ya no sirven en un partido moderno y de masas, cambiar las comisiones de programa poniendo otra gente que no debe ser la que está en el gobierno. Y sin duda que hay repensar su relación con el gobierno.

– ¿Cómo se lleva adelante esa discusión?

– La discusión del Frente debe recoger lo que está en la sociedad civil. El gobierno tiene su propia unidad de interés, pero el Frente tiene que tener la unidad de interés desde el contacto con la gente, con el movimiento social, con los intelectuales, con los jóvenes.

Si estamos de acuerdo de que el Frente tiene que aumentar su autonomía con respecto al gobierno, primero tenemos que ver cuál es el diagnóstico, que no es sólo sobre el fracaso electoral. Pero luego tenemos que tener objetivos y la estrategia sólo puede ser trazada tomando en cuenta esos objetivos.

El diagnóstico no nos va a dar una estrategia, lo que da una estrategia son los objetivos, que determinan los instrumentos que se usan para llegar a ellos.

Insisto que hay que mejorar el margen de autonomía con el gobierno y tiene que profundizar su relación con la sociedad. Pero soy yo la que digo eso.

– ¿Se siente sola?

– No, no. Creo que todos compartimos pedazos de cosas. Lo que pasa es que no soy parte de la estructura orgánica del Frente Amplio. Estoy en la 609, pero como independiente. Tal vez por eso defiendo a los independientes, porque yo padezco la soledad de los independientes respecto de muchas cosas. Pero voto disciplinadamente: jamás seré un radical libre (se ríe).

Por eso me llama la atención que con respecto a la ley de caducidad, habiendo una decisión del Frente Amplio y del propio Poder Ejecutivo, que algunos parlamentarios del FA no acepten la decisión de la fuerza política, más cuando todos estamos ocupando nuestros cargos porque fuimos elegidos por el Frente.

– Tengo la impresión de que en el subconsciente de muchos frenteamplistas se sabe que al gobierno le va bien, pero les gustaría otra cosa, otro proyecto de izquierda. En este marco aparecen los «fantasmas» del pasado como el socialismo real, los orígenes de la socialdemocracia o las nuevas experiencias de América Latina. Por eso se reclama una nueva estrategia. ¿Usted cree que hay frenteamplistas que quieren otra cosa distinta a lo que se ha hecho en los últimos seis años?

– En el Plenario Nacional constaté eso que usted dice. Había una discusión sobre el Frente Amplio como partido, pero que se mezclaba con otros temas. Fue ahí que apareció (Julio) Marenales preguntándonos y preguntándose cuál es el proyecto de país que tenemos.

Quiero precisar algunas cosas. El partido tiene un compromiso total con el gobierno, pero no es responsable de muchas de las cosas que hace el gobierno, más éste, que tiene integración multipartidaria en varios entes y organismos del Estado, se ve obligado a negociar constantemente dentro de los márgenes y límites que le impone administrar el capitalismo, que por ahora es lo que venimos haciendo. Estamos tratando de hacer una administración del régimen capitalista, con algunos principios como son la justicia social, igualdad ante la ley, la discriminación positiva de los grupos vulnerables, más la soberanía…

El gobierno representa a todos. Cuando instrumenta la reforma tributaria, no va a tomar solamente en cuenta de los trabajadores, también va a tomar en cuenta los derechos de los empresarios.

Hoy en América Latina la discusión es cómo los gobiernos adquieren más márgenes de libertad, sobre todo cuando se tiene un proyecto de izquierda.

Ante ésta limitación del gobierno la fuerza política necesita mantener la autonomía, pero el gobierno influye. Basta ver el impacto positivo de los Consejos de Salarios en el crecimiento del sindicalismo, en el aumento de la sindicalización y el surgimiento de nuevos gremios. Todo esto fue conquistado por el movimiento popular, pero en ese contexto amigable que genera una institución de gobierno manejada por la fuerza de la izquierda.

El gobierno abrió las ventanas de oportunidades institucionales para que las fuerzas populares se organicen mejor, luego de la década de los 90 más la crisis del 2000, que diezmó a las fuerzas populares.

