martes 20 de octubre, 2020

EL PERMANENTE DESAFÍO DE LA INSERCIÓN INTERNACIONAL. El año que vivirnos en peligro

Publicado el 21/06/10 a las 5:49 am

Por Gabriel Papa.

Construir una inserción regional e internacional de calidad continúa siendo uno de los desafíos esenciales para la izquierda en el gobierno. Lo es ahora que la gestión de Mujica acaba de cumplir sus primeros cien días  y lo fue durante el mandato de Tabaré Vázquez. A propósito de un libro (1) que analiza la forma en que la administración Vázquez condujo aquel «último tren» del polémico y no firmado TLC con Estados Unidos, (2) este artículo profundiza en un «estudio de caso» con muchos puentes con los desafíos de hoy.


La agenda del MERCOSUR continúa plena de «asignaturas pendientes». Dilucidar cuál  es la mejor forma de «ir en el estribo de Brasil», concretar la promesa de una «nueva vecindad» con Argentina, avanzar comercialmente y en materia de inversiones en todo lo posible con Estados Unidos y la Unión Europea y explorar los mejores caminos para lidiar con el nuevo mundo que surge de la mano de Asia son cuatro de los desafíos para los cuales el valioso libro de Roberto Porzecanski nos dice que no estamos satisfactoriamente preparados. El espejo en que se reflejan estas debilidades es el debate más intenso que vivió el país en términos de inserción internacional durante la primera gestión del FA.
Se «cometieron serios errores -o, quizás, horrores- de cálculo político». La desconexión entre el liderazgo político y los técnicos fue «asombrosa» y «los promotores de la negociación de un TLC evitaron discutir seriamente con quienes plantearon preguntas legítimas e importantes respecto del impacto que in TLC tendría en el ‘espacio para implementar políticas’ y en la participación uruguaya en el MERCOSUR». Así se refiere Roberto Porzecanski a las vicisitudes de la relación con Estados Unidos «en la perspectiva de un TLC» en el período 2000-2010. es decir bajo los gobiernos de los presidentes Jorge Batlle y Tabaré Vázquez. «Cómo se explica que dos presidentes -de polos opuestos del espectro ideológico y en momentos muy diferentes- hayan compartido este objetivo? ¿Cómo se explica su fracaso?», se pregunta el investigador, que reside en Atlanta, Estados Unidos, y que difícilmente puede ser calificado de radical. Lo hace en el libro No voy en tren. Uruguay y las perspectivas de un TLC con Estados Unidos que acaba de ser presentado y que probablemente sea el libro de «relaciones internacionales aplicadas» más importante de los últimos años.
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Nada hay más trascendente para la suerte (económica) de la comunidad de 3,5 millones de personas que habita en la penillanura levemente ondulada que se ubica entre Argentina y Brasil que la calidad de su inserción regional e internacional. Yen el año 2006 Uruguay estuvo a punto de procesar el cambio más radical en este campo de su historia reciente. Lo que Porzecanki nos relata es, en cierto punto, aterrador. Fue recién a fines de setiembre de 2006, es decir luego de nueve meses de lanzada la propuesta por el entonces ministro de Economía Danilo Astori, y cuando los intercambios de información entre los dos gobiernos en la perspectiva de una negociación ya había comenzado, que el presidente Tabaré Vázquez tomó conocimiento y conciencia de que la posibilidad de negociar un «TLC a la uruguaya» era una fantasía y, además, que los socios del MERCOSUR no le habrían de permitir continuar usufructuando las ventajas, pocas, regulares o muchas, que se derivan de su membrecía al club.
¿Qué hubiera pasado si, pocos días antes de la conferencia de prensa del 28 de setiembre de 2006 en la cual el presidente Vázquez descartó «la vía rápida» para negociar un TLC con Estados Unidos, el embajador en aquel país, Carlos Gianelli, no lo hubiera llamado «para informarle categóricamente que ‘un acuerdo a la uruguaya’ no era una posi bilidad real»? Un «acuerdo a la uruguaya» era la quimera de un TLC que únicamente versara sobre la eliminación de cuotas y aranceles para los productos uruguayos en el mercado estadounidense. Con un abordaje un poco menos ingenuo, y como lo plantea Porzecanski, la apuesta pasaba, quizás, porque «las excepciones menores que se hacen en cada caso permitieran presentar el acuerdo como un acuerdo ‘a la uruguaya’. De ser así una vez negociado el acuerdo, el Frente Amplio no tendría otra alternativa que aprobarlo y los socios del MERCOSUR que aceptarlo».
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Si el conflicto por la planta de Botnia tuvo las (malas) consecuencias conocidas, es difícil imaginar el costo que acarrearía decirle al mundo que el liderazgo que Brasil pretende tener en la región es un fracaso de tal magnitud que un socio como Uruguay debe recurrir directamente al «gran hermano» del Norte. Si «pedirle permiso» a la región para negociar unilateralmente era una audacia con poco fundamento en 2006, «pedirle perdón» por haber optado por la política de hechos consumados, no iba a ser gratuito.
