lunes 19 de octubre, 2020

MEMORIAS DE LA PLEBE

Publicado el 03/08/10 a las 1:01 am

Por Constanza Moreira

Cuenta Maquiavelo que en el siglo III a.C, furiosos los romanos contra sus gobernantes tras haber sido derrotados por Aníbal en Capua, se alzaron en armas contra la nobleza, entonces representada en el senado. La magistratura suprema estaba en manos de Pacuvio Calano, y éste, viendo el peligro de levantamiento que existía en la ciudad, decidió emplear su autoridad para reconciliar a la plebe con la nobleza.

Primero, reunió a los senadores y les expuso la gravedad de la situación: estos serían asesinados por el pueblo, y la ciudad podía ser entregada a Aníbal. Luego, les propuso una solución. Para calmar los ánimos, debía encerrarlos en palacio y simular dejarlos a merced del pueblo. La nobleza tembló pues, ¿qué sería de ellos? Pero Pacuvio conocía el alma humana y la natural fragilidad de la plebe. Acto seguido, convocó al pueblo en asamblea y, en palabras de Maquiavelo, «les dijo que había llegado la hora en que podía domar la soberbia de la nobleza y vengarse de las injurias recibidas, pero como estaba seguro de que los ciudadanos no desearían dejar a la ciudad sin gobierno, era necesario, si había de matar a los antiguos senadores, nombrar otros nuevos». Así, puso los nombres de los senadores en una bolsa y dijo que comenzaría a extraerlos en público. El pueblo podría condenar a muerte a los que fueran saliendo, tan pronto como les hubieran encontrado un sucesor. Ya con el primer nombre que extrajo, al leerlo, «se levantó un rumor grandísimo, llamándolo hombre soberbio, cruel y arrogante». Pero gritando Pacuvio que eligieran sucesor «todos guardaron silencio; después de un tiempo, se oyó el nombre de un plebeyo, y al punto uno comenzó a silbar, otro a reír, y todos a criticarlo por una cosa o por otra, y del mismo modo, todos los nombres que se sugerían eran juzgados indignos de la dignidad senatorial» (En «Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio», cap. 47).

El capítulo de Maquiavelo que cita este relato de Tito Livio se llama «Los hombres, aunque se engañen en los asuntos generales, no se engañan en los particulares». La conclusión es que la plebe, aunque enceguecida de furia contra la nobleza, supo reaccionar cuando se les mostró la consecuencia de sus acciones si se alzaban en armas contra ellos. Así, Pacuvio le rogó al pueblo que perdonara a la nobleza y que se reconciliara con ella, habida cuenta de que era incapaz de ponerse de acuerdo con la designación de senadores surgidos de la plebe misma. La conclusión de Pacuvio, y la de Maquiavelo mismo, es una conclusión conservadora: como el pueblo no confía en sí mismo, delega su gobierno en la nobleza. Claro está que ese poder delegado puede tener límites, y debe tenerlos, y eso funciona especialmente cuando el pueblo está armado, como sucedía en Roma. Los llamados «tribunos de la plebe» funcionaban como contrapeso al poder de la nobleza representado en la institución senaturial, y Maquiavelo era un defensor de esta institución. El poder de la nobleza, restringido o controlado por el pueblo, es una de las formas más habituales que asume esta institución que llamamos «república».

Pero el relato extrae otra enseñanza y es que de la falta de consideración de la propia valía, surge que la plebe es incapaz de darse a sí misma un gobierno, y prefiere darle el gobierno a los miembros de las clases superiores, a quienes inevitablemente considerará más capaces de administrar los negocios de Estado (después de todo, lo han hecho siempre). Así, los reunidos en la asamblea de Pacuvio podrían haber reaccionado positivamente frente a este nombre, u otro, o al de cualquiera de ellos, si hubieran confiado en su propia capacidad para llevar adelante las cuestiones de Estado. Porque no sería uno ni el otro los que lo harían, sino una representación de todos cuantos allí estaban reunidos en la asamblea. Cualquiera de ellos, después de todo, sería sólo un «representante» de aquella asamblea, la que, reunida toda, había tenido el ánimo y el valor para considerar que podían derrotar al gobierno mismo. Sin embargo, considerados «de uno en uno», y ese es el mérito de la estrategia de Pacuvio, la gente no confiaba en nadie. ¿Por qué?