Tengo una resistencia a pensar que el gobierno sea el sujeto histórico del cambio, cuando creo que es un instrumento. Tiendo a pensar que los buenos gobiernos de izquierda, surgen porque de alguna manera logran traducir la dinámica de la fuerza que empuja el cambio y traducirla en política.

No creo en la autocracia ilustrada. Es muy difícil que un gobierno vaya más allá de la parte más dinámica de la sociedad que está dispuesta a empujar. Existe la tentación en todos los proyectos de la izquierda, de dar pasos como fue la industrialización a ritmo forzado en la URSS.

En la mayor parte de la izquierda latinoamericana se ha procesado una discusión que ha permitido la democratización de nuestras sociedades. El caso boliviano es el más importante. Pero es verdad que en toda Latinoamérica las izquierdas han impulsado la democracia directa, la soberanía popular. Esto también pasó en Uruguay.

Me parece que la democratización que se ha expresado con nuevas formas, toda la conquista por los nuevos derechos ­ la mujer, los niños, la violencia doméstica – , ha tenido como protagonista a la izquierda que ha remado muy bien. Todo esto ha fortalecido a la democracia y es un aprendizaje reciente.

Cuando nosotros vemos las nacionalizaciones, las estatizaciones, estamos ante soluciones viejas, que se dan en Venezuela, en Bolivia, también se dio con la consulta del agua. Todo esto es de viejo cuño, son parte del programa del FA de 1971.

Luego aparece el desarrollismo de los años 50, con nuevas caras, con la idea de que el Estado tiene que ser un promotor del desarrollo económico. La idea de un Frigorífico Nacional como ente testigo, capaz de controlar el funcionamiento del Estado, es una vieja idea.

Pensando en voz alta: ¿Por qué tenemos viejas ideas? Porque hemos dado la lucha por la cuestión política, pero la lucha por la cuestión económica se nos queda con los boletines viejos.

En América Latina, después de la crisis de los 80, tuvimos que remontar la idea de que el Estado era un pésimo asignador de recursos, que la industrialización sustitutiva era un fracaso. Todo esto lo remontamos, pero políticamente.

– ¿Qué hay de nuevo en la discusión económica?

– Una cosa nueva es la idea de la renta básica universal. Esa idea de que el Estado tiene que asegurar un mínimo derecho a las mujeres y hombres. Eso no estaba en el socialismo real.

Hoy el Estado tiene que tener el control estratégico de sus recursos, principalmente los energéticos, porque la electricidad, el agua, el saneamiento tendrían que empezar a ser proporcionado en forma gratuita por el Estado.

– Cuando llega la crisis del socialismo real, Alain Touraine salió a decir que se terminaban las sociedades estatalistas. La socialdemocracia entró en crisis, el socialismo real se derrumbó, pero la vida dijo que volvió el Estado…

– El retorno del Estado, si. Touraine escribió sobre el retorno del actor. Si, efectivamente estamos ante el retorno del Estado. Por más que las sociedades parecieron pos estatales, el Estado ha vuelto con más vigor que nunca. Especialmente porque la izquierda consiguió apropiarse de los recursos de poder y de los recursos económicos del Estado, por haber llegado al gobierno.

Por ahora el Estado es el único agente externo a las clases económicas dominantes, con capacidad de asegurar un mínimo de cooperación. Hoy es el único actor colectivo para ponerle freno a sectores dominantes que son cada vez más dominantes y cada vez más extractivos. El Estado retornó y con más fuerza.

– Sobre esto del retorno del Estado… Cuando se habla de analizar la experiencia del socialismo real ¿a quién volvería? ¿A Lenin de la Nueva Política Económica, a Fidel Castro a Gorbachov?

– Jamás prediqué un retorno al socialismo real, ni soy una experta sobre esa experiencia. Toda mi formación ha sido estudiando el capitalismo, por eso tengo tanta curiosidad de estudiar el socialismo real. Especialmente por lo que está ocurriendo en Venezuela y Bolivia, particularmente sobre los modelos de gestión de las empresas.