Además de las reglas que hacen a la exportación e importación de bienes, un TLC con Estados Unidos hubiera impactado sobre la prestación de servicios sometidos a regulaciones específicas (por ejemplo, implicaba modificaciones en relación al monopolio de ANCAP así como en el área de las telecomunicaciones), la normativa en materia de competencia, de compras gubernamentales y acerca de la protección de los derechos sobre la propiedad intelectual (con sus consecuencias sobre costo de los medicamentos, por ejemplo). Materias, todas ellas, sobre las cuales Estados Unidos tiene propuestas por demás específicas y que debían ser objeto de negociación en el plazo
de apenas tres meses, de acuerdo a la normativa que regía la «autoridad para negociar» que usufructuaba el presidente Bush. Sobre cada uno de estos temas, los informes técnicos preliminares elaborados por las distintas oficinas del gobierno uruguayo daban cuenta de la complejidad y magnitud de la tarea que los esperaba, como se plantea en el libro.
Porzecanski acota que las condiciones de la negociación reales iban a ser tales que «funcionarios de la USRT (Oficina Comercial de Estados Unidos) reconocen que si Uruguay hubiera de decidido seguir adelante, la negociación habría prácticamente implicado reemplazar ‘Perú’ por ‘Uruguay’ en texto del acuerdo.
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No queda bien para presidente Vázquez en relación a su voluntad de asesorarse acerca de algunas reglas de juego, posibilidades y límites que supone el MERCOSUR, los TLC, así como aquellas normas que hacen a  la negociación internacional.
Tampoco Danilo Astori sale bien parado. «Mi investigación me lleva a concluir, con un grado importante de confianza, que efectivamente el presidente Vázquez y todos los ministros involucrados en el tema pensaban que negociar un ‘TLC a la uruguaya’ era una posibilidad real. Sin embargo, otra posibilidad que no puedo descartar definitivamente es que Astori -el ministro que tenía mayor conocimiento específico de los contactos bilaterales que se estaban desarrollando con Estados Unidos y mayor conocimiento de la materia- supiera que un TLC a la uruguaya no era posible y decidiera promover la negociación de todos modos», dice Porzecanski.
El libro tiene, también, debilidades. Por ejemplo, quizá la lejanía del acontecer político nacional hace que el autor no evalúe correctamente las objeciones que los partidos tradicionales le hicieron a la propuesta de TLC. La distancia puede haber hecho que Porzecanski se aferre a declaraciones de prensa que, en todo caso, debían ser inscriptas en el juego político menor que subrayaba las inconsistencias, supuestas y/o reales del Frente Amplio. No debería dudar Porzecanski que la enorme mayoría de los parlamentarios blancos y colorados, sino la totalidad, la hubiera votado con las dos manos.
Lo sucedido en 2006 debió de haber sacudido, en un sentido profundamente profesional, los cimientos de la cancillería. Estudios, informes, ponencias, conferencias, manifestaciones más o menos reservadas de técnicos y embajadores acerca de lo que estaba en juego debieron de proliferar y ser la impronta de un año en el cual la inserción regional e internacional se puso en cuestión. Si así fue, ello no consta en el trabajo. Si no lo fue, tampoco.
Pero entre sus muchos méritos, el trabajo de Porzecanski permite volver a recorrer un episodio que reveló serias debilidades en la forma como se diseña y gestiona una de las políticas públicas más importantes, como es la relativa a la inserción regional e internacional. La fantasía de que era posible un «TLC a la uruguaya» coexistiendo con un «MERCOSUR a la uruguaya» pudo tornarse en pesadilla.
Por otro lado, la calidad de la discusión pública de un tema tan importante fue escamoteada, como lo destaca el autor. Sorprende que haya sucedido bajo un gobierno de izquierda, pero los propulsores del TLC, secundados por una amplia gama de formadores de opinión que ignoraban olímpicamente muchos aspectos del problema, intentaron evitar que se desarrollara una discusión pública sobre los aspectos más relevantes del tema. Quienes alertaron sobre la complejidad del tema así como quienes, directamente, discrepaban fueron sistemáticamente tildados de dogmáticos, irracionales y anacrónicos. Si el único aporte del libro, que no lo es, fuera un llamado de atención sobre la forma como no se debe discutir uno de los temas más importantes del país, como lo es su inserción internacional, eso ya lo ubicaría entre, los más valiosos.

