martes 27 de octubre, 2020

Banderas

Publicado el 03/05/10 a las 4:30 pm


Por DANIEL GATTI

Quienes el año pasado votaron por Mujica presidente no podían ignorar que la problemática que tiene que ver con eso que habitualmente se sobreentiende cuando se habla de “derechos humanos” (léase las torturas, asesinatos, desapariciones y otras sevicias cometidas bajo la dictadura) no estaba entre las prioridades del hombre.

Mujica lo había dejado en claro muchas veces, y paradójicamente remarcado el día mismo que estampó su firma por la anulación de la ley de caducidad. Se notó que lo hizo más por embole que por convicción, por que le dejaran de hinchar con el tema, ¿ta?, y a su firma la acompañó de un decálogo de condiciones y relativizaciones.

Pero como la esperanza es lo último que se pierde, y el hombre despertó tantas, se podía uno ilusionar con que, en esto, “alguito”, al decir de Galeano, el hombre cambiara. Ya había cambiado tanto en tantas otras cosas… El discurso de asunción, soñaron muchos, podía ser una buena ocasión para que entre tantas miradas y tantas guiñadas en tantas direcciones alguna se escapara hacia esa (¿vergonzante?) vertiente del voto propio. Vana espera.

En los días siguientes (treinta, cuarenta, cincuenta) hubo otros muchos gestos del presidente. Las Fuerzas Armadas los recibieron a raudales. Como si se tratara de un pago de deudas, de un reconocimiento. Tal vez de reconocimiento a la propia “culpa” (¿de qué?, puede uno preguntarse).

Como presidente, Mujica ha mantenido —también aquí hay persistencia— una lectura de la historia reciente que comparte con otros muchos de sus viejos compañeros de armas, una lectura según la cual en “aquellos años” “la cosa” fue entre dos bandos, y que pasada la guerra es de buenos caballeros y combatientes el intercambio de gestos de buena voluntad. Se promete clemencia, se reciben banderas, y pelota al medio. La hora habría llegado de trabajar juntos, sin rencores, la main dans la main. De poco serviría discutir sobre cómo se llegó a lo que se llegó puesto que todas las interpretaciones tendrían cabida (yo culpable, tú también) y nadie estaría habilitado a marcar fronteras. El Estado, en el medio, no optaría…

La gestualidad de la reconciliación se acompañaría de otra hacia los extremos refractarios de ambos bandos: los familiares de las víctimas de la dictadura, por un lado, los brontosaurios nostálgicos del ‘Proceso” por otro. Hacia los segundos (algunos de los cuales —unos “pobres y enfermos viejitos”— están presos), clemencia y olvido.

Constante ha sido la prédica de Mujica en estos últimos tiempos para que la actitud de “la sociedad” hacia las Fuerzas Armadas sea revisada. El país debe reconciliarse con sus soldados, ha machacado sin mayor agregado el presidente, mirando por el rabillo del ojo hacia la izquierda.

Esta semana, casi dos meses después de asumir, una delegación de Familiares de Desaparecidos fue recibida en la Presidencia. El mismo día del encuentro, “las viejas” difundieron una carta abierta a José Mujica. En esta misma página se la reproduce in extenso, pero vale la pena extraer algunos pasajes. “Comprendemos perfectamente las responsabilidades que tiene frente a las fuerzas que hoy usted comanda”, le dice la siempre ponderada asociación al presidente, pero “queremos trasmitirle que estas Fuerzas Armadas son la continuidad de aquellas que dieron el golpe, que coparon el aparato del Estado, que no admiten su responsabilidad y que se abroquelan en su silencio (…). Mientras no reconozcan su responsabilidad institucional en el proceso dictatorial, no rectifiquen su destino renegando de la doctrina de la seguridad nacional y sigan configurando y avalando las posiciones que expresan a través del Círculo y el Club Militar, no digan las verdades que ocultan, no se saneen (…) la ciudadanía las tolerará (¡qué más remedio!) pero no las respetará ni integrará”.

Es dable imaginar que no sólo los “familiares”, con mayúscula o sin ella, piensan de esa manera. Casi la mitad del país se expresó explícitamente en el mismo sentido en el plebiscito de octubre. Delimitar los campos, marcar fronteras, fue uno de los mensajes de esa parte de la ciudadanía, extrañamente ausente de los discursos del presidente.

Y si por esos avatares de la vida, o de la cercanía de la muerte, un Gavazzo, un Silveira, convertidos en corderitos de Dios, hicieran acto de contrición y sumaran sus huesos a las voluntarias huestes de soldados reconvenidos en albañiles del Uruguay del futuro, ¿cabría el perdón? Hay quienes pueden creer que sí (tal vez, entre ellos, el presidente). Otros, que ni olvido.

Brecha, 30/4/10.

Un Comentario para “Banderas”

  1. Soledad Errandonea

    May 10th, 2010

    Creo que el analisis esta muy prolijito, no se si la distancia me aporta «objetividad» o impotencia y me permito lanzarme sobre otros puntos de vista en esta cuestion. Evidente suscribo todos y cada uno de los terminos de la carta de Familiares, evidentemente, me duele que quien fuera un rehen y uno de los simbolos de lucha contra la dictadura hoy nos presente unas FF.AA. con un papel de salvadores de la Patria, recuerdo los resultados que debimos soportar cuando asumieron ese papel hace casi 40 anios, y creo que es necesaria una reconciliacion, pero para la misma es necesario un esclarecimiento y un sometimiento a la Justicia por parte de las FF.AA. en general y de cada uno de los individuos en particular. Es lamentable entrar en una de las paginas web de cualquiera de las instancias de estas fuerzas armadas y ver como reivindican su papel (de cobardia y ensaniamiento) en la mal lloamada lucha contra la subversion.

    El presidente Mujica olvida, habiendo tenido un rol activo en esos momentos, que cuando el golpe de Estado, la guerrilla ya estaba vencida, es simple retomar periodicos de la epoca para constatar que no hubo enfrentamientos armados en el 73, hubo resistencia civil.

    El presidente, puede, desde su punto de vista personal, perdonar todo lo que el haya pasado o las personas de su entorno hayan pasado durante la dictadura, pero el presidente, no puede hacer asumir a toda la sociedad uruguaya el sindrome de Estocolmo y presentar al depredador como salvador, no puede, como presidente, intentar reconciliar a las FF.AA. con la sociedad uruguaya desde la mentira y la injusticia.

    El presidente no puede ubicarnos una vez mas al margen del contexto del Derecho Humanitario Internacional, que especifica claramente que los condenados por causad de violacion de Derechos Humanos no pueden beneficiarse de ninguna Ley nacional que le conceda disminucion o privilegios en el cumplimiento de la condena.

    El Presidente, no puede asumir una responsabilidad que ninguna Ley le permite, pues son considerados Crimenes de Lesa Humanidad porque afectan a la especie Humana en general y no a determinad@s personas o paises y solo seria posible beneficiarse de una aministia o disminucion de la pena si toda la Humanidad lo aprobara.

    Me parece asimismo desafortunada las comparaciones que se han hecho de Mujica con Mandela, pues, por respeto a Lucia Toponlansky jamas me permitiria hacer una comparacion del estilo, es sabido ya por tod@s (menos por quienes otorgan el Premio Novel de la Paz) que detras de la decision del Gobierno Mandela, estaba oculto la necesidad de proteger a la Sra. W. Mandela y a pesar de que no hubo justicia, hubo VERDAD.

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