Probablemente la elección que habría que extraer de la anécdota de Maquiavelo es un poco distinta a la que extrae el propio autor. Podía ser cierto que ninguno de la plebe, considerado en sí mismo, fuera capaz de superar en inteligencia o capacidad a cualquiera de los ilustres representantes del senado. Pero es la metodología de la sustitución uno a uno la que entrampa la paradoja democrática de la anécdota. Todos juntos, hubieran sido mejores que el gobierno «de los mejores». La idea de la democracia es tan simple como eso: el gobierno de todos, es mejor que el gobierno de los mejores. Y la opinión de muchos, siempre será mejor que la opinión de unos pocos, por más ilustrados que estos sean.

Muchos siglos después, Pareto hizo otra lectura de las relaciones entre plebe y nobleza en la Roma republicana. El vio cómo de la plebe fue surgiendo una «clase política» que acabó por sepultar a la vieja aristocracia, y cómo este movimiento incesante de circulación de las élites «que surgen en las capas inferiores de la sociedad, ascienden a las capas superiores, se desarrollan allí y, después, entran en decadencia, son aniquiladas y desaparecen, es uno de los fenómenos principales de la historia» (en «Estudios sociológicos»). Para Pareto, la historia es básicamente un escenario donde libran sus luchas las élites que compiten por el poder. Esto vale tanto para la disputa entre la aristocracia y la plebe en Roma, como para la «revolución burguesa» en Europa, y especialmente para el surgimiento de los partidos socialistas de principios del siglo XX. «El socialismo facilita la organización de las élites que surgen de las clases inferiores y es, en nuestra época, uno de los mejores instrumentos de educación de estas clases».

Sin embargo, el socialismo no escapa a la paradoja de Maquiavelo, ya que dentro de las filas que revisten en él, se crea también luego una nueva élite de dirigentes. Ante ellos, una asamblea reunida podría considerar tan insustituible a cada uno de los dirigentes, como aquella dirigida por Pacuvio. Y puestos a reemplazar uno por uno, surgirían nombres, y prontamente uno saldría a criticarlo, otro a silbar, y todos juntos a discutir y a discutir sin ponerse de acuerdo en el reemplazo (¿no es lo que hicimos con la presidencia del Frente?). Habremos olvidado entonces la paradoja democrática encerrada en la anécdota de Maquiavelo: es la inteligencia colectiva lo que hace grande la acción de los pueblos. Los líderes sólo encauzan la «energía política» disponible en una sociedad y en un momento dado. Así, la nobleza del senado romano no habría ganado una sola guerra, si el pueblo no hubiera empuñado las armas para hacerlo posible.

En estos días en que tanto discutimos la renovación de nuestros partidos, el recambio generacional de las dirigencias, y la búsqueda de una renovación política de la izquierda, vale la pena recordar la lección de Maquiavelo, pero extrayendo una lectura diferente a la que él propone. Sintámonos como cada uno de los miembros de la asamblea dirigida por Pacuvio, y reflexionemos sobre la propia confianza que tenemos en nosotros mismos.

Esta virtud de la «autoestima colectiva», día a día desmontada por el «no se puede», la apelación a la resignación («es lo que hay») y la poca valía que damos a nuestras propias capacidades, también puede reconstruirse, día a día, todos los días, re(conociéndonos) entre nosotros mismos. Cualquiera puede. Todos podemos.

http://www.larepublica.com.uy/contratapa/418997-memorias-de-la-plebe

Un Comentario para “MEMORIAS DE LA PLEBE”

  1. JORGE BECA

    Ago 3rd, 2010

    Constanza día a día , desde hace un tiempo , comenzó a tomar temas de fondo en sus artículos. A rascar profundo . Y lo está haciendo con una lucidez total. Y tengo miedo de decir : desde una posición definida de izquierda y en defensa siempre de los de ajoba.
    Cosa dificil de ver hoy día .

    Este de Memorias de la Plebe aporta un disparate y es sencillamente brillante.

    El querido gaucho Moreira, su viejo, seguramente sin que ella se de cuenta le debe soplar al oído algunas cosas.

    Aprovecho felicitar por el cierre de Megal, y hago mi autocríta sobre algunas cosas que envié antes de la misma.

    Abrazo solidario.

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