NOTAS
(1)    No voy en tren. Uruguay y las perspectivas de un TLC con Estados Unidos, Random House Mondadori, Editorial Sudamericana Uruguaya SA. Es la adaptación de la tesis presentada por Roberto Porzecanski para la obtención del título de doctor (PhD) en relaciones internacionales en The Fletcher School of Law and Diplomacy en Tufts University.
(2)    El lector de Brecha, experto o no en la materia, fue informado sistemáticamente y desde diversos ángulos de la problemática a lo largo de todo el año 2006.
Tomado de Brecha, 14 de junio de 2010, pág. 9.

Un Comentario para “EL PERMANENTE DESAFÍO DE LA INSERCIÓN INTERNACIONAL. El año que vivirnos en peligro”

  1. Fernando Schreiber

    Jun 30th, 2010

    Estoy en plena lectura del libro. De todas formas creo que no se destaca suficientemente la reacción fuerte que hubo a nivel social y político. No fueron muchos los actores, pero si hubo ciertos referentes que tuvieron la capacidad de amplificar una voz disonante frente al oficialismo que «mentia» en los alcances de un posible acuerdo. Coincido con Papa que todo aquel que hacia un comentario contrario era tildado de dogmático.
    Como aporte a como se estaban dando las cosas, en la interna del FA, la vieja Unidad Temática de Asuntos Internacionales del Encuentro Progresista, la única vez que fue convocada por el compañero Lescano, fue para abordar este tema. Un sábado entero dedicado a ello. Estuvo Quijano quién hizo una presentación, Conde con una posición muy firme en contra de un TLC y varios más. Coincidentemente la gran mayoría contrarios a los resultados que generaría un acuerdo de tal tipo. Y cuando digo de tal tipo, hablo de un TLC al estilo PERU o Colombia, que era lo que se consideraba era el modelo que EE.UU. utilizaba y planteaba. Y siempre iba utilizando su versión mejorada, favorable a sus intereses. Eso estaba bien claro para quién lo quisiera escuchar. Luego de una ronda de posiciones similares y bastante críticas para la posición oficial, Lescano tomó la palabra y comentó que se sentía muy incomodo y que él era un Ministro del Gobierno de Tabaré y en esa instancia técnica se estaban diciendo cosas muy contrarias a lo que el Gobierno entendía. Y que debía poner en conocimiento de ello al Presidente. Entre otras cosas porque se había objetado que un acuerdo de formato TLC con USA iba contra los que era un proyecto de País Productivo. Durante la reunión se había mencionado que tal modelo productivo no habia aparecido, a lo cuál Lescano respondió diciendo que no entendía como se podía afirmar tal cosa, cuando el la página web de Presidencia había anunciadas como 27 medidas para un País Productivo.
    Comento esto porque viene a cuento de lo que se está aludiendo en el artículo y en el libro sobre los errores, horrores o mediasverdades en relación a la inserción internacional de nuestro país.

    Fernando Schreiber

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