jueves 22 de octubre, 2020

El hombro del presidente

Publicado el 25/05/10 a las 9:44 pm


Por Roger Rodríguez

Anoche el presidente caminó a mi lado. Entró a la marcha por la Universidad de la República. Lo acompañaba Lucía. Lo custodiaban tres o cuatro muchachos camuflados de civiles. Alguno había entrado al caudal de gente unas cuadras antes. Su ingreso hizo que la solemnidad del silencio se hiciera murmullo. Por respeto al respeto o por simple respeto, nadie le dijo nada.

Yo llevaba en una silla de ruedas a Hebe Martínez Burlé, la abogada que propició el procesamiento del dictador Juan María Bordaberry por los asesinatos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw, cuyos cadáveres acribillados aparecieron en Buenos Aires, precisamente, un 20 de mayo de hace 34 años.
Hebe se había quebrado un pequeño huesillo del pie izquierdo y hacía 30 días que estaba bajo «prisión domiciliaria», «engrillada» a un yeso que tendrá que seguir usando un par de semanas más. Sentada en el rodado, Hebe tenía la visión de un pequeño niño dentro de una manifestación. «No veo nada», me decía… «Ahora entiendo por qué los chiquilines se aburren en las marchas».
La presencia del Pepe provocaba otro silencio dentro del silencio de una marcha que sólo cincuenta metros más adelante se encabezaba con una pancarta que respondía «Sin verdad y justicia no hay reconciliació n», a las últimas declaraciones y propuestas que el presidente tuvo en favor de un acercamiento entre la sociedad civil uruguaya y las fuerzas armadas.
Hubo sin embargo algún comentario en voz baja… Un «y éste que hace acá», cerrado por un «dejalo». Otros que lo miraban para encontrarle los ojos y sonreírle. Alguno que a la pasada tocaba la mano de la primera dama, saludándola. Y también quienes, emocionados, querían sólo acercarse al presidente. Hasta que las cámaras lo descubrieron y comenzaron a acosarlo.
Fue entonces, que Mujica descubrió a Hebe, quien en su falda llevaba el retrato de Washington Barrios, un tupamaro desaparecido en Argentina en 1974 (probablemente también trasladado a Uruguay) a cuya esposa Silvia Reyes y dos amigas, Diana Maidanick y Laura Raggio, los militares acribillaron el 23 de abril del mismo año. Los cuatro crímenes permanecen impunes.
El presidente saludó afectuosamente a la abogada. Ambos se conocen desde hace mucho. Lucía saludó de lejos. Hebe le daba al Pepe una conversación que le permitía salir de aquel silencio y aquel acoso. Caminó junto a mi hombro, sin reconocer al periodista que recientemente desocupado estaba haciendo una changa como chofer de silla de ruedas.
Mujica hablaba acelerado. Contaba orgulloso que había logrado acordar con los argentinos que se destrabaran varios nichos comerciales. «Hay que arreglar cada tema, uno a uno, a veces con un parche en el ojo», decía con ese tono que le exageran sus imitadores en las murgas. Por momentos, me molestaba el diálogo… Estuve a punto de explicitarles que era una marcha del silencio…
Pero no lo hice… «Estoy durmiendo poco -se explicaba Pepe-, me despierto a las dos de la mañana con alguna idea y ya no puedo dormir»… «Quise traer a la perra, pero me miró desde la cucha y me hizo que no con la cola»… «¡¿Sabés cuántos uruguayos capacitados están volviendo al país?!»… El presidente estaba locuaz, casi ajeno al lugar que no era, precisamente, un acto social…
Hebe hizo una referencia a su «chofer» y entonces el Pepe advirtió mi presencia… «No te había reconocido debajo de tanto pelo», me dijo. «Yo sí», susurré. Llegábamos a Ejido y, con la marcha detenida, comenzaron a pronunciarse los nombres de cada uno de los ciento y tantos desaparecidos uruguayos. La masa respondía en coro con un «¡Presente!».
Siempre me impacta cuando se pasa lista… No conocí a ninguno de ellos y, sin embargo, los siento propios. De la mayoría se el cuándo y dónde les ocurrió aquello, y de muchos también me surgen sus familias, sus anécdotas, sus gustos… No son para mi tinta en la pancarta y no entiendo a quienes no comprenden que ese vacío es presencia, aún con sus huesos ausentes.
El Pepe, Lucía y sus muchachos, se fueron corriendo por Ejido hacia abajo, saludados por la gente que, mayoritariamente, le demostró afecto… Yo permanecí con Hebe y con Sara, que se había corrido a un costado ante la llegada del presidente… Y me quedé pensando si su asistencia a la marcha sólo era una «jugada política» ante el reclamo por los desaparecidos.
No quiero creer que el presidente caminó en la marcha del silencio como un juego de equilibrio por la reunión que tuvo con los militares en Durazno. No quiero creer que el presidente realmente se sienta en el medio de esa relación entre civiles y militares. No quiero creer que Mujica no comprenda el verdadero significado de la marcha en la cual transitaba. La más grande en 15 años…
Comprendo que por haber estado preso desde antes y por haber salir después, no conozca cabalmente lo que fue la dictadura… Temo que crea efectivamente en la teoría de los dos demonios: por conveniencia política, ya que así recibió los votos que lo llevaron al gobierno, o, peor aún, por arrepentirse y sentirse en parte responsable de los que le ocurrió en el país…
Cuanto cantaba el himno (la versión nueva de la solista soprano no me gusta tanto como aquella vieja del tenor de voz aflautada), me quedé reflexionando en el heroicismo de su mensaje, en la convicción con la que por años levantamos el puño al entonar el hoy suavizado grito de tiranos temblad… En lo que la letra del himno realmente nos implica.
Anoche el presidente caminó, casualmente, a mi lado. Tocando mi antebrazo con su hombro. Y no era el momento ni el lugar de decirle tantas cosas que quisiera decirle. Pero ahora, luego de sentirlo tan humano, imperfecto y hasta frágil, quisiera haberlo hecho… Decirle: «Pepe, no seas nabo… el pragmatismo es hijo de la impunidad».

Montevideo, 21/5/10.

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