miércoles 21 de octubre, 2020

DILMA

Publicado el 03/05/10 a las 4:43 pm

Por Constanza Moreira

Alta, con un gesto que impone respeto, una voz gruesa y firme, y un aire ligeramente adusto, Dilma Rousseff se aleja bastante del estereotipo de la mujer brasileña. Este estereotipo, que construyera con letra y música Vinicius en «Garota de Ipanema», que se personificara para toda una generación en Sonia Braga, y que reprodujeran, con todas las variantes de raza y edad las novelas de la Globo, está muy lejos de la imagen de Dilma. Así, no pocas veces, la prensa le reprocha su «dureza», y especialmente, su falta de simpatía. Por supuesto que estas críticas no son propinadas en grado semejante a su rival, José Serra. Porque ¿qué importa que un hombre sea simpático, o bonito? Serra no es ninguna de ambas cosas, pero sí es un hombre «preparado». Lo mismo sin embargo, podría decirse de Dilma, que ostenta un impresionante currículum que incluye el desempeño de varios cargos de alta responsabilidad ejecutiva, además de la más reciente conducción del PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento Económico). Y por supuesto, nadie duda de su preparación, de su brillantez, o de su capacidad de gestión. Todo ello transluce, de modo manifiesto. Alcanza con escucharla hablar, para verificar, sin más, la contundencia de sus argumentos y ­rara cualidad en un político­ la economía de su discurso.

La campaña brasileña recién comienza, y la distancia que separa a Dilma de su adversario Serra oscila entre siete y diez puntos. Estas son más marcadas entre los mayores de 45 años, y menores entre los de 25 a 45 años. También el voto a Dilma aumenta con la escolaridad de las personas. En la zona sur y sudeste del país, la candidata del PT vota mucho peor que Serra, y en el noroeste y nordeste, donde la popularidad de Lula ha crecido sistemáticamente en los últimos años, Dilma descuenta distancia con su opositor.

El principal problema que enfrenta Dilma, hoy, es el de su invisibilidad para una parte muy importante del electorado brasileño. Aunque ya hace tiempo que su nombre circula como la «favorita» de Lula, recién fue ratificada recientemente en el IV Congreso del PT como la candidata «oficial». En diciembre del año pasado su intención de voto no superaba el 17%. En abril, las últimas encuestas le daban entre el 27%y el 30%. Los porcentajes de intención de voto a Serra, por otra parte, oscilan entre el 36% al 38%.

Serra es conocido a nivel nacional, desde que fuera elegido como el sucesor de Fernando Henrique Cardoso en el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), y compitiera contra Lula en las elecciones de 2002. Ha sido, además, el gobernador de la gran metrópolis brasileña: San Pablo. Su fama, su presencia pública, y su larga trayectoria política, lo colocan en una situación de ventaja «mediática» frente a la candidatura más reciente de Dilma.

A pesar de esta desventaja mediática, Dilma está ayudada por dos factores que se potenciarán, sin duda, al promediar la campaña electoral: el peso de la popularidad de Lula, y los impresionantes logros del gobierno del PT en estos años.

La popularidad de Lula está hoy en guarismos bastante inéditos para un dirigente que hace ocho años gobierna los destinos del país. Un 75% del electorado realiza una evaluación positiva de su gestión. Y no es para menos, el gobierno de Lula consiguió «sacar» a veinte millones de personas de la pobreza, poco más de un diez por ciento de los brasileños. Al mismo tiempo, la redistribución del ingreso operó beneficiando a las clases medias y medias bajas que pasaron de representar un 43% de los hogares a un 54% de los hogares (las clases «C», con ingresos por hogar entre diez y cuarenta mil pesos uruguayos).

No fue, sin embargo, con un espectacular crecimiento económico que se logró esto, sino con políticas adecuadas. De hecho, el propio caso de Uruguay evidencia que el espectacular crecimiento económico que se verificó en los últimos cinco años, no se acompañó en la misma proporción por un incremento del ingreso de los hogares. En el caso brasileño parece haber sucedido exactamente al revés; con un crecimiento promedio nada espectacular (3% al año), los hogares crecieron un 5% en promedio, y entre el 10% más pobre, el ingreso creció 15% al año. Para los más ricos (el 10% más rico), el ingreso creció a la misma tasa que el crecimiento del producto: 3.4%. Esta entonces, parece haber sido la clave política de la reducción de la desigualdad en Brasil en el período reciente: bajo un complejo conjunto de políticas, los pobres y la clase media se apropiaron en mucha mayor medida de los frutos del crecimiento económico, que los más ricos. Estos, sin embargo, no perdieron nada, sino que sus ingresos más bien acompañaron la evolución del crecimiento del país en el período.

Las políticas usadas por Brasil para conducir a estos resultados fueron de muy distinta envergadura y alcance. Muchas de ellas fueron implementadas por otros países del giro a la izquierda, como Uruguay, o Argentina, y podrían comenzar a ser traducidas en un nuevo «consenso», esta vez por izquierda, que siente las bases de un nuevo paradigma de desarrollo con redistribución. Así, el segundo gobierno de Lula, como se esperaba, fue un poco más a la izquierda (algo de eso se espera también en Uruguay de la mano de Mujica), si por tal se entiende haber reforzado las políticas redistributivas, luego de testear, en el primer período, la fuerza política del gobierno para llevar adelante este proyecto.

Algunos números dan cuenta de lo sucedido. El salario mínimo, que fue elevado al inicio del gobierno Lula a 200 reales, un poco por encima del precio de la canasta básica (calculado en 162 reales), se elevó en el 2010 a 500 reales, duplicando la canasta básica (calculada, para ese año, en 225 reales). La elevación del salario mínimo impactó especialmente entre los trabajadores menos calificados (como los de la construcción), donde se concentra buena parte de la pobreza. Por otra parte, el aumento en número de familias atendidas, y en magnitud de la prestación del programa «Bolsa Familia» (algo equivalente a nuestro Plan de Equidad), también impactaron sobre la pobreza. En 2003, el gasto en el programa Bolsa Familia, era de 250 millones de dólares; hoy está en 6 mil millones de dólares. Las familias atendidas, pasaron de cuatro a doce millones de hogares en el mismo período.

Las directivas aprobadas en el IV Congreso del PT que oficializó la candidatura del Dilma a la Presidencia refuerzan la dirección de la política económica tomada por el gobierno en estos años de «desarrollo con redistribución del ingreso». Ello implica medidas tales como el «fortalecimiento del mercado interno», «inversión estatal», y «apoyo estatal para la formación de grandes empresas nacionales». Recuérdese que el PAC dirigido por Dilma incorporaba varias de estas medidas. Fue diseñado, luego del primer gobierno de Lula, como un intento de «planificación del desarrollo», luego de cuatro años de bonanza económica. Y se constituye en un ejemplo para países como el nuestro, que luego de cinco años de bonanza económica, y con un nuevo gobierno, podrían también tener su propio «programa de crecimiento», articulando todas las iniciativas y estrategias de desarrollo en una perspectiva unificada.

No todo lo que Lula logró, sin embargo, redundará para Dilma. Hasta hace poco, sólo la mitad de los electores lograba relacionar su candidatura con Lula. Hoy, ese porcentaje ha subido considerablemente, pero la popularidad de Lula no se traducirá automáticamente en votos para el PT. Allí, la índole de las alianzas en cada estado y en cada municipio del PT es central, y ello explica la amplitud de la coalición que se está armando detrás de Dilma y que incluye al «centrista» PMDB, y a viejos y clásicos aliados como el PDT de Brizola, o el Partido Comunista de Brasil.

Mientras tanto, el resto de la región mira con gran expectativa, en especial luego de las controvertidas declaraciones de Serra sobre la «inutilidad» del Mercosur para la política brasileña (tan controvertidas que el propio Serra tuvo que salir a desmentirlas), una campaña cuyo desenlace afecta ya no sólo la suerte de los brasileños, sino la de todos los pueblos y gobiernos que comulgan con la causa de la unidad latinoamericana.

http://www.larepublica.com.uy/contratapa/408680-dilma

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