Este es un tema a ver: nosotros con las empresas recuperadas, Bolivia con los hidrocarburos, Venezuela con el petróleo y las empresas expropiadas. Es que dentro del modelo capitalista hay muchas alternativas.

Ahora, si mantenemos una política impositiva que no altere las bases del capitalismo, porque no queremos que los empresarios se nos vayan, no queremos perder la inversión externa, la capacidad de impacto distributivo siempre va a ser muy limitada, porque hay una parte de la desigualdad que no se puede combatir solamente con políticas sociales, que se generan en la estructura misma de la producción.

El crecimiento del sector agroexportador produjo un retraimiento de la mano de obra, por el modelo de explotación con concentración de la tierra de toda la nueva agricultura que está imperando en América Latina. Esto produjo un derrame muy poco en términos de empleo y de salarios. Esto es un enclave capitalista típico.

– ¿Qué se hace con eso?

– Esas formas económicas reproducen y consolidan la desigualdad. Tenemos las actividades industriales, del Estado y algunas actividades de servicios que derraman en materia de mano de obra, de capacitación de ella, de salarios. Esto se produce dentro del capitalismo.

En Venezuela se está dando una discusión dentro de lo que ellos llaman el socialismo. Ese es otro registro. Pero ni en Venezuela, ni en Bolivia, se plantea la eliminación de la propiedad privada, la expropiación masiva de los medios de producción. Esa discusión no está, están pensando en otras alternativas.

Nosotros tenemos que analizar el papel de las empresas recuperadas, del cooperativismo, la cogestión. ¿Podemos apostar a la cogestión? Esta es una pregunta del socialismo de este siglo.

No creo que el experimento cubano pueda ser aplicable a Uruguay. Para nada. Lo que sí creo que, siendo un país tan chico en materia de territorio, nos podemos dar el lujo de experimentar muchas cosas.

Somos tan pocos y tenemos tantos recursos naturales, que podríamos pensar en un abastecimiento de energía eléctrica producida por muchas y diferentes fuentes.

Nosotros tenemos una escala donde la experimentación productiva es posible, porque no tenemos 200 millones de personas para alimentar…

– ¿Es como el Plan Ceibal?

– Correcto, es así. Somos un país ideal para innovar y sin embargo nos hemos vuelto de los menos innovadores de América Latina. No deberíamos tener déficit alimentario, ni educacional. Los tenemos. Podríamos ser un país muy educado. No estoy hablando de una élite educada, no. El gran problema de Uruguay es la brecha educacional.

El primer gobierno del FA lo que hizo fue recuperar cosas. Recupera los Consejos de Salarios, recupera el sistema de salud, recupera cosas que se habían ido perdiendo a lo largo de décadas, particularmente durante la dictadura. Cuando llegó la democracia emergimos de la Edad Media. Fue una época muy brutal.

Lo que hace el Frente Amplio es la recuperación a aquel país relativamente más igualitario, más educado, más democrático.

Estamos en esa recta de recuperación, a la vez que enfrentamos los problemas del siglo XXI, desafío que hay que mirar con ojos innovadores.

– ¿Qué le pediría al Frente Amplio?

– El FA fue grande porque consiguió representar y canalizar las energías más vivas de la sociedad: los trabajadores organizados, la clase media, Montevideo y los jóvenes.

Es que los partidos desplazan a las viejas élites cuando logran canalizar las energías más vivas que existen en una sociedad. Eso también lo hizo el batllismo, en relación a las viejas élites, los estancieros. El batllismo logró nuclear la incipiente burguesía, las clases medias urbanas, los trabajadores, los comerciantes. Eso también fue el Frente Amplio.

Lo que pasó fue que la fuerza política se volvió rígida, burocrática, luego tuvo que hacerse cargo del gobierno. Por eso la gente vota al Frente; pero ya no es parte del proyecto frenteamplista.

– ¿Hay que atender a los jóvenes?

– No debería atenderlos, debería meterlos adentro. Yo no pido que meta adentro a los intelectuales, a los jóvenes, pero por lo menos que tenga una sintonía. Por lo menos tratarlos con cariño, por lo menos no darles la espalda.

Tomado de La República, 18/10/10